«La Leo»

6 diciembre, 2015 § 2 comentarios

 

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Leo sólo tiene dos intereses —obsesiones, más bien— en la vida: la peluquería y el sexo. Y en ninguna de las dos actividades parece satisfacer sus apetitos y ganas por completo ni sentir cansancio cuando se presenta alguna oportunidad o bien para atender una frondosa cabellera o para echar un buen polvo.

A Leo le conocí, y en este caso el pronombre indefinido tiene una justificación plena; pues, al principio, nunca sabía si dirigirme a Leo como «Él» o como «Ella». No parecía encajar en ninguno de esos perfiles binarios —varón/hembra, hombre/mujer, macho/hembra— a los que estamos habituados. Bueno, decía que le conocí cuando su apariencia era completamente andrógina. No había rasgos definitivos en su cara o cuerpo que permitieran decir a qué género pertenecía.

Era como un flamboyán cuyas flores al ponerlas junto a una rosa roja, se ven anaranjadas y, al colocarlas junto a un capacho naranja, se ven rojas. Cuando Leo se ubicaba junto a un hombre, se veía absolutamente femenina a pesar de sus cabellos cortos. Pero, cuando se encontraba junto a una mujer, parecía un varón hermoso y adolescente.

Así era cuando le conocí en la peluquería que quedaba a dos locales de mi agencia de viajes, en el mismo centro comercial Lago Mall, donde había empezado a trabajar y a donde yo acudía una vez al mes para cortarme el pelo.

Cuando le vi la primera vez, no podía dejar de mirarle. En mi cabeza binaria de macho y hembra, no lograba encajar un ser que no era ni una cosa ni la otra. Le miraba los ojos brillantes color café, las cejas gruesas y recortadas, la nariz de base un poco ancha pero respingada en la punta y los labios ni finos ni gruesos. Siempre se vestía con una franela de algodón Ovejita color blanco ceñida al cuerpo y con yines azules ajustados y de bota tubito que le hacían una cintura envidiada por cualquier mujer y dibujaban a la perfección un culo redondo y en su lugar. Llevaba zapatillas tipo All Star de corte bajo y en su oreja izquierda, un arete.

A veces me sorprendía escudriñando en su busto tratando de adivinar unas incipientes tetas. Cuando Leo me descubría la mirada fija en su pecho, me sonrojaba y esquivaba su mirada. Con el tiempo, nos fuimos conociendo y haciendo amigos.

Me llegó a gustar esa apariencia andrógina. «Tú eres como los ángeles», le decía, «No tienes sexo» y Leo se carcajeaba. De verdad su carita era angelical y su delgada contextura le proporcionaba una apariencia frágil e indefensa.

En las tardes, cuando Leo no tenía clientes en la peluquería y yo tampoco en mi agencia de viajes, se dejaba caer por mi local para tomar café. Así me fue contando su vida. Una vida intensa a pesar de apenas rozar los veinte años.

—A mí lo único que me apasiona en esta vida, es hacer cortes, peinados, tintes y secados de cabello y tirar con hombres. Lo demás puede faltarme, pero que no me falte una buena pelambrera para trabajarla y un güevo que mamar. Lo demás es todo accesorio.

Leo vivía con su mamá, viuda desde hacía unos cinco años. Su casa era humilde y estaba ubicada en un barrio pobre y peligroso al oeste de Maracaibo. Leo se hacía cargo de su vieja y de todos los gastos de la casa. Por eso había empezado a trabajar en estilismo casi desde su niñez, pues era para lo que sentía que tenía talento y lo que le permitía subsistir y llevar a su casa el pan de cada día.

—A mí toda la vida me gustó la peluquería. No recuerdo que nunca hubiese dicho que quería ser otra cosa que no fuera peluquero. Bastantes coñazos que me llevé cuando pequeño por eso, porque mi papá se enfurecía cuando me descubría peinando las muñecas de mis primas. Y más arrechera le daba cuando me regañaba y yo, que siempre he sido alzaíto, le gritaba que iba a ser peluquero aunque él no quisiera. Ahí venía siempre el coñazo en la cabeza. Cuando me ponía a hacerle moños a mamá y a maquillarla, el pobre viejo se ponía rojo de la ira. Pero mamá le decía que dejara estar, que  a nosotros nos gustaba jugar así.

