La Lola-Lola, la amiga Lolita Aniyar

31 enero, 2016 § 4 comentarios

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«La Lola—Lola» , el libro de relatos de Lolita Aniyar de Castro, llegó a mis manos como llegó a mi vida la propia Lolita, sin buscarlo, sin anunciarse y sin pedir permiso.

Una tarde, por motivos absolutamente ajenos a la literatura, se apareció en mi tienda el escritor Norberto José Olivar y en sus manos traía un libro con una portada en tonos sepia con la imagen de Marlene Dietrich, «El ángel azul», imagen que se repetía en la contraportada, como un reflejo en un espejo. La femme fatale alemana parece mirarnos con su mirada lánguida y sus labios carnosos. Una mano envuelta en un guante de terciopelo —como el título con el que Lolita identificaba su columna semanal en el periódico «En guante de terciopelo»— le roza como una sombra la mejilla. «Mano de hierro en guante de terciopelo, pensé, así era Lolita, con su voz incapaz de emitir decibeles estridentes»., pero hábil en el discurso para herir e incluso insultar sin perder la elegancia y el glamour. La recuerdo diciéndole a un político en plena sesión del Senado, sin perder su serenidad y sin alzar la voz:
—Claro que la relegitimación existe en los libros de Derecho, lo que pasa es que hay que haber leído esos libros para saberlo.

Era su elegante forma de llamarlo ignorante.

Así que, de la mano de ElDoctorNo, volvió a llegar Lolita a mi vida. Inmediatamente recordé aquella tarde, a golpe de seis, en el edificio del Rectorado de la Universidad de Los Andes, cuando me tropecé en un pasillo con Felipe Pachano, entonces Secretario de la ULA, quien me comentó que estaba buscando a un periodista de la Oficina de Prensa para pedirle un favor.

—La Senadora Lolita Aniyar está aquí en Mérida y necesita con urgencia hacer unas declaraciones a la prensa ¿Tú me harías ese favor, Golcar?

«Qué fastidio —pensé—. Ahora voy a tener que ir a entrevistar a ‘la vieja esa’».

Aunque ya mi horario de trabajo había terminado y me disponía a irme a mi casa,  y a pesar de que tomar las declaraciones de ‘la vieja esa’ no formaba parte de mis obligaciones como periodista de la ULA; no pude decir que no a algo que me pedía Felipe como un favor personal. Así que esa noche me fui a encontrar con ‘la vieja esa’ en un restaurante de Mérida para que me diera las benditas declaraciones.

En el restaurante estaba Lolita reunida con un grupo de amigos, el poeta Pedro Paraima entre ellos. Llegué, me presenté y me senté junto a esa mujer de mirada intensa y voz suave.

De inmediato hubo un clic entre nosotros. Empezamos a hablar de libros, de cine, de películas venezolanas. Hacía pocos días había terminado el Festival de Cine de Mérida y le comenté que a pesar de que tenía algunas deficiencias, me había gustado la película «Jóligud» de Augusto Pradelli, que había obtenido el galardón como Mejor Ópera Prima. Le conté que una de las cosas que más me había gustado de la película maracucha era su música. De los ojos de Lolita saltaron pequeñas chispas: «¿De verdad te gustó la música?» «Me encantó», le dije y tarareé algunas de las canciones del la banda sonora. «¡Y hasta te aprendiste la canción!»

Fue entonces cuando Lolita me comentó, con el pecho henchido de orgullo, que esa música la había hecho Daniel, su hijo. «Tienes que conocerlo». Y así pasamos un buen rato hablando de cualquier cosa menos de lo que me había llevado al encuentro con ‘la vieja esa’.  Quedamos que al día siguiente yo iría a su casa para buscar les benditas declaraciones que debería enviar a los medios.

En ese tiempo, Lolita tenía en Mérida una hermosa, cálida y acogedora casa en La Pedregosa, con un bello jardín por el que corrían ardillas silvestres. Allí conocí a José Antonio, su esposo.

Así, empezó nuestra amistad. Luego conocí a su hija Dinah, a su esposo Luis Ángel y al hijo de ambos, el primer nieto de Lolita, de meses de nacido. Luego conocería a Daniel. Y, el primero de enero, a las siete de la mañana, se aparecieron todos en mi casa en La Parroquia para invitarme a Bobures a las fiestas de San Benito. A ritmo de tambores, la amistad se consolidó. Una noche, los invité a comer arepas de harina de trigo en mi casa. Lolita, de familia corta, no podía dar crédito a lo que sucedía en esa casa, parecía salir gente hasta de debajo de los muebles. Por todos lados aparecían hermanos y sobrinos.

Me siento como en una vieja película italiana, de esas comedias de familias numerosas de los años cuarenta o cincuenta. Me da la impresión de que en cualquier momento cruzará la escena un hombre arrastrando un salchichón gigante o con un escaparate de tres cuerpos al hombro.

Luego nos vimos en Maracaibo, en Caracas, de nuevo en Mérida. Un día, cuando yo tenía ya tiempo trabajando en la Fiscalía, Lolita me llamó para decirme que necesitaba un asistente en la Comisión de Salud del Senado y que le gustaría que fuera yo porque debía ser alguien de confianza. No lo pensé dos veces, el trabajo en la Fiscalía ya empezaba a aburrirme, así que renuncié y a los pocos días estaba instalado en el Congreso.

