Hija del no-país

16 enero, 2018 § Deja un comentario

Crece en la basura
juega con la basura
se cría en la basura
como una flor ruderal.

La veo al caer la tarde
en el basurero de la avenida
ríe y juega entre el basural.

Tendrá dos años
quizá tres
y juega entre los escombros
mientras su mamá hurga
selecciona los desperdicios
pepena entre la bahorrina.

La madre recoge sus bolsas
termina su selección de despojos
alza en brazos a la niña
y se van.

Veo a la niña de ojos achinados
reír feliz bajo el raído gorro tejido
en brazos de su madre
una mujer joven
con rostro mustio.

La niña ríe feliz,
ajena
como un niño que sale del parque
sus ojos brillan alegres
a la luz del atardecer del domingo.

Dentro de mi pecho
ya es noche oscura
sin luna ni estrellas.

Golcar Rojas, enero 2018

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Nightmare

14 enero, 2018 § Deja un comentario

Sueño con despedidas
sueños perturbadores
angustias oníricas

Sueño con muertes que fueron
como si murieran hoy
es la muerte en un sinfín

Tú apareces junto a tu mamá.

Ataviada de viuda sexi, tú
con minifalda y corbata al cuello
de terciopelo negro
como el inmenso lazo negro 
en la base de tu espalda
y negro tul cubriendo tu rostro
blanco, de fantasma.
De pasado.

Finjo que no te veo.
Me escondo entre algunas personas.
No quiero dar ni recibir explicaciones.

Tu mamá, blanca la cara como porcelana,
con aspecto de ultratumba,
forrada en negro terciopelo,
llora la muerte y me abraza
se despide entre sollozos.

Una desconocida llora el adiós,
teme el futuro incierto,
no cree en los consuelos
sabe que a muchos les ha ido bien
y a muchos mal
Es el albur del exilio.

Mientras llora su desconcierto,
angustiada, quita la corteza blanca
a una paloma de cerámica de Gaudí
hasta dejarla en piel,
en carne.

Luego la huída
las alcabalas, la gente
Luego la hambruna, los guardias
escapar del hambre,
salir del infierno sin mirar atrás.

A veces, despedirse es descascararse,
es el inicio del morir.

El adiós nos asesina.

Sueño con despedidas
y al despertar
las sonrisas congeladas
hieren.

Golcar Rojas, enero 2018

Nos matan

12 enero, 2018 § Deja un comentario

Nos matan de hambre
Nos matan de bala

Manuel Alberto Oria Márquez,
tenía 23 años,
murió al recibir un disparo
mientras intentaba saquear un camión.

Una bala por hambriento
Nos matan de hambre
Nos matan de bala

¿Habré visto yo el martes
un día antes de morir
a Manuel Alberto?

¿Mis ojos de miedo
se habrán tropezado
con los suyos hambrientos?

¿Sería Manuel Alberto
uno de los jinetes en moto
que bloqueaban el paso
con sus caballos de ruedas
que rugen y no relinchan?

Nos matan de hambre
Nos matan de bala

¿Tendría la cara tapada
o sería uno de los que reían
con la adrenalina a millón
mientras azuzaba a otros
hambrientos todos
con miradas de zombies
que buscaban comida
o dinero para dejar pasar?

¡Eran todos tan jóvenes!
Manuel Alberto quizá de los mayores.

Vi niños entre la turba
vi niñas entre la turba
Vi adolescentes y mujeres preñadas
entre la turba.

Nos matan de hambre
Nos matan de bala

El miércoles, un día después
del horror que viví en Tucaní
mataron con un balazo
a Manuel Alberto.

La noticia habla de cuatro
murieron tres más
con Manuel Alberto
y hay aún muchos heridos.

Tal vez fueron más
los muertos y heridos
en el no-pais no hay información
no hay estadísticas

Nos enteramos porque algunos
como yo
pasó

vivió el horror
sobrevivió
y lo contó.

Nos matan de hambre
Nos matan de bala.

Golcar Rojas, enero 2018

Ver también «Jumanji en el no-país»

Teresita Manrique: «Se reirá, tambien querrá llorar» con tía Amapola

10 enero, 2018 § Deja un comentario

https://tevoyallevaralcielo.wordpress.com/2018/01/10/teresita-manrique-se-reira-tambien-querra-llorar-con-tia-amapola/

Jumanji en el no-país

9 enero, 2018 § 2 comentarios

La carretera estaba inusualmente tranquila. Largos trechos de la vía se encontraban desolados. Muy poco tráfico se observaba y en las estaciones de servicio no se veían muchos carros en cola, excepto en una. Otras cinco o seis estaban cerradas.

