Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 13. La audiencia

13 mayo, 2016 § 2 comentarios

audiencia

Tía Amapola hoy ha estado huraña. Casi no ha hablado. Está como triste. Tiene rato mirando por la ventana caer la lluvia y de vez en cuando suspira.
—Tiíta, ¿Qué me le pasa que la noto como tristona, nostálgica? ¿Sigue con la pelea con Padrino?
Sin dejar de mirar hacia la calle, agarrándose la firma del difunto que guinda en la cadena de oro, con un hilo de voz apenas audible, me dice:
—Ay, mi niño. Ahora sí creo que se nos volteó el santo. Esa purga que hicieron en la Asamblea eliminando todos los trabajitos que habían hecho ahí los babalaos y paleros cubanos como que está surtiendo efecto… Nos descubrieron aquel túnel tan bueno que teníamos allá arriba con los panas de Tijuana. Me caí montando bicicleta. Ojitoslindos no sé que jueguitos se trae pero no me da buena espina esa junta con Rodríguez Té.
Tía Amapola gira lentamente la cabeza y con terror en la mirada me pregunta:
—¿Serán ciertas las predicciones que dicen que no llegamos a julio? —Mira al cielo gris a través de la ventana— ¡Ay, Chavito, ¿Por qué me has abandonado?
—¿Y viste lo de Caballero, tiíta?
Tía Amapola no puede contenerse más y rompe a llorar desconsoladamente. Entre sollozos, capto:
—Ay, mi Fonfo, me lo mataron como a un perro. Ay, ay, ay. Dicen que para robarle el arma pero yo sé que fue Padrino. Él desde que me descubrió cabalgando con Fonfo en esa moto se la juró. Primero lo botó y ya no fue más mi escolta y después lo vivía amenazando. Ay, mi niño, qué podía hacer yo si Padrino me tenía abandonada, ya ni me miraba y Fonfo con todo el ardor de las hormonas enloquecidas de los veinte años… Una es fuerte pero la carne es débil. ¡Ay, mi Fonfito!

***

Tía Amapola está tan descolocada y atribulada los últimos días, que ya ni siquiera toma la precaución de cerrar la puerta del altar cuando entra a «orar».
Hoy me quedé patitieso cuando pasaba y la vi.
Los churcos del pelo alborotados como si se hubiera peinado con triquitraqui. Vestía la manta guajira roja que le regalo Noelí con los ojos del difunto bordados en lentejuelas negras. Tomó la vasija de barro que trajo de Lomas Bajas, le puso unas gotas de cuerno de ciervo, la lleno de agua, se quitó las pantaletas y las enjuagó. Las exprimió con cuidado de que el liquido cayera dentro del recipiente y se las puso de nuevo, mojadas.
Estaba tan concentrada que ni cuenta se dio de que yo estaba en la puerta.
Murmuró una oración mientras encendía un velón negro bordeado por una cinta tricolor y, sacudiendo un manojo de ruda en la superficie del agua, invocaba a Ismaelito y a toda la corte malandra. Posó sus manos sobre los ojo de lentejuelas y dijo:
—Que estos ojos sean mis ojos. Que estos ojos me muestren el camino.
Su cuerpo se cimbrò de pies a cabeza y la voz que adquirió era ronca, como salida de una lata vacía. Marcó un número en su Iphone que lo tenía junto a la vasija y puso el altavoz. Al tercer repique, se oyó la voz del Padrino: «Dime, cielito».
Tía Amapola, sin saludar y con su voz ronca, de hombre, primero cantó «Patria, patria, patria querida». Y siguió:
—Naiki, ponme cuidado. Al roedor sácale una costilla y hazte un llavero para las llaves de palacio. Con las falanges de los dedos medios le haces unos zarcillos engastados en oro a la malandra Isabelita y con la piel del escroto, hazte una billetera. ¡Y quéma el resto¡ ¡Quémalo hasta que sólo queden cenizas! El humo y el fuego transportarán la fuerza del roedor hasta ti. La piel de los cojones te darán el coraje que la naturaleza te negó, e Isabelita cuidará de Amapola para que nada le pase cuando pase lo que tiene que pasar. Hazlo todo como te lo mando o caerás antes de que sea tu hora y la caída será aparatosa…
—Pero ¡¿de qué roedor me hablas Amapola?!
Al oír su nombre, tía Amapola se cinmbró de nuevo y volvió en sí. Agarró la firma del difunto en oro que cuelga de su cuello y, mirándome sin verme, dijo:
—Del Picure, idiota, de quién más va a sé. Todo hay que dártelo masticado.
Colgó y yo hice mutis por el foro y corrí un tupido velo ¡Zape!

