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20 enero, 2021 § Deja un comentario

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15 enero, 2021 § Deja un comentario

El día después de la nieve.

12 enero, 2021 § 2 comentarios

Crónica con cencelladas

Vamos llegando a Colmenar Viejo. No. No es el destino que buscamos, es solo cuestión de oportunidad.

Salimos de casa a 8:30 am. La intención es llegar a Atocha, para de allí caminar a Tu MasKota Chula en Andrés Torrejón, 10.

Vamos, que es lo que hacemos todos los días, la diferencia es que hay aún mucha nieve en la ciudad, y las cencelladas son guillotina.

El recorrido de casa a la estación, que habitualmente nos toma 20 minutos, hoy tardamos 40 en hacerlo, con varios resbalones por el hielo. Muy difícil, además, se hace mantener el equilibrio con las manos metidas en los bolsillos, para que no se congelen.

No obstante. La visual es hermosa. El blanco de la superficie contrasta de manera hermosa con los tonos dorados, naranjas y malvas del amanecer.

De vez en cuando detenía la marcha para contemplar la belleza. Esas sendas oscuras, zanjas abiertas entre la nieve para transitar las calles, largas, infinitas para quien las camina.

Por más de la mitad del trayecto, no vimos pasar más que a dos o tres personas. A partir de un punto, venía la hilera de gente, como una fila de hormigas. Van al trabajo. No hay niños, porque la escuela está suspendida hasta el 18.

En este punto del relato, el tren anuncia que estamos de nuevo en Tres Cantos, nuestro punto de partida.

Pasa que el tren está haciendo el trayecto de ida y vuelta por el mismo carril. Supongo que es un solo tren habilitado que va y viene. Pasa cada 50 minutos y, claro, sucedió lo que siempre pasa, cuando íbamos llegando a la estación, vimos llegar, desde la calle, el tren. Nada qué hacer, imposible correr sobre las cencelladas. Escuchamos el pito de cierre de puertas. Nuestro tren había partido. Tendríamos que esperar casi una hora para el próximo.

Ahora mismo, miro por la ventana y la nieve lisa, extendida sobre el suelo a mi izquierda, mientras el tren avanza, es um manto blanco con destellos de purpurina. Como si un inmenso traje de novia bordado con cristales de Swarovski hubiera sido tendido a la orilla del camino.

Los pies siguen gélidos, pero por lo menos vamos sentados y dentro del tren la calefacción ha calentado el resto del cuerpo. Por eso cogimos el tren vía a Colmenar, para no tener que esperar en el frío de la estación, de pie.

La hora de espera pasó relativamente rápida. Ya llegando a la estación, conocimos a Yolima, una cabimera con 20 años en Madrid.

Ella nos contó su historia que, con sus particularidades, es la historia de tantas amigas: salió de Venezuela en el 2002, con su marido. Vino a España y la recibió su cuñada en Tres Cantos. Después de haber vendido sus tiendas en Caracas y su casa, en España, se dedicó a limpiar casas.

Eran tiempos de Aznar. Corría el dinero en Madrid. La mayoría de los clientes de Jolima eran militares. No le faltó trabajo. Fue ahorrando y ahora, paga una hipoteca. En esos tiempos, en diciembre recibía pagas extras. “Recibía un pastón“.

Ahora es diferente. Sigue limpiando casas, las de los hijos de los militares, quienes también son militares. Pero, ahora no es igual. Ahora, en diciembre ha trabajado la mitad y ha recibido la mitad. Ahora, los patrones le dicen: Por las fiestas, no vengas. Y eso significa que, por las fiestas, no le entra dinero. Porque, aunque son tantos años en el oficio, no le pagan los días de fiesta. Y la Seguridad Social española sigue siendo muy injusta con los trabajadores domésticos. Cotizan cómo autónomos, 300 euros al mes, pero no tienen derecho a paro, ni a liquidaciones, ni a pagas extras. Todo queda a la buena —o mala— voluntad del patrón.

Yolima viene de una historia en Caracas llena de fiestas. Ahora, cuenta, mis amigos me dicen: Mima, pero ¿qué te ha pasado? ¿Dónde están los tacones, las pantys? ¡Esos pelos“, dice, y se sacude la melena que ha liberado del gorro de lana. Luego, se aleja un poco de nosotros pide disculpas, se saca la mascarilla quirúrgica: “Huy, cómo sudo. Qué asco —hace el gesto con la cara—. Qué asco me dan las mascarillas. Voy a tirar ésta”. Saca una nueva del bolso.

Los tacones, las medias de nailon y los peinados de peluquería, quedaron en el closet, en el baúl de las memorias, donde están los recuerdos de los días pasados en el restaurante Rako, de su cuñado Ángel Lozano, donde siempre era fiesta, la gente se subía a bailar en las mesas y pasaban las estrellas, el famoseo criollo y el internacional que los visitaba.

