Adaptación

26 mayo, 2016 § 2 comentarios

pan

Foto tomada de la web

Cuando desapareció la carne, decidí dar gracias a Dios porque las carnes rojas son muy dañinas y comencé a comer pollo y gallina.

Cuando escasearon pollos y gallinas agradecí por mi salud, porque esas vainas las engordan a fuerza de químicos y hormonas. Decidí comer atún.

Cuando el atún desapareció de los anaqueles para aparecer luego escasamente y a precios de joyería, bendije al cielo porque esas cosas tienen mucho conservante químico y los mares donde los pescan están muy contaminados con mercurio.

Entonces, decidí consumir mis proteínas de huevos, quesos y granos.

Los huevos desaparecieron, para los quesos no me alcanza el sueldo, los granos no hay pero ni en el cutis de los adolescentes. Pensé, «menos mal, porque los huevos me suben el colesterol, los quesos me aumentan el ácido úrico y me producen cálculos en los riñones y los granos me producen inflamación de colon».

Comía arepas pensando que eso me hacía sentir venezolano rajao, hasta que la harina de maíz empezó a escasear y Nicolás me aclaró que, en realidad, «el maíz no es un producto autóctono» con lo que no extrañé más la Harina PAN, porque eso es un producto de origen extranjero y apátrida, seguramente imperialista y eurocentrista.

Todos los días doy gracias a Dios porque no se consigue azúcar porque eso es un veneno y, además produce caries.

Fui aprendiendo a comer. Fui adaptándome al socialismo del Siglo XXI.

Y aquí estoy ahora, cuidando un mojón de mierda para el almuerzo para que no me lo arrebate el vecino. Sólo espero que no me vengan con el cuento de que la mierda produce mal aliento.

Todo es negro. Negro luto

25 mayo, 2016 § 2 comentarios

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Ocho de la noche
¡Booomb!
Sobresalto.
Con el ruido de la explosión y el susto
Sobreviene el apagón.

Un chubasco de proporciones bíblicas se desata con fuertes vientos.
Las hojas del níspero caen.
Como en una especie de éxodo, salimos a pedir posada.

La oscuridad es densa y el silencio atemoriza.
Ni luz de luciérnagas hay en la ciudad.
Todo es negro. Negro luto.

La gente en sus casas espera resignada el alumbrón.
Falta poco para que unos salgan de las tres horas de sombras y otros entren.

Intentar conciliar el sueño en cama ajena
Vuelta y vuelta y vuelta.

El silencio de las cuatro de la madruga habla con elocuencia.
Una especie de epifanía.

Son ya demasiados años entre tinieblas como para seguir creyendo que esto es temporal.
¡Dieciocho años!
ya no es provisional.

En el baño, donde en un tiempo salía agua al abrir la ducha, se esconde, tras la cortina, el pipote que acusa como un dedo
el rancho en el que te obligan a vivir.

Potes con agua dispuestos de manera que oculten la sensación de indignidad.
La humillación.

En un momento de e/videncia
Abro los ojos en la madrugada
Miro por la ventana.

Todo es quietud y silencio
Todos duermen
Aquí no ha pasado nada.

Entonces comprendo que las tinieblas van para largo
Las sombras se han instalado y se elongan como en un atardecer.

Todos moriremos aquí
Sin volver a ver la luz
Muchos morirán sin siquiera haberla visto alguna vez.

Nada es ya temporal
La muerte es permanente.

Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 14. Visita de Albert Rivera

22 mayo, 2016 § Deja un comentario

rivera

Tía Amapola hoy salió del cuarto de los santos cuando ya empezaba a clarear el día. Hedía a tabaco de brujo y a anís El Comandante, un alcoholado que más parece combustible para cocina de kerosene que anís. Se paró frente a la ventana a mirar el amanecer. Sostenía entre sus dedos el dije de la firma del difunto que cuelga del cuello en su cadena de oro y lo movía con impaciencia de izquierda a derecha y «a la visconversa», como diría ella. Murmuraba con la mirada lejana, perdida entre la montaña y las nubes.

