Una vida normal para 2016

28 diciembre, 2015 § 4 comentarios

 

2016

Para el mundo, pido paz
y justicia.
Pero, para los venezolanos tengo deseos especiales
Una vida normal.

Quiero que la política nos dé un respiro
Que vuelva a su justo lugar
Que no esté omnipresente
En cada instante, en cada hecho
Cada día.
Una vida normal.

Que esos 112 sepan enrumbar la nave
Que nos den la confianza
Para que podamos dejar la política en sus manos
Sin temor a traiciones, ni violaciones

Una vida normal.
Que de política se hable sólo cuando sea el tiempo de la política
Que nos deje el campo para hablar de libros, de cine, de música
Un chisme del vecino, del hermano
Que salga de nuestras mesas
la política.

Una vida normal:
El niño a sus juegos
El escritor a sus libros
El músico a sus notas
El actor a sus personajes
El zapatero a sus zapatos
El político a la política

Una vida normal.
Con verdad y honestidad
Que podamos de nuevo
Disfrutar una comida entre amigos.
que comprar un jabón de baño
leche, azúcar, carne…
No sea una proeza.

Que vuelva a ser un acto casi inconsciente
Como respirar.
Que las colas sean para la fiesta, el cine, el teatro.
No es mucho pedir
Una vida normal.

Que acalle el ruido en nuestras mentes
para disfrutar de nuevo
Del canto de los pájaros en el jardín
de una vida normal.

Caracas mortal, la que amamos y odiamos

27 diciembre, 2015 § 3 comentarios

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Caracas mortal, de Claudia Noguera Penso (Oscar Todrmann editores) más que poemas son fotogramas que nos desvelan esa relación de amor—odio que surge a raíz de las vivencias en una ciudad —extensible al país—, que nos ata y nos expulsa. Que nos seduce y aborrecemos. Que queremos con pasión y odiamos con dolor.

Los textos de Claudia en Caracas mortal son imágenes de atracción y repulsa. Y uno piensa en irse y sabe que adonde vaya, allí irá Caracas, nos llevaremos la ciudad y el país. Viajaremos con nuestro amor y nuestro odio, y la nostalgia siempre nos impulsará a volver.

«Las ciudades sólo pueden ser  reconstruidas con los recuerdos de quienes la vivieron», dice Claudia. Yo tengo más de veinte años reconstruyendo a Caracas en mi memoria y toda una vida reconstruyendo el país.

Bellas las ilustraciones Ivoly Noguera que forman la imagen de la ciudad incorporando textos de Claudia.

Al cerrar el libro nos queda la sensación de que para todos —o para muchos—, la ciudad, Caracas, el país, no es más que una emoción.
Una nostalgia
Un recuerdo de hace un minuto
O de hace muchos años.
Una memoria que constantemente se (re) construye.

Venganza

27 diciembre, 2015 § 1 comentario

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Lamí mi herida
hasta que sólo quedó el queloidde
abultado del zarpazo.

No lloré
No gemí
Ni un puchero.

Sólo grité y maldije
cuando vi la misma herida
en el brazo de mi hermano.

No olvidé
Mi cicatriz supuró de nuevo.

La venganza parece más digna
Cuando la perpetramos por la ofensa al otro.

El Malquerido, de Diego Risquez

25 diciembre, 2015 § 3 comentarios

malquerido

La vida de Felipe Pirela fue desgarradora como cualquiera de los boleros que el cantante hubiera interpretado. Bien se podría decir que vivió en un bolero como El malquerido, Sombras nada más, Entre tu amor y mi amor… cualquier bolero de esos que cantaba con lo que hay que tener para cantar boleros, un vida apasionante y un par de cojones, que es de donde parece salir esa voz con la que Felipe Pirela cantaba.
Una vez más, al salir de la sala de cine, luego de ver El malqueirdo, el film que sobre la vida de Pirela dirigió Diego Risquez, quedo convencido de que el cine venezolano necesita con urgencia buenos guionistas. Escritores que sepan contar una historia que vaya más allá de la unión de anécdotas. Me pasa también con algunas novelas que he leído. Hay una cierta narrativa venezolana tanto en literatura como en el cine que cuenta anécdotas y las une pero no llegan a hilvanar una historia que se sostenga con solidez. Que tenga sus momentos de clímax, sus subidones y bajadas y luego el desenlace.