Después vino la campaña para la Gobernación del Zulia y a Maracaibo fui a parar para llevarle la agenda a la incansable candidata. Me instalé en su apartamento en el edificio Vista Hermosa, con una espectacular vista al inmenso Lago de Maracaibo. Recorrimos el Estado por agua, tierra y aire. Junto a Lolita conocí cada rincón del Zulia y aprendí a querer esta tierra de sol inclemente y gente bulliciosa.

Trabajamos juntos por un buen tiempo. La seguí en la Gobernación por casi dos años, hasta que la ingrata política nos distanció. Vinieron los desencuentros y la separación. Pero el cariño siempre se mantuvo incólume. Con algunos rasguños, pero inquebrantable. Cuando nos encontrábamos, en nuestras miradas y voces se adivinaba el mismo cariño de siempre.

Por todo eso, me impresionó que Norberto se apareciera justo con el libro de Lolita, a poco más de un mes del inesperado fallecimiento de la amiga. Podría haber llegado con uno de sus propios libros, con «Un vampiro en Maracaibo», por ejemplo. Pero no, se apareció con «La Lola—Lola», con uno de los 500 ejemplares de la publicación del 2014 de la Universidad Católica Cecilio Acosta, en su colección «La mano junto al muro».

Una vez más, en esos 28 relatos que conforman el libro, encontré a Lolita, la amiga. Más allá de la intelectual, de la académica, de la investigadora, de la criminóloga, en «La Lola—Lola», cuyas sílabas conforman una capicúa, podemos leer igual las palabras en ambos sentidos, en esas cortas crónicas, está plasmada Lolita Aniyar, con sus dudas, sus pasiones, sus gustos, sus querencias. Es como un pequeño inventario de sus pasiones y obsesiones. De sus gustos, aficiones y recuerdos.

En esas líneas encontré de nuevo a aquella amiga que un día en su oficina del Senado, conversando junto a Ligia, la secretaria, de algún postre o algo por el estilo, le comenté «Eso es una cosa orgásmica, Lolita». La palabra pareció hacerla viajar en el tiempo y más para sí misma que para Ligia y yo, comentó en un suspiro «¡Orgasmo! Esa palabra parece tan distante en mi vida». Es esas páginas vi a la mujer que un día lamentaba la ausencia de los amigos y afectos: «El Congreso no es un lugar para hacer amigos. Uno puede encontrar aquí cómplices, colegas; pero no amigos».

En las líneas de sus crónicas tan personales, volví a ver a aquella mujer que perdió la voz por unos días cuando murió su madre, Reina. Enmudeció al encontrar en las cosas de la vieja, cartas y recuerdos que le mostraron que su vida y la de su mamá eran mucho más afines y parecidas de lo que creían. «Yo repetí las mismas cosas que hizo ella», me dijo entonces. Y al leer, recordé aquella anécdota que con cierto dejo de arrepentimiento me contara:

—Un día, decidí que ya mamá estaba muy anciana para seguir pintándose el pelo. Que debía envejecer con dignidad. Mi hermana Sarita era quien le pintaba el pelo y no estaba. Yo no la llevé al salón a que se lo pintaran porque pensé que ya estaba bien; pero me impresionó mucho cuando nos montamos en el ascensor y ella tuvo un shock al mirarse en el espejo con el pelo blanco, se miró y asombrada dijo «¡Cómo he envejecido!».

Es que en lo coquetas también se parecían madre e hija. Lolita tenía una eterna pelea contra la vejez. Un día que nos encontramos después de tiempo sin vernos, le dije que estaba más joven y linda, me comentó orgullosa que por fin la habían enseñado a maquillarse y se había quitado los culo de botella, llevaba lentes de contacto.

En su libro Lolita recorre parte de sus fantasmas, de sus dudas, de sus apremios. Allí, por ejemplo, está plasmado su conflicto con su nombre, Lola, que debía ser Lolita, como la de Vladimir Nabokov, pero que a alguien en la prefectura o en el registro no le pareció que el diminutivo quedase bien como nombre. Así que la asentó como Lola, Lola Rebecca, no ‘Dolores’ como la irritaba al llamarla su adversario político Osvaldo Álvarez Paz, evitando el afectuoso Lolita. Lola, que debió ser Lolita. Aniyar, que en un inicio era Anidjar.

En «La Lola—Lola» está plasmada esa mujer apasionada, luchadora, reflexiva, inquieta, fascinante, cáustica, con fino sentido del humor; que adoraba el cine, la pintura, los libros, el arte… La mujer que se entregó al amor, que todo lo hizo con amor y pasión. En esas líneas está dibujada la mujer que sentía en los mítines políticos que daba en campaña como si esa muchedumbre que rugía frente a ella le estuviera haciendo el amor, y llegaba a comparar esa sensación con un orgasmo. La mujer a la que en el sofoco de un recorrido a pleno sol de mediodía, en la tolva de un camión, le bastaba un Gatorade para reponerse y querer seguir.

