Tía Amapola 23 – El cumpleaños del muerto

30 julio, 2016 § Deja un comentario

amapola

—Mi niño, recuérdame el primer viernes del mes que viene que tengo que ir a visitá la tumba de Ismaelito.
—¿Qué Ismaelito es ese, tiíta?

Yo, cuando tía Amapola me habla de sus santos, me hago el willi. No me gusta que ella sepa que entiendo algo de lo que dice porque va a querer que yo esté siempre con ella mientras brujea.

—No te me hagas el pendejo que sabes muy bien que te hablo del malandro Ismael.
—¿Y qué va a hacer usted en esa tumba, tiíta?
—Que tengo que ir a pagale una promesa. Voy a llevale un porrito, una botellita de ron y unas flores.
—Uhmmm muy bueno debió ser el milagro.
—¿Pa’qué te digo que no, si sí? Me sacó del camino a uno de los carajos en Honduras, mi niño. Dijo un tal Chancleto González que el testigo apareció con el mosquero en la jeta. Es que la inseguridá es global, mi niño. Uno no esta a salvo en ningún lao.
—Me imagino que usted no tuvo nada que ver con ese «milagro» que anunció Sandalio ¿verdad tiíta?
—Eso. Sandalio se llama el tipo. Yo apenitas hice unos cuantos rezos y una fumaíta, de tabaco y ya, mi niño. Ismaelito se encargó de lo de más. Como se está encargando la malandra Isabel de otro asuntico que tengo pendiente.
—Huy, tiíta, no me asuste.
—No te despreocupes, mi niño. Isabelita se está encargando de una alimaña que se me está metiendo en la cama. Me la va a fumigá. Tú sabes cómo está la inseguridá aquí, mi niño. En una cola pa’comprà harina PAN, te pueden jodé. Y una patada en el vientre es fatal pa’las perras preñás.

***

A diez minutos antes de las cinco de la mañana me despertó el sonar de tambores que venía del cuarto de los santos de tía Amapola. Todo el pasillo olía a tabaco, incienso, cuerno de ciervo, ron y anís.

Se oía a los babalaos y paleros rezando en lenguas. Me asomé justo en el momento en que tía Amapola levantaba la botella de ron frente a la foto del comandante, echaba un chorro al suelo y gritaba: «¡Feliz cumpleaños, mi comandante! Son las cinco, es la hora de tu hora, ¡Chávez vive!».

Los presentes respondieron a coro «¡La lucha sigue!» y entonaron el ¡Ay qué noche tan preciosa!

Tía Amapola sacó de la caja de habanos el huesito que trajo en su último viaje a La Habana y empezó a moverlo en el aire frente a los santos.

Los tambores sonaban de manera atronadora y tía Amapola bailaba y cantaba frente a los santos mientras los babalaos fumaban tabaco y sacudían ramilletes de ruda atada con huesos en torno a ella.

En un momento dado, tía Amapola agarró una maceta, escarbó en la tierra y sacó una bolsita roja atada con una cinta tricolor y con un nudo hecho con un cordón de muerto. Abrió la bolsa y sacó algo que parecía como un pedazo de algodón.

Yo no aguanté más tanto aire viciado. Mareado, me fui a mi habitación a tratar de volver a dormir. A la hora del almuerzo, no me aguanté y le comenté a tía Amapola, que estaba fresca como una lechuga:

—Buen bonche que armaron en la madrugada ¿No tiíta?
—Ay, mi niño. El comandante estaba tan feliz con su cumpleaños.
—Tiíta, perdone la impertinencia, pero quedé intrigado. Yo vi que usted sacó algo de la maceta de la palma. ¿Qué era eso?
—Eso es un trabajito que le monté hace tiempo a Padrino y como que había perdido fuerza. Pero ya lo repotencié.
—¿Cómo así, tiíta?
—Una vez, hace mucho, cuando Padrino y yo hacíamos esas cosas, yo me limpié la cocoya con un algodón y recogí toda la naturaleza de él, la recé y la enterré.
—Huy, tiíta, ¿Y eso para qué?
—Pa’que no se le parara con más nadie sino con esta que está aquí. El bolsas una vez me dijo —tía Amapola puso la voz como la de Padrino—: «Polita, yo no sé qué me pasa que no se me para con más nadie que no seas tú». Ja ja ja. Por eso me extrañó que la bicha esa esté preñá de él. Pero bueno, ya ella está en manos de la malandra Isabelita y después de la repotenciada que le di al trabajo, al Padrino no se le vuelve a pará ni con güinche.

¿Quién me mandará a mí a estar preguntando lo que no me interesa saber?

***

—Recibe el cuerpo del comandante.
Dijo tía Amapola dándole un pedazo del Cuartel de la Montaña al Padrino.
—Comandante, no soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para salvarme.
Dijo Padrino y le hincó el diente con fruición al pedazo de pastel que le embarró el mostacho.

Yo no podía creer lo que estaba viendo. Cuando llegamos a casa, le comenté a la tía Amapola mi asombro:

—Tiíta, ¿cómo pueden comerse una torta en forma de tumba? ¡Eso hasta pavoso debe ser!
—Tú no sabes lo que dices. Eso fue una orden que nos dio el comandante en la madrugada, cuando bajó. Nos dijo «Tienen que hacé que la Chavezología sea la nueva religión. Hagan una torta y la reparten como si fuera la hostia.
—Huy, tiíta, eso da como grima.
—Tú siempre tan hembrita, ¿No, mi niño? «Eso da como grima» ¿Tú no ves que en estos momentos tenemos que jartanos al comandante de todas las formas habidas y por habé? Necesitamos toda la fuerza del comandante pa’aguantá lo que se nos viene encima. Ojalá y esa torta le dé a Padrino la fuerza pa’que haga lo que hizo Ortega en Nicaragua, borrá de un plumazo a los escuálidos de la Asamblea.
—Tiíta, pero eso sería un golpe de Estado.
—¿Tú eres pendejo o estás haciendo el curso por correspondencia? «Eso sería un golpe de Estado» ¿Qué quieres tú, que esperemos a que nos den el golpe a nosotros los escuálidos? No, mi niño, el que pega primero, pega dos veces y aquí ya está llegando la hora de el primer coñazo. Eso también me lo dijo el comandante, «Polita, tienen que ponese las pilas porque lo que viene es joropo» dijo. «Los veo fuñíos, muy fuñíos. Los gringos les están haciendo unas bragas anaranjadas a la medida y esas medidas las están dando los sobrinos con pelos y señales». Hasta susto, me dio oílo, porque si salimos del poder, los gringos no nos van a dejá en paz. Pero el comandante nos está guiando. Él nos muestra el camino. Él nos está demostrando que la muerte no existe.

Yo me fui a mi cuarto sin decir más nada. No me gustó la mirada de la tía Amapola cuando me dijo «Él nos está demostrando que la muerte no existe». Era una mirada como ida. Como perdida. A veces creo que la pobre tía está perdiendo por completo la razón.

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