Tía Amapola 21 — La frontera. Cúcuta

17 julio, 2016 § Deja un comentario

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Tía Amapola estaba concentrada con los audífonos puestos viendo un video en la tablet. Yo pensé en un principio que estaba escuchando algún narco corrido de Los Tigres del Norte que es uno de sus grupos favoritos, pero ella normalmente mueve la cabeza al ritmo del corrido y de vez en cuando grita alguna estrofa, y esta vez sólo decía de vez en cuando, contando cada palabra con los dedos como para memorizarlas «Amenazas, insultos y vilipendios».

—¡Tiíta! —Grité para que me oyera.— ¡Tiíta!

La tía Amapola puso pausa al video, se sacó los cascos y me miró con ojos interrogantes.

—Tiíta, que me preocupa usted a veces. Parece como si se estuviera volviendo loca. Tiene media hora ahí pegada viendo ese video en la tablet y repitiendo lo mismo. ¿Qué está mirando?

—Ay, mi niño, es que no había tenido chance de escuchá a la Tiby. Esa coña, con su carita de cachifa que viene de planchá, es más viva que tú y yo juntos. Todo el mundo loco por oír lo que tiene que decí del revocatorio y ella sale a hablá, toda ofendida, de que la gente la insulta por las redes, ja ja ja Es una zafia.

La tía infla los cachetes como lo hacía Carlos Villagrán haciendo de Kico en el Chavo e imita a la Tiby:

—En las amenazas no hay recursos jurídicos. En los insultos no se anexan escritos probatorios. En los vilipendios no se conjuga ninguna demanda… ja ja ja Ay, mi niño, ¡se la comió esa coña! Y después se paró y se fue corriendo y dejó a todo el mundo con la palabra en la boca. Ja ja ja. Me imagino al Puzkas como pajarito en autopista, con sus cartapacio de preguntas preparadas ja ja ja Me tengo que aprendé bien esa vaina «amenazas, insultos y vilipendios».  Cuando yo sea grande, quiero ser como Tiby.

***

—Ay, mi niño, yo ya no sé si debo preocupame. Lo de Padrino con Ayú no es normal. O está esquizofrénico perdío, o se le está mojando la canoa después de viejo. o está poseído por el espíritu de una puta.

Tía Amapola me habla tan seria, mientras le están pintando las raíces con su borgoña «natural» como le dice ella. Que no me atrevo a hacerle una broma.

—Tiíta, ¿pero qué es eso? ¿Por qué usted dice esas cosas?

—Pero ¿No ves, mi niño? Primero le ofrece mi dildo de zanahoria con sonrisita picarona y ahora le implora que vaya a hablá con él. Un día dice que la asamblea no va a durá un coño y otro día que quiere hablá con Ayú de presidente a presidente. ¡Si no se vuelve loco él, me va a volvé loca a mí! Ya no sé si mentale la madre a Ayú o invitale un pase. Entre él y los gringos empeñados en que los muchachos hablen de nosotros me van a sacá canas verdes.

—Por cierto, tiíta, hablando de canas. ¿Dónde encontró el tinte porque está agotadísimo?

—Ah, puej. Aproveché que la greñúa Iris, hecha la pendeja, se disfrazó de gente el domingo pa’que no la reconocieran y cruzó a Cúcuta a hacé mercao, y se lo encargué. Ya le dije que me avise si va a volvé porque le tengo más encarguitos. Entre lo que me traiga Noelí por el Zulia y la greñúa por Táchira, en esta casa no entrará nunca el socialismo del siglo XXI. ¡Pero, chito! Eso que quede entre nos.

***

—¡Mi niño! ¡Mi niño! Despiértate.

¡Qué susto! A lo que abrí los ojos, me encontré a tía Amapola con su nariz casi pegada a la mía. Tenía la cabeza envuelta en una media negra de seda. Se había hecho la vuelta antes de acostarse. La pobre no halla qué hacer para domar los pelos churcos.

—Tiíta, ¡usted me va a matar de un infarto! ¿Qué hora es? Para qué me despierta tan de madrugada?

—Ay, mi niño, es que te necesito. Me despertó el difunto. Me dijo en sueños que a las tres de la madrugada en punto debía está frente al altar con cigarrillos Marlboro, ron Cacique y tabacos. Que tiene algo que decime urgente. Y ya es un cuarto pa’las tres. Pero necesito que tú seas mi banco porque a esta hora, ¿A quién más voy a buscá?

—Tiíta, usted sabe que yo ni creo ni me gustan esas cosas. ¡Y a las tres de la mañana! ¿No podía ser a las diez?

—Es a las tres porque es a esa hora, y punto. Si no fuera importante, no te molestaría, ¿Me vas a ayudá o no?

Si no iba, el llantén iba a ser por meses. Mejor una mala noche y no un peor año.