Allá, nació su hijo, un guapo moreno de 22 años, me mostró fotos, de él niño —nacido de su matrimonio con el chófer de Ángel Lozano—.

Cuñado, préstamelo para ir al Valle a buscar cosas para la tienda. Para ir al mercado del Cementerio. Y así, terminaron casados y con un hijo y se viinieron a Madrid. A Tres Cantos.

También nos enseñó fotos de su niña, de 13 años, con su cachorro Jack Russell, de 9 meses. La niña, achinada, es fruto de un segundo matrimonio con un peruano, del que se separó luego. “Tengo un negro y una india. Tengo todas las razas“, ríe.

Cuando estaba embarazada de la niña, tenía como 14 casas para limpiar. Mi médico, me decía que trabajaba como una burra. “Eres una burra Yolima, me decía. Yo creo que de allí me salieron las hernias discales. De tanto trabajar embarazada. A los 8 meses se rompió la bolsa y ni cuenta me di”.

Yolima intentó hoy llegar a su trabajo en Tres Cantos; pero luego de tres resbalones en el hielo, decidió devolverse a su casa. “Prefiero no cobrar un día y no tener que parar 15 o más si me caigo y me fracturo”.

Sus hernias empezaron a doler. Los medicamentos se le habían acabado. El paracetamol con tramadol de Cristian, no le sirve para nada.

En Chamartín, Yolima cogió a andar para su casa que queda en Fuencarral. Cristian y yo tuvimos que hacer trasbordo. Esperamos 15 minutos a que saliera el siguiente tren a Atocha.

Aquí voy, por Nuevos Ministerios, son las 11:20 de la mañana. Los pies siguen fríos. Seguimos intentando llegar a Tu MasKota Chula. Aún nos queda llegar a Atocha y caminar Infanta Isabel y un tramo de Reina Cristina. No sé si tenga mucho sentido esto que hacemos por llegar al trabajo.

Coco, la labrador con podenco, me espera para el paseo. También Lex, el pug carlino de Elena. Vamos a ver si llega hoy alguien a la tienda, que el deshielo no paga las facturas y seguimos atrasados con el alquiler.. Complicado.

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11 enero, 2021 § Deja un comentario

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9 enero, 2021 § Deja un comentario

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3 enero, 2021 § Deja un comentario

Despido el 2020

31 diciembre, 2020 § Deja un comentario

Último atardecer del año 2020.

Mañana amanecerá una nueva fecha, pero el cielo será el mismo. O no.

No habrá magia. No acabarán el dolor y el sufrimiento, pero tampoco las alegrías y los pequeños triunfos cotidianos que nos ayudan a restañar las heridas.

Para mí, no ha sido un año malo. Ha sido triste. Muy triste. Hemos pasado meses de tristezas y miedos. La incertidumbre es una compañera que nos mata a traición.

2020 nos puso a prueba. Estar con uno mismo tanto tiempo comprobamos que no es fácil. Pudimos ver que tampoco es fácil para los otros estar con uno.

Creo que, al final, no me atrevo a decir que ha sido mi peor año. Es una temeridad. Siempre puede venir un año peor.

Lo que sí estoy seguro es de que ha sido un año en el que he podido conocerme mejor. Saber de mis debilidades y de mis fortalezas y poner en práctica la tolerancia y el respeto, para con los demás, pero también para conmigo. A veces somos muy duros con nosotros mismos.

El 2020 me hizo cuestionar cada día el sentido de la vida. Pensar en la imperfección del ser humano. En qué sentido tiene que si Dios —sea lo que sea que cada uno llame Dios— quería hijos perfectos, nos hiciera con tantos defectos. Y luego, por qué castigarnos por nuestros defectos, si Él nos hizo imperfectos.

No. No hallé respuestas. Surgieron más preguntas. Pero sí creo haber confirmado que, ese Dios, no está para lo que muchas veces queremos que esté. Si está, está a su bola y no para evitarnos sufrimientos o darnos alegrías. En todo caso, esa es tarea de nosotros.

Por eso, deseo que en el 2021 todos tengamos las alegrías que nos forjemos. Que tengamos salud y la cuidemos. Que las penas sean las que podamos soportar y que nunca pensemos que lo que nos pasa en la vida es premio o castigo de Dios. Muchas cosas nos las propiciamos nosotros mismos y las ocasionamos a los otros. Tratemos de dar en este nuevo año alegrías, cariño y empatía al prójimo. Si todos lo hacemos, tendremos un año, sin dudas, feliz.

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30 diciembre, 2020 § Deja un comentario

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27 diciembre, 2020 § 1 comentario

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19 diciembre, 2020 § Deja un comentario