La Lola-Lola, la amiga Lolita Aniyar

31 enero, 2016 § 4 comentarios

image

«La Lola—Lola» , el libro de relatos de Lolita Aniyar de Castro, llegó a mis manos como llegó a mi vida la propia Lolita, sin buscarlo, sin anunciarse y sin pedir permiso.

Una tarde, por motivos absolutamente ajenos a la literatura, se apareció en mi tienda el escritor Norberto José Olivar y en sus manos traía un libro con una portada en tonos sepia con la imagen de Marlene Dietrich, «El ángel azul», imagen que se repetía en la contraportada, como un reflejo en un espejo. La femme fatale alemana parece mirarnos con su mirada lánguida y sus labios carnosos. Una mano envuelta en un guante de terciopelo —como el título con el que Lolita identificaba su columna semanal en el periódico «En guante de terciopelo»— le roza como una sombra la mejilla. «Mano de hierro en guante de terciopelo, pensé, así era Lolita, con su voz incapaz de emitir decibeles estridentes»., pero hábil en el discurso para herir e incluso insultar sin perder la elegancia y el glamour. La recuerdo diciéndole a un político en plena sesión del Senado, sin perder su serenidad y sin alzar la voz:
—Claro que la relegitimación existe en los libros de Derecho, lo que pasa es que hay que haber leído esos libros para saberlo.

Era su elegante forma de llamarlo ignorante.

Así que, de la mano de ElDoctorNo, volvió a llegar Lolita a mi vida. Inmediatamente recordé aquella tarde, a golpe de seis, en el edificio del Rectorado de la Universidad de Los Andes, cuando me tropecé en un pasillo con Felipe Pachano, entonces Secretario de la ULA, quien me comentó que estaba buscando a un periodista de la Oficina de Prensa para pedirle un favor.

—La Senadora Lolita Aniyar está aquí en Mérida y necesita con urgencia hacer unas declaraciones a la prensa ¿Tú me harías ese favor, Golcar?

«Qué fastidio —pensé—. Ahora voy a tener que ir a entrevistar a ‘la vieja esa’».

Aunque ya mi horario de trabajo había terminado y me disponía a irme a mi casa,  y a pesar de que tomar las declaraciones de ‘la vieja esa’ no formaba parte de mis obligaciones como periodista de la ULA; no pude decir que no a algo que me pedía Felipe como un favor personal. Así que esa noche me fui a encontrar con ‘la vieja esa’ en un restaurante de Mérida para que me diera las benditas declaraciones.

En el restaurante estaba Lolita reunida con un grupo de amigos, el poeta Pedro Paraima entre ellos. Llegué, me presenté y me senté junto a esa mujer de mirada intensa y voz suave.

De inmediato hubo un clic entre nosotros. Empezamos a hablar de libros, de cine, de películas venezolanas. Hacía pocos días había terminado el Festival de Cine de Mérida y le comenté que a pesar de que tenía algunas deficiencias, me había gustado la película «Jóligud» de Augusto Pradelli, que había obtenido el galardón como Mejor Ópera Prima. Le conté que una de las cosas que más me había gustado de la película maracucha era su música. De los ojos de Lolita saltaron pequeñas chispas: «¿De verdad te gustó la música?» «Me encantó», le dije y tarareé algunas de las canciones del la banda sonora. «¡Y hasta te aprendiste la canción!»

Fue entonces cuando Lolita me comentó, con el pecho henchido de orgullo, que esa música la había hecho Daniel, su hijo. «Tienes que conocerlo». Y así pasamos un buen rato hablando de cualquier cosa menos de lo que me había llevado al encuentro con ‘la vieja esa’.  Quedamos que al día siguiente yo iría a su casa para buscar les benditas declaraciones que debería enviar a los medios.

En ese tiempo, Lolita tenía en Mérida una hermosa, cálida y acogedora casa en La Pedregosa, con un bello jardín por el que corrían ardillas silvestres. Allí conocí a José Antonio, su esposo.

Así, empezó nuestra amistad. Luego conocí a su hija Dinah, a su esposo Luis Ángel y al hijo de ambos, el primer nieto de Lolita, de meses de nacido. Luego conocería a Daniel. Y, el primero de enero, a las siete de la mañana, se aparecieron todos en mi casa en La Parroquia para invitarme a Bobures a las fiestas de San Benito. A ritmo de tambores, la amistad se consolidó. Una noche, los invité a comer arepas de harina de trigo en mi casa. Lolita, de familia corta, no podía dar crédito a lo que sucedía en esa casa, parecía salir gente hasta de debajo de los muebles. Por todos lados aparecían hermanos y sobrinos.

Me siento como en una vieja película italiana, de esas comedias de familias numerosas de los años cuarenta o cincuenta. Me da la impresión de que en cualquier momento cruzará la escena un hombre arrastrando un salchichón gigante o con un escaparate de tres cuerpos al hombro.

Luego nos vimos en Maracaibo, en Caracas, de nuevo en Mérida. Un día, cuando yo tenía ya tiempo trabajando en la Fiscalía, Lolita me llamó para decirme que necesitaba un asistente en la Comisión de Salud del Senado y que le gustaría que fuera yo porque debía ser alguien de confianza. No lo pensé dos veces, el trabajo en la Fiscalía ya empezaba a aburrirme, así que renuncié y a los pocos días estaba instalado en el Congreso.