Encendió dos velones tricolor que tenía frente a la imagen del Comandante, se echó un trago de Cacique del pico de la botella y prendió un tabaco. El tabaco echaba chispas como nunca había visto. A tía Amapola le dio como un estremecimiento, puso los ojos en blanco y con una voz como la que muchas veces escuché en las cadenas de radio y televisión, dijo:

—Caracha, déjame primero que nada tomarme un cafecito y fumarme un cigarrito. No juegue, cuánto tiempo aguantando las ganas ¿Eh?

Después del café y el cigarro, el espíritu empezó a hablar en lenguas. Yo no entendí nada de lo que dijo. Apenas se entendía que de vez en cuando hablaba de Roberto, el hondureño. También habló de Padrino y agarró una foto que tiene entre dos velas negras, por eso supongo que es de ese Padrino que hablaba y no de El Padrino, su esposo. Cuando dejó de hablar en lenguas, empezó a hablar de sus tiempos de arañero en Barinas, de la vez que le dio diarrea en Apure, de cuando quería ser beisbolista. Cantó Vestida de Garza Blanca y recitó el poema de Arvelo Torrealba. Conversó con Maisanta e invocó a Bolívar. Estaba encadenado. Se fumó la caja de Marlboro y del ron apenas quedó un chorrito. No se quería ir. Estaba como en sus buenos tiempos de las cadenas. Pero cuando ya iba a despuntar el alba, se despidió. Algo dijo de que ahora, como los vampiros, no puede estar por ahí al salir el sol y se fue.

La tía Amapola se estremeció de nuevo. Y volvió a hablar con su voz normal. No estaba borracha y ni tufo a cigarrillo y alcohol tenía.

—¿Vio, mi niño, que no duele? Ahora ya todo está más claro. El difunto me dio las pautas. Ni crean los gringos ni el Padrino ese que van a podé con nosotros. ¡Ahora es que queda tía Amapola pa’rato! ¡Es que esta tía es mucha tía!

—Bueno, tiíta, usted quedó como nueva, pero yo estoy podrido a tabaco y molido como si me hubieran exprimido. Me voy a bañar y a dormir. Esto no es vida.

—Duerme un ratico, mi niño. Pero ahora te llamo pa’que me lleves pa’l mercao porque tengo que comprá unas ramas y unas esencias, buscá una gallina de plumas negras y rojas, un conejo negro y dos palomas negras. Pólvora, velas rojas y cinta tricolor. El comandante necesita eso pronto pa’neutralizá todo lo que está jodiendo porái.

Yo voy a terminar pidiendo asilo en Estados Unidos. Esto no lo aguanta nadien, como diría ella.

***

Tía Amapola colgó el teléfono después de hablar con Doña Elena para darle el pésame. Acarició la firma de oro del difunto en su cuello y murmuró, como si la frase fuese suya:

—No somos nada. Una piche bacteria en el estómago tiene más poder que nosotros. Otro hijo que entierra esa pobre mujer.

De pronto, como si le hubieran dado un pellizco en la nalga, tía Amapola dio un brinquito en la silla y me miró con los ojos achinados y vidriosos:

—Mi niño, ¿qué tal si agarramos la Hummer y nos arrancamos pa’Barinas a dale el pésame a la vieja y aprovechamos que estamos cerca y que dieron paso en la frontera y nos vamos pa’Cúcuta?

—Ay, tiíta, pero si usted no necesita ir a comprar nada a Cúcuta. Si la despensa de esta casa está más surtida que los supermercados Éxito antes de que los expropiaran.

—¿Y quién te ha dicho a ti que yo quiero ir a comprá vainas a Cúcuta? ¿Con ese gentaral que debe habé en esos supermercados? Un poco de escuálidos con rial que, como ya no van pa’Mayami a comprá en el ta’barato dame dos, se van pa’Cúcuta a pasá los domingos comprando vainas que ni necesitan…

—¿Y entonces para qué nos vamos a echar ese polo por carretera? Agarre la avioneta y en media hora está en Barinas dando el pésame…

—Ay, mi niño, a usté sí es verdá que todo hay que dáselo masticao. No ves que lo que yo quiero es ir a buscá una merca que tengo pará en Cúcuta desde hace tiempo y no ha habido forma ni manera de que la muevan. Lo poco que han intentado sacá, ¡Zas! lo agarran los desgraciaos de la Dea. El business se me está cayendo. La merca pará no da pa’comé y ese bufete en Niuyor me sale muy caro. Necesito cash.

—Ah, no, tiíta. Hasta ahí sí que no le cargo el mono. Yo no quiero acabar como mis primos.

—Tu no eres más hembrita porque te dieron dos centímetros de más en la entrepierna, ¿no, mi niño? «Yo no quiero acabá como mis primos». Hasta marico serás y en tú casa no lo saben.

Narco micro—relatos. Historias con Tía Amapola 1
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