—Ay, ojitoslindos, no estás respetando el pacto. Tú crees que yo me chupo el dedo y no sé que tu estás detrás de la detención de Joanma en Clarines. Piensas que él va a cantar más duro y más claro que su tocayo catalán a orillas del Mediterráneo, pero, Ojis, por Joanma sí meto yo las manos al fuego. Ese es un perro fiel y no va a decir ni pío del Padrino o de mí. Ay, Ojoslindos, deja quieto al que está quieto. Mira que El Conejo ya te dejó sus cariños en un video y con un empujoncito a ti te ponen lo ganchos antes de que ese sol que está por salir nos llene la ciudad de calor y luz…

Yo no entendí nada de lo que decía. Esas historias de la tía y su amiga La Greñúa, como la tiíta le dice cariñosamente, con roedores, que si El Topo, El Picure, El Conejo que por lo que veo hay dos, no termino de captarlas.

Tía Amapola me vio y me hizo señas para que me acercara, me dio un beso en la frente, me abrazó y me dijo:

—Mira, mi niño, que lindo como la montaña se llena de luz. Todo lo que hasta hace rato no era más que una oscuridad tenebrosa, se ilumina y nos muestra la montaña inmensa y verde. Así es la vida, mi niño, a la oscuridad le sigue la claridad. Hay gente que cree que las tinieblas de la noche son eternas, que durarán para siempre, pero el sol nunca deja de salir y de poner todo en su lugar.

—Ay, tiíta, todo eso suena muy bonito pero no tengo ni idea de qué está hablando…
Tía Amapola me apretó por los hombros y con su mentón apoyado en mi cabeza respondió:

—De nada, mi niño, nada importante, sólo que hay gente en este país que no ha terminado de entender que yo, por las buenas, soy muy buena; pero, por las malas, soy la mejor.
Me besó en la frente antes de irse:

—Voy a bañame, y a quitame esta peste con medio frasco de Chanel nomberfai, que ya empieza un nuevo día.

***

Hoy, tía Amapola me invitó a comer con ella en el despacho. El chef nos sirvió de entrada un carpaccio de salmón ahumado con alcaparritas miniaturas. La tía le daba vueltas a las finas lonjas de salmón con el tenedor. Se metía una a la boca y arrugaba el entrecejo.

—Tiíta, ¿No le gusta el carpaccio?

—Ay, mi niño, aquí entre nos, a mi esta vaina no me sabe a nada. A la sal de las alcaparras. Yo sigo prefiriendo una buenas sardinas ahumadas de lata con tomate y cebolla y un par de topochos cocíos. Lo que pasa es que eso no lo puedo pedir aquí porque me dirían tierrrúa.

—Usted tiene unas cosas, tiíta. Por cierto, no la he visto entrar a «rezar» últimamente al cuartico de los santos…

—Ay, mi niño, es que estoy en un dilema. ¿Así es que se dice, no? ¿Dilema?

—Si estás indecisa entre varias opciones y no hallas por cuál decidirte sí, tiíta.

—Bueno, es eso justamente. Es que no sé si rezá para que el revocatorio no sé dé o para que se dé el año que viene. ¡El desgraciao del Ayú, que se puso a decir esa vaina de que quedaría de presidente el vicepresidente y me hizo dar un brinquito en el estómago! ¿Te imaginas, mi niño, la primera mujer presidenta?

—Bueno, tiíta, según Jorge, ese revocatorio no se va a dar porque fue puro muerto lo que firmó ahí y que no llegan ni a 200 mil las firmas.

—Ja ja ja ese Jorge tiene unas vainas. Voy a tené que preguntale quien es su díler porque como que se la está vendiendo piche o puyá ja ja ja. En vez de comprame a mí que siempre tengo disponible de la buena. ¡Puro muerto! Ja ja ja ya quisiera yo que una aplanadora hubiera dejao tiesos a todos esos ingratos, desagradecíos. ¡Empezando por tu tía! Malparía esa. Ay, que me traigan ya el segundo plato que esta vaina está incomible.