Todo lucía extraño. No es habitual que en época de regreso de vacaciones de navidad la carretera tenga tan poco tráfico. Tampoco es usual que en las alcabalas que normalmente están plagadas de aves de rapiña buscando víctimas, los Guardias Nacionales y los Policías Nacionales no pararan a nadie ni mostraran sus ansias de matraquear. Ni siquiera volteaban a mirar los vehículos que pasaban.

Cristian y yo íbamos contentos. En el pueblo de El Anís encontramos la macilla que estábamos buscando desde hacía días y nos rebajaron 500 mil bolívares. Mientras Cristian hacía la fila de apenas ocho carros para surtir gasolina, yo fui con mi lista de la fantasía a una farmacia. De los ocho medicamentos que siempre pescamos, sólo tenían el Clopidrogel a 46 mil bolívares la caja de 14 pastillas y no a un millón cien como la había encontrado dos días antes. Además, tuve la suerte de que la chica me vendió 4 cajas y no las dos que normalmente venden.

El viaje de regreso a Maracaibo pintaba bien. Tranquilo. Estábamos contentos porque a pesar de las paradas, el tiempo nos estaba rindiendo porque había escasa circulación de vehículos. Especialmente, pocos camiones. Íbamos cantando a grito destemplado las canciones de Cristina Aguilera, Amanda Miguel, Sade, Franco de Vita, Vanessa Martín, Rosana, India Martínez, Sin Banderas, Chambao…

A las dos de la tarde decidimos comernos las arepas que llevábamos de avío, con la limonada fría que teníamos en el termo. El camino era plácido. El sol brillaba tras nubes que mitigaban el calor. El paisaje era verde en todas sus tonalidades y bajo las sombras de frondosos árboles, el ganado descansaba, acompañado de garzas blancas.


¡¿Qué es eso, Dios mío?! Musita Cristian y al levantar la mirada, veo un gentío que corria por la carretera. Hacían gestos y avanzaban. Eran como 30 o 40, la mayoría de no más de 20 años, pero yo veía millones.

De pronto, empezaron a aparecer motorizados por todas partes. Unos iban delante de nuestro carro y otros avanzaban desde atrás. Eran como cien motos con dos o tres personas por moto. Pero yo veía cientos de motorizados que se mezclaban con la gente que corría en mitad de la carretera. Tomé mi teléfono y con el latido del corazón en la yugular y en la sien, temeroso de que la turba notara que los grababa, le di al botón de play.

Las motos se reproducían por segundos. Avanzaban haciendo gestos, llamando a los que venían detrás en motos y a pie.

En un punto de la carretera, vimos camiones parados en la orilla. Las motos y la gente a pie los rodeaban. Miraban dentro. Unos iban vacíos. Otros llevaban plátanos y no era eso lo que buscaban. Algunos camioneros optaron por viajar con sus cavas abiertas para que la poblada viera que no llevaban nada.

La turba siguió avanzando. La gente de Arapuey estaba toda en la puerta de sus casas y a orillas de la vía. Unos parecían observar con asombro. Otros parecían esperar una señal, un signo para unirse a losla saqueadores. Yo seguía grabando. El miedo nos erizaba la piel. Nos sentíamos rodeados.

La turba pasó y paramos en el pueblo para preguntarle a unos señores que contemplaban todo sentados en un borde alto de la acera.

«Pa’llá está trancao. No hay paso. Desde anoche está trancao porque están saqueando camiones. Si quieren sigan. Pero eso está feo».

Habíamos pasado Arapuey y estábamos en Bella Vista. En el peaje, consultamos a la chica si había paso.

«Más adelante está trancado. Aquí estamos. Golpe y cuido. Con miedo pero no podemos hacer nada … Sí, aquí hay como cuatro policías, pero ¿Qué van a poder hacer? … Sí, tlenen armas, pero ¿Qué van a poder hacer con ese gentío? ¡Nada!»

Dejamos a la chica del peaje con su miedo y avanzamos nosotros con el nuestro. Ya cerca de la alcabala de Arapuey, se veían aparcados los camiones a ambas orillas del camino. Eran como 50 o 60 camiones pero a mí me parecían miles. En la alcabala, a lo lejos, se veía movimiento y aglomeración de gente. Preguntamos a un señor que venía en vía contraria y nos contó: «Después de la alcabala hay más trancas y más agresivas. Tiran piedras y atacan los vehiculos. Por eso yo me devolví». Una enfermera que pasaba a pie, con cara tensa y temblor en la voz nos dijo «Allá —señalando la alcabala— están disparando al aire».

