El librero

27 noviembre, 2015 § 3 comentarios

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Hasta el día de hoy, me asombra que nadie se haya percatado de la ausencia de José Carlo en el semáforo. Ni siquiera sus «clientes fijos» se han dado cuenta de que es otra persona a la que le tienden el billete a través de la ventanilla del carro, apenas abierta para que pueda salir el papel moneda y no entre la pestilencia del hombre que recibe su limosna, cuando pasan a poca velocidad por la avenida.

José Carlo, todos los días, venía a mi librería, ubicada justo frente al poste del semáforo, a pedir agua.

Los pelos de la cabeza y de la barba, enmarañados, pegoteados, grasientos; hediondos a tráfico y sol. La piel negra, no por la raza; sino porque parecía que el humo de los escapes de los vehículos se le había adherido a ella, hasta formar una espesa costra renegrida, una oscura película gomosa del mismo color y textura del asfalto. Era una piel de pavimento aflojado por el sol inclemente del trópico. Se hacía imposible distinguir dónde era piel y dónde el estropajo de sus ropas. La pestilencia y el color eran parejos en dermis y trapos. La hediondez ácida y alquitranada que manaba de su cuerpo, se quedaba en mi local y en mis fosas nasales hasta horas después de haber salido.

Él se dedicaba desde tempranas horas de la mañana a pedir dinero en el semáforo de la avenida y, en cualquier momento del día, hurgaba en la basura hasta conseguir alguna botella de refresco o de agua vacía y, con ese envase, se presentaba en mi librería para que se la llenara de agua fría.
Yo colmaba la botella y se la entregaba. “Un vaso de agua no se le niega a nadie”, decía mi vieja con bíblica entonación.

El ritual se repetía casi a diario. Él entraba, extendía el envase vacío, yo iba a la nevera, lo llenaba y se lo devolvía. Todo sin mediar palabras y aunque había pasado más de un año en esa rutina, no conocía aún su nombre y no recordaba el tono de su voz pues, nunca más, desde aquella primera vez que entró y, extendiendo una botella vacía, pegajosa y sucia de Frescolita y había dicho «Agua», le había vuelto a escuchar emitir palabra.

En ese tiempo, la librería se había venido a menos, iba en caída libre, como el país. Cada vez llegaban menos títulos y los pocos que se conseguían venían a precios dolarizados. ¡Un escándalo! Impagables para la mayoría de la gente, cuyos salarios apenas les alcanzaban para sobrevivir. Las estanterías se iban quedando vacías, ocupadas con viejas agendas de años anteriores que nunca se vendieron, con revistas de crucigramas, sudokus y sopas de letras, entre ejemplares abollados de libros cuyo precio daba risa al compararlos con los astronómicos de los pocos libros que llegaban recién editados.

Pero yo me empecinaba. No quería dejar mi oficio de librero que tanto me gustaba; a pesar de que estaba seguro de que, tarde o temprano, la crisis me obligaría a bajar la santamaría y buscar otro medio de subsistencia.

— ¿Tiene algo de García Márquez?
—No hay nada.
— ¿De Cortázar?
—Tampoco.

Todos los días lo mismo. Cuando había algún libro que alguien solicitaba, el precio era tan alto que pocas veces llegaban a concretarse las ventas. De vez en cuando llegaba algún lector de pocos recursos que se llevaba unos cuatro o cinco ejemplares de precio viejo, dejando un hueco en el estante que ya cubriría una agenda anacrónica.

Cada vez se hacía más cuesta arriba cubrir los costos operativos. Las facturas de servicios, los recibos de impuestos y las deudas con proveedores, se acumulaban. Unos meses pagaba un poco a unos y, otros, otro poco a los demás. Así iba, con abonos, contentándolos a todos, o molestándolos a todos, y esperando que la situación, en algún momento, mejorara. Algún día teníamos que tocar fondo en el país y, con el golpe, impulsarnos para superar el caos. Con esa esperanza iban pasando los días, arrastrando la arruga por más de 15 años, confiando en que algo tendría que pasar.

Un día llegó el andrajoso con su botella vacía a pedir agua. Mientras le llenaba la envase manchado y sucio por la tierra adherida a la pega de la etiqueta del refresco, lo escuché decir, al tiempo que miraba la hora en el reloj de la pared:

—Van a ser apenas las dos de la tarde y ya llevo reunidos mil doscientos bolívares. Hoy ha rendido el día.
—Pues tienes más que lo que tengo yo. Hoy no he vendido ni un folleto turístico. —Le dije mientras le tendía la botella.

Su voz se me hacía extraña. Hablaba claro y con seguridad. El tono y la forma no se compadecían con la imagen y la hediondez que tenía en frente.

