20 años esperando a Penélope

14 diciembre, 2018 § 2 comentarios

Pasaron casi los 20 años desde cuando, a principios de 1999, fue Joan Manuel Serrat a Maracaibo para un concierto en el Centro de Arte de Maracaibo, Lía Bermúdez. Entonces, los asistentes al espectáculo nos quedamos con las ganas de que el catalán cantara Penélope. Por más que el auditorio insistía «¡Penélope, Penélope!», Serrat cerró su show sin interpretar la bendita canción.

«Es que a él ya no le gusta esa canción» aventuró alguien con aires de conocedor. Lo cierto es que, desde entonces, quedé con las ganas de escuchar a Joan Manuel cantar «Penélope» en un concierto en vivo.

Tiempo después, titulé «Maracaibo sigue esperando a Penélope», una crónica en la que rememoraba la experiencia con el cantautor catalán en la tierra del sol amada. Un título iluso, pues estaba ya convencido de que Serrat no volvería a Maracaibo, ni a Venezuela, mientras mandaran los chavistas. Es que él es un hombre que se moja, y no se callaría ante lo que sucede en Venezuela.

Así, se fueron diluyendo con el tiempo mis esperanzas por «Penélope». Difícil veía que pudiera escucharla en vivo si Serrat no iba a Venezuela.

Pero la vida da muchas vueltas. Uno hoy está en un sitio y mañana quién sabrá. Quiso el destino que en noviembre me viniera a Madrid. Quiso el destino que en Madrid estuviera Mercedes Vázquez. Quiso el destino que para el 12 de diciembre —día en que cumplí un mes pisando suelo español—, estuviera programado un concierto de Joan Manuel Serrat en el WiZink Center.

«Ya hablé con Berry y me dará tres invitaciones para el concierto de Serrat el 12 —dijo Mercedes—. Así que aparten la fecha porque vienen conmigo».

«¿Será que esta vez si canta «Penélope?», fue lo primero que pensé.

Llegamos temprano para retirar las entradas. La puerta estuvo abierta desde las 7:30 de la tarde, lo que permitió que el público fuera llegando y llenara progresivamente el local. Sin grandes colas o aglomeraciones.

Sentado en mi asiento, por un momento, observé el WiZink Center casi vacío a las 8 de la noche y pensé si en verdad se llenaría un espacio tan inmenso. Sabía que las entradas se habían agotado, pero la tarea de llenar tantos asientos lucía imposible.

Se llenó. El WiZink Center estaba a tope. Yo calculo que la asistencia tendría un promedio de edad de 60 años.

El concierto inició con las canciones del disco «Mediterráneo». Es que el espectáculo se llama «Mediterráneo da capo». Mediterráneo desde el principio. Era como volver al inicio. Regresar 47 años en el tiempo. Yo tendría unos 7 años. Muchos de los espectadores rondarían los 20, muchos eran adolescentes. Y ahora, que volvíamos en el tiempo, se olvidaban problemas de artrosis, de próstata, de incontinencias y dolores de huesos. Todos volvimos a ser jóvenes.

Terminaron las canciones de Mediterráneo y nada que apareció Penélope. Serrat hizo gala de su humor. Contó anécdotas, reflexionó. Es que Joan Manuel es como ese mar al que le canta, ese mar que dice que es su vida. Ese mar que une, más que separar, tres continentes. Serrat es grande. Tan grande que es capaz de hacer que 11 mil personas se parasen a aplaudir de pie por varios minutos en varias oportunidades.

Y Serrat, como el Mediterráneo, se moja. No se calla. No puede ser indiferente. Por eso dice, hablando del mar, de la mar: «El mar es viejo y, por viejo, es sabio y por sabio es andrógino ‘el mar, la mar’. O bien habla del lecho marino contaminado por el plástico y del fondo del Mediterráneo donde yacen muchos hombres y mujeres que murieron tratando de llegar en pateras a la libertad, a la vida.

Serrat seguía cantando y hablando y nada que daba señas de Penélope. En un momento, empezó a hablar de Ulises, de Homero, de Ítaca. De salir a navegar, de echarse a la mar para recorrer mundo, y pensé que en ese instante anunciaría y cantaría la canción de la mujer vestida de domingo.

Pues no. Las gradas pedían a gritos que cantara «Penélope», pero el catalán con su chispa humorística,, parecía que despacharía el tema con sus entretenida charla. Pasó a cantarle a la luna.

Y terminó el concierto. Nunca llegó Penélope. La gente se levantó, los 11 mil espectadores del aforo, aplaudíamos de pie sin parar. Entonces, Serrat volvió. Las luces generales se apagaron y quedaron las del escenario. Joan Manuel presentó emotivamente la canción y arrancó a cantar, por fin, «Penélope». Dos lagrimones se chorrearon por mis mejillas. Algo me conmovió más allá de mi entendimiento.

Luego cerró el espectáculo con «Fiesta» y yo salí convencido de que algún ciclo de mi vida también se está cerrando. Un ciclo de 20 años, que inició a principios del 99, estrenando una camionetica Damas que acabábamos de comprar con préstamos y mucho esfuerzo y que tuvimos el privilegio de que Joan Manuel Serrat estrenara. 20 años después, en Madrid, el ciclo se cierra —o se inicia otro, según se vea—, escuchando a «Penélope», después de dos décadas de espera.

Anuncios

Acoso onírico

11 diciembre, 2018 § 2 comentarios

Sucedió lo que me temía desde que salí de Venezuela. Sabía que los sueños me chalequearían la alegría y sabotearían mi tranquilidad. Hoy, hace un mes, salí de Venezuela.