Yo me apuré a comer las últimas lonjitas porque ese carpaccio estaba mami, mami.

***

—Tiíta, ¿usted qué se trae entre manos que últimamente la veo tan pendiente de su imagen? Antier hizo venir al masajista y se pasó el día entero llena de menjunjes y cremas que le dejaron todo el cuerpo como nalguita de bebé. Ayer vino el esteticista y le retocó el bótox de tal manera que ya más que mi tía parece mi hija. Y hoy según veo por esos emplastes de papel de aluminio que lleva en la cabeza, vino la Yuralys a retocarle las mechas y taparle las raíces, porque ya las canitas se le asomaban.

—Ay, mi niño, tú si que me tienes calicanteada, ¿ah? Me conoces más que mi babalao. ¡Más que yo misma, pues! A ti no puedo caerte a embustes. Te lo voy a decir, pero eso tiene que morir aquí entre nos.

—Cuente, tiíta, ¿qué estátramando?

—Mi niño, ¡el lunes viene Albert! Es que nada más de pensarlo me recorre un escalofrío desde la nuca hasta el periné. Me dan como calambres en la totona y todo.

—¡Tía Amapola! ¿Por qué tengo yo que enterarme de las cosas que usted siente en esas partes? ¿Qué Albert es ese?

—El español, mi niño, el Rivera. El de Ciudadanos. Va a venir y yo tengo que estar bella, radiante…

—Tiíta pero ya Ojoslindos dijo que ese señor no podrá pasar de migración porque viene a conspirar..

—¡Pendejo, Ojoslindos y su puta madre!

—Tiíta, pero yo nunca la había visto así por nadie.

—¡¿Pero es que tú no has visto a ese muchacho?! Blanquito, con esa boquita hecha como pa que me recorra desde el pezón derecho hasta el dedo gordo del pie izquierdo. El pelito siempre bien peinadito. Yo vi una foto en la que sale desnudo, mi niño. ¡Dios, es pecho como pa caele a mordisquitos! Y una cosa entre las piernas que parece que se le desborda de la mano y no la puede tapar completa.

—Tía, usted ya no me respeta. No sé pero yo veo difícil que Ojoslindos lo deje pasar de Maiquetía. El dice que ese hijo de la ultra derecha internacional ¡no pasará!

—Con la derecha y con la izquierda es que quiero que me agarre el Albertico y me dé nalgadas como a un tambor. Pues me iré pa Maiquetía a esperarlo y aunque sea en uno de esos baños malolientes por falta de agua le doy su revolcón.

—¡Tiíta, respéteme!

***

—Tiíta, ¿Que me le pasó que está toda desmadrada? ¡Tanto masaje y bótox y ahora me la encuentro hecha un trapito de cocina! Si no fuera porque no tenemos luz ahorita, porque estamos en las horas del racionamiento eléctrico, diría que metió los dedos en un enchufe. Pero la planta sólo da para el aire, las neveras y unos cuantos bombillos.

La tía Amapola al escucharme, trata de recomponerse. Se pasa las manos por la cabeza como queriendo aplacar el pelo y se alisa el traje Chanel de chaqueta y falda que lleva puesto.

—Ay, mi niño, no te burles. Estoy que trino. Como diría la abuela, me provoca ponerme las naguas en la cabeza, jalarme los pelos del chocho y salir corriendo.

—Naguas, no, tiíta. Enaguas, se dice. E na guas. 

—Deja estar que me entendites.

Otra vez el «entendistessss» pero si le digo algo, me saca un ojo con la cuchara que se come el chochoevaca que le trajo Noelí. La dejo que siga sin corregirla de nuevo.

