Puntualidad

28 marzo, 2016 § 1 comentario

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Puntualidad

El insomnio llegó puntual
Tan puntual como el corte programado de luz
Racionamiento 11:50 pm.

Puntual
como el miedo
Suenan disparos
El temor asoma por la ventana.

Ventana—mundo
Vida entre barrotes.
La vida es apenas una brizna asomada tras la reja.

Un ave canta puntual y come en el árbol de níspero.
El gato de la vecina llega puntual al balcón.

Puntualidad

El horror y el pánico
Llegan puntuales con el calor
Y el insomnio.

Lo único que no nos racionan
Es el miedo
Que llega puntual.

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Visita

25 marzo, 2016 § 1 comentario

zamuro

En sueños vivo
para despertar a una pesadilla

Sentir que cada día es un desperdicio.
Parado en la ventana.
De la ventana al balcón.

A la espera de que la vida
venga a visitar.

Evasión inútil

7 marzo, 2016 § 3 comentarios

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«¡Cierren la torre a cal y canto!
¡Condenen todas sus ventanas!».
Por años permaneció encerrado.
Una burbuja impermeable.

Los libros eran sus hermanos,
Los poemas sus amigos,
Las canciones sus primas,
Las películas eran sus vecinos.

Cuando sentía que algún ruido exterior amenazaba,
subía el volumen de la música,
cantaba más alto.

Pero un día despertó,
en el muro de piedra había una grieta.
La realidad empezó a filtrarse
como un chorro de luz,
Como un hilo de agua.

El ruido de una fila de gente
El sonido de un disparo
El llanto de una madre con su niño muerto en brazos por falta de medicinas
El maullido del gato que agonizaba famélico…

Dio todo el volumen al Brindis de La Traviatta
Cantó a todo pulmón una ranchera
Arrancó las hojas de Memorias de Adriano
para tapar con ellas la grieta…
Hizo una amalgama con las palabras de La Ilíada.

Nada funcionó.
Sí, logró tapar la grieta.
Pero los ruidos ahora
salían de su corazón.

El país del rebusque y la maraña

6 marzo, 2016 § 4 comentarios

maraña

Es impresionante la capacidad y habilidad que hemos desarrollado los venezolanos en estos 18 años de «revolución» para de todo hacer una maraña, un rebusque, un negocio. Todo ha terminado siendo manejado con criterios de chanchullo y de mafia.

Los bachaqueros se enteran antes que los mismos dueños de los establecimientos de qué productos y a qué comercio le van a llegar. Desde horas de la madrugada se siembran en largas colas a esperar que abra el negocio, llegue el camión y despachen la mercancía.

En los concesionarios de carros no tienen repuestos para venderlos al precio marcado, pero los mismos trabajadores de esos concesionarios los «consiguen» y venden hasta por el triple de su valor.

Las baterías para automóviles las venden por sorteo de cédulas. La gente tiene que madrugar varios días en una cola para ver cuando tiene la «suerte» de que salga su documento de identidad entre los beneficiados del día y, luego, la suerte de que haya llegado el modelo de batería que le sirve a tu auto.

Pero, si estás dispuesto a pagar 55 mil bolívares por una batería, te la llevan a la casa, o te llevan a ti al sitio donde esté el vehículo y la instalan. A ese punto de sofisticación y «buena atención» ha llegado el bachaqueo en Venezuela.

En las farmacias no se consiguen los medicamentos, pero los mismos empleados pueden hacer que alguien haga aparecer lo que necesitas. Un Valprón, por ejemplo, cuyo precio esta marcado en 18 bolívares, te lo ofrecen a 2 mil.

Los bancos no tienen puntos de venta para los comercios formales y legales; no obstante, con el pago de un soborno, cualquier empleado bancario puede hacer «aparecer» el punto de venta que por la vía regular no se consigue. Por eso, ahora, los buhoneros tienen puntos de venta electrónicos, mientras los comercios formales no, a menos que estén dispuestos a pagar por la maraña.

Las empresas contratadas por los bancos para mantenimiento y servicio de los puntos de venta no tienen disponibilidad de papel para los aparatos pero, bajo cuerda, hay gente que los venden hasta en 600 bolívares. El extremo y el colmo es que se llegan a encontrar en librerías y papelerías para la venta, montañas de rollos de papel con el logo de los bancos. Sí, esos rollos de papel que, se supone, el banco le entrega a los comercios «gratuitamente» como parte del servicio que ofrecen por el pago de las comisiones que obtienen de cada transacción, van a parar allí vía el mercado negro.

Si te roban el vehículo y has cometido el error de llamar al 171 para reportarlo, puedes tener por seguro que, si lo recuperas porque tiene GPS, de todas maneras terminarás atracado, porque el policía que atiende tu caso te quitará hasta 50 mil bolívares para no llevarse retenido el auto.

