Vanidad

30 noviembre, 2015 § 2 comentarios

image

Afeito mi rostro y enjuago las legañas
Me baño calmadamente
Con minuciosidad escudriño cada intersticio de mi cuerpo
Agua tibia para espantar el miedo.

Me visto cuidando combinaciones
Colores y texturas
Me peino hasta que cada pelo está en su sitio
Perfumo orejas, pecho, cuello, muñecas.
Chequeo la imagen en el espejo.

Tomo las llaves y
salgo con el amanecer.
Al traspasar la puerta,
un escalofrío en la nuca.
Me pregunto
¿Sabrá la muerte de vanidades?

Anuncios

Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 4

28 noviembre, 2015 § 2 comentarios

VENEZUELA SOBRINOS

Ahora sí me la puso difícil la tía Amapola. Resulta que los resultados en Argentina le aflojaron el barro y me mandó a buscas Securezza por todos lados porque ya está cansada de cambiarse las pantaletas. La pobre está de chorrito y desde las 5 de la tarde cuando le dijeron que había ganado Macri hasta ahorita, se ha cagado 7 veces.
—¡Ay, mi niño, es que no me da tiempo de llegar a la poceta!
—¡Pero, tía, sí esos pañales no se consiguen así como así! Y si los encuentro, me van a pedir informe médico para vendérmelos porque eso es un requisito ineludible, como la partida de nacimiento para comprar pañales.
—¡Pues, chapea, mi niño, chapea! Pero no me llegues aquí sin por lo menos 3 paquetes de Securezza porque creo que esta cursera no se me quitará hasta el 6D.

***

—¡Mi niñoooooo! Apúrate con los Securezza que me acabo de cagar otra vez las pantaletas!
Mi tía Amapola está intensa con la diarrea, casi me revienta el tímpano cuando le contesté el celular.
—Tiíta, pero ¿no puede aguantar? ¡Apriete los esfínteres que no consigo pañales!
—Ay, mi niño, los tenía apretaísimos pero se me aflojaron cuando Macri dijo que va a combatir el narcotráfico y me volví a cagar.

***

Ya tía Amapola llegó. Los cuentos que trae de Irán la tienen con los pelos de punta. Llegó, tiró el neceser Loewe y la cartera Prada al piso. Lanzó lejos los Louboutin, se arrancó literalmente el traje Chanel y lo fue dejando todo por el camino hasta quedar en sus sostenes y pataletas Victoria Secrets:
—Vengo jarta de andá embojotá, mi niño. Tú no sabes lo quejeso. Magínate que tenía que andar detrás del guajolote del padrino y callaíta la jeta. Apenitas podía sonreir y muy sutilmente no se fueran a ofender esos carajos y se cayeran los negocios. La Delcita que aquí vive mentando madres y pintando palomas, allá parecía una monjita. Modosita y callaita también.
—¿Y el estómago cómo se portó?
—Ay, eso fue lo peor, mi niño. La cagadera no se me ha quitado. Tenía que disimular y salir cada nada elegantemente a cambiarme el pañal dejando la estela y la pudrición en el aire. Lo carajos esos se miraban, no decían nada pero cada vez que se me salía un peo se miraban y miraban al padrino. No sé si es que les daba lástima con él o que pensaban que era él el que se había comido el muerto y no se comió las flores. Es el viaje más horrible de mi vida y ya vengo a contarte más que aquí vienen los cólicos.
¡Pobre tía! Mientras apretaba el culo y corría al baño decía «Esto va a ser así hasta el día de las elecciones, ay, bendito!»

***

Hoy, a pesar del Glade touch, la pudrición invadía todo el pasillo, pero me aguanté para escuchar lo que murmuraba Tía Amapola mientras leía el resumen de prensa:
—Un pasito a la vez. No hay que desesperarse. Ya logramos que aplazaran el juicio para después de las elecciones. Esos gringos son tan correctos que dan asco. También logramos que Bocaranda le pusiera la piedra a la Jessy en los Runrunes. ¡Habrase visto! Cómo es posible tanto guiso en la vaina esa a espaldas de uno. No podemos dejar que estos carajos sigan de corrupción en corrupción como si tal. ¡A quién se le ocurre! Tener semejante chanchullo y que nosotros no hayamos visto ni una tajaíta!
En eso sonó un «plop» como de objeto que cae en un pozo y tía Amapola dijo:
—¡Ay, por fin, un mojoncito!
Y se lanzó un peo tan hediondo que tuve que huir.

***

Esta noche, antes de acostarnos, mientras Tía Amapola se bebía una infusión de concha de manzana roja que le preparé para ver si logra regularizar el digestivo porque nada que se le para la diarrea, le digo:
—Tiíta, y cuénteme, ¿de qué habló el padrino en esa Cumbre del Gas en Teherán? Porque de verdad que aquí no hay gas pero ni pa inflar un globo y para construir el oleoducto de El Palito tienen un cogeculo que lo más seguro es que termine en guiso porque piden plata prestada a unas empresas extranjeras que a su vez van a contratar a unas empresas nacionales para hacer su negocio con los dolaritos y al final uno no se imagina en qué va a a parar todo ese chanchullo… Total que la cosa con el gas en este país va de mal en peor y yo decía ¿Qué carajos dirá en padrino en esa cumbre si aquí ya no tenemos ni cómo producir gas?
—Pero, bueno mi niño, ¿tu eres pendejo o te queda la ropa grande? ¿O se te está pegando lo macilento del padrino? ¡Qué iba estar hablando nada de gas el padrino en esa vaina! El gas fue la excusa para ir a hablar de otros negocios que nos convienen más. De los únicos gases que hablaron en Teherán era de los míos que cada vez que se salía un peo podrido ponían unas caras todos que daba miedo. Yo lo único que hacía era taparme la nariz con el burka con cara de ofendida pa que no se dieran cuenta que era yo.

***

«Babaluayé Babaluayé.
Ay, San Lázaro en el día de tu día.
Ay, Bolívar, es el día en que se fué
Obatalá, conviértete en su guía.
Ay, Sai Baba
que piensen lo que digan
Te lo pido por tus huesos
Libertador de mi vida.
Que mis sobrinos no canten
que seguro desafinan.
Que nadie me vea.
Que de mi nombre se olviden.
que el 17 de diciembre
no se acuerden de la tía»…
Tía Amapola no para de rezar. Hoy amaneció con la mirada extraviada. Cierra los puños y se clava las uñas hasta que brota sangre.
«Padre nuestro, que estás en los cielos…
Dios te salve María llena eres de gracia.
Llena eres de gracia. Llena eres de gracia»
Repite esto último como en un sin fin y de pronto dice:
«Sálvame, María santísima, como a la muchacha de la película, Llena eres de gracia».
Me da una cosita verla así.

El librero

27 noviembre, 2015 § 3 comentarios

Maniqui original1.1

Hasta el día de hoy, me asombra que nadie se haya percatado de la ausencia de José Carlo en el semáforo. Ni siquiera sus «clientes fijos» se han dado cuenta de que es otra persona a la que le tienden el billete a través de la ventanilla del carro, apenas abierta para que pueda salir el papel moneda y no entre la pestilencia del hombre que recibe su limosna, cuando pasan a poca velocidad por la avenida.

José Carlo, todos los días, venía a mi librería, ubicada justo frente al poste del semáforo, a pedir agua.

Los pelos de la cabeza y de la barba, enmarañados, pegoteados, grasientos; hediondos a tráfico y sol. La piel negra, no por la raza; sino porque parecía que el humo de los escapes de los vehículos se le había adherido a ella, hasta formar una espesa costra renegrida, una oscura película gomosa del mismo color y textura del asfalto. Era una piel de pavimento aflojado por el sol inclemente del trópico. Se hacía imposible distinguir dónde era piel y dónde el estropajo de sus ropas. La pestilencia y el color eran parejos en dermis y trapos. La hediondez ácida y alquitranada que manaba de su cuerpo, se quedaba en mi local y en mis fosas nasales hasta horas después de haber salido.

