El país del rebusque y la maraña

6 marzo, 2016 § 4 comentarios

maraña

Es impresionante la capacidad y habilidad que hemos desarrollado los venezolanos en estos 18 años de «revolución» para de todo hacer una maraña, un rebusque, un negocio. Todo ha terminado siendo manejado con criterios de chanchullo y de mafia.

Los bachaqueros se enteran antes que los mismos dueños de los establecimientos de qué productos y a qué comercio le van a llegar. Desde horas de la madrugada se siembran en largas colas a esperar que abra el negocio, llegue el camión y despachen la mercancía.

En los concesionarios de carros no tienen repuestos para venderlos al precio marcado, pero los mismos trabajadores de esos concesionarios los «consiguen» y venden hasta por el triple de su valor.

Las baterías para automóviles las venden por sorteo de cédulas. La gente tiene que madrugar varios días en una cola para ver cuando tiene la «suerte» de que salga su documento de identidad entre los beneficiados del día y, luego, la suerte de que haya llegado el modelo de batería que le sirve a tu auto.

Pero, si estás dispuesto a pagar 55 mil bolívares por una batería, te la llevan a la casa, o te llevan a ti al sitio donde esté el vehículo y la instalan. A ese punto de sofisticación y «buena atención» ha llegado el bachaqueo en Venezuela.

En las farmacias no se consiguen los medicamentos, pero los mismos empleados pueden hacer que alguien haga aparecer lo que necesitas. Un Valprón, por ejemplo, cuyo precio esta marcado en 18 bolívares, te lo ofrecen a 2 mil.

Los bancos no tienen puntos de venta para los comercios formales y legales; no obstante, con el pago de un soborno, cualquier empleado bancario puede hacer «aparecer» el punto de venta que por la vía regular no se consigue. Por eso, ahora, los buhoneros tienen puntos de venta electrónicos, mientras los comercios formales no, a menos que estén dispuestos a pagar por la maraña.

Las empresas contratadas por los bancos para mantenimiento y servicio de los puntos de venta no tienen disponibilidad de papel para los aparatos pero, bajo cuerda, hay gente que los venden hasta en 600 bolívares. El extremo y el colmo es que se llegan a encontrar en librerías y papelerías para la venta, montañas de rollos de papel con el logo de los bancos. Sí, esos rollos de papel que, se supone, el banco le entrega a los comercios «gratuitamente» como parte del servicio que ofrecen por el pago de las comisiones que obtienen de cada transacción, van a parar allí vía el mercado negro.

Si te roban el vehículo y has cometido el error de llamar al 171 para reportarlo, puedes tener por seguro que, si lo recuperas porque tiene GPS, de todas maneras terminarás atracado, porque el policía que atiende tu caso te quitará hasta 50 mil bolívares para no llevarse retenido el auto.

Las llaves de control de agua son taponadas con cemento e inmediatamente aparecen camiones de cisternas para llenar los tanques que cobran exorbitantes sumas de dinero, muchas veces, camiones con logos de instituciones del estado que deberían prestar el servicio gratuitamente.

Los alimentos que se supone son destinados a mercados populares con «precios justos» y empaques con propaganda del régimen, aparecen en los mercados de bachaqueros y los venden hasta a mil por ciento por encima de su precio.

Así con todo. Todos hemos terminado marañeros, «arañeros», aprovechados, tramposos, habilidosos para la trampa y el chanchullo. Características que cuando yo estaba pequeño nos asombraban de los colombianos y que ahora forman parte de «nuestra forma de ser», de nuestra «normalidad».

Por eso, uno a veces se asombra cuando ve que, por ejemplo, una señora que trabaja en una farmacia o de cajera de un supermercado gasta 24 mil bolívares en dos disfraces para el carnaval, dos trajes de superhéroe para sus hijos de 4 y 8 años.

¿Cómo puede una persona con un salario mínimo darse el lujo de gastar el equivalente a casi dos meses de sueldo en dos disfraces para sus niños?

La respuesta no es difícil encontrarla. La clave de todo está en la maraña, en el chanchullo, en la mafia.

¿Cómo y cuándo podremos revertir esto?

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