En esos relatos me reencontré con la amiga, la maestra, la madre, de quien tanto aprendí, incluso en los desencuentros, porque así son las relaciones verdaderas llenas de encuentros y desencuentros, de afinidades y oposiciones, pero todo con una importante carga de amor que hace que todo lo demás deje de tener importancia.

Termino estás líneas —que quisiera sean un homenaje a esa gran mujer de la que mucho se habrá de decir—, agradeciendo a Norberto José Olivar por su gesto, por devolverme a Lolita. A mi amiga.

 

Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 10

26 enero, 2016 § 2 comentarios

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—¿Ves mi niño? Así es que se bate el cobre. Un pasito a la vez. Eso nos lo enseñó el difunto. Cuando la cosa se pone pelúa, lo que hay que hacé es buscar tiempo. 60 días, mi niño. Dos meses. ¡Pueden pasar tantas cosas en dos meses, mi niño! Es como lo que hicimos con tus primos ¿Ves? Ganamos un tiempito. Eso mismo es lo que está haciendo el Padrino hoy. Aprende, mi niño, que no te voy a durar toda la vida.

Tía Amapola me habla bajito y me va explicando la estrategia a medida que el Padrino lanza la perorata. Él la mira y ella, mientras con una mano aprieta la firma del difunto que guinda de su cuello, con la otra, le hace señas para que alargue el discurso.

—La otra táctica que tenemos que aplicar hoy, mi niño, es cansar a la audiencia. Inventar el país de las maravillas para el futuro, «¡porque vamos a hacé! ¡Porque vamos a construí!». No importa que no se diga lo que se hizo, total,  aquí nadie sabe lo que quiere decir memoria y cuenta. Lo que importa es que cuando ya vaya a hablá la guacamaya esa, la  gente esté tan harta que no le paren bolas, pa’ que lo que diga no nos joda tanto. Que estén todos ya agüevoneaos.
—Ay, tiíta, por eso es que a ustedes no hay quién los embrome. Piensan en todo.
—Mi niño, tuvimos muy buenos maestros, de La Habana y de Sabaneta.

Tía Amapola no ha soltado en ningún momento la contra de oro 18. De vez en cuando murmura oraciones y la besa, pero no la suelta. La oigo rezar en un murmullo:

«Ismaelito bendito
Que Henry termine frito.
Indio Guaicaipuro en lo alto,
Que a Pizarro se le salga un flato
Venerada María Lionza en su danta
Que a Montoya le duela la garganta.
Babaluayé, Babaluayé
Mercurio retrógrado ya se fue».

***

Justo en el momento en que el hombre dijo «A veces hay que doblarse para no partirse», a tía Amapola le sonó el teléfono. No logré leer ni ver la foto de quien la llamaba. Se puso la mano en la boca, como hace ella para hablar cuando está en público y que no la oigan, y en medio del bullicio del salón la oí:

—Aló, ¿Boluda?, ¿qué fue mija, como andás? Estamos conectadas, porque justo estaba pensando que al salir de aquí te iba a llamar. Ya me estaba preocupando que estabas perdía … No, tranquila, nada importante, oyendo parlotear a una guacamaya gaga. Contame, ¿qué es de tu vida? … Sí, claro, te entiendo … Sí, después de semejante golpe, es mejor un poco de bajo perfil … Ay, sí, Boluda, vi lo de los hermanitos Lanatta y el Schillaci … Suerte tuviste que lo del Chapito hizo que lo de ellos pasara un poco por debajo de la mesa … Tú sabes que yo a Víctor no lo traté mucho, pero lo de Martín me pegó tanto como si de un sobrino mío se tratara … Contame, Boluda, para qué soy buena … Tú sabes que si está en mis manos, te hago todos los favores que quieras, entre bomberas no nos pisamos la manguera … ¡Coño, querida Boluda! Me la ponés difícil … No si yo por los Lanatta soy capaz de cualquier cosa, pero ya sabes cómo estamos de vigilados aquí … No creo que sea conveniente que se enconchen por estos lares … Noooo Boluda, los encontrarían de una vez y me complicarían la vida a mí y a mis sobrinos … Háblate con Fidel y Raúl, a lo mejor ellos allá puedan encaletarlos un tiempo … Ay, mi Boluda querida, como quisiera poderte ser más útil…

La llamada duró justo los 40 minutos del discurso. Tía Amapola estaba parlanchina. Cuando colgó, le pregunté con quién hablaba y estiró la trompa, se apretó los labios con el índice y el pulgar tan duro que pensé que saltaría el bótox, como queriendo decir, de esta boca no saldrá una palabra. Entonces, me preguntó:

—¿Qué dijo la guacamaya esa?

—Nada importante, tiíta, nada. Más de lo mismo. Más de lo que ya sabemos.

Es que ¿para qué amargarle el día con detalles a la pobre? ¿Ah?

***

—Ay, mi niño. Me da lástima con el Chapito y la la Kate que se quedó vestía y alborotá, ja ja ja pero también me da mucha risa la vaina ja ja ja el pobre Chapito se mandó a poné más muebles pa podé llenale la casita a la Kate y ni siquiera les dieron chance de quitale el plástico al mueble ja ja ja ¡con lo que debe doler eso! Tan bella la Katetita, y es tan simpática… ja ja pobre, ella que pensó que iba de estreno… ja ja ja ¿Tu Padrino no se querrá hacé esa operación? Pa haceme feliz ja ja ja
—Tiíta y de Barbie ¿Qué se sabe?

¡Huy,  parece que toqué la tecla nula! Tía Amapola paró en seco de reír, me miró con lo ojos puyúos y me dijo:

—¡Qué capacidá la tuya, mi niño, pa arruiname la fiesta! De ese ni me hables. Con el cariño y el amor que siempre lo he tratao y me sale con que se declara culpable. Si son tan gallinas ¿pa qué se meten en el business? ¡Estudien y háganse doctores! Así no corren riesgo. Ahora capaz y canta y nos saca a relucí a nosotros. ¡Caramba, Babaluayé! ¿Acaso yo no te compro todas las semanas tus rosas blancas? ¡No hay derecho!

Yo mejor me voy a ver si el gallo puso porque los ánimos como que se alteraron.

***

¡Tiíta, tiíta! Por las redes sociales están diciendo que en casa de Equiquito pasa algo. Que hay mucho movimiento.
—Ay, mi niño, llama a Equiquito de una vez a ver qué sucede, antes de que los escuálidos empiecen a inventar y a trangiversar todo.
—Tergiversar, tiíta. Se dice tergiversar.
—Ay, mi niño, te voy a agradecé que ahora no me contradigas. ¡En este momento, no! Que mi predilecto está en boca de todos. Además, chico, se escribe tergiversar pero se pronuncia trangiversar.

Tía Amapola me vuelve a mirar con ojos puyúos por segunda vez hoy y echando chispas, me dice:

—¿Ya llamastes?
—Llamaste, tiíta. Se dice llamaste.
—¡¿Vas a seguir siguiendo?!— Me dijo fúrica.

***

Hoy estaba tía Amapola concentrada leyendo en su tablet y yo me le fui acercando poco a poco, en punta de pies por detrás para asustarla. Cuando ya le iba a hacer ¡BOOOO!, ella pegó un grito aterrador que retumbó en la montaña. Era como el alarido de Caribay cuando vio a las águilas convertidas en cinco masas enormes de hielo.

—¡MI NIIIIIÑOOOOOOO!

El que se cagó fui yo. Di un brinco que casi pego en el techo. Temblando, le pregunte:

—¿Qué pasó, tiíta? ¡Coño, me asustó!
—¡Lee tu esa vaina y dime que no es ninguno de tus primos! ¡Yo no puedo ver!

«Eran venezolanos los narco mulas que murieron en Lima, Perú, en un hotel al reventarse un dedil en el estómago…»

—Tranquila, tiíta, no son parientes nuestros. Eran unos maracuchos…
—¿Seguro? ¿No me estás engañando? Mira que me he cansado de decirles que no tienen que ponerse en eso, que yo sé lo peligroso que es porque así empecé yo y vi unos cuantos con el mosquero en la boca… Pero, nada, tienen un apuro por ser multimillonarios y pasa lo que pasa… ¡Si el business da para que todos vivamos como reyes! ¿Pa qué inventan?…
—Tranquila, tiíta, eran una mujer y un hombre de apellidos Ferrer y…
—¿Ferrer? ¿Como la Lupita? ¿Tan mal le estará yendo a la pobre por el cierre de RCTV que sus sobrinos también…
—No monte un culebrón, tiíta, esos no deben tener nada qué ver con Lupita Ferrer.
—Casos se han visto, mi niño, casos se han visto.

***

—Tía Amapola, usted que todo lo sabe en este gobierno, cuénteme, ¿es verdad que botaron a la ministra de agricultura?
—Si la botan o no la botan, a mí me es acsolutamente inverosímil.
—Ab, tiíta, absolutamente, no ac. Y es indiferente, tiíta, no inverosímil…
—Cuando te pones en plan de ticher, me repugnas, mi niño. ¡Que me da lo mismo, vale! Me provoca ni contarte porqué esa mujercita se merece que la boten…
—Noooo, tiíta, cuente, cuente.
—Pues resulta que la muy mardita, andaba diciendo que ella sembraba cebollín en potes plásticos, y a mí me dijeron, de buena fuente, que lo que tenía en los potes de Peisi era mariguana. ¡Cientos de miles de maticas de la felicidá, ique terapéuticas!
—¡Ay, tiíta, eso si es grave!
—Magínate, mi niño, ¡¿no va a sé grave?! ¡Pretende vení a hacenos competencia en nuestro propio rancho!

Patria o muerte, de Alberto Barrera Tyzsca

24 enero, 2016 § 1 comentario

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«El insomnio y una persistente inquietud acompañan la jubilación del oncólogo Miguel Sanabria, que siente cómo la situación política ha emponzoñado su país, Venezuela, y también su vida, dirimida entre el extremismo antichavista de su esposa y el radicalismo bolivariano de su hermano. Esos desajustes irán en aumento en cuanto su sobrino Vladimir, recién llegado de La Habana, le pida que esconda un teléfono móvil en el que hay una grabación comprometedora y secreta de Hugo Chávez en un momento avanzado de su enfermedad.
Entretanto, un periodista en paro, Fredy Lacuna, que intenta investigar sobre la enfermedad del presidente, se resiste a dejar el apartamento que le reclama la dueña, recién regresada de Miami; una estudiosa estadounidense, Madeleine, obtiene un contacto importante para completar su ensayo sobre el carisma. Y María, una niña de nueve años que vive encerrada en casa con su madre por la violencia que se ha adueñado de la calle, logra encontrar un amigo por internet
».

Así reza la sinopsis de «Patria o muerte», la novela de Alberto Barrera Tyszka, (Tusquets editores, 2015), y eso es en esencia lo que encontramos en la novela. No hay mayores sorpresas. Es eso, y un texto escrito con excelencia, con maestría y destreza en el uso de la palabra.

Si uno —especialmente los venezolanos que vivimos en Venezuela— se aproxima a la historia de Barrera Tyszka desde el prejuicio o la expectativa generada por el fallo del jurado del XI Premio Tusquets Editores de Novela que reza que le otorgan el galardón por la «valentía de contar, desde las vivencias cotidianas de un grupo de personajes, la realidad venezolana de un modo poco complaciente», corre el riesgo de sufrir una decepción, pues no hay en la historia nada que no hayamos vivido cotidianamente en estos años de «revolución», y no hay en el tratamiento de la historia de la enfermedad y muerte de Hugo Chávez nada que no hayamos visto en los medios de comunicación en esos días y en los siguientes.

«Patria o muerte» es de esas obras que se hace difícil encasillar en un género ¿Es novela? ¿Es reportaje? ¿Es crónica? ¿Es ensayo? Al final, resulta ser un poco de todo. O, mejor dicho, Barrera Tyszka mezcla de manera magistral esos géneros para bordar la historia. Pero, tampoco es que sea muy importante etiquetarla.

«Patria o muerte» Por un lado, me fascinó por el estilo narrativo de Tyszca, esa capacidad para huir del lugar común y hacer metáforas hasta para los eventos más cotidianos como el repique de un teléfono, la fluidez y el ritmo que le imprime a su escritura. Ese sello personal que le impone a cada línea en las que se descubre un escritor al que le gustan las palabras, que ama las palabras y juega con ellas como un malabarista con pines o pelotas. Es un sello particular que a ratos llega a ser un hándicap pues se sobrepone la voz y el estilo del narrador por encima de la voz y la personalidad de los personajes, pero que,  en todo caso, no va en desmedro de la historia que logra atrapar al lector.

Por otro lado, decepciona un poco, el que los personajes se quedan en lo anecdótico. No hay mayor profundidad en ellos, resultan simples, planos. Sus historias de vida apenas llegan a ser un bosquejo, sin que alcancemos a saber qué los mueve, qué los impulsa a actuar como lo hacen. Un periodista de sucesos que se queda sin trabajo cuando el medio para el que trabaja decide cambiar la línea editorial al tener nuevos propietarios y quien sin mayor esfuerzo logra que una editorial le adelante un dinero para escribir un libro, así, sin más. Una mujer que regresa al país sin mayor justificación tampoco e intenta recuperar su apartamento que ha dejado alquilado a una pareja —el periodista en paro y su compañera— quienes sin mayor problema le dicen de entrada que ellos no se van a mudar. Tres mujeres que parecen ser parásitos de la revolución y que viven de marañas propias de un país sumido en la miseria humana.

Una gringa que busca la historia del mito Chávez, de quien lo mas que se llega a saber es que pide un permiso movida por su ¿obsesión? por el líder venezolano para venirse al país a ¿investigar? y que su novio le puso los cuernos.

Dos hermanos, uno chavista y uno opositor —el oncólogo insomne— que discuten la revolución con cierta flojera y sin justificar mucho sus posiciones. Un sobrino con un teléfono con dos videos de los últimos momentos de Chávez que le pide al oncólogo opositor que oculte el celular.

Y una poco creíble historia de la madre que un buen día saca a su hija de 9 años de la escolaridad y se encierran en su apartamento por miedo  a la inseguridad y el día que se ven obligadas a salir a la calle, unos motorizados matan a la madre delante de la niña por oponerse a un robo y la niña, atolondrada, se va a su casa a continuar con una amistad virtual con otro niño por medio de chats de Internet. De todas las historias de Patria o muerte, esta de la niña es la que más inverosímil me resultó. Semanas viviendo sola y engañando a familiares y vecinos sin que llegue a saberse que la madre fue asesinada…

Por último, la no muy original historia de una funcionaria cubana que engatusa con demasiada facilidad al periodista para obligarlo a engañar a su compañera, irse con ella a La Habana con la promesa de conseguir un contacto en el CIMEQ que le dé información sobre la convalecencia de Chávez para escribir el libro y fingir un matrimonio para lograr que la cubana pueda salir de la isla legalmente.

Sólo la excelente prosa de Barrera Tyzsca puede lograr que semejante escaparate de superficialidades puedan confluir en una historia amena que se deja leer con gusto y que lo deslumbra a uno por el manejo del idioma.