Él se dedicaba desde tempranas horas de la mañana a pedir dinero en el semáforo de la avenida y, en cualquier momento del día, hurgaba en la basura hasta conseguir alguna botella de refresco o de agua vacía y, con ese envase, se presentaba en mi librería para que se la llenara de agua fría.
Yo colmaba la botella y se la entregaba. “Un vaso de agua no se le niega a nadie”, decía mi vieja con bíblica entonación.

El ritual se repetía casi a diario. Él entraba, extendía el envase vacío, yo iba a la nevera, lo llenaba y se lo devolvía. Todo sin mediar palabras y aunque había pasado más de un año en esa rutina, no conocía aún su nombre y no recordaba el tono de su voz pues, nunca más, desde aquella primera vez que entró y, extendiendo una botella vacía, pegajosa y sucia de Frescolita y había dicho «Agua», le había vuelto a escuchar emitir palabra.

En ese tiempo, la librería se había venido a menos, iba en caída libre, como el país. Cada vez llegaban menos títulos y los pocos que se conseguían venían a precios dolarizados. ¡Un escándalo! Impagables para la mayoría de la gente, cuyos salarios apenas les alcanzaban para sobrevivir. Las estanterías se iban quedando vacías, ocupadas con viejas agendas de años anteriores que nunca se vendieron, con revistas de crucigramas, sudokus y sopas de letras, entre ejemplares abollados de libros cuyo precio daba risa al compararlos con los astronómicos de los pocos libros que llegaban recién editados.

Pero yo me empecinaba. No quería dejar mi oficio de librero que tanto me gustaba; a pesar de que estaba seguro de que, tarde o temprano, la crisis me obligaría a bajar la santamaría y buscar otro medio de subsistencia.

— ¿Tiene algo de García Márquez?
—No hay nada.
— ¿De Cortázar?
—Tampoco.

Todos los días lo mismo. Cuando había algún libro que alguien solicitaba, el precio era tan alto que pocas veces llegaban a concretarse las ventas. De vez en cuando llegaba algún lector de pocos recursos que se llevaba unos cuatro o cinco ejemplares de precio viejo, dejando un hueco en el estante que ya cubriría una agenda anacrónica.

Cada vez se hacía más cuesta arriba cubrir los costos operativos. Las facturas de servicios, los recibos de impuestos y las deudas con proveedores, se acumulaban. Unos meses pagaba un poco a unos y, otros, otro poco a los demás. Así iba, con abonos, contentándolos a todos, o molestándolos a todos, y esperando que la situación, en algún momento, mejorara. Algún día teníamos que tocar fondo en el país y, con el golpe, impulsarnos para superar el caos. Con esa esperanza iban pasando los días, arrastrando la arruga por más de 15 años, confiando en que algo tendría que pasar.

Un día llegó el andrajoso con su botella vacía a pedir agua. Mientras le llenaba la envase manchado y sucio por la tierra adherida a la pega de la etiqueta del refresco, lo escuché decir, al tiempo que miraba la hora en el reloj de la pared:

—Van a ser apenas las dos de la tarde y ya llevo reunidos mil doscientos bolívares. Hoy ha rendido el día.
—Pues tienes más que lo que tengo yo. Hoy no he vendido ni un folleto turístico. —Le dije mientras le tendía la botella.

Su voz se me hacía extraña. Hablaba claro y con seguridad. El tono y la forma no se compadecían con la imagen y la hediondez que tenía en frente.

—Creo que antes de las seis, ya habré recogido más de dos mil bolos.

En los ojos ambarinos brilló un destello y sonrió con sus dientes completos dirigiéndose hacia la salida de la librería.

Antes de que terminara de salir, le dije casi a gritos:

—¡A lo mejor, un día, me paro contigo a pedir en el semáforo!