Soñé que estaba en un supermercado. Quería comprar una Pepsi Cola —o tal vez era el kilo de azúcar lo que quería—. Tenía la botella de 2 litros en la mano, cuando me enteré de que para comprarla, debía comprar también un kilo de azúcar —o para comprar el azúcar debía comprar la Pepsi Cola—. Lo cierto es que vendían el combo en 12 mil bolívares. No se podía comprar una sola.

Al final, decidí no comprar nada y salí. Al pasar frente a los supermercados había colas larguísimas. Cuatro, cinco, seis cuadras con gente en fila esperando para comprar azúcar. La cola de Centro 99, el supermercado en Delicias Norte al que acostumbraba ir, llegaba al Mc Donalds de la prolongación de Circunvalación.

Salía yo de un centro comercial y vi otra larga cola para entrar a otro supermercado. Allí llegó un camión de volteo en cuya tolva se apretujaba la gente. Venían por cientos a comprar azúcar. Se lanzaban del camión. Pasaban por encima de la reja y del cerco eléctrico.

Entonces, me di cuenta de que tenía en la mano la Pepsi Cola de dos litros. La botella estaba humedecida porque la había cogido de la nevera. Tenía una etiqueta que decía que venía en combo. Yo la había sacado sin darme cuenta.

Empecé, entre la multitud, a buscar a Cristian que había salido primero. No lo conseguí y decidí caminar para salir de allí. Al llegar a Mc Donalds, saqué con temor el teléfono para llamarlo. Marcaba y miraba a los lados. Temía que en cualquier momento apareciera el choro.

—¿Dónde estás? Me preguntó al contestar.
—En el Mc Donalds.
—¡Miarma! ¿Qué hacéis allí?
—Vine a hacerle la suplencia a Josué. Dije riendo mientras me dirigía a pararme junto a un vigilante inmenso, sentado junto a la puerta de vidrio de un banco.
—Espéreme allí. Dijo Cristian muerto de risa por el chiste sobre Josué.

Desperté con la sensación de persecución y acoso. La patria nos sigue como una maldición hasta en sueños. Abrí la persiana del cuarto. Hacía un sol radiante. El cielo era de un azul esperanzador. En las ventanas de algunos edificios ondeaban banderas de España. Esas mismas banderas que cuando las vi, recién llegado, me erizaron la piel. En nombre de las banderas se han cometido crímenes atroces.

Celaje

6 diciembre, 2018 § Deja un comentario

El país es un celaje
Un espectro
Salta en cualquier esquina
como aparición de carretera.

¡Allá va…!
¡Allí está!

El no-país sigue
donde lo dejé.

Golcar Rojas
Diciembre, 2018
Madrid

Morir en paz

29 noviembre, 2018 § 1 comentario

Me siento en un banco solitario
del Parque Central
En Tres Cantos.

Las aguas serenas del lago
sólo se remueven un poco
por los mandarines que graznan y nadan
pacíficos en su superficie.

Más allá, el cielo es escenario de batalla:
Dorados y malvas se enfrentan
en duelo de belleza
mientras el día muere.

La paz reina en el parque
todo es serenidad y quietud
tranquilidad y sosiego

Mis ojos húmedos
recuerdan días de zozobra
angustia de morir en el caos
del no-país.

Me descubro pensando en la muerte
lo bueno que será morir
en esta paz.

Todo hombre merece
morir en paz
tranquilo.
Morir serenamente
Sentado en la banca de un parque

Irse plácidamente
como lo hace el día
cada día.

Golcar Rojas
Noviembre, 2018
Madrid

Aguas claras

27 noviembre, 2018 § 1 comentario

Cuando uno nada en el barro, llega sentir que avanza. Que no se estanca. Que, aunque cada brazada y cada patada es un inmenso esfuerzo, uno lo está logrando.

Luego, uno sale del mar de lodo y se da cuenta de cuánto perdió en los esfuerzos. De lo poco que avanzó. De lo embarrado que salió. Uno nota que pasó mucho tiempo en el barro, siendo parte de él, pretendiendo avanzar en un ambiente hecho para estancarse.

Toca limpiarse todo. Empezar a nadar en aguas claras y convencerse de que uno tiene derecho a aguas limpias y a claridad. Sin culpas.

Golcar Rojas
Noviembre, 2018
Madrid.

Despedida (y) IV

20 noviembre, 2018 § 2 comentarios

No quiero hacer del exilio
una historia lastimera
ni un drama
o una tragedia.

Tampoco una hazaña heroica.

Me propongo
vivir con alegría
el día a día
con tranquilidad.

No habrá lamentos
ni autocompasión
No interrogaré a Dios

Espero no llevarme en la piel
el susto el temor el miedo
Aspiro pronto olvidar
que vengo del infierno

Pasar página a los perros del régimen
a esas fieras hambrientas que nos paran en la calle
que nos catean en el aeropuerto
A esas fauces abiertas
dispuestas a morder hasta arrancar el pedazo.

Quiero que mi exilio sea de paz
de alegría
de enseñanza
de solidaridad.

Al montar en este avión de Iberia
dejo atrás el horror.

Ya viví tantos años en el averno
Que cualquier lugar ahora
será el paraíso.

Y así lo apreciaré
Y daré gracias.

Golcar Rojas
Octubre, 2018

La belleza del temblor

19 noviembre, 2018 § Deja un comentario

A Jacqueline Goldberg

Desde el tren
contemplo la belleza del temblor

El viento azota los árboles
las hojas tiritan
se sacuden como manos mojadas
como en un final de danza
Eolo las hace cimbrar
hasta caer planeando
deslizándose grácilmente en el aire

El tren arranca
la belleza del temblor
permanece
Recuerdo a Jacqueline.