—Maginate que Padrino me obligó a ir a los ejercicios militares esos que se inventó, de allá vengo. Y si fuera poco, al Chapito me lo van a extraditar y hasta pena de muerte me le pueden dar. A los sobrinos del consulado en Brasil me le tienen el ojo puesto. Ayer, me hicieron una bromita pesada cuando me llegó el mensajito de que la DEA tenía rodeada la oficina en Brasil. Pero así empiezan esos malnacidos, con mensajes falsos y de pronto, ¡Zas!, los joden a todos.

—Tía, pero con esa pinta no creo yo que se levante a Albert Rivera ni para un revolcón en los baños del aeropuerto.
Tía Amapola suspira y me mira con ojitos de vaca cagona.

—Ay, mi niño, eso también. Ya Padrino me amenazó que si voy a hablar con Albert me manda a jodé con sus esbirros y yo, aunque no le tengo miedo, prefiero tener la fiesta en paz porque las cosas están muy tensas en este país y es mejor que, por ahora, como dijo el santo difunto, estemos unidos como una piña. ¡No, y lo peor! Me dijo que si tanto me interesaba la política española, me mandaba a traer al coletas. Con su voz de mojón pesao me dijo «Pablito te quiere mucho, y si lo llamo, viene de una vez». Magínate, ¡qué asco! De imaginarme haciendo con Pablo lo que quería hacé con el Albert, casi me voy en vómitos. ¡Andá a rezá! Le dije. Y lo dejé hablando solo.

Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 1
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 2
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 3
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 4
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 5
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 6
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 7
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 8
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 9
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 10
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 11
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 12. Lluvia
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 13. La audiencia
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Te matan

20 mayo, 2016 § 1 comentario

Bolivar

Te matan por tener
Te matan por no tener

Matan al delincuente
Matan al policía

Te matan en la calle
Entran y te matan en tu casa

Venezuela es un llanto que no cesa
Venezuela es un luto en gerundio

No me apaguen el sol

18 mayo, 2016 § 1 comentario

image

Llegó entonces el atardecer. El cielo se volvió expresión. Se llenó de colores que fueron cambiando de azules y grises, a naranjas y rojos. Parecía como si un pintor desahogara a fuerza de colores y brochazos toda la desazón del día.

Hay que aferrarse a los cielos intocables por esta realidad que nos somete. Agarrarse como a un clavo ardiente de los comentarlos de la amiga que dice que mis novelas la hicieron sentir «perturbada, asustada, sonrojada y hasta me causaron rabia». Agarrarse como una tabla de salvación de la otra amiga que me aplaude sin mezquindades mis «Textos de la concupiscencia cotidiana». Cualquier pequeña alegría es una armadura para no romperse ante esa madre que me cuenta que la apuntaron con un revólver a ella y a su hijo, hace 15 días en un autobús y que, ayer, a su hija con su nieto de 4 años los atracaron en una buseta.

No romper a llorar cuando cuenta que el niño le dijo a su mamá «Mami ese hombre está robando».

Era una mujer de 62 años que tenía necesidad de contarle a alguien sus penurias. Que tiene 29 años de servicio dando clases para el Ministerio de Educación y tiene que hacer malabares para poder comer. Hacer un almuerzo con una pechuga de pollo para cuatro personas, pagar la leche para el niño a 4 mil bolívares, aunque no le quede para comer ella. Que su hija tiene pánico de salir a la calle y, ella, a sus 62, prefiere caminar a pleno sol para no pasar por el terror de usar el transporte público. Que a lo mejor tendrán que buscarle un hogar al gato porque ya no les alcanza el dinero para comprarle la comida. Que el consejo comunal no le avisa cuando hacen jornadas de ventas de comida, porque ella es opositora.

Después el amigo que no tiene dinero, que ve como su salario de una quincena de le va en un día. Y la vecina que con toda la buena intención me muestra un paquete de Harina Pan por si lo necesito y lo quiero comprar. Una harina que viene marcada a 19 bs. y ella pagó a 1100. Y me muestra la panela granulada que compró a 1400 bs. porque no consiguió azúcar. Y me cuenta de los 40 pañales para su madre de 90 años que tuvo que pagar a 25 dólares y conseguir quien se los trajera de USA. Me cuenta orgullosa, sonriendo, sus pequeños triunfos cotidianos, mientras finjo que no me afecta. Actúo para no dejar salir el quiebre que tengo en el pecho.

