No me apaguen el sol

18 mayo, 2016 § 1 comentario

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Llegó entonces el atardecer. El cielo se volvió expresión. Se llenó de colores que fueron cambiando de azules y grises, a naranjas y rojos. Parecía como si un pintor desahogara a fuerza de colores y brochazos toda la desazón del día.

Hay que aferrarse a los cielos intocables por esta realidad que nos somete. Agarrarse como a un clavo ardiente de los comentarlos de la amiga que dice que mis novelas la hicieron sentir «perturbada, asustada, sonrojada y hasta me causaron rabia». Agarrarse como una tabla de salvación de la otra amiga que me aplaude sin mezquindades mis «Textos de la concupiscencia cotidiana». Cualquier pequeña alegría es una armadura para no romperse ante esa madre que me cuenta que la apuntaron con un revólver a ella y a su hijo, hace 15 días en un autobús y que, ayer, a su hija con su nieto de 4 años los atracaron en una buseta.

No romper a llorar cuando cuenta que el niño le dijo a su mamá «Mami ese hombre está robando».

Era una mujer de 62 años que tenía necesidad de contarle a alguien sus penurias. Que tiene 29 años de servicio dando clases para el Ministerio de Educación y tiene que hacer malabares para poder comer. Hacer un almuerzo con una pechuga de pollo para cuatro personas, pagar la leche para el niño a 4 mil bolívares, aunque no le quede para comer ella. Que su hija tiene pánico de salir a la calle y, ella, a sus 62, prefiere caminar a pleno sol para no pasar por el terror de usar el transporte público. Que a lo mejor tendrán que buscarle un hogar al gato porque ya no les alcanza el dinero para comprarle la comida. Que el consejo comunal no le avisa cuando hacen jornadas de ventas de comida, porque ella es opositora.

Después el amigo que no tiene dinero, que ve como su salario de una quincena de le va en un día. Y la vecina que con toda la buena intención me muestra un paquete de Harina Pan por si lo necesito y lo quiero comprar. Una harina que viene marcada a 19 bs. y ella pagó a 1100. Y me muestra la panela granulada que compró a 1400 bs. porque no consiguió azúcar. Y me cuenta de los 40 pañales para su madre de 90 años que tuvo que pagar a 25 dólares y conseguir quien se los trajera de USA. Me cuenta orgullosa, sonriendo, sus pequeños triunfos cotidianos, mientras finjo que no me afecta. Actúo para no dejar salir el quiebre que tengo en el pecho.

Y ella habla de su socio que decidió no almorzar, como siempre lo hace, con los vendedores del negocio, porque él tenía carne en su vianda y «le dio cosita» cuando vio que los vendedores llevaron arroz con huevo frito y salsa de tomate, uno. Y, el otro, pasta con mucho queso rayado. Queso. Sólo queso. No salsa bañada con queso. Pasta y queso blanco rayado. Nada más.

Y la tía que llama de Maracay y con su buen humor y entre risas y cariños también cuenta su tragedia. Y la familia que cuenta sus cuitas por whatsapp, las carencias. Los no hay. Los no encontré. Los estoy sin luz. Los no voy a poder comer más de esto o de aquello, que tanto me gusta, porque no hay dinero.

Entonces, sólo quedarse con lo que la gente que lo quiere y lee a uno le comenta de sus textos. Saborear las risas que pude regalarle a alguien en facebook y que cariñosamente lo agradece. Sentirse feliz, aunque tal vez hablen más desde el cariño que desde lo que esos textos tienen de bueno.

Mirar al cielo desde un piso catorce y sentir que con ese espectáculo de luz y color no han podido meterse. No podrán. Dejarse ir en esas nubes que pasan de gris a amarillo, de amarillo a naranja, de naranja a rojo.

Mirar al sol morir y recordar que al día siguiente, aunque haya nubes, volverá a brillar. Volverá a abrasar. Una vez más, nos hará maldecir el calorón, el sofoco, especialmente si hay corte eléctrico de cuatro horas y nos asfixiamos; pero nos recordará que no hay, que no ha habido ni habrá, déspota que lo pueda apagar. Que, a pesar de todo, el sol siempre vuelve a salir. Para todos.

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