En el caso de Felipe Pirela no habría sido muy difícil lograr una historia que enganchara porque su vida fue cinematográfica, su corta vida fue un bolero de dolor, amor, desamor y pasión.

El malquerido tiene una excelente fotografía, las locaciones son glamourosas y espectaculares, la cámara es óptima. Tiene varios pelones de edición, algunos brincos que no se pueden obviar y, sobre todo, adolece de trabajo actoral y de un buen desarrollo de los personajes.

Chino, muy bello en todo el film, se queda en eso, el muñequito que hace un plano bonito, el niño bello querido por la cámara, pero que no logra mostrar el infierno interior y esa pasión devoradora que debió ser la vida de Felipe Pirela, la vida de un hombre que vivió a una velocidad de vértigo, que subió como la espuma y bajó a los infiernos. Sin duda, es un personaje para un “Actor”, con mayúscula. Un intérprete que pueda manejar toda la gama de emociones por las que el cantante atravesó a lo largo de su vida y que plasmó en sus boleros. Cómo cantante, Chino es bueno, como baladista; pero, como bolerista le falta pasión y no llena los zapatos de Pirela al cantar.

La historia es plana y lineal, los diálogos poco creíbles. Históricamente tiene algunas imprecisiones. Hay en la vida de Pirela un trasfondo político al ser la madre de la niña con la que se casa vinculada a AD y a CAP que no creo que se deba obviar al momento de contar su historia. El habla maracucha en el film llega a molestar por falso. Los personajes de Carlos Cruz y de Mariaca Semprum rayan en lo caricaturesco y en malos de teleculebrón. La Lupe, ay, a la Yiyí no la vi. La dirección de arte también tiene sus pelones.

Pero todas esas fallas, para mi, obedecen a la falta de un buen guión, con personajes sólidos y bien construidos. Una lástima porque Felipe Pirela se merece un mejor film que lo muestre con toda su pasión, con esa vida que vivió desde las vísceras. Una película que nos muestre el auge y caída de ese bolerista del que cuenta el actor Daniel Lugo y que no se ve en la El malquerido:

“Yo iba los domingos a un hotel en el viejo San Juan a disfrutar de unos tragos en la piscina, y un día pregunté al barman por un hombre que había visto en los fines de semanas anteriores, siempre solo, expectante, bebiendo en silencio y que eventualmente me miraba. Ese hombre solitario era Felipe Pirela, siempre absorto en sus nostalgias, como esperando algo que nunca llegaba”.

Vida

25 diciembre, 2015 § 1 comentario

vida1

Vivir
Ir sembrando el camino
de nostalgias.
Esparcir recuerdos en la orilla.

Vivir
Verter memorias por la vía
Desparramar reminiscencias.

Hasta que, un día,
llega el tiempo de cosecha.
La evocación.
La vida.

¡Feliz Navidad!

23 diciembre, 2015 § Deja un comentario

pluma1

«De Cándido, donde comprar es un placer»

19 diciembre, 2015 § 2 comentarios

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El señor que esta delante de mí en la fila para pagar, con camisa azul a rayas, saca su celular y llama. Lo escucho decir a quien está en el otro lado de la línea:
—Venite, marico. Estoy aquí en De Cándido y no hay cola. Están dejando sacar aceite y Harina Pan. Pero hay que pagar sólo con tarjeta.

img_20151219_185845.jpgLo escucho y no puedo evitar pensar a lo que hemos llegado. Así estamos en Venezuela. Unos 20 carritos de compra en fila para pagar y nos parece que «no hay cola». Sólo porque no hicimos cola para entrar. Ya no es que podemos comprar algo; es que «Están dejando sacar» un litro de aceite y dos paquetes de Harina Pan, dos kilos de spaghetti y una caja pequeña de Corn Flakes. No más. Era todo lo que había de productos regulados.