Y ella habla de su socio que decidió no almorzar, como siempre lo hace, con los vendedores del negocio, porque él tenía carne en su vianda y «le dio cosita» cuando vio que los vendedores llevaron arroz con huevo frito y salsa de tomate, uno. Y, el otro, pasta con mucho queso rayado. Queso. Sólo queso. No salsa bañada con queso. Pasta y queso blanco rayado. Nada más.

Y la tía que llama de Maracay y con su buen humor y entre risas y cariños también cuenta su tragedia. Y la familia que cuenta sus cuitas por whatsapp, las carencias. Los no hay. Los no encontré. Los estoy sin luz. Los no voy a poder comer más de esto o de aquello, que tanto me gusta, porque no hay dinero.

Entonces, sólo quedarse con lo que la gente que lo quiere y lee a uno le comenta de sus textos. Saborear las risas que pude regalarle a alguien en facebook y que cariñosamente lo agradece. Sentirse feliz, aunque tal vez hablen más desde el cariño que desde lo que esos textos tienen de bueno.

Mirar al cielo desde un piso catorce y sentir que con ese espectáculo de luz y color no han podido meterse. No podrán. Dejarse ir en esas nubes que pasan de gris a amarillo, de amarillo a naranja, de naranja a rojo.

Mirar al sol morir y recordar que al día siguiente, aunque haya nubes, volverá a brillar. Volverá a abrasar. Una vez más, nos hará maldecir el calorón, el sofoco, especialmente si hay corte eléctrico de cuatro horas y nos asfixiamos; pero nos recordará que no hay, que no ha habido ni habrá, déspota que lo pueda apagar. Que, a pesar de todo, el sol siempre vuelve a salir. Para todos.

«No pido plata, pido un mensaje en cadena para buscar las medicinas de mi hija»

16 mayo, 2016 § 5 comentarios

aureola

Foto tomada de la web

Yo, en un afán de auto protección y supervivencia, cada vez, salgo menos. Trato de ir lo menos posible a supermercados para evitar deprimirme. Dejé de ir a caminar por temor a la delincuencia. Con alguna gente no paso del «Hola» y el «Aquí, la misma vaina», huyendo a la consabida retahíla se ayes, lamentos, quejas, que terminan dejándome una opresión terrible en el pecho y profundas ganas de llorar, primero, y de matar, después.

Pero la realidad busca como filtrarse por cualquier rendija, el país aprovecha cualquier grieta para deslizarse hasta el tuétano de mis huesos y dejarme con la sensación de palo de agua adentro, tiritando, aunque afuera brille un sol abrasador.

A veces la fortaleza de mi Torre de Marfil, se vence.

Fue así como se filtró Alexander.

Tocó la puerta de mi tienda y entró. Joven. Cercano a los 30. Buenmozo. Acuerpado. Piel trigueña brillosa de tanto sudar bajo el inclemente sol de Maracaibo que hoy, aparte de lucir una hermosa aureola, calentó más de lo soportable por los seres humanos. Vestía una franela vinotinto de nailon que se le pegaba al cuerpo por la copiosa sudoración. En el pecho, del lado del corazón, una leyenda del Ministerio del Poder Popular para el Deporte.

Arrancó a hablar sin darme chance a decir nada:

—Vengo a pedirle un favor —en mi mirada debió percibir un odioso «NO», porque se apresuró a agregar—. ¡No es dinero! Yo no pido plata. Lo que estoy pidiendo es que, por favor, la gente mande un mensaje de texto, una cadena, un mensaje por las redes sociales preguntando dónde puedo conseguir unas medicinas para mi hija de cinco años que está en la clínica. Le diagnosticaron Lupus y le mandaron unas medicinas que no encuentro por ningún lado. Las medicinas son:
Prednisona,
Atenolol,
Bumelox,
Zymar,
Gardenal.

Alexander no tenía informe médico. No portaba una radiografía ni una fotografía de su niña enferma. No traía ni siquiera los récipes de los medicamentos. Nada de las pruebas que normalmente muestran quienes salen a mendigar profesionalmente. En su desesperación, salió, tal vez sin pensar muy bien a qué, sólo por sentir que hacía algo además de patear farmacias infructuosamente. Su único documento era una estampa con una virgencita y una novena.

Yo, que normalmente me sacudo sin remordimientos a la gente que llega a pedir, recordé a la amiga Cheny, que luchó toda su vida contra el Lupus, hasta que, trasplante de riñón donado por su hermana de por medio, su cuerpo se cansó de luchar contra esa extraña enfermedad que hace que las defensas del sistema inmunológico te ataquen, te enfermen, en lugar de defenderte y murió.

Entonces, dejé hablar sin interrumpir al muchacho oloroso a sol.

—Conseguí en Las Pulgas una de las medicinas, pero me estaban pidiendo por tres pastillas, 25 mil bolívares y ya no tengo dinero. Vendí mi moto, la nevera, el aire. Vendí todo lo de mi casa. Lo único que no tocamos fueron las cosas de la niña, su ventilador no lo vendimos. Tuvimos que vender todo porque teníamos que reunir 450 mil bolívares vara pagar la clínica. Lo material lo recupera uno, eso es lo de menos, ¿así es que dicen, verdad?. Yo soy del equipo de lucha —se señaló la franela—. Con lo que gane en las competencias recupero lo vendido. El gobierno aprobó una ayuda del 25 por ciento, pero no la han dado todavía. Ya el cheque está pero no lo han firmado y yo tenía que pagar la clínica.

Tomé una caja de Prednisona y se la di.

—Pregúntele al médico si le pueden dar de esta a la niña. Es de perros…

—Yo se la pago.

—No, guarde esos cobres para para cuando consiga las otras. Por cierto, en estos días leí que descubrieron una cura para el Lupus…

—Si, una pastilla. En Estados Unidos. Cuesta 4 mil dólares, pero se toman los 60 días y ya se cura. Con las luchas trataré de conseguir los dólares. Dios se lo pague.

Alexander no pensó en dejarme sus señas por si alguien respondía el mensaje. Se lo advertí. «Mi celular no lo traje. No soy de aquí, soy de Valencia. Anote este número, es de mi vecina». Se marchaba ya cuando reaccionó. No me había dicho su nombre. «Mi nombre es Akexander». Garabateó su nombre al pie de la lista de las medicinas que busca.

Con un «Dios se lo pague» repetido varias veces, Alexander se fue a su vía crucis de farmacias buscando el tratamiento para su niña.

Yo quedé golpeado, transido, con una lágrima que me niego, por rabia, a dejar salir.

Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 13. La audiencia

13 mayo, 2016 § 2 comentarios

audiencia

Tía Amapola hoy ha estado huraña. Casi no ha hablado. Está como triste. Tiene rato mirando por la ventana caer la lluvia y de vez en cuando suspira.
—Tiíta, ¿Qué me le pasa que la noto como tristona, nostálgica? ¿Sigue con la pelea con Padrino?
Sin dejar de mirar hacia la calle, agarrándose la firma del difunto que guinda en la cadena de oro, con un hilo de voz apenas audible, me dice:
—Ay, mi niño. Ahora sí creo que se nos volteó el santo. Esa purga que hicieron en la Asamblea eliminando todos los trabajitos que habían hecho ahí los babalaos y paleros cubanos como que está surtiendo efecto… Nos descubrieron aquel túnel tan bueno que teníamos allá arriba con los panas de Tijuana. Me caí montando bicicleta. Ojitoslindos no sé que jueguitos se trae pero no me da buena espina esa junta con Rodríguez Té.
Tía Amapola gira lentamente la cabeza y con terror en la mirada me pregunta:
—¿Serán ciertas las predicciones que dicen que no llegamos a julio? —Mira al cielo gris a través de la ventana— ¡Ay, Chavito, ¿Por qué me has abandonado?
—¿Y viste lo de Caballero, tiíta?
Tía Amapola no puede contenerse más y rompe a llorar desconsoladamente. Entre sollozos, capto:
—Ay, mi Fonfo, me lo mataron como a un perro. Ay, ay, ay. Dicen que para robarle el arma pero yo sé que fue Padrino. Él desde que me descubrió cabalgando con Fonfo en esa moto se la juró. Primero lo botó y ya no fue más mi escolta y después lo vivía amenazando. Ay, mi niño, qué podía hacer yo si Padrino me tenía abandonada, ya ni me miraba y Fonfo con todo el ardor de las hormonas enloquecidas de los veinte años… Una es fuerte pero la carne es débil. ¡Ay, mi Fonfito!

***

Tía Amapola está tan descolocada y atribulada los últimos días, que ya ni siquiera toma la precaución de cerrar la puerta del altar cuando entra a «orar».
Hoy me quedé patitieso cuando pasaba y la vi.
Los churcos del pelo alborotados como si se hubiera peinado con triquitraqui. Vestía la manta guajira roja que le regalo Noelí con los ojos del difunto bordados en lentejuelas negras. Tomó la vasija de barro que trajo de Lomas Bajas, le puso unas gotas de cuerno de ciervo, la lleno de agua, se quitó las pantaletas y las enjuagó. Las exprimió con cuidado de que el liquido cayera dentro del recipiente y se las puso de nuevo, mojadas.
Estaba tan concentrada que ni cuenta se dio de que yo estaba en la puerta.
Murmuró una oración mientras encendía un velón negro bordeado por una cinta tricolor y, sacudiendo un manojo de ruda en la superficie del agua, invocaba a Ismaelito y a toda la corte malandra. Posó sus manos sobre los ojo de lentejuelas y dijo:
—Que estos ojos sean mis ojos. Que estos ojos me muestren el camino.
Su cuerpo se cimbrò de pies a cabeza y la voz que adquirió era ronca, como salida de una lata vacía. Marcó un número en su Iphone que lo tenía junto a la vasija y puso el altavoz. Al tercer repique, se oyó la voz del Padrino: «Dime, cielito».
Tía Amapola, sin saludar y con su voz ronca, de hombre, primero cantó «Patria, patria, patria querida». Y siguió:
—Naiki, ponme cuidado. Al roedor sácale una costilla y hazte un llavero para las llaves de palacio. Con las falanges de los dedos medios le haces unos zarcillos engastados en oro a la malandra Isabelita y con la piel del escroto, hazte una billetera. ¡Y quéma el resto¡ ¡Quémalo hasta que sólo queden cenizas! El humo y el fuego transportarán la fuerza del roedor hasta ti. La piel de los cojones te darán el coraje que la naturaleza te negó, e Isabelita cuidará de Amapola para que nada le pase cuando pase lo que tiene que pasar. Hazlo todo como te lo mando o caerás antes de que sea tu hora y la caída será aparatosa…
—Pero ¡¿de qué roedor me hablas Amapola?!
Al oír su nombre, tía Amapola se cinmbró de nuevo y volvió en sí. Agarró la firma del difunto en oro que cuelga de su cuello y, mirándome sin verme, dijo:
—Del Picure, idiota, de quién más va a sé. Todo hay que dártelo masticado.
Colgó y yo hice mutis por el foro y corrí un tupido velo ¡Zape!