Movió la cabeza de un lado a otro, como descartando la posibilidad y, sonriendo, se alejó.

Pasaron unos cuantos días sin que volviéramos a cruzar palabra. Aparecía, me entregaba la botella y yo se la devolvía llena de agua sin emitir ni siquiera un sonido.

En una oportunidad, le pregunté cómo se llamaba:

—José Carlo.

No se habló más. Tomó su sucia botella llena de agua fresca y se fue.

El nombre, como su voz, se me hacía imposible relacionarlo con el despojo de ser humano que tenía frente a mí. No obstante, a partir de entonces, ese despojo, tenía nombre: «José Carlo».

— ¡Hoy la gente está como loca dando plata!

Me dijo un día cuando me pasó la botella con una mano y me mostraba en la otra un fajo de billetes.

Luego, al entregarle el agua, me apuntó:

—Hoy me han dado puros billetes de cincuenta y de cien. Mire, toque aquí —ladeó la cadera para que tanteara el bulto grande en el bolsillo trasero—. Son puros billetes de cien.

Palpé el bolsillo con asombro. Era un gran fajo de billetes el que guardaba allí, aparte de los que aún tenía en la mano.

— ¿Todo eso es de hoy? —Pregunté incrédulo.
—Ujúm…

Fue entonces cuando, en cuestión de segundos, sin soltar el paquete dentro del bolsillo, mi mente fue planificando todo.

Obvié por completo el olor a basura que despedía el asqueroso cuerpo. Dejé deslizar mi mano dentro del bolsillo y le acaricié la nalga. Espere un segundo para calibrar la reacción. José Carlo no parecía haber percibido el roce o, al menos, no parecía molestarle.

Entonces, saqué la mano del bolsillo y sin pensarlo mucho, le agarré el pene. Lo apreté con fuerza mientras lo miraba a los ojos.

El ámbar de la mirada brilló tornando más intenso su tono amarillento y José Carlo, excitado, sonrió mientras una enorme erección se formaba dentro de mi mano.

Sin soltar su pene, que no dejaba de crecer y ponerse enhiesto, lo arrastré hasta la trastienda, donde tenía una pequeña oficina. Bajé los apestosos pantalones y me sorprendió encontrar un pene rosado, casi blanco, en ese cuerpo que era del color y la textura del asfalto.

Los masturbé con calma. Él se dejaba hacer, gimiendo de vez en cuando.

Cuando cerró los ojos porque la eyaculación era ya inminente, sin perder el ritmo de mi mano izquierda sobre su tieso miembro; con la otra mano, tomé un antiguo y enorme abre huecos de hierro pintado con esmalte negro y con todas mis fuerzas le asesté un golpe seco en el cráneo, justo en el momento en que de su pene salía un chorro de semen espeso, lechoso y de penetrante olor a cloro que se estrelló sobre la bota de mi bluyín.

José Carlo cayó al suelo. Le di un segundo golpe de gracia y comprobé que su corazón dejaba de latir.

Con aparente calma, salí del local y cerré la santamaría grande de la librería, dejando la pequeña hasta la mitad. Apagué las luces y esperé en la penumbra a que se hiciera de noche. Metí al pordiosero en una bolsa negra de basura y, protegido por la oscuridad, subí el cuerpo al asiento trasero de mi carro y lo lleve a la orilla de la playa, a más de media hora de viaje. Me aseguré de que no hubiera nadie alrededor y saqué el cadáver, le quite la ropa y lo dejé, desnudo, junto a un contenedor de basura.

“El cuerpo sin identificar de un indigente fue localizado en el basurero de playa Bikini”. Eso fue todo lo que informaron los medios. A nadie le importó quién era y cómo lo habían asesinado. Era una de las cuatrocientas muertes violentas de ese fin de semana. Nada fuera de lo «normal» en este país que vive una guerra no declarada desde hace años…

Ahora, cuando el calor y el bochorno de la tarde aprietan. Hurgo en la basura. Busco una botella vacía y, vestido aún con los pestilentes trapos de José Carlo, con el pote en la mano, entro al bar clandestino que montaron donde por años tuve mi librería, para que me llenen el envase con agua fría. Salgo con mi agua sin decir palabra y continúo en el semáforo, pidiendo limosna, hasta que el sol se oculta.

***

Si quieren seguir leyendo Textos de la concupiscencia cotidiana, pueden adquirirlo picando aquí:
http://www.amazon.com/Golcar-Rojas/e/B00TW3DQHU/ref=dp_byline_cont_ebooks_1

Uroboros

26 noviembre, 2015 § Deja un comentario

image

Salir a la calle es sentirse parte del uroboros
La fila para la farmacia se une con la del banco
La cola de un supermercado se hace una para todos los supermercados
Un sinfin
Uroboros
La cola del hambre se junta con la de los ancianos
Miserables, más que ciudadanos
Humillados, más que viejos
Así, Venezuela se devora a sí misma
El socialismo nos ha hecho antropófagos.
Uroboros exiliados de Fantasía.
Serpiente que en un absurdo se devora su cola para sobrevivir.

image

Foto de Julio Eduardo Torrents

Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 3

22 noviembre, 2015 § 2 comentarios

macri

A tía Amapola no le gusta esto.

—¡Ay, mi niño, tráeme dos Brugesic de 600 y un toronjil de esos ricos que tú me preparas a ver si se me pasa esta molienda de huesos que traigo.

—¡Pero, tiíta! ¿Qué le pasó? ¿De donde viene tan esguarañingá?

—De la gira por Barlovento, mi niño. Me hicieron bailar más tambores que a negro cimarrón. Esa gente no tiene límite. Eso era caderazo pa cá y caderazo pa llá. Como tres horas en ese trajín. Todo sea por conservar los pocos votos que aún nos quedan.

Si vieran a la pobre tía Amapola. Parece un mamarracho. Tiene todo el chasis choreto y casi no puede dar un paso.

—Ay, tiíta. Ya le traigo el bededizo y las pastillas. ¿Y ahora, cómo va a hacer para ir mañana a La Chinita?

—Ni me lo recuerdes, mi niño. Ojalá y el Padrino desista de ir a esa misa en Maracaibo ¿Pa qué arriesgarse si él sabe que eso va a ser una pita pa dejanos sordos? ¡Y yo con este cuerpo tan coñaceao para ir a calarme ese calorón de allá!

—Tiíta, es que usted ya no está pa estos trotes…

—¿Qué no estoy pa estos trotes? Pues, todavía levanto, mijito. Allá un negrito sudao aprovechó el rebullicio de la tamborera y me echó una buena agarrá de nalga.

***

Ya tía Amapola se acostó.
A la pobre le dolía hasta la foto del pasaporte. Se dio una buena ducha con agua caliente y mientras se bañaba la escuché cantar «Mami, ¿que será lo que quiere el negro? Mami, ¿qué será lo que quiere el negro?». Salió, se puso su pijama Fendi y las babuchas Channel y, arrastrando los pies, llegó hasta su cama. Puso lo pies para arriba un rato y lo último que dijo antes de dormirse fue:
«¿Qué le habré hecho yo a ese Casto Ocando para que me tenga tanta inquina? ¡Si yo no me meto con nadie!»
Mañana sabré si por fin van a la misa de La Chinita o no.