Leo, en mitad de la conversación, saltaba de la silla y cruzando una pierna sobre la otra giraba sobre sí mismo, extendía sus brazos como alas a la altura de sus hombros con las palmas hacia arriba y decía sonriendo: «¡Yo soy así!».

El cambio en la apariencia de Leo se fue dando paulatina e imperceptiblemente. Se empezó a dejar crecer el pelo. Se sacó las cejas, dejándolas cada vez más finitas y arqueadas. Mantenía sus TShirt Ovejita blancas y los yines, pero los zapatos los fue cambiando por modelos más o menos unisex, tipo mocasines de monja con un poco de tacón. Se dejó crecer las uñas y empezó a cubrirlas con brillo y en la boca también se comenzó a aplicar brillo labial. Cada vez iba dejando más atrás su apariencia de varón andrógino para parecer más una chica. A mí me agradaba el cambio.

—Es que yo siempre he querido ser mujer. Mejor dicho, yo siempre he sido una mujer. Desde pequeñito me miraba al espejo y me veía como niña. Cuando supe bien la diferencia entre los varones y las niñas, me incomodaba mirarme y ver que entre las piernas tenía eso, que me ponía del lado de los varones y no de las niñas que era como me sentía. En la escuela era una tortura cuando me obligaban a hacer la fila de los varones para ir al baño. ¡Me daba tanta vergüenza que los niños me pudieran ver! Claro, la incomodidad duró hasta que descubrí que podía ser divertido. A los ocho años, en segundo grado, un día que fuimos al baño, me tocó orinar junto a un chico que siempre me había gustado. Él era mi novio, aunque él no lo sabía. Pedrito, se llamaba. Cuando estábamos orinando los dos en el cubículo, le agarré el pipí. Pedrito me miro y sonrió y el pipicito se le puso tieso de una vez. Ninguno de los dos sabíamos qué se podía hacer luego de eso, pero nos encantó la sensación y, cada vez que podíamos, buscábamos una excusa para ir juntos al baño. Un día, después de orinar, le dije a Pedrito que se recostara a la puerta del cubículo para que no la pudieran abrir, le bajé los pantalones y le chupé el pipí. Sabía a entre amargo y ácido, a orín fresco y olía como a tierra húmeda. A mí me encantó tanto el olor como el sabor. Todavía hoy, cuando siento esos olores, me devuelvo a esa época y me excito. Pedrito cerró los ojos y se dejó chupar el pipí. De pronto, empezaron a tocar la puerta del cubículo porque nos estábamos tardando mucho. Pedrito se subió el pantalón y salimos con la cara enrojecida. La maestra nos miró con cara de desaprobación, pero no dijo nada.

Leo se levantó de la silla, dio su vuelta de bailarina de revista y dijo, abriendo los brazos en cruz: « ¡Yo era una perrita feliz! A los ocho descubrí que me gustaba mamar güevo». Luego se sentó de nuevo, y contó:

— Cuando tenía unos 10 años, en mi familia acostumbrábamos a ir a casa de la abuela a almorzar los domingos. A mí me hacía siempre mucha ilusión porque  entonces estaba enamorado de mi tío Enrique, el menor de los hermanos de mamá. Siempre buscaba estar cerca de él. Me sentaba en sus piernas y frotaba mi culito contra su bragueta. Él no lo tomaba a mal. No me hacía mucho caso. No le daba importancia. Después de almorzar, siempre dormíamos la siesta. Yo me metía en la cama de tío Enrique y dormía con él. Cuando veía que ya se había dormido, acercaba mi cara a la de él de modo de que los labios quedaran juntos, rozándose y así me dormía. Pero un domingo no aguanté más y mientras él dormía, le bajé el short y empecé a mamarle el güevo. Me encantó cómo el pene, fláccido al principio, empezaba a ponerse duro dentro de mi boca. Se lo chupé un buen rato. Él se despertó y trató de apartarme, ya estaba tan excitado que no tuvo voluntad de hacerlo y se dejó hacer. Esa fue la primera vez que me tragué la leche en mi vida. Y fue la única vez que pude realizar mis fantasías con mi tío. A partir de allí, el muy malparío no quiso volver a dormir siesta conmigo y eran pocos los domingos en los que se quedaba en la casa. Debe ser que en esa época no mamaba yo muy bien, porque si lo agarro ahora, se queda con los ojos hundidos y se enamora de mí.

