Tía Amapola 27 – Predicicón de Mhoni, Cumbre de MNOAL, Profesora universitaria

24 septiembre, 2016 § 1 comentario

margarita

Tía Amapola está más irritable que de costumbre. Cada vez tolera menos a Padrino y cada vez que él le dice que quiere renunciar, que ya no aguanta más la presión, que siente que las sienes le van a reventar, ella lo repudia más.

—Ay, Polita. Cualquier día vajavé que me saltan dos chorros de sangre y es porque se me van a explotar estas venas, ve, estas que están aquí brotás. Toca, Polita, toca cómo se siente ahí que palpita.

—¿Eso no serán los cachos, mi bigotis? —le dijo tía Amapola burlándose de él.

—No mames gallo, Polita, ejenserio. La cabeza me va a estallá.

—Sí, en Villa Rosa casi te estalla con la ceceroleada que te dieron.

—Vértale, Polita, tú te burlas de mí y cualquier día amaneces viuda. Yo creo que mejor renuncio y nos vamos de esta mierda…

—No sé dónde crees tú que te vajameté si renuncias. Si no te joden los compinches del cartel, te joden en la Haya, o te jode Ojoslindos. ¡Anda a rezá, más bien! Y deja de está diciendo pendejadas. No eres más gafo porque no entrenas.

La tía Amapola dejó a Padrino hablando solo y llegó a mi cuarto. Ojerosa y despelucada. La dormilona Armani, un frenelón rojo con lo de atrás para adelante. Y una babucha