Pero vamos hacía atrás en esta historia. La triste aventura empezó cuando a mi tienda llegó un cliente con una bolsa de compra y, en ese escaneo involuntario de bolsas de supermercado al que nos hemos habituado los venezolanos, vi que tenía un litro de aceite:

—¡Consiguió aceite! —Le dije sorprendido.

—Sí. En De Cándido. Y no hay cola porque sólo aceptan pagos con tarjetas.

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A las cinco de la tarde, cerramos nuestra tienda y Cristian y yo decimos acercarnos al supermercado para comprar el aceite. La luna en cuarto creciente brillaba hermosa en el cielo aún con luz de día y al llegar a De Cándido, una palma verde en contraste con el cielo azul cobalto y la luna hicieron que sacara mi móvil y tomara una imagen para Instagram.

Teníamos aproximadamente un año de no entrar al De Cándido de Delicias. El golpe a la vista fue deprimente. De la inmensa planta física del img_20151219_185748.jpglocal, apenas está operativo un 20 por ciento. El piso sucio y pegoteado. Los anaqueles vacíos y sucios. Un calor sofocante. La parte de las verduras que antes era una delicia de colores y variedad, ya no se encuentra abierta. Allí ubican los productos regulados que una chica despacha a quienes sólo van a hacer compra de este tipo de productos. Quienes van a hacer más compras pueden tomarlos de «planta».

Ante el soporífero calor que siento, le comento a un trabajador y me comenta que eso es todo el día, todos los días. Cada cierto tiempo, apagan los aires.

—Supongo que los dueños deben tener los aires de su casa todo el día como un nevera — Le digo con acritud.

—Eso no lo dudo.

img_20151219_185930.jpgPasamos por las neveras y nos sorprende ver carne y, sobre todo, que esté con un óptimo aspecto. Tomamos varias bandejas. Otro trabajador me comenta que tenía como un año que no vendían carne.

—Hoy llegó, hace un rato.

Recorremos todo el supermercado metiendo artículos en el carrito de la compra y nos vamos a pagar. Es allí donde se una cola de una media hora o un poco más. Y es allí donde escucho la conversación telefónica del señor. Arriba, a lo lejos veo un letrero que dice «Alegría», y no puedo evitar pensar en la ironía.

Por fin, llegamos a la caja. Me sorprende la máquina captahuellas que ostenta cada caja. Es la BMW de las captahuellas. Muy similar si no igual a las del CNE, a las usadas el momento de votar en las elecciones.

«Ponga el pulgar derecho», dice el cajera adormilado por el sofocante img_20151219_185150.jpgsopor. Obedezco y me sorprende cuando le escucho «Ahora el pulgar izquierdo». Sí. Como en una reseña policial, hay que poner ambas huellas en la máquina.

Mientras van chequeando nuestra compra, escucho que en la caja de al lado una señora dice: «Ah, pues anulen la compra, yo no sabía eso».

Intrigado le pregunto qué sucede.

—Que yo no sabía que no se puede pagar en efectivo y no tengo tarjeta.

Indignado. Pienso en lo injusto que resulta que una señora haga una cola img_20151219_190011.jpgde 40 minutos y que no le permitan hacer su compra porque no tiene tarjeta. Cuando aparece la supervisora para anular la compra de la señora, le digo que yo puedo pagar con mi tarjeta y que la señora me dé el efectivo.

—No. La tarjeta tiene que estar a nombre de la persona que compra.

—¡¿O sea que si yo quiero regalarle un mercado a alguien, no puedo hacerlo?!

—No — fue la escueta y seca respuesta de la mujer y procedió a anular la compra de la señora.

En el gobierno de los pobres, en el régimen del «presidente obrero», los pobres que no tengan tarjeta de crédito o débito, esos que no tienen ni siquiera una cuenta bancaria; pues, sencillamente, no podrán comprar comida.

Con temblor en el estómago y pensando en la depresión que se me está sembrando en el cuerpo. Recordé como un deja vu la tristeza que sentí hace 25 años cuando visité un supermercado en La Habana. La  tristeza se me mezcló hoy con el asco y la rabia. Empaqué mis productos y pensé en el eslogan que, cantadito, dicen en las cuñas del supermercado «De Cándido, donde comprar es un placer». #VayaPalaMierda

 

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