Las llaves de control de agua son taponadas con cemento e inmediatamente aparecen camiones de cisternas para llenar los tanques que cobran exorbitantes sumas de dinero, muchas veces, camiones con logos de instituciones del estado que deberían prestar el servicio gratuitamente.

Los alimentos que se supone son destinados a mercados populares con «precios justos» y empaques con propaganda del régimen, aparecen en los mercados de bachaqueros y los venden hasta a mil por ciento por encima de su precio.

Así con todo. Todos hemos terminado marañeros, «arañeros», aprovechados, tramposos, habilidosos para la trampa y el chanchullo. Características que cuando yo estaba pequeño nos asombraban de los colombianos y que ahora forman parte de «nuestra forma de ser», de nuestra «normalidad».

Por eso, uno a veces se asombra cuando ve que, por ejemplo, una señora que trabaja en una farmacia o de cajera de un supermercado gasta 24 mil bolívares en dos disfraces para el carnaval, dos trajes de superhéroe para sus hijos de 4 y 8 años.

¿Cómo puede una persona con un salario mínimo darse el lujo de gastar el equivalente a casi dos meses de sueldo en dos disfraces para sus niños?

La respuesta no es difícil encontrarla. La clave de todo está en la maraña, en el chanchullo, en la mafia.

¿Cómo y cuándo podremos revertir esto?

El futuro del país crece en una cola

3 marzo, 2016 § 8 comentarios

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Yo, de pequeño, jugaba a policías y ladrones y jugaba a la «tiendita». Esos eran algunos de mis juegos. —Si, también jugaba a «Papá y Mamá» y al «Doctor y su paciente», pero esa es otra historia—.

El juego de ladrones y policías, supongo que obedecía al hecho de ser hijo del Prefecto de La Parroquia y vivir los primeros años de mi vida metido en la prefectura, entre policías y detenidos.

El de la tienda o bodega, provenía de ver cómo todos los días, antes de salir el sol, ya se  estaba descorriendo la santamaría que mis padres tenían en un local de nuestra casa, frente a la plaza. Que me permitieran cerrar una que otra noche esa santamaría, era para mí el sumun de la alegría. Me sentía adulto, grande.

Esos eran mis juegos, porque esa era mi cotidianidad. Esa era mi «normalidad».

Después de morir papá, muchas veces salí con una olla llena de pasteles de carne y de queso hechos por mamá a venderlos de puerta en puerta. No era un trabajo —nunca lo sentí así—, era un juego, también. De hecho,  no recuerdo que mamá me dijera nunca que saliera a venderlos. Yo tomaba la olla y salía a «jugar», un juego que además me dejaba a mí el equivalente en bolívares de un pastel por cada cuatro que vendía. Eso era lo más.

Así crecí. Con esos juegos. Estudié, me gradué, trabajé, monté mi negocio y sigo trabajando. Es lo que vi. Ese es el ambiente en el que crecí. Eso era lo normal. Tan normal, que era lo que jugábamos para sentirnos grandes. Una mesa de planchar fungia de mostrador, una tapa de una lata de leche suspendida con hilo de pita, era la balanza y cualquier lata nos servía de molde para hacer tortas de barro que eran la mercancía.

Hoy recordé todo esto porque me cinceló el corazón el mensaje que envió una sobrina por whatsapp:

«No puedo parar de reírme jajajajajaja Paula, estaba jugando en la parte de atrás del carro y empezó: ‘¡Señores ordénense en la cola!’ (dirigiéndose a sus muñecos). Entonces,  ella misma se respondió: ‘¡Déjeme pasar que yo soy de la tercera edad para comprar harina!’»

Inmediatamente recordé una historia similar de una amiga que llevó a su nieto de tres años en Semana Santa a visitar al Nazareno de San Pablo y el niño le preguntó, al ver que hacían una larga cola para entrar al templo: «Abu, ¿Y aquí qué vamos a comprar?»

Entonces, el corazón se detiene al pensar en el futuro, al interrogarme ¿Qué futuro le espera a un país en el que los niños crecen en una cola? ¿Que futuro les espera a esos niños que crecen pensando que lo «normal» es echar raíces en una cola para comprar harina? ¿Cómo será la Venezuela dentro de 25 años, cuando el país esté en manos de esos niños que juegan a que están en una cola para comprar harina, porque esa es su cotidianidad, su «normalidad»?

La otra isla, de Francisco Suniaga

3 marzo, 2016 § 5 comentarios

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A «La otra isla» de Francisco Suniaga, llegué tarde. Acabo de leerla en su undécima edición por Oscar Todtmann Editores de 2014. Su primera edición fue en 2005.