***

Hoy, mientras desayunábamos, tia Amapola me dijo:
—Mi niño, tú que todo lo sabes y lo que no, lo inventas, ¿sabrás dónde podré encontrar unas gomas bonitas, cómodas como para correr, pero cuchis, de buena marca?
—En la Adidas o en la Nike, tiíta.
—Ay, no, mi niño. Adidas no, en el gusto por esa marca es en lo único que discrepo de Fidel. Y Nike tampoco. Quiero algo cómodo pero elegante. Femenino. De cuero con pedrería, con cristales de swarowski. ¿Prada o Louboutin no tendrán algo así? No me importa el precio porque aunque el busseness esté parado, para necesidades básicas aún tenemos.
—Con tantos zapatos que hay en ese vestier suyo, ahí debe tener algo tiíta. ¿Para que quieres gomas?
—Para el 7 mi amor, porque ya el padrino me advirtió que al perder la Asamblea, saldremos como Candanga y Burundanga a la calle a incendiar el país y tengo que ir con un calzado cómodo para poder correr. Ay, yo que pensaba que los tiempos de correderas de delincuentes comunes habían quedado atrás.

***

Desde una vez en que el Padrino le contestó «¡Pues claro que tengo que ser bien bobo pa’tené tantos años aguantándote y encima haberme casado contigo!», tía Amapola se cuida mucho de decirle bobo al Padrino cuando discuten. Pero hoy no se aguantó: «¡Es que no eres más bobolongo porque las vitaminas se te fueron pa’l bigote!», la escuché gritarle.
Después tía me contó lo sucedido. Ella le dijo que le parecía bien que no fuera a la misa de La Chinita, porque es muy duro fingir que se reza mientras una pita apabullante amenaza con reventarte los tímpanos, que mejor se fuera al otro extremo del país a fingir que se inauguran obras nuevas que eso siempre los pendejos se lo creen. Pero lo que detonó el zafarrancho fue cuando vio que el Padrino tenía una lloradera por el Twitter porque USA ha espiado este gobierno.
—¡Tú si eres bolsa! Piensas que con el cuento de que los gringos nos espionan con la Agencia Nacional de Seguridá la gente se va a olvidá de los muchachos. La gente es menos pendeja de lo que tú piensas. Lo que van a decí es que claro, si sospechaban de nuestros negocios era lógico que nos metieran el ojo, pa’ agarranos como marranos… ¡Y te vas sólo pa’Oriente que no te quiero ver! Además, todavía tengo una puntada en la esparda con los tambores de ayer.
Yo no dije nada. Me encerré en mi cuarto antes de que me mandara a rezá y porque cuando la tía está así, lanza lo primero que tiene en la mano, no vaya a ser que me cayera a mí el coco con la cara del difunto tallada en la concha que tiene en la mesa.

***

Yo soy como los vampiros que salgo al anochecer
porque en las noches me inspiro y me llevo a una mujer.
Vampiro vampiro, te chupo el vampiro…
Vampiro vampiro, te chupo el vampiro…
Vampiro vampiro, te chupo el vampiro…
La tía Amapola amaneció cantando.
—¡Tííta, amaneció contenta!
—No, mi amor. No es contentura. Es exorcismo, recordando que no estoy sola porque los vámpiros somos legión. Lo que pasa es que yo soy como la ixora —Debe ser que me vio los ojos puyúos del asombro, porque se apuró a aclarar—, ¡No como esa Ixora!, como la mata, chico, que entre más la pisan más florea. Pero la procesión va por dentro, mi niño. Ojoslindo me la tiene jurada, eso está visto. Se han enterado más de lo de mis sobrinos por él que por Casto Ocando. Y ahora el mamagüevo del Amoroso, también. ¡No me defiendas compái! Falta que digan “Pray for the nephews”, la cabeza de ñema ese. Pero, yo soy como los vampiros y cuando menos se los esperen le encajo el diente y les doy la chupada.
Vampiro vampiro, te chupo el vampiro…
Vampiro vampiro, te chupo el vampiro…

***

«Ahoda zalió el lengua’etrapo a hablad de mi honod. ¡No te digo yo, mi niño! ¡Todos se están guindando de mi falda pa’ver si agarran los votos. ‘La despozabilidá es individual. Y aunque no hay zolidadidá automática no se puede manchad así el honod’.
Si oyeran a mi tía Amapola imitándolo, es que habla igualito con la lengua mocha. Está fúrica.