Decidimos estacionar el carro en un espacio que había entre dos camiones y bajarnos a consultar con los camioneros a ver qué nos recomendaban hacer.

Un camionero nos contó que él estaba allí parado desde las seis de la mañana. Otros habían pasado la noche allí parados, esperando que los saqueadores se retiraran. «A mí hace unos días me reventaron todos los vidrios de este camión. En efecto, los cristales se.veían nuevos. Llegó un compañero de este y nos convidó de la mandarina que comía. «A lo mejor nos toca pasar la noche aquí», dijo el primero. «¡No diga eso! Seamos optimistas. Lo que pasa es que hay hambre. El pueblo no tiene comida». Yo tercié «Pero a los camiones de verduras como que los dejan pasar». Dijo el segundo: «Es que buscan los camiones de pollo, carne, arroz, pasta…». Y el primero comentó «Pero si pagan vacuna, pasan. 100 mil si van vacíos y 150 mil si llevan carga. Pero yo no voy a pagar ese realero».

En un punto de la conversación, dije «Esos son los empoderados de Chávez. Tanto se empoderaron que ahora son los dueños del país, pero así, a lo arrecho». Ripostó el segundo con su simpático acento guaro «Ay, no, muchacho, ahora sí me amargó usted el día —Es chavista, pensé—. ¿Cómo me va a nombrar a esa pava ahorita. No, no. Ya me empavó la tarde». Cuando les preguntamos a los nuevos panas si había una vía alterna, el guaro nos dijo «Sí, pero esa vía es muy peligrosa. No la recomiendo».

Al rato, decidimos que lo mejor era desandar el camino. No valía la pena buscar hospedaje para continuar el camino al día siguiente porque nadie aseguraba que la turba que estaba allí desde el día anterior, no permanecería en el mismo lugar al otro día. Optamos por dar vuelta en U y regresar a Mérida. Una señora que venía nos dijo que parecía que en ese momento estaban trancando también la vía por donde debíamos regresar. Un señor de una camioneta, que venía de la zona, nos dijo que ciertamente estaban trancando, pero que a carros pequeños dejaban pasar.

«¿Qué hacemos?» «Vamos a darle a ver».

A los pocos minutos, a lo lejos, al contraluz del atardecer, se veía una sombra negra que cubría la carretera de un extremo a otro. Era como una barricada. Disminuimos la velocidad más de lo disminuida que ya venía, bajamos el vidrio e interrogamos con la mirada a dos tipos y una chica que estaban junto a su moto. «Sigan, sigan —dijo uno de ellos haciendo el gesto de que avanzáramos con la mano—, a ustedes los dejan pasar, tranquilos. Y no le den plata a nadie porque no estamos cobrando». Pocos metros mas adelante, otra pareja parada junto a su moto, nos hizo el mismo gesto de avanzar. Ya se distinguía que la barricada era de motos y gente. La poblada trancaba por completo la vía.

Poco a poco, temerosos, con la arepa que nos comimos hecha un nudo en la boca del estómago, avanzamos. Cristian murmuraba como rezando y yo pensaba en que no habría problemas porque nosotros estamos bendecidos y ese no era el día. Lentamente atravesamos la turba. Una vez superada, seguían viniendo motos de todas partes.

«Me siento como en Jumanji 2» dijo Cristian. «Más o menos es así, dije, sólo que nosotros no tenemos fortalezas especiales ni debilidades». «Ni tenemos tres vidas», sentenció Cristian.

Pasado el susto, volvimos a la música. Juan Gabriel, Pablo Alborán, Farinelli, Julieta Venegas… a todo gañote. Cayó un corto chubasco y la tarde se volvió oro. Las largas colas para la gasolina volvieron a aparecer a la vera de a carretera. También las colas de gente esperando el gas parados con sus bombonas vacías en la orilla de la vía.

En el camino yo pensaba en lo difícil que sería controlar esto. ¿Cómo puede hacer el régimen para recoger la violencia sembrada en tantos años? ¿Lanzar al ejército? Eso significaría una matazón indiscriminada de gente. Gente, por cierto, que en su mayoría son la base electoral con que cuentan para perpetuarse en el poder y a los cuales armaron con armas de fuego. Por eso el régimen los deja hacer. No interviene. No trata de reprimirlos, como si lo hizo con los estudiantes y jovenes de las protestas de 2017, en las que masacraron a tantos venezolanos.
Despues de unas ocho horas de haber salido de Merida en un viaje con destino a Maracaibo, el no-país nos llevó al punto de partida. Hoy dormimos de nuevo en Mérida. Mañana lo intentaremos por la vía del páramo.

Sombras en mi espejo

4 enero, 2018 § Deja un comentario

¿Qué son esas sombras
que aletean en el espejo?

No son mis gallinas japonesas
ni mis gallitos cubanos.

Son sombras negras
Sus graznidos me aturden

¿Qué son esas sombras
que aletean en el espejo?

Son cuervos con picos filosos
que hieren el pecho
escarban mi corazón
hasta dejarlo hecho astillas.

Golcar Rojas, enero 2017

Para 2018 pido resistencia

31 diciembre, 2017 § 1 comentario

Tengo días escudriñando en mi interior —no, no es sobándome las güevas, mal pensados—, quiero decir esculcando en mi yo interior, buscando en mi mente, escarbando en mí corazón, buscando un vestigio de optimismo, escarbando cual perrito que escondió un hueso en el jardín, para intentar escribir un mensaje de año nuevo.

Pero el optimismo se me hace esquivo, escurridizo. Veo los mensajes de la gente deseando prosperidad, buenaventura, abundancia, alegrías, y me resultan quiméricos, ilusiones que no «empreñan», harina tirada en saco roto.

Pienso en un 2018 feliz y mejor que este terrible 2017 que termina y al ver los niños descalzos pidiendo en los semáforos, a los ancianos llorando en las farmacias porque al pedir el medicamento para la tensión y ver el precio astronómico que le impide el tratamiento, sienten que con el monto les extienden una condena a muerte. A familias que escarban entre los desperdicios para no irse a dormir con el estómago vacío. A las madres que lloran ante la imposibilidad de comprar la leche para alimentar a sus hijos. Veo cómo la inflación se come como una nigua hasta lo poco de oro que pueda tener la gente o los dólares que les envían familiares del exterior y con los que cada vez se compra menos, y no me salen palabras esperanzadoras.

Y la esperanza por un mejor futuro se aleja aún más cuando veo que el régimen arbitrariamente aumenta el salario mínimo el 31 de diciembre:

«ÚLTIMA HORA | En cifras: Aumento del 40% de salario mínimo y aumento de 30 UT para cálculo del CT.
Salario Base: de 177.507 a 248.510 Bs.
CestaTicket: de 279.000 a 549.000 Bs
Salario Mínimo Integral: 797.510Bs
Pensionados: aumento también del 40% del bono: de 53.252 a 99.404 Bs».

Un aumento que hace tres meses se tragó la inflación del no-país, donde dos litros de leche, hoy, cuestan 165 mil bolivares, un kilo de ricota 190 mil, un kilo de carne 245 mil y un pollo puede costar hasta 300 mil bolívares.

¿Cómo ser optimista ante esta terrible realidad? ¿Cómo engañarnos y decir «¡Feliz 2018!» cuando sabemos que todo el horror del 2017 no han sido más que los trailers de lo que será el nuevo año?

Entonces pienso en que sólo puedo esperar y desearle a mis amigos y familiares, resistencia, aguante, salud porque enfermarse será un lujo. Desear que la mayoría cuente aunque sea con un buen plato de comida, con una cama y un techo, con lo mínimo para sobrevivir. Que alguien done un par de zapatos viejos a los descalzos y dé un plato de comida a los hambrientos.

Esperar que quienes están fuera sí logren tener una vida próspera y de abundancia para que puedan seguir ayudando a los que estamos dentro. Aspirar a que quienes puedan huir del infierno lo hagan a pesar del dolor de la separación, y el vacío que nos dejan.

En fin, que ante el panorama que se nos presenta, sólo puedo pedir que logremos sobrevivir con el menor daño posible. Que logremos llegar al 2019 con las menores secuelas y que algo pase durante el 2018 que me permita para el 31 de diciembre, encontrar las palabras de optimismo y alegría, llenas de ilusiones por el futuro con las que les pueda desear a los habitantes del no-país un feliz y próspero 2019.

Por lo pronto, pido que 2018 nos sea leve y podamos superarlo. Deseo un faro que nos ilumine el camino, una luz que nos muestre la vía para enderezar el rumbo y recuperar el sentido y la esperanza de futuro.

Golcar Rojas, diciembre 2017