«De Cándido, donde comprar es un placer»

19 diciembre, 2015 § 2 comentarios

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El señor que esta delante de mí en la fila para pagar, con camisa azul a rayas, saca su celular y llama. Lo escucho decir a quien está en el otro lado de la línea:
—Venite, marico. Estoy aquí en De Cándido y no hay cola. Están dejando sacar aceite y Harina Pan. Pero hay que pagar sólo con tarjeta.

img_20151219_185845.jpgLo escucho y no puedo evitar pensar a lo que hemos llegado. Así estamos en Venezuela. Unos 20 carritos de compra en fila para pagar y nos parece que «no hay cola». Sólo porque no hicimos cola para entrar. Ya no es que podemos comprar algo; es que «Están dejando sacar» un litro de aceite y dos paquetes de Harina Pan, dos kilos de spaghetti y una caja pequeña de Corn Flakes. No más. Era todo lo que había de productos regulados.

Pero vamos hacía atrás en esta historia. La triste aventura empezó cuando a mi tienda llegó un cliente con una bolsa de compra y, en ese escaneo involuntario de bolsas de supermercado al que nos hemos habituado los venezolanos, vi que tenía un litro de aceite:

—¡Consiguió aceite! —Le dije sorprendido.

—Sí. En De Cándido. Y no hay cola porque sólo aceptan pagos con tarjetas.

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A las cinco de la tarde, cerramos nuestra tienda y Cristian y yo decimos acercarnos al supermercado para comprar el aceite. La luna en cuarto creciente brillaba hermosa en el cielo aún con luz de día y al llegar a De Cándido, una palma verde en contraste con el cielo azul cobalto y la luna hicieron que sacara mi móvil y tomara una imagen para Instagram.

Teníamos aproximadamente un año de no entrar al De Cándido de Delicias. El golpe a la vista fue deprimente. De la inmensa planta física del img_20151219_185748.jpglocal, apenas está operativo un 20 por ciento. El piso sucio y pegoteado. Los anaqueles vacíos y sucios. Un calor sofocante. La parte de las verduras que antes era una delicia de colores y variedad, ya no se encuentra abierta. Allí ubican los productos regulados que una chica despacha a quienes sólo van a hacer compra de este tipo de productos. Quienes van a hacer más compras pueden tomarlos de «planta».

Ante el soporífero calor que siento, le comento a un trabajador y me comenta que eso es todo el día, todos los días. Cada cierto tiempo, apagan los aires.

—Supongo que los dueños deben tener los aires de su casa todo el día como un nevera — Le digo con acritud.

—Eso no lo dudo.

img_20151219_185930.jpgPasamos por las neveras y nos sorprende ver carne y, sobre todo, que esté con un óptimo aspecto. Tomamos varias bandejas. Otro trabajador me comenta que tenía como un año que no vendían carne.

—Hoy llegó, hace un rato.

Recorremos todo el supermercado metiendo artículos en el carrito de la compra y nos vamos a pagar. Es allí donde se una cola de una media hora o un poco más. Y es allí donde escucho la conversación telefónica del señor. Arriba, a lo lejos veo un letrero que dice «Alegría», y no puedo evitar pensar en la ironía.

Por fin, llegamos a la caja. Me sorprende la máquina captahuellas que ostenta cada caja. Es la BMW de las captahuellas. Muy similar si no igual a las del CNE, a las usadas el momento de votar en las elecciones.

«Ponga el pulgar derecho», dice el cajera adormilado por el sofocante img_20151219_185150.jpgsopor. Obedezco y me sorprende cuando le escucho «Ahora el pulgar izquierdo». Sí. Como en una reseña policial, hay que poner ambas huellas en la máquina.

Mientras van chequeando nuestra compra, escucho que en la caja de al lado una señora dice: «Ah, pues anulen la compra, yo no sabía eso».

Intrigado le pregunto qué sucede.

—Que yo no sabía que no se puede pagar en efectivo y no tengo tarjeta.

Indignado. Pienso en lo injusto que resulta que una señora haga una cola img_20151219_190011.jpgde 40 minutos y que no le permitan hacer su compra porque no tiene tarjeta. Cuando aparece la supervisora para anular la compra de la señora, le digo que yo puedo pagar con mi tarjeta y que la señora me dé el efectivo.

—No. La tarjeta tiene que estar a nombre de la persona que compra.

—¡¿O sea que si yo quiero regalarle un mercado a alguien, no puedo hacerlo?!

—No — fue la escueta y seca respuesta de la mujer y procedió a anular la compra de la señora.

En el gobierno de los pobres, en el régimen del «presidente obrero», los pobres que no tengan tarjeta de crédito o débito, esos que no tienen ni siquiera una cuenta bancaria; pues, sencillamente, no podrán comprar comida.

Con temblor en el estómago y pensando en la depresión que se me está sembrando en el cuerpo. Recordé como un deja vu la tristeza que sentí hace 25 años cuando visité un supermercado en La Habana. La  tristeza se me mezcló hoy con el asco y la rabia. Empaqué mis productos y pensé en el eslogan que, cantadito, dicen en las cuñas del supermercado «De Cándido, donde comprar es un placer». #VayaPalaMierda

 

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