—Creo que antes de las seis, ya habré recogido más de dos mil bolos.

En los ojos ambarinos brilló un destello y sonrió con sus dientes completos dirigiéndose hacia la salida de la librería.

Antes de que terminara de salir, le dije casi a gritos:

—¡A lo mejor, un día, me paro contigo a pedir en el semáforo!

Movió la cabeza de un lado a otro, como descartando la posibilidad y, sonriendo, se alejó.

Pasaron unos cuantos días sin que volviéramos a cruzar palabra. Aparecía, me entregaba la botella y yo se la devolvía llena de agua sin emitir ni siquiera un sonido.

En una oportunidad, le pregunté cómo se llamaba:

—José Carlo.

No se habló más. Tomó su sucia botella llena de agua fresca y se fue.

El nombre, como su voz, se me hacía imposible relacionarlo con el despojo de ser humano que tenía frente a mí. No obstante, a partir de entonces, ese despojo, tenía nombre: «José Carlo».

— ¡Hoy la gente está como loca dando plata!

Me dijo un día cuando me pasó la botella con una mano y me mostraba en la otra un fajo de billetes.

Luego, al entregarle el agua, me apuntó:

—Hoy me han dado puros billetes de cincuenta y de cien. Mire, toque aquí —ladeó la cadera para que tanteara el bulto grande en el bolsillo trasero—. Son puros billetes de cien.

Palpé el bolsillo con asombro. Era un gran fajo de billetes el que guardaba allí, aparte de los que aún tenía en la mano.

— ¿Todo eso es de hoy? —Pregunté incrédulo.
—Ujúm…

Fue entonces cuando, en cuestión de segundos, sin soltar el paquete dentro del bolsillo, mi mente fue planificando todo.

Obvié por completo el olor a basura que despedía el asqueroso cuerpo. Dejé deslizar mi mano dentro del bolsillo y le acaricié la nalga. Espere un segundo para calibrar la reacción. José Carlo no parecía haber percibido el roce o, al menos, no parecía molestarle.

Entonces, saqué la mano del bolsillo y sin pensarlo mucho, le agarré el pene. Lo apreté con fuerza mientras lo miraba a los ojos.

El ámbar de la mirada brilló tornando más intenso su tono amarillento y José Carlo, excitado, sonrió mientras una enorme erección se formaba dentro de mi mano.

Sin soltar su pene, que no dejaba de crecer y ponerse enhiesto, lo arrastré hasta la trastienda, donde tenía una pequeña oficina. Bajé los apestosos pantalones y me sorprendió encontrar un pene rosado, casi blanco, en ese cuerpo que era del color y la textura del asfalto.

Los masturbé con calma. Él se dejaba hacer, gimiendo de vez en cuando.

Cuando cerró los ojos porque la eyaculación era ya inminente, sin perder el ritmo de mi mano izquierda sobre su tieso miembro; con la otra mano, tomé un antiguo y enorme abre huecos de hierro pintado con esmalte negro y con todas mis fuerzas le asesté un golpe seco en el cráneo, justo en el momento en que de su pene salía un chorro de semen espeso, lechoso y de penetrante olor a cloro que se estrelló sobre la bota de mi bluyín.

José Carlo cayó al suelo. Le di un segundo golpe de gracia y comprobé que su corazón dejaba de latir.

Con aparente calma, salí del local y cerré la santamaría grande de la librería, dejando la pequeña hasta la mitad. Apagué las luces y esperé en la penumbra a que se hiciera de noche. Metí al pordiosero en una bolsa negra de basura y, protegido por la oscuridad, subí el cuerpo al asiento trasero de mi carro y lo lleve a la orilla de la playa, a más de media hora de viaje. Me aseguré de que no hubiera nadie alrededor y saqué el cadáver, le quite la ropa y lo dejé, desnudo, junto a un contenedor de basura.

“El cuerpo sin identificar de un indigente fue localizado en el basurero de playa Bikini”. Eso fue todo lo que informaron los medios. A nadie le importó quién era y cómo lo habían asesinado. Era una de las cuatrocientas muertes violentas de ese fin de semana. Nada fuera de lo «normal» en este país que vive una guerra no declarada desde hace años…

Ahora, cuando el calor y el bochorno de la tarde aprietan. Hurgo en la basura. Busco una botella vacía y, vestido aún con los pestilentes trapos de José Carlo, con el pote en la mano, entro al bar clandestino que montaron donde por años tuve mi librería, para que me llenen el envase con agua fría. Salgo con mi agua sin decir palabra y continúo en el semáforo, pidiendo limosna, hasta que el sol se oculta.

***

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