Llegué tarde pero no quiero dejar de decir que es una gran novela. Más allá de la historia policial característica de una novela negra, es grande por la manera de mostrarnos a Margarita, esa isla que como se descubre en el libro es mucho más que playas paradisíacas y una avenida 4 de Mayo para comprar. Tras esa isla turística que todos visitamos, hay una vida que retrata Suniaga con maestría y elocuencia. Una cotidianidad signada por la violencia y por submundos como el de las peleas de gallos.

La estructura de la novela me llamó la atención porque es menos convencional de lo esperado para el género. Arranca la historia con unos personajes y un ambiente que son abandonados en el segundo capítulo para dar paso a los verdaderos personajes protagónicos de la historia: Un abogado en decadencia económica, una madre alemana que llega a la isla para indagar la verdad sobre la muerte de su hijo Wolfgang supuestamente ahogado en una borrachera en Playa El Agua, un joven alemán que llegaría a Margarita a establecerse con su pareja, Renata, para regentar un kiosco en la playa. Richard, un negro ayudante de la pareja y amante de Renata y una serie de personajes más que se desenvuelven en torno a estos.

El primer capítulo, le permite al autor presentarnos el ambiente en el que tendrán vida personajes y hechos. Nos muestra a Margarita, pero no a la del turista. Nos enseña esa otra isla donde cobran vida pasiones y obsesiones. Donde todos mandan y nadie obedece y en donde inexplicablemente algunas empresas, en medio del caos, llegan a feliz término. Esa isla de Margarita que es un elemento tan protagónico en la novela como los personajes.

La voz del narrador va tomando ciertos matices diferentes a medida que la historia avanza. Arranca Suniaga con un narrador en tercera persona que pareciera ir descubriendo junto con el lector tanto la isla como los hechos y los personajes. Luego, en un punto casi intermedio de la historia,  durante el capítulo XVIII, el narrador cambia abruptamente a la primera persona, cuando Richard, el ayudante de la pareja alemana, desarrolla un monólogo en el que cuenta como llega a hacerse amante de Renata. Es un monólogo escrito en clave de conversa entre panas. Como quien cuenta sus travesuras amorosas a un grupo de amigos mientras juegan una partida de truco o dominó. Un texto que entra sin presentaciones ni justificaciones aparentes y sale de igual manera de la historia.

Este monólogo que a primera vista luce un poco forzado, da paso a un cambio sutil en la narración cuando el narrador, aunque se guarda algunos datos,  ya no parece descubrir con el lector las situaciones, sino que parece conocer a profundidad detalles tan íntimos de los personajes como las notas que Wolfgang apunta en una libreta cuando empieza a dejarse arrastrar por la pasión que le generan las peleas de gallos.

Y es en este punto cuando Suniaga hace muestra de una gran maestría para dibujar personajes y situaciones. Nos pinta con una pluma apasionante y sobrecogedora el mundo de las peleas de gallos con unas descripciones vividas de las peleas, de la violencia embriagadora de esa práctica que le permite hacer una especie de tratado acerca de lo que es la violencia animal como característica de una especie, una violencia innata carente de crueldad o premeditación, una violencia reptil. Y esa otra violencia, la humana, la que hace que nuestras morgues se sobrecarguen los fines de semanas con las víctimas. Una violencia que parte de un cerebro reptil no domesticado y que puede llegar a hacer que un jugador reviente contra una viga la cabeza se su gallo perdedor. La violencia humana que Wolfgang pareciera haber llegado a dominar civilizadamente, pero que puede estar agazapada bajo la apariencia de civilidad. Al alemán también le llega su turno con uno de sus gallos y Suniaga deslumbra a describirnos el mundo interior de este hombre arrastrado por una pasión.

Hay pasajes en la novela como cuando Wolgang tiene el primer contacto con los gallos que es realmente magistral. Es una especie de ritual de iniciación cuando Fucho, el criador de gallos le tiende un ejemplar al alemán para que lo sostenga y que marca el punto de no retorno en la pasión gallera que se desata en este hombre que nunca había tenido contacto alguno con gallos de pelea.

La investigación sobre las circunstancias de la muerte del alemán se desarrolla de manera paralela con una investigación literaria del abogado y un amigo para tratar de descifrar un sueño en el que al abogado le dictan un párrafo en inglés y ambos personajes se empeñan en descubrir de dónde proviene. Es una especie de licencia literaria para enmarcar la historia en un contexto de literatura latinoamericana.

Al final, se descubre el origen del texto mientras que la muerte del alemán queda entre interrogaciones, pero nos queda cincelada en la mente, esa otra isla que nos seduce y nos asusta. Esa isla que le permitió a Suniaga mostrarnos alma y esencia de sus personajes.

«La otra isla, la que comparte el sol, la brisa y el mar azules, la isla invisible pero espesa donde todo se posterga, la isla sin tiempo del mañana, mañana, la de todas las miserias, la isla donde anida la tristeza, escondida tras una sonrisa, la que obliga a vivir sin hipótesis y a morir de la misma manera».

¿Dónde estoy?

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