Aunque «Patria o muerte», pretende mostrar las dos caras de la revolución chavista, el narrador deja plasmado desde el comienzo su posición, marcando la historia al presentarla desde el punto de vista de un opositor. La forma como presenta los hechos y misterios que rodearon la muerte del ex-presidente Chávez, el discurso del narrador al describir lo que sucedía, las informaciones dadas por los voceros del gobierno, no dejan lugar a  dudas de que es desde el punto de vista de un opositor que se narra la historia.

La voz narrativa es la voz de quien no se identifica y no cree lo que los voceros del gobierno cuentan sobre la enfermedad del presidente. Este punto de  vista, obviamente, marca el tono general de la historia la sesga aunque pretenda por momentos tener un tono imparcial, que no llega a ser sostenido.

El final es un final abierto pero a la vez es un final confuso pues esas pocas líneas de diálogo uno no llega a saber a qué personajes corresponden, ni quién dijo qué:

«¿Cómo te sientes?
No lo sé. Todo es raro.
¿Quieres regresar?
Ya no podemos.
Y entonces, ¿qué vamos a hacer? ¿Adónde vamos a ir?»

Un día especial

20 enero, 2016 § Deja un comentario

sofia
A Ettore Scola
QEPD

Me invitó a ver «Una giornata particolare»
Quería, obviamente, que me enamorara.
Pero, al llegar y ver la marquesina,
era otra la película que estaban dando.

Nos fuimos del cine en un lamento.
Paseamos la ciudad y me invitó al páramo.
Llegamos a su casa con el frío en el cuerpo.
Hicimos el amor con timidez.

Luego, el regreso.
Me dejó en mi casa.
Volvió a su antiguo amor.
Lloré.

A los 26 no hace falta una película para enamorarse.
Un día es suficiente.
Un día es especial.
«Una giornata particolare».
No nos volvimos a ver.

Nunca en luna nueva

20 enero, 2016 § 1 comentario

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No te acerques,
Cuando la luna mengua.
Es esos días
No soy gente.
En esos días
No tengo flores en la boca
Para hablarte.
Aproxímate al terminar la luna nueva
El monstruo se habrá ido
Y en mis labios nacerán gardenias.
En esos días
Estaré de nuevo
Listo para amarte.

En nombre de los pobres de Ángela Zago

18 enero, 2016 § 3 comentarios

 

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En nombre de los pobres fue la excusa de la que se valieron Chávez y su séquito de resentidos ambiciosos de venganza y riquezas para llevar a Venezuela al estado de ruina y miseria en el cual se encuentra. Y “En nombre de los pobres” —con un pequeño paréntesis al pie en el que se lee «(Los multiplicamos)» es el título con el cual identifica Ángela Zago su libro de más de 500 páginas en el cual nos relata cómo vivió ella los años desde 1999, en el cual formó parte de la Asamblea Constituyente hasta el 2002, año en el cual, por pocas horas, llegamos a pensar que la pesadilla había terminado.

«En nombre de los pobres» es en parte un mea culpa. Es el relato de una traición, de varias traiciones. Es una urgencia, tal vez por eso no tiene pie de imprenta, no hay editorial, lo que me hace pensar que Ángela Zago no tenía tiempo para buscar quien le publicara su testimonio y decide financiar ella su proyecto, con tanto apuro, que el libro está plagado de gazapos, de dedos mal metidos. Es evidente que hizo falta corrección, pero tal vez había apuro y al final, esas pequeñas pifias no restan un ápice a lo ameno de la lectura y a lo importante y trascendente del relato.

«En nombre de los pobres» es el cuento de una decepción, de otra decepción más. Es un libro que parece ser la forma que encontró la periodista y profesora para exorcizar un poco los demonios que la podrían haber atormentado por haber acompañado en sus inicios —como muchos otros periodistas, artistas, intelectuales, políticos, empresarios del país— a Chávez y haber colaborado para que llegara a ser presidente de Venezula. «En nombre de los pobres» es el testimonio de un arrepentimiento.

Como queda claro al terminar de leer el libro, Ángela Zago pecó por creer y por hacer. Como bien lo dice, ella actuó porque es una mujer de acción. Conoció a Chávez y a los militares golpistas del 4 de febrero y les creyó su discurso —como gran parte del país— de que se habían levantado en armas por la justicia, en contra de la corrupción, en contra de la violación de los Derechos Humanos… Les creyó y actuó. Otros sólo fueron y votaron por Chávez, otros tal vez convencieron a algunos vecinos y familiares de votar por él. Ella, ex guerrillera, ex comunista y habituada a actuar, acompañó a Chávez e hizo lo que pudo para que llegara a la presidencia con sus reivindicaciones.

Poco tiempo necesito la periodista para darse cuenta de adónde iría a parar todo el discurso de igualdad, justicia y reivindicación de Chávez. Pero ya era tarde. Ya era Presidente y ahora, le tocaba actuar en consecuencia y hacer lo posible porque dejara de serlo. Y lo hizo.

