Miedo escénico

11 noviembre, 2015 § 1 comentario

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Mi miedo escénico empezó en sexto grado gracias a los hermosos ojos de Luzmarina. Nunca he sido bueno para descifrar miradas por eso, todavía hoy, en mi mente, están clavados los ojos de mi maestra de tercer grado, mirándome el día del acto cultural por el Día de la Alimentación.

Se llamaba Luzmarina y de ella me enamoré perdidamente desde el primer día de clases cuando entré y la vi con su piel blanca y suave como los cuadros blancos de mi cobija recién lavada y con su pelo negro, largo y brillante como las noches estrelladas sobre el pico Bolívar.

Quiso el destino y la enfermedad de doña Clotilde, la titular de sexto grado, que me pusieran de suplente en mi último grado de primaria a mi amor de tercer grado y, cuando entré al salón y la encontré allí, nívea y con sus ojos brillantes, mi amor renació con una erección de esas que ya para entonces eran frecuentes, involuntarias, imprudentes e incontrolables.

Llegó el fatídico Día de la Alimentación. Como siempre, en todos los actos culturales, yo tenía algún papel que representar fuera para bailar, cantar, actuar o declamar, siempre las maestras conseguían un papel para mí.
Esta vez me tocaría recitar un poema al huevo. Y allí estaba yo, en el patio del Grupo Escolar Estado Lara de La Parroquia, con mi disfraz de huevo con una hermosa yema amarilla en el pecho. Listo para decir mis líneas después del plátano y antes de la piña.

Es el huevo como un sol,
un tesoro en proteína
que nos deja la gallina,
mas… ¿se come sin control?

Es rico en colesterol,
que se concentra en su yema
y puede ser un problema
si se come sin mesura,
pero la clara es segura
y de calidad suprema.

Me sabía el poema al derecho y al revés. Lo recitaba de arriba a abajo y de abajo a arriba. Empecé:

Es el huevo como un sol,
un tesoro en proteína

Y ¡Zaz! Allí estaban los ojos de Luzmarina clavados en mí. Me miraba fijamente y yo no sabía qué quería expresar con su mirada. ¿Me estará admirando por lo bien que sabe que lo voy a hacer? ¿Será que se está acordando del bulto en mi pantalón cuando la vi en el salón? ¿Tendrá miedo de que me equivoque? ¿Le avergüenza saber que estoy enamorado de ella?…

Las estrofas se me extraviaron. Los versos se me desordenaron. Traté de inventar algo sobre las proteínas y el valor nutricional de los huevos pero no conseguía las palabras que rimaran con proteína y al final solo quería que la grieta que había en el cemento bajo mis pies se agrandara y me tragara. La piña arrancó sus versos tras la seña de Luzmarina que me seguía mirando con esa mirada que no supe si era de lástima, de reproche o de asombrada admiración al ver que trataba de improvisar.

Por muchos años, me persiguió ese momento. La vergüenza era vívida al recordar la escena y quería siempre que la tierra se abriera a mis pies al rememorar.  Luzmarina no me dijo nada. Nunca me dijo nada.

Ya en la Universidad con el poema del huevo y mi fracaso olvidados y con Luzmarina echada al saco de la nostalgia, tuve que escribir un texto para la radio con motivo de la celebración del Día del Fotógrafo.

Escribí una crónica llena de humor de un pobre fotógrafo que sale en misión periodística a hacer las gráficas de un suceso y le pasa de todo. Desde un intento de robo hasta una caída en un charco, hundiendo su cara en el lodo pero manteniendo la cámara en lo alto para que no se le mojara. Antes su cámara que el rostro o la vida.

Llegué con mi texto a la cabina de la radio universitaria para entregarla al locutor, un compañero de clases, quien se encargaría de darle voz a mis líneas.

¡Terror! Favio no estaba allí, ya era la hora de dramatizar mi crónica en la transmisión en vivo y el locutor no estaba.

—¡Que lea Golcar, que lo escribió! Dijo sonriendo Sara, la profesora de periodismo audiovisual y Cheo, el profesor de fotografía, asintió con la cabeza y dándome un empujón para que entrara a la cabina porque ya era la hora de la crónica y la radio no podía quedar en silencio.

A grito destemplado, leí mi crónica. Me escuchaba la voz afectada, ronca, acelerada y con el acento gocho más marcado de lo habitual. Sentía que el sudor se escurría de mis axilas y que de mi boca salpicaba saliva para todos lados. Por el rabo del ojo, sentía que Sara y Cheo se miraban y cuchicheaban. No distinguía si comentaban «Qué bien lo hace» o «Cómo la está cagando». Levanté la mirada al terminar mi tortura y a través del cristal de la cabina vi la mirada de Cheo y Sara. Los dos tenían la misma expresión en sus pupilas. Sus ojos eran los ojos de Luzmarina en el patio del Grupo Escolar Estado Lara. Los dos me miraban con esa mirada extraña, fija, penetrante que me devolvía las ganas de ser aspirado por la tierra. Los dos tenían en sus órbitas oculares esa mirada indescifrable de mi maestra de tercero y sexto grado.

Esa misma mirada con la que ahora me miran ustedes.

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