Después vino la campaña para la Gobernación del Zulia y a Maracaibo fui a parar para llevarle la agenda a la incansable candidata. Me instalé en su apartamento en el edificio Vista Hermosa, con una espectacular vista al inmenso Lago de Maracaibo. Recorrimos el Estado por agua, tierra y aire. Junto a Lolita conocí cada rincón del Zulia y aprendí a querer esta tierra de sol inclemente y gente bulliciosa.

Trabajamos juntos por un buen tiempo. La seguí en la Gobernación por casi dos años, hasta que la ingrata política nos distanció. Vinieron los desencuentros y la separación. Pero el cariño siempre se mantuvo incólume. Con algunos rasguños, pero inquebrantable. Cuando nos encontrábamos, en nuestras miradas y voces se adivinaba el mismo cariño de siempre.

Por todo eso, me impresionó que Norberto se apareciera justo con el libro de Lolita, a poco más de un mes del inesperado fallecimiento de la amiga. Podría haber llegado con uno de sus propios libros, con «Un vampiro en Maracaibo», por ejemplo. Pero no, se apareció con «La Lola—Lola», con uno de los 500 ejemplares de la publicación del 2014 de la Universidad Católica Cecilio Acosta, en su colección «La mano junto al muro».

Una vez más, en esos 28 relatos que conforman el libro, encontré a Lolita, la amiga. Más allá de la intelectual, de la académica, de la investigadora, de la criminóloga, en «La Lola—Lola», cuyas sílabas conforman una capicúa, podemos leer igual las palabras en ambos sentidos, en esas cortas crónicas, está plasmada Lolita Aniyar, con sus dudas, sus pasiones, sus gustos, sus querencias. Es como un pequeño inventario de sus pasiones y obsesiones. De sus gustos, aficiones y recuerdos.

En esas líneas encontré de nuevo a aquella amiga que un día en su oficina del Senado, conversando junto a Ligia, la secretaria, de algún postre o algo por el estilo, le comenté «Eso es una cosa orgásmica, Lolita». La palabra pareció hacerla viajar en el tiempo y más para sí misma que para Ligia y yo, comentó en un suspiro «¡Orgasmo! Esa palabra parece tan distante en mi vida». Es esas páginas vi a la mujer que un día lamentaba la ausencia de los amigos y afectos: «El Congreso no es un lugar para hacer amigos. Uno puede encontrar aquí cómplices, colegas; pero no amigos».

En las líneas de sus crónicas tan personales, volví a ver a aquella mujer que perdió la voz por unos días cuando murió su madre, Reina. Enmudeció al encontrar en las cosas de la vieja, cartas y recuerdos que le mostraron que su vida y la de su mamá eran mucho más afines y parecidas de lo que creían. «Yo repetí las mismas cosas que hizo ella», me dijo entonces. Y al leer, recordé aquella anécdota que con cierto dejo de arrepentimiento me contara:

—Un día, decidí que ya mamá estaba muy anciana para seguir pintándose el pelo. Que debía envejecer con dignidad. Mi hermana Sarita era quien le pintaba el pelo y no estaba. Yo no la llevé al salón a que se lo pintaran porque pensé que ya estaba bien; pero me impresionó mucho cuando nos montamos en el ascensor y ella tuvo un shock al mirarse en el espejo con el pelo blanco, se miró y asombrada dijo «¡Cómo he envejecido!».

Es que en lo coquetas también se parecían madre e hija. Lolita tenía una eterna pelea contra la vejez. Un día que nos encontramos después de tiempo sin vernos, le dije que estaba más joven y linda, me comentó orgullosa que por fin la habían enseñado a maquillarse y se había quitado los culo de botella, llevaba lentes de contacto.

En su libro Lolita recorre parte de sus fantasmas, de sus dudas, de sus apremios. Allí, por ejemplo, está plasmado su conflicto con su nombre, Lola, que debía ser Lolita, como la de Vladimir Nabokov, pero que a alguien en la prefectura o en el registro no le pareció que el diminutivo quedase bien como nombre. Así que la asentó como Lola, Lola Rebecca, no ‘Dolores’ como la irritaba al llamarla su adversario político Osvaldo Álvarez Paz, evitando el afectuoso Lolita. Lola, que debió ser Lolita. Aniyar, que en un inicio era Anidjar.

En «La Lola—Lola» está plasmada esa mujer apasionada, luchadora, reflexiva, inquieta, fascinante, cáustica, con fino sentido del humor; que adoraba el cine, la pintura, los libros, el arte… La mujer que se entregó al amor, que todo lo hizo con amor y pasión. En esas líneas está dibujada la mujer que sentía en los mítines políticos que daba en campaña como si esa muchedumbre que rugía frente a ella le estuviera haciendo el amor, y llegaba a comparar esa sensación con un orgasmo. La mujer a la que en el sofoco de un recorrido a pleno sol de mediodía, en la tolva de un camión, le bastaba un Gatorade para reponerse y querer seguir.

En esos relatos me reencontré con la amiga, la maestra, la madre, de quien tanto aprendí, incluso en los desencuentros, porque así son las relaciones verdaderas llenas de encuentros y desencuentros, de afinidades y oposiciones, pero todo con una importante carga de amor que hace que todo lo demás deje de tener importancia.

Termino estás líneas —que quisiera sean un homenaje a esa gran mujer de la que mucho se habrá de decir—, agradeciendo a Norberto José Olivar por su gesto, por devolverme a Lolita. A mi amiga.

 

Anuncios

Etiquetado:, , , , ,

§ 4 respuestas a La Lola-Lola, la amiga Lolita Aniyar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo La Lola-Lola, la amiga Lolita Aniyar en P(u)ateando la vida. Otro blog de Golcar.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: