Tía Amapola 19 – #Seminaristas – #HastaQueTeConoci

4 julio, 2016 § Deja un comentario

seminaristas

Tía Amapola llegó de La Habana y sin pasar por Go ni pagar 200 se fue derechito al cuarto de los santos.

Por el camino iba cantando «Cuando salí de Cuba, deje mi vida, dejé mi amor, cuando salí de Cuba, dejé enterrado mi corazón…». Si no es porque la escucho cantando, hubiera jurado que tenía ganas de orinar porque daba pasitos cortos, con el culito apretado, sin ningún ritmo. Algo que ella llama «bailar».

Me llamó la atención que llevaba en la mano una cajita de madera como de tabacos habaneros de los caros y ella para rezar sólo usa tabaco barato de brujo. Así que la seguí. En la otra mano llevaba una botella de Havanna Club.

Puso la cajita sobre la mesa, frente al altar, levantó la tapa, y le roció adentro un buche del ron. Haciendo un esfuerzo, pude distinguir que dentro había como un pequeño hueso.
Agarró la ruda, la remojó en cuerno de ciervo, y haciendo cruces con las ramas enchumbadas sobre el huesito, rezó:

—Ismaelito bendito
A ti te ofrendo este huesito.
India Rosa, flor hermosa,
Dame la fuerza de una osa.
Babalú ayé, mi San Lázaro adorado,
Que almagro entre ya por el aro.
Oshún, mi santa prieta
Esa carta se queda en la gaveta.
Babalú aye, babalú ayé.
Este hueso del diifunto
Con cuerno de ciervo lo unto
Que el poder del teniente coronel
A Ayú y a Almagro los haga desaparecé.

***

Tía Amapola, jugaba con el dije de oro de la firma del difunto que pende de su cuello, la balanceaba de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, mientras veía en VTV una noticia de una nueva decisión de Susana.

Cuando escuchó que la juez prohibía a los medios hablar de no sé que cosa, viró los ojos hacia donde yo estaba y los brotó con un brillo especial:

—Aquí pensando yo, mi niño. Yo debería llamar a Sussy y decile que prohíba, con pena de multa millonaria y cárcel que se hable de la bendita Carta Democrática de los cojones. Por más que yo dije que la derecha apátrida miente al decí que esa vaina la están aplicando y que en verdá la OEA la engavetó, los mentirosos esos siguen diciendo que ya está en proceso. ¡Eso tienen que prohibilo! ¡No se puede desinformá tan descaradamente al pueblo! Menos mal que esa noticia de que dizque un responsable jurídico de la OEA dijo que la malparía carta ya se está aplicando, no la ve nadie, porque hay qué las vainas que se inventan esos escuálidos, mi niño, pa’ jodé no más. ¡Si a Ayú lo que hicieron fue ponele un televisor en un cuartico en la OEA pa’que viera esa vaina! Yo ya voy a llamá a esa coña…

—Tiíta, aproveche y dígale que prohíba en la misma sentencia que se hable de los muchachos en Nueva York porque el tema no para de sonar.

Tía Amapola me miró con ojos puyúos, como sopesando mis palabras para encontrarles algún doble sentido. Yo puse mi carita de bobo bien administrada.

—¿Vio que los gringos ahora están con ganas de echarle los ganchos a Roberto, el hondureño, tiíta?

—Ay, sí, y a mí ese carajito nunca me ha dado buena espina. Esa curruña de los muchachos con él nunca me gustó. ¡Quién sabe con qué cuentos le va ahora a los gringos!

—Ujum

—No, mi niño. Eso de prohibí las dos cosas en una misma sentencia no procede. No sería legal porque son dos casos equidistantes y sería hasta inconstitucional. Le voy a decí a Sussy primero lo de la mardita carta. Ya veré cómo manejo lo del hondureño. A lo mejor con otro juez o con Conatel. Cada cosa a la vez.

—¿Equidistantes, tiíta?

La tía me lanzó una daga con la mirada, batió el pelo con furia y se fue sin decirme nada más, mientras marcaba el número de ‘Sussy’, como le dice ella.

***

Hoy tuve que correr a buscar el Glade para rociarlo en el pasillo porque la tía Amapola está otra vez con el barro flojo y la pestilencia no se aguantaba.

En el pasillo yo escuchaba las flatulencias y los gemidos de alivio de la tía cada vez que expulsaba una.

—Tiíta, ¿Usted está otra vez con diarrea?

—Ay, sí, mi niño. Ya tomé limón con bicarbonato y nada que me tranca. Eso fue el congrí que me comí en casa de Raúl, en La Habana, que estaba como puyao. Yo hasta le mamé gallo a Raúl y le dije que seguramente con un congrí como ese habían terminado de matar a Chávez. Como al difunto le gustaba tanto esa vaina.

Ella dice que fue el congrí, pero eso fue hace días ya. Yo, que la conozco, sé que son los nervios. Lo de la carta en la OEA, lo del revocarorio, lo de los muchachos en Nueva York y ahora el hondureño ese, el tal Roberto.

—¡Mi amor! —la escuché decir y me extrañó mucho, tanto que me dijera ‘mi amor’, como el tonito irónico en que lo dijo— Me quieres explicar ¿qué vaina es esa de que dijistes de que el segundo semestre de este año va a ser de prosperidá? ¿Prosperidá pa’quién? Pa’nosotros sin duda, pero pa’los demás…

Era con Padrino el ‘mi amor’, que estaba hablando por teléfono. No sé qué le contestó Padrino, pero de una vez siguió su perorata amenizada de potentes flatulencias:

—Pues más tardastes tú en decí esa vaina que en salí el voz de gato en celo adicto al helio del de Datanálisis a decí que —la tía puso la voz chillona para imitar a Luis Vicente— «el segundo semestre será de más empobrecimiento en Venezuela» y a decí no sé qué vaina del «modelo de intervencionismo» sobre la economía y no se cuántas pistoladas más. Es que tú también, chico, les das pasto cada vez que abres la jetota…

Ay, la verdad es que las declaraciones de Padrino no ayudan en nada a que se le calme la diarrea a la pobre tía Amapola.

***

Yo no sé cómo hace tía Amapola para sentirme llegar a cualquier hora. Es como los perros que sienten venir a sus dueños a cuadras de distancia.
Esta noche salí, porque la noté muy descolocada y temí que si me quedaba cerca de ella, terminaría pagando yo la calentera que tenía con una tal Lorena que, por lo que logré discernir de sus disparatadas lenguaradas, parece que le está soplando el bistek a la tía con Padrino.

Yo, en vista de la tensión que sentí en el ambiente, preferí salir y llegar bien tarde para evitar problemas.

Pues cuando llegué, a las dos y pico de la madrugada, me quité los zapatos para no hacer ruido y con sigilo entré y cerré la puerta.

—¡Ay, mi niño! ¡Menos mal que llegas, mi niño! —empezó a gritar desde el cuarto de los santos cuando apenas cerré la puerta—. ¡Ay, mi niño, tráeme las sales, mi niño!

—¿De qué sales me habla, tiíta?

—No sé, mi niño, pero siempre en las películas las mujeres piden sales cuando se van a desmayá y yo siento que me desvanezco.

Cuando me paré en la puerta del altar, la vi exagüe, echada sobre el diván Tantra rojo que compró en una oportunidad en que estaba empeñada en recuperar la pasión perdida con Padrino y que puso al principio en la habitación de ellos, pero que fue a parar al cuarto de los santos al no tener éxito con la vida sexual de la parejita.

—Ay, mi niño. Por ahí apareció el Anthony hablando de carteles y no precisamente para las corridas de la feria de La Chinita. Es que yo no gano para disgustos, mi niño. El carajo ese está hablando de la guerra entre carteles y un poco de vainas más.

—No se preocupe, tiíta. Eso seguro es un escándalo más que durará dos días como todo aquí y después pasa a segundo plano, cuando desnuden a algunos estudiantes y apaleados los lancen a la calle.

—Ojalá, mi niño. Ojalá, porque los gringos me tienen atosigá…

—Tiíta, ¿Quién es esa que tiene ahí alumbrada con vela negra y puyada con alfileres?

—Esa otra pena, mi niño. Como éramos pocos, parió la abuela y resulta que la Lorenita como que se cansó de que Ojoslindos le sembrara la yuca y ahora se le está metiendo por los ojos a Padrino. Pero, esa va a saber quién soy yo. Como le gusta tanto la agricultura a lo mejor la mando a sembrá a ver si florea, la muy puta.

—Ay, pobre tiíta. Le voy a traer un tecito de toronjil porque usted como que tiene los nervios nerviosos. Para que se calme y duerma un poco. ¿Ya se le quitó la diarrea?

—No he vuelto a ir al baño, mi niño, pero tengo una peorrera.

—Sí, ya me llegó el olorcito, pero pensé que era el agua de las flores de los santos que ya estaba podrida. Yo creo que yo también me voy a tomar un toronjil doble, a ver si duermo.

***

Tía Amapola estaba sollozando frente al televisor como si le acabaran de matar la madre a Bamby. Los lagrimones le corrían como ríos por los cachetes inflados de silicón y los mocos le chorreaban alrededor de los labios rellenos de bótox.

—¡¿Qué pasó, tiíta?! ¿Malas noticias de los muchachos en New York? ¿Decomisaron otro alijo? ¿Encontraste a Padrino en la cama con la Lorena?

—¡Cancelado! ¡Cancelado! Y ¡Cancelado! ¡Pájaro de mal agüero! Es que estaba viendo «Hasta que te conocí» y de verdá que no puedo parar de llorar con la historia de Juanga. ¡Cómo sufrió ese muchacho! Yo hasta le perdono lo marico porque al pobre le pasó de todo. Poco me parece que haya terminado siendo gay, de vaina no terminó más bien con un par de tetas parado en la Libertador.

—Otra vez con esos comentarios tan homofóbicos, tiíta. ¿Cuándo va a aprender?

—Tú sabes que yo no soy homofóbica, mi niño. Si tienen motivos para ser maricos, como Juanga, que con esa madre no era pa’menos, era como pa’que terminara odiando a todas las mujeres. Otra cosa son los que se meten a maricos por vicio o por moda; pero algunos tienen sus motivos justificados. ¡Qué maluca era esa mujer, mi niño! Esa Victoria era una bicha. Cómo hizo sufrir a la pobre loquita y él tanto que la quería. ¿Cómo puede haber gente así de mala en este mundo, mi niño?

—Hay gente muy mala, tiíta. ¿No ve los desalmados esos que desnudaron a los seminaristas de 14 y 15 años en Mérida? ¿Y los que se trataron de meter en el seminario de Barquisimeto? ¿Y los diablos que viven jodiendo a los Salesianos de Barinas?

Tía Amapola se sacudió la nariz con la manga de la bata de baño que tenía puesta. Me miró fúrica:

—No compares peras con mangos, mi niño. No trangiverses las cosas. La maldad de la vieja Victoria no tiene nada que ver con unos héroes que están defendiendo la revolución y el legado. A los curas ya está bueno de aguantales vainas. De una manera u otra tienen que sabé quién manda en esta vaina. Tienen que aprendé a respetá esos pichones de cura. Los muchachos están haciendo lo que les encomendó el difunto, defendé la revolución. No tiene nada que eso, con la bicha esa, más que madre parece una alacrana, la Victoria esa. ¡Ella es la maldad hecha mujer, mi niño! Una desalmada. ¡No compares!

Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 1
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