***

—Tiíta, ¡¿dónde diantres estaba usted metida?! Ya me tenía preocupado. Con todo lo que está pasando aquí y usted desaparecida. Ya me temía lo peor.
Tía Amapola se pasa los dedos entre el pelo encrespado y aceitoso. Oloroso a ruda y cuerno de ciervo. Se va sacando hojas de entre los crespos.
—Ay, mi niño. Un viajecito urgente y relámpago que me tuve que echá pa’ Sorte. Es que hoy era la audiencia y no podía dejá a los muchachos sin una buena protección espiritual.
—Tía, pero el país está revuelto. La gente salió a la calle a exigir el revocatorio. Hay heridos. Hay saqueos. A un pobre hombre lo golpearon y lo dejaron desmayado en el pavimento rodeado de policías disparando que no hacían nada por levantarlo. A un muchacho lo torturaron y lo soltaron con mensajes de amenazas para Lester. A otro estidiiante que llegó al CNE con un cartelito se lo llevaron preso. ¡Y usted perdida! Pensé que le podrían haber hecho algo las turbas enardecidas.
—¡Qué me van a hacé nada a mí! Lo que pase aquí, me es… ¿Cómo es que dices tú, que dices que no es inverosímil?
—Indiferente…
—Eso. ¡Qué rebuscado eres! Aquí a punta de plomo y gases de los que nos mandó Dilma se controla todo. A mí lo que sí me preocupa es lo de los muchachos en Niu yor. Pero al Crotto ese lo saqué cagando leches del Tribunal a punta de rezos. Le dieron unos cólicos tan arrechos que la audiencia no duró ni media hora.
—Tiíta y esos muchachos heridos y detenidos aquí, golpeados y torturados…
—Se lo estarían buscando, mi niño, porque precisamente rezando conmigo no estaban. Me voy a bañá. ¿Padrino no ha llegado? Bueno, y si llegó que se joda, pero hoy me seco el pelo y me lo plancho, aunque el Guri se quede sin una gota.

***

Tía Amapola se estaba tomando su café con leche cuando entré en la cocina. Estaba distraída jugando con la espuma de la leche, removiendo con la cucharilla con la que le acababa de poner azúcar.
—Tiíta, ¿usted leyó lo que dice Jusquifabio Flores en esta crónica que publicó Caraota Digital?
—Las caraotas y no precisamente digitales son las que te voy a mandar a sacar a ti por estarme mentando maricones escuálidos desde tan temprano. A ese no lo soporto desde los tiempos cuando trabajaba en RCTV, que en paz descanse.
—Tiíta, pero debería leerlo porque está siguiendo muy profesionalmente el caso de los muchachos y desde el lugar de los acontecimientos. Desde Nueva York. Lo pone a uno rapidito al tanto de lo que sucede porque por las redes va narrando los hechos al instante y después escribe crónicas esclarecedoras como esta en la que habla de que los muchachos entendieron muy bien lo que significa que un tercero pague sus abogados. Según la crónica de Flores parece que los muchachos pasarán el año completo a la sombra porque la nueva audiencia la pautaron para noviembre…
—¿Vas a seguir siguiendo? ¿A ti como que te brinca la pepa por el Jusquiflower ese? ¡Que no me lo mientes, chico!
Cambio el tema y le pregunto donde consiguió leche y azucar.
—Se lo quité a un guardia nacional que estaba matraqueando a una señora en la alcabala cuando regresaba de Sorte. Desde lejos vi el paquete de leche que el muy sucio le estaba decomisando a la mujer que iba con un coñito de dos años en brazos en un carrito por puesto y aproveché.
Yo no dije nada para no molestarla sólo pensé en el dineral que debió pagar la pobre mujer por esa leche.
—Tiíta, volviendo a New York, ¿Quién será ese tercero que está pagando los abogados?
Tía Amapola me lanza una de sus miradas puyúas como puñales, da un sorbo al café que le deja un bigote de espuma sobre el labio y dice sin dejar de mirarme con ojo que lanzan chispas:
—Algún buen samaritano. Algún filántropo que le gusta hacer buenas acciones sin que nadie sepa que es él. Todavía queda gente buena en el mundo.

Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 1
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 2
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 7
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 8
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 9
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 10
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 11
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Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 12. Lluvia
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