***

—Bastante le dije yo al difunto que un tipo que vive jediondo a cebolla sin ser cocinero, no era de fiar. Que cualquier día el español ese nos iba a sacá el culo. ¡Pero como él cuando se enamoraba no veía ni olía! Ahí ‘tá, en la primera que pudo, echó la burra pa’l monte. Es un desgraciao. Ay, sí. Ahora le parece que Venezuela está muy lejos, al mamagüevo ese, pero cuando venía a llenase los bolsillos de euros le parecía cerquita y el paraíso. Ay, que no me haga hablá porque él sabe muy bien de dónde sacamos mucha de esa plata que le dimos. Es que no se puede sé tan desleal. Y ese si es verdá que no lo mando a rezá, no, ese se merece es que lo mande a mamá. Ay, pero que Changó me de vida pa’cagame en todos sus muertos. Malparío, hijuelaagrandísimaputa…

La tía Amapola anda en un monólogo que mejor ni le pregunto nada porque está que la pinchan y no echa sangre.

***

No he visto mucho a tía Amapola los últimos días. La última vez que supe de ella fue porque me llamó para pedirme el favor de salir a buscar el Brugesic de 600 porque se acabó luego de desbarate en Barlovento y sí, a ella, aunque no lo pueda decir, también le escasean las medicinas, sobre todo las que no vienen en los alijos diplomáticos.

De bromita le pude entender lo que quería porque tenía un ataque de risa.
—Tía ¿De qué te ríes? ¡Te va a dar un yeyo!
—Ja ja ja ja de las vainas del Padrino. Cuando no le escriben las cosas que tiene que decir, se inventa unas ja ja ja. Acaba se decirle a la gente que «Un pueblo culto es un pueblo libre». Ja ja ja me iba ahogando con el pedazo de topocho con margarina que tenía en la boca ja ja ja ja. ¡El padrino hablando de cultura, si ese lo único que leía completo y con religiosidad eran las Gacetas Hipicas! Porque ni las Play Boy porque con esas se entretenía nada más viendo las fotos. Ja ja. El pobre cuando dice esas cosas se oye más falso que bolívar fuerte ja ja.
—Ay, tiíta, usted sí es mala. Cómo se burla del pobre bobo.
—Ay, mi niño. Es que es muy cómico. Bueno búscame la medicina porque voy más desbaratada de lo que vine porque me han hecho bailar hasta la Burriquita y la Barca a Nueva Esparta.

***

—¡Aaaaaaayyyyyy!
—¿Qué pasó, tiíta? ¿El lumbago? Es que usted ha abusado estos días, acuérdese que ya no tiene quince.
—¡Pero qué empeño el tuyo de llamarme vieja! No es físico, ese Ay. Es de arrechera. ¿No viste que ganó Macri en Argentina? Y ve que se lo dije a la Cristina, te mando a la Tibisay para que se encargue de los escrutinios. Ni siguiera le íbamos a cobrar por el servicio. Pero ella que no, que todo estaba bajo control, que no hacía falta. Y ahora los pelucones de aquí se debe crecer porque deben sentir que por Buenos Aires empieza el fin de la revolución. De verdad, siento como si el difunto acabara de morir. ¡Aaaaayyyyyy!

Cambio

22 noviembre, 2015 § 2 comentarios

CAM06055

No pretendo cambiar a nadie.
Prefiero cambiar yo.
Como los árboles
que mudan sus hojas
y al cambiar el follaje,
modifican su entorno.

¿Qué somos?

21 noviembre, 2015 § 1 comentario

cielo14
Llevamos tanto tiempo siendo
que no nos damos cuenta de que ya no somos.
Ni siquiera sabemos cómo expresarlo.
Se nos atragantan palabras e imágenes.
Tememos.
Nos quedamos en el artificio
en las ganas de decir.

¿Dónde estoy?

Actualmente estás viendo los archivos para noviembre, 2015 en P(u)ateando la vida. Otro blog de Golcar.