Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 6

6 diciembre, 2015 § 2 comentarios

pablo

Tía Amapola pasó largo rato mirando el Ipad. Calladita, Se lo acercaba, lo alejaba. Se ponía las gafas de ver. Arrugaba los ojos como queriendo enfocar y fruncía la boca negando con la cabeza.
Me intrigó tanto que hecho el pendejo me acerqué por detrás para ver qué miraba con tanta insistencia.
En la pantalla tenía la foto de AFP de Pablo Escobar. La agrandaba, la movía para ver los detalles del bigote. Se quedó rato observando el ojo derecho, luego pasó al izquierdo.
De pronto, se puso el Ipad en las piernas y dijo:
-Yo no entiendo por qué dicen que este hombre se parece al Padrino. Si mi macho es más lindo. Más estilizado. A este carajo se le ve el barrio y el Padrino desde hace tiempo con tanto viaje se refinó. A mí no se me parecen nada. Y además, al padrino aún le faltan unos cuantos kilitos para alcanzarlo.
Yo me hice el pendejo porque ese tema de los kilos es mejor ni tocarlo, uno no sabe cómo puede terminar.

***

Tía Amapola se queda un rato mirando la pantalla de VTV, escudriñando con ojos fruncidos la mirada de la mujer en el televisor cuando dijo «Periodistas y periodistos» y de repente suelta de su garganta, su pensamiento:
—¿Será que esta cerda se está acostando con el Padrino? ¿Cómo es eso de ya hablan igual? No, no. Si yo sé que a el no le gusta la miss Piggy, si por eso me paga el bótox y las cirugías, para mantenerme esberta.
Algunas veces se le sigue saliendo la ere por la ele a la pobre. Le dio al botón de off con el control y dijo:
—Mejor no la miro más, no vaya a ser que tenga que prender esta noche otra vela negra.

***

Tía Amapola llegó excitadísima después de votar. Los ojos vidriosos con las pupilas dilatadas, como si se le fueran a salir de sus orbitas. La nariz le goteaba como si el polvo le hubiera dado alergia. A lo mejor es la tinta indeleble. Por la pantalla del interfono la vi tocando frenéticamente el botón con el codo porque venía cargada de peroles. Corrí a abrirle la puerta.
Tenía tres velones gigantes abrazados, uno amarillo, uno azul y uno rojo. No sé cuantos metros de cinta tricolor, un pote de pólvora, un paquete de cajas de fósforos y unos cuantos tabacos, pero baratos, no de los Cohiba edición especial que fuma el Padrino. «Ayúdame con esto, llévamelo pa’l cuarto», me dijo.
—¡Pero tiíta! ¿Por qué trae eso así y no en una bolsa?
—¡Lo comerciantes saboteadores y desestabilizadores en esta mierda ya no quieren dar bolsas! Todo pa que la gente se arreche más. ¡Ay, mi niño! ¡Ay, mi niño! No te imaginas lo que me pasó cuando estaba votando.
—¿Te equivocaste y salió el voto nulo?
—Noooo. Fue horrible. Llegué al centro de votación y, antes de bajarme del carro, me empolvé la nariz, tú sabes, antes muerta que sencilla. Inmediatamente me dio como taquicardia. Afuera la gente me gritaba cosas pero yo me hice la que no era conmigo. Chapeé y pasé al primer puesto en la fila de los de tercera edad —Qué rabia me da tener que pasar por ahí—. Bueno, los viejos protestaron pero no les paré. Hice todo con el corazón bum bum bum que se me quería salir por la boca. Cuando estaba parada frente al tarjetón, la manito azul abajo, me saludaba, me llamaba. Era como si me estuvier hipnotizando. Cuando ya iba a pulsar ahí ‘Voto Lista’, los ojitos de arriba se abrieron, se pusieron puyúos y parpadeaban como mariposas huyendo del fly. Y la vosz del difunto me decía «¡Acuérdate de los sobrinos! ¡No te equivoques que tienes mucho qué perder!.Acuérdate cómo terminó Edelmiro en la novela de Golcar. ¡Mosca!… Horrible, horroroso. Con temblor en las manos le hurgué duro los ojos pa que se callara, le di un golpe a la pantalla donde decía ‘VOTAR’ y terminé con esa vaina y salí corriendo a comprar todo esto.

***

Shiiito. No hagan bulla que estoy husmeando a ver qué hace la tía Amapola encerrada en el cuarto.
Después de que la ayudé con las cosas, me dijo que le buscara en el bar una botella de anís El Mono y cuando se la entregué me dijo.
—Te me vas, que tengo mucho que hacé. Anda a rezá que la cosa no está muy buena.
Y me tiró la puerta en la cara. Ahora la oigo cómo enciende fósforos y ya sale olor a humo de tabaco barato por debajo de la puerta. Pego la oreja y la oigo:
«Chamo Candela. Chamo Cuchillo.
Chamo alumbrao. Chamo Galán.
Que el Ratón Pérez y El Tombo me protejan.
Que la Chama Maritza, Elizabeth y la Isabelita me cuiden.
Que Ismaelito me bendiga.
Que lo que dijeron los ojos no se cumpla.
Que toda la Corte Malandra esté en guardia.
Que lo que viene no me gusta».

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