La única vez que he visto en mi vida a Ángela Zago, fue en su casa. En esa quinta Catauro que sería su refugio en la jubilación como cuenta en el libro. Allí llegué de arrocero —llevado por Mercedes Vázquez— a un cumpleaños de Napoleón Bravo, su famoso esposo, uno o dos años antes de que Chávez ganara las elecciones.

La Zago me pareció una mujer amable, sencilla, buena anfitriona. Compartí muy poco con ella, pero nunca olvidé unas palabras que dijo en algún momento de la noche sentada a mi lado. Hablando del país y de la pobreza, comentó que Caracas estaba rodeada de gente pobre, de miseria, por todos lados y se refirió a la necesidad de que esos pobres fueran atendidos con urgencia porque cada día eran más y las urbanizaciones de clase media alta como la de ella y de la clase alta estaban completamente rodeadas, y no quería pensar en lo que sucedería si un día esos cerros decidían bajar a atacar las urbanizaciones.

Supongo que con esos pensamientos en mente, la periodista un día le compró el discurso reivindicativo a los golpistas, los apoyó y ayudó a ganar las elecciones para que dieran atención a esos miserables que podrían llegar a ser un potencial peligro para la paz del país.

Su libro se inicia con un capítulo un poco surrealista. Medio del realismo mágico garcíamarquiano, al contar como, recién ganadas las elecciones por Chávez, se fue a la montaña con el comandante Fariñas a buscar a Socolenco, un viejo brujo que vive en un caserío miserable, ex camarada de la guerrilla que aún la llama Morela, con su seudónimo de guerrillera. Ella quiere llevar al remoto caserío el proyecto «Siete pueblos. Siete Estrellas» que les otorgaría dignidad a las vidas de esos pobres, dándoles una vivienda y los servicios públicos de los que siempre han carecido.

A partir de allí, comienza el relato ameno, ágil, estructurado en capítulos cortos y con  documentos, testimonios, citas y referencias de lo que fue la historia de los primeros cuatro años del gobierno de Chávez y de lo que sería la historia de la decepción, la traición y la frustración que sentiría la Zago al ver en lo que pararían sus sueños de revolución.

El libro condensa los cuatro años en los que se configuraría este quilombo en el que se ha convertido el país. Es en ese lapso que se siembran las bases de lo que sería la ruina de Venezuela hasta llevarla al estado actual de miseria.

Voy a pecar un poco de inmodesto, pero no puedo dejar de decir que, por momentos, lo relatado por Ángela Zago en «En nombre de los pobres», me recordaba mis historias de ficción «Te voy a llevar al cielo» y «El infierno de Edelmiro». Las más de 500 páginas de datos y testimonios, de referencias y citas que constituyen lo narrado en el libro de la Zago son un poco la referencia real de lo que yo cuento con personajes y hechos ficticios en las novelas. Al final, me queda la sensación de si la realidad avasalla a la ficción porque siento que mi imaginación se queda corta al ver condensados esos cuatro años en las 500 páginas. Creo que no hay mente que pueda imaginar tanto.

También sentí por Ángela Zago, a leer sus vivencias, un poco la ternura que me inspiran los tíos ex guerrilleros de «El infierno de Edelmiro», ella y ellos pecan de ser crédulos, pecan de querer un mundo mejor y hacer cosas para lograrlo. Al final, tanto los tíos como Ángela son defraudados, decepcionados y traicionados. Pero, de todas formas, los tres quedan con la satisfacción de haber soñado.

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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 9

14 enero, 2016 § 1 comentario

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—Mira, mi amor, quiero que me hagas en este dedo —tía Amapola le enseña a Yuleixy, la manicurista, el dedo medio, el de la grosería—. Quiero que me hagas bien bonita la carita del difunto con un gorrito de navidá. En los dedos de los lados me haces unas bambalinas rojas rojitas con líneas doradas.
—Tiíta, ¿viste que el negrito de Nueva York hoy habló de ti?
—¡No, mi niño! ¿Qué dijo el Kagani ese?
—Bueno, dijo que los muchachos son sobrinos tuyos y que tú tienes mucha influencia política en este país…
—Ay, mi niño. Yo todavía no veo muy bien esa estrategia de Kagani. Que Ismaelito, Babaluayé y el difunto lo iluminen… Él dice que la única forma de salir bien de esto es decir que todo se trata de un tema político, que es el poderoso imperio contra un indefenso gobierno de un país subdesarrollado…
Tía Amapola se mira las uñas, bate las manos en el aire y se las sopla con delicadeza. La noto como ansiosa, pareciera que quiere que se sequen rápido. Estira la mano para contemplar mejor lo que ha hecho Yuleixy y suspira:
—Yo espero que ese negro no me eche una vaina, que no la termine «Kagani» de verdá.