***

—Tiíta, ¡¿dónde diantres estaba usted metida?! Ya me tenía preocupado. Con todo lo que está pasando aquí y usted desaparecida. Ya me temía lo peor.
Tía Amapola se pasa los dedos entre el pelo encrespado y aceitoso. Oloroso a ruda y cuerno de ciervo. Se va sacando hojas de entre los crespos.
—Ay, mi niño. Un viajecito urgente y relámpago que me tuve que echá pa’ Sorte. Es que hoy era la audiencia y no podía dejá a los muchachos sin una buena protección espiritual.
—Tía, pero el país está revuelto. La gente salió a la calle a exigir el revocatorio. Hay heridos. Hay saqueos. A un pobre hombre lo golpearon y lo dejaron desmayado en el pavimento rodeado de policías disparando que no hacían nada por levantarlo. A un muchacho lo torturaron y lo soltaron con mensajes de amenazas para Lester. A otro estidiiante que llegó al CNE con un cartelito se lo llevaron preso. ¡Y usted perdida! Pensé que le podrían haber hecho algo las turbas enardecidas.
—¡Qué me van a hacé nada a mí! Lo que pase aquí, me es… ¿Cómo es que dices tú, que dices que no es inverosímil?
—Indiferente…
—Eso. ¡Qué rebuscado eres! Aquí a punta de plomo y gases de los que nos mandó Dilma se controla todo. A mí lo que sí me preocupa es lo de los muchachos en Niu yor. Pero al Crotto ese lo saqué cagando leches del Tribunal a punta de rezos. Le dieron unos cólicos tan arrechos que la audiencia no duró ni media hora.
—Tiíta y esos muchachos heridos y detenidos aquí, golpeados y torturados…
—Se lo estarían buscando, mi niño, porque precisamente rezando conmigo no estaban. Me voy a bañá. ¿Padrino no ha llegado? Bueno, y si llegó que se joda, pero hoy me seco el pelo y me lo plancho, aunque el Guri se quede sin una gota.

***

Tía Amapola se estaba tomando su café con leche cuando entré en la cocina. Estaba distraída jugando con la espuma de la leche, removiendo con la cucharilla con la que le acababa de poner azúcar.
—Tiíta, ¿usted leyó lo que dice Jusquifabio Flores en esta crónica que publicó Caraota Digital?
—Las caraotas y no precisamente digitales son las que te voy a mandar a sacar a ti por estarme mentando maricones escuálidos desde tan temprano. A ese no lo soporto desde los tiempos cuando trabajaba en RCTV, que en paz descanse.
—Tiíta, pero debería leerlo porque está siguiendo muy profesionalmente el caso de los muchachos y desde el lugar de los acontecimientos. Desde Nueva York. Lo pone a uno rapidito al tanto de lo que sucede porque por las redes va narrando los hechos al instante y después escribe crónicas esclarecedoras como esta en la que habla de que los muchachos entendieron muy bien lo que significa que un tercero pague sus abogados. Según la crónica de Flores parece que los muchachos pasarán el año completo a la sombra porque la nueva audiencia la pautaron para noviembre…
—¿Vas a seguir siguiendo? ¿A ti como que te brinca la pepa por el Jusquiflower ese? ¡Que no me lo mientes, chico!
Cambio el tema y le pregunto donde consiguió leche y azucar.
—Se lo quité a un guardia nacional que estaba matraqueando a una señora en la alcabala cuando regresaba de Sorte. Desde lejos vi el paquete de leche que el muy sucio le estaba decomisando a la mujer que iba con un coñito de dos años en brazos en un carrito por puesto y aproveché.
Yo no dije nada para no molestarla sólo pensé en el dineral que debió pagar la pobre mujer por esa leche.
—Tiíta, volviendo a New York, ¿Quién será ese tercero que está pagando los abogados?
Tía Amapola me lanza una de sus miradas puyúas como puñales, da un sorbo al café que le deja un bigote de espuma sobre el labio y dice sin dejar de mirarme con ojo que lanzan chispas:
—Algún buen samaritano. Algún filántropo que le gusta hacer buenas acciones sin que nadie sepa que es él. Todavía queda gente buena en el mundo.

Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 1
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 7
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 8
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 9
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 10
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 11
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 12. Lluvia
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