Yo me reía mucho con los cuentos de Leo. Me encantaba su sinceridad y desparpajo. Leo contaba todo como si no hubiera sido un sufrimiento en ningún momento. Su vida era como una broma todo el tiempo. Incluso cuando le hacían bullying, le gritaban cosas en la calle, la empujaban y maltrataban, Leo se reía. Les respondía con una vulgaridad y no parecía acusar recibo del insulto.

—Es que el problema no lo tengo yo. El problema lo tienen ellos que son tan pobres de espíritu que para poder encontrar un sentido divertido a sus vidas tienen que burlarse de quienes somos diferentes o tenemos otros gustos. A mí me gusta mucho como soy. Como voy siendo. Me miro en el espejo y cada vez me parezco más a la imagen que tengo de mí en mi cabeza. En el barrio ya dejaron de joderme. El día que llegaron unas viejas brolleras a decirle un poco de pendejadas de mí a mamá y ella les dijo que nada de lo que le decían era nuevo para ella. Que yo le contaba todo y que más valía que les pusieran reparo a sus hijos que, muy machitos y todo lo que quisieran, pero más de uno había pasado por esta boquita. Yo la escuché cuando les decía «En lugar de estar pendientes de lo que hace Leo, o deja de hacer, pelen el ojo con sus muchachos porque creo que pueden terminar siendo suegras de mi Leo. Que a esos coñitos los he visto sonsacando a Leo». Hasta ahí no más. Ni las viejas ni sus hijos se metieron más conmigo. Yo empecé a peinarlas y secarlas a ellas y a cortarle el pelo a los manganzones de los hijos. No joda, si yo le he mamado el güevo a más de la mitad de esos carajos. Y a los otros no, porque no me gustan, pero más de uno que se soba la entrepierna y me mira con ganas cuando paso. Pero, guácala. Son unos bichos muy feos. Prefiero mamárselo al chimpancé del Parque Sur.

Leo se apareció en una oportunidad en mi agencia con el pelo recogido en una cola de caballo, la franela Ovejita la había cambiado por una blusa celeste medio transparente y se había puesto un sostén azul oscuro con relleno. Los zapatos eran unos botines de tacón de aguja, sus yines pegaditos, las uñas largas esmaltadas de rosa pálido, los labios rosados también. Una línea negra de delineador en el contorno de los ojos y las pestañas con rímel. Se veía linda. Era una mujer y estaba buena y provocadora. Ese día se acabó mi conflicto para nombrarla. Al verla, decidí que ya nunca más sería «Él». A partir de ese momento siempre sería «Ella», «La Leo».

No me parecía justo que después de todo lo que había pasado y sufrido para encontrar su identidad de género, yo siguiese refiriéndome a esa linda chica que tenía en frente, como «Él».

Cuando se lo comenté, los ojos se le llenaron de lágrimas. Me abrazó. Le dije que estaba bella.

—Gracias. Me siento bella. Por fin, hoy, me miré al espejo y por primera vez, me sentí bella y me sentí yo. La imagen del espejo nunca se había parecido tanto a mí, como hoy. Me acordé de la primera vez que con nueve años, me vestí de mujer con un vestido de mamá. Me puse sus tacones y me maquillé. Yo estaba solo en casa y se suponía que mis padres no llegarían aún. Vestido y pintarrajeado como una puta, me miré al espejo y me veía bella. Esta sí soy yo, pensaba mientras modelaba y daba vueltas frente al espejo. De pronto, sonó la puerta de la casa. ¡Mis padres estaban llegando y yo vestido y maquillado! ¡Papá me mata si me consigue así! Corrí, me metí en el escaparate y cerré la puerta. El corazón se me iba a salir por la boca. No quería ni respirar para que no me descubrieran. Cuando sentí que entraban al cuarto empecé a rezar para que no se les ocurriera abrir el escaparate «Que se vayan, Diosito. Que se vayan ya. DiostesalveMaríallenaeresgracia…». Cerré los ojos bien apretados y recé todo lo que había aprendido en el catecismo. Rezaba y apretaba cada vez con más fuerza mis ojitos pegoteados por el rímel. El corazón parecía un redoblante. De Pronto sentí que, a pesar de tener los ojos cerrados, entraba un resplandor. Entreabrí los ojos poco a poco y vi a mamá parada en frente con las manos en la cintura. « ¿Qué se supone que estás haciendo ahí disfrazado de puta barata, Leo? —Dijo mamá, golpeando el piso con la punta del pie—. Si tu padre te ve así, te mata a palos y a mí me manda pa’l carajo. Anda a quitarte esa ropa y a lavarte bien la cara». Ese día entendí, por qué la expresión «Salió del closet». Yo, literalmente, estaba saliendo del closet con mi mamá. Bueno, como buen pobre, yo no salí del closet; salí del escaparate, porque en mi casa no había closets. Ese fue un secreto entre mamá y yo. Papá nunca supo nada. Tampoco se enteró nunca de que mamá había decidido ese día enseñarme a maquillarme y a peinarme «Porque de verdad, Leíto, esa pinta de putica no te queda nada bien».

Leo siguió su transformación. Ya no quedaba ni rastro del varoncito que alguna vez había sido. La dueña de la peluquería que al principio la peleaba para que no se pusiera tacones ni se maquillara, poco a poco se fue resignando a tener de empleado a un «transformista», como le decía. No le gustaba mucho la idea, pero Leo era de los mejores estilistas que tenía y no iba a ser fácil reemplazarla si se molestaba por su rechazo y se iba.

Pero la transformación de Leo no era solo física. A cada cambio de su apariencia, parecía acompañarlo un cambio en el carácter. Se iba volviendo más huraña y agresiva con la gente. Hosca. Sus respuestas eran muchas veces desagradables y hasta soeces. A pesar de que trabajaba mucho y con el placer habitual porque su oficio siempre la hacía sentir feliz, no parecía encontrarse a gusto nunca. Mientras secaba el pelo, peinaba y maquillaba, estaba dócil y atenta, pero el resto del tiempo siempre tenía respuestas destempladas. En su barrio, para no aburrirse, les decía a las vecinas que pasaran para secarles y plancharles el pelo. Si objetaban que no tenían plata, les contestaba que no importaba, que les fiaba. Sólo se sentía calmada y contenta mientras manipulaba cabezas, tijeras, tintes y secadores.

El dinero no le alcanzaba. A nadie en el país parecía alcanzarle. Leo tenía muchas responsabilidades con su mamá y con el mantenimiento de su casa y la plata no le rendía. Todo se iba en pasajes, medicinas y comida.

A la estrechez económica, se le unió el malestar en la peluquería porque a la dueña le llegaban cuentos de que Leo se metía en los baños con los dependientes de otras tiendas del centro comercial y los dueños se quejaban. Una vez, la consiguieron haciéndole sexo oral a un vigilante debajo de una escalera y se armó un escándalo. El condominio le pidió a la dueña de la peluquería que hablara con Leo porque si su conducta continuaba de esa forma, se verían obligados a echarla del mall. Leo sólo levantaba los hombros y les decía que ella no le hacía daño a nadie con eso y que si la habían visto era porque eran unos brolleros, porque ella y el vigilante estaban bien escondidos debajo de la escalera y nadie que no anduviera buscando ver, podría haber visto nada. La gente podría hasta pasar por su lado que no se darían cuenta de nada porque «Yo soy muy discreta cuando mamo güevo en lugares públicos».

Leo se empezó a hormonar por su cuenta. Después de haber estado en un grado de feminidad que se podría decir «perfecto», bella y buenota. A ella aún le parecía que le faltaba perfeccionarse. Un día me dijo:

—Quiero ponerme ya las tetas, pero cuestan un cojón de cobres. Y ahora necesito primero operar de vesícula a la vieja. Todo lo que había reunido para las lolas, voy a tener que ponerlo para operarla porque el médico dice que si seguimos esperando, se puede complicar. ¡Pero me falta todavía plata!

Las cejas se las tatuó larguísimas. Se ponía una base blanca que la hacía lucir como una geisha tapa amarilla y se echaba demasiado blushón en las mejillas. Los labios se los ponía de un rojo puta, nada discreto. Cuando le comenté que me parecía que ya se estaba pasando con el maquillaje, que parecía una drag queen, se molestó conmigo. De nada valió que le dijera que era por su bien, que ella era linda y no necesitaba ponerse más maquillaje para verse más mujer, «Tú estás más buena que muchas mujeres de chocho puesto por Dios», le decía. Pero ella no se sentía satisfecha y no le gustaba que yo opinara al respecto.

En su desespero por el dinero para la operación de la mamá, fue a hablar con Adán, el dueño de la zapatería, un hombre joven y apuesto que tenía bastante dinero. Era propietario de una cadena de zapaterías de marca y de otros cuantos negocios más. Le pidió dinero prestado y Adán se lo dio. Como mes y medio después, ya con su mamá operada de vesícula y recuperada, se apareció aceleradísima por mi agencia.

— ¡No te imaginas lo que me acaba de pasar! Cuando venía entrando al mall, vi la camioneta de Adán que iba hacia el sótano. Como tenía el dinero para abonarle lo del préstamo, le hice señas para que parara y entregárselo. Entonces me dijo, «sube, estaciono y entramos luego juntos». Pues me subí en la camionetota, Adán subió los vidrios que ya sabes que no son ahumados, son noche cerrada, y se estacionó en su puesto. Yo saque la plata para entregársela y él me dijo que cuál era el apuro en pagarle. Que si necesitaba el dinero lo usara que él no tenía prisa y, de pronto, sin insinuar nada siquiera, se bajó el cierre y se sacó el güevo. ¡Estaba cachúo! «También hay otras formas en las que podrías pagarme esos reales», me dijo sobándose la pieza. ¡Dios! A mí se me hizo agua la boca al ver aquel animal hermoso, cabezón, rosadito, y sin pensarlo dos veces, me lancé y le di una mamada que lo hizo bufar como un toro. Él me agarró por las greñas y me empujaba contra su entrepierna. Dos veces me hizo arquear porque el coño tiene semerenda pieza, tan grande y gorda que hasta para esta glotona fue mucho. Al rato acabó, y me dijo: «Ya no me debéis nada, Leo. Cuando quieras, te presto más». Mijito, yo estoy que floto en vez de caminar. A ese papachongo yo se lo hubiera mamado gratis y con gusto. Y si me pide matrimonio, me caso. Más ahora que conozco el tamaño del conejo que se gasta. ¡Ese coño es el que me va a pagar las tetas!

Yo por un momento pensé que se trataba de un embuste de Leo, porque ya en varias oportunidades la había descubierto mintiendo con historias sexuales. Era como si no le bastara con las anécdotas que eran ciertas, de vez en cuando, se inventaba algunas fantasías y las contaba como si en verdad hubieran pasado. Estaba casi seguro de que era el caso con Adán, que era un tipo casado. Dos veces, para más señas y con hijos en cada uno de sus matrimonios. Pero un día los vi conversando y vi como la miraba. Entonces, supe que todo era verdad.

Cuando Adán llegó a mi agencia un día para recoger unos boletos para Europa que había reservado, le dije con picardía: «El otro día te vi muy entretenido con la Leo».

—Verga, y cuál es el peo si esa caraja es más mujer que muchas mujeres con las que me he acostado. Está tan buena, que soy capaz hasta de mamarle el güevo porque eso es como chupar un clítoris grande. Esa vaina es un mujerón. Ya quisieran muchas mujeres de verdad tener ese culo que se gasta la Leo. Yo ya le dije a la mujer mía que debería hablar con Leo para que la enseñe a mamar bien ja, ja, ja.

En efecto, Adán le pagó las tetas a Leo, 500 cc en cada pecho; pero, al poco tiempo, ya a Leo le parecían pequeñas. Quería ponérselas de 800 cc, en contra incluso de la opinión del cirujano que le decía que eran demasiado para su contextura.

A partir de ese momento, Leo empezó a prostituirse. Seguía con su oficio de peluquera, pero encontró en la prostitución un filón con el que podía ganar más dinero y más rápido que con el estilismo. A la dueña del salón de belleza ya no le gustó más esa nueva faceta de Leo. «Yo le he tolerado todo. Hasta que ahora sea una mujer con tetas más grandes que las de la hija mía, pero puta sí que no podré tolerarlo. Me moriría de vergüenza si una clienta me reclamara que tengo a una puta trabajando aquí. Ya varios amigos me han dicho que la han visto en la Circunvalación en las noches, después de salir de aquí, parada en una esquina medio desnuda. Hasta aquí llegué con Leo».

Ya de la dulce imagen andrógina de la Leo que conocí recién llegada a trabajar a la peluquería, no quedaban ni señas. Su cara era la de una showcera de puticlub barato. Las tetas ya no podían crecer más. Se inyectó unos productos en las nalgas para hacerlas más grandes y se las deformó por completo. El líquido se le regó por los muslos.

Yo no volví a verla desde que la echaron de la peluquería. Una vez me comentaron que de la avenida 5 de Julio también la había hecho salir en volandas porque se metió con una puta que era del grupo de meretrices que administraba un pran de Sabaneta y la puta le juro que si la volvía a ver por su zona le sacaba las tetas con un destornillador. Leo sabía muy bien que la amenaza era cierta, porque eso se lo hicieron dos meses antes a su amiga Gabriela, que apareció muerta por los Puertos de Altagracia, con las tetas espichadas. Entonces, decidió que se quedaría por la Circunvalación para evitar.

La última vez que supe de Leo, fue una noche que venía del aeropuerto y la descubrí en la oscuridad de una esquina, parada detrás de un árbol. Supe que era ella porque me saludo al reconocer mi carro. Se acercó a la ventanilla. Su cara me pareció repulsiva. Estaba completamente desfigurada entre el bótox y el maquillaje. Los labios se los había inyectado también y tenía bultos en ellos, como pequeños abscesos cubiertos con pintura de labios. Estaba casi desnuda. Cubierta por una malla negra sin nada debajo. Un diminuto hilo dental, negro también, escondía su miembro. Su cuerpo estaba deforme. Mientras me hablaba, traté de encontrar en algún gesto a aquel “ángel sin sexo», que alguna vez conocí en el mall. No había ni rastros del rostro y cuerpo andrógino que me deslumbró entonces.

—Aquí estaré hasta septiembre. Conocí a un tipo que me va a llevar a Alemania. Un carajo que viene dos veces al año y se lleva unas cuantas transfo y putas a trabajar allá. Yo le di mi book y me dijo que en septiembre ya estaré puteando allá.

Leo cruzó un pie sobre el otro y, sin la gracia de antes, dio un giro sobre su eje. Abrió los brazos y dijo abriendo los brazos y sonriendo:

— ¡Seré una puta de alto standing!

Todo parecía un remedo mediocre de la Leo que conocí. Lamenté que la vida no le hubiera dado la oportunidad de hacer carrera en el estilismo como se merecía por su talento.

Una lujosa camioneta con vidrios ahumados más negros que la noche que nos caía encima, estacionó justo detrás de mi carro. Leo miró y dio un brinquito emocionada:

— Me voy, cariño. Ese es uno de mis mejores clientes. Un teniente narco al que le gusta que lo espuelee y me lo coja hasta que le duele el ojete. Me paga en dólares y está más bueno que tarro de nutella.

Me despedí, disimulando mi tristeza y forzando una sonrisa cómplice. Esta vez sí estaba seguro de que todo no era más que una fantasía. El viaje a Europa nunca llegaría. Miré por el espejo retrovisor y vi a La Leo batirse la melena antes de subirse, sonriente, a la camioneta del narco teniente.

Una visión apareció en el espejo. La cara de Leo se veía desfigurada por un disparo de milico entre las cejas. Encandilado por las luces de un camión que venía de frente, clavé los frenos y cerré los ojos. Aluciné un ángel de sexo indefinido jugando entre nubes, mientras en la última página de Panorama narraban el hallazgo del cuerpo descompuesto de un “transformista” en una solitaria playa de Los Puertos de Altagracia.

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