***

—Agárrame, mi niño. Agarrame duro que siento que me va a dar argo. Ay, qué son esos papeles que trae Julio Borges, ¡qué susto! ¿Serán pruebas de mis negocios?
La tía Amapola se tapa los ojos «¡No quiero ver! ¡No quiero oír!». La pobre ya es la tercera vez que me pide que la sostenga porque siente que se cae:
—Es como un vahído, mi niño. Se me aflojan las piernas y es como que no me sostienen, me tiemblan como gelatina.
El primer mareo fue cuando Allup levantó la mano y juró su cargo. «No puedo ver, mi niño, esto jamás pensé que lo estaría viviendo. ¡Ay, quiero como moríme!».
Luego, casi se me cae la tía cuando, miró a Diosdado y vio que se asomaban unos lagrimones de sus ojitos lindos «Esto se jodió, mi niño. ¡Mira cómo hace pucheros Diosdado. Mi última esperanza era que él llegara dando mazazos a diestra y siniestra».
Y, ahora, mientras salíamos del hemiciclo, miraba sin parpadear la carpeta de Borges y no paraba de invocar a sus protectores:
—Ismaelito, ataja por la calva a Borges.
San Lázaro, que Allup se quede mudo.
Changó, quítale a Guevara sus dones.
María Lionza, que a Barboza en la garganta se le haga un nudo.
Que el fuego consuma esa carpeta,
Babaaluayé que le salgan llagas en la jeta.
Cabizbaja, tía Amapola, salió, triste y con el rabo entre las piernas, mirando con nostalgia su curul.

***

—Aló, Aristóbulo, pásame a Niqui —mientras espera, tía Amapola tapa la bocina del teléfono con la mano y me dice «Me encanta tratar a este arrastrao como si fuera secretaria»— … Alo, miamor ¿Te fijaste que agarraron a Chapito? … Claro, que vas a haber visto ná si no tienes la cabeza donde la tienes que tené … Sí, hace nada estuvo aquí, pero hoy lo agarraron allá… No te enteras de ná y el business nos está haciendo aguas por todos laos … ¡¿Hasta cuándo vas a está con la pendejá de las fotos del difunto, Niqui?! ¡Déjale esa vaina a Georgi! ¿No ves que si siguen agarrando a los socios vamos a terminá con unas bragas anaranjadas? Se nos van a acabá los días de Chanel y Armani, miamor. ¡Ponte las pilas que esos retratos no pueden sé majimportantes que la merca.
Tía Amapola trancó el teléfono, suspiró y empezó a darle vueltas a su anillo de diamantes en el dedo, signo de que está nerviosa:
—Con este pendejo voy a terminá en la cárcel o muelta… o las dos cosas. Babaluayé me proteja siempre.

***

—Mi niño,  tú que viviste un año en los estados juntos, dime qué quiere decir: «U.S. Will Track Secret Buyers of Luxury Real Estate».
—Ay, tííta, no te entendí nada. Estás perdiendo esa plata del curso de inglés. Déjame ver.
Tía Amapola hace un puchero con la trompa hinchada de bótox,  tuerce los ojos por mi comentario y me pasa su iPhone con la página del New York Times.
—Tiíta, ahí dice que Estados Unidos va a hacer seguimiento a los compradores secretos de inmuebles de lujo.
—¡Susto! ¿Qué más dice, mi niño?
—Bueno, que el Departamento del Tesoro empezará las investigaciones por Manhattan y Miami…
—¿De Houston no dicen nada?
—Por ahora, como diría el difunto, parece que es sólo Manhattan y Miami, tiíta.
—¡Pero, qué inquina me tienen esos gringos! Lo de Manhattan no me preocupa mucho porque ahí lo que tenemos no es gran cosa, pero si van por Houston…
Tía Amapola me mira con ojos puyúos y dice:
—Primero, me secuestran a los sobrinos, ahora me quieren quitar los riales que he invertido allá con tanto esfuerzo. ¿Qué les hice yo a esos carajos, mi niño? ¿Por qué me la han dedicado? ¿Ah?
Enviado desde mi Huawei

***

—Tiíta, ¿Qué es eso que le brilla a María Lionza en el cuello?
A tía Amapola no le da chance de responderme porque le contestan la llamada que está haciendo:
«Alo, Aristóbulo … No, deja al Padrino quieto que es contigo que quiero hablar. Mira, no sé cómo vas a hacé, pero no quiero mañana a esos indios echando vaina frente al tribunal … pues les mandas la Guardia Nacional y que se los lleven pa su monte … ¡Qué originarios ni qué niño muelto, tú si eres pendejo! Ay, sí, los indios esos se creyeron el cuento de que son los dueños de esta tierra y lo de los pobladores originarios y to’esa paja … Bueno, chico, si se ve feo, habla con Bednal y que les mande a los círculos o con la greñúa pa que les dé día libre a unos cuantos pranes y que se encarguen. Tú verás qué haces, ponte creativo, pero esos indios bailando ahí no los quiero volver a ver».
Tía Amapola cuelga sin esperar a oír qué tiene que decirle Aristóbulo:
—A ese hasta por teléfono se le siente el tufo a mono. No hay traje Armani ni pelfume Jean—Paul Gautier que pueda con eso.
La tía me ve y me pica el ojo. Luego mira a la Reina y me dice:
—Esa es la firma del difunto en oro 18, mi niño. Me costó una boloña de dóyares porque hasta un diamante incrustado tiene. Es que la estoy rezando y preparando porque tengo que tener una contra muy potente para que me proteja de este berenjenal que se nos avecina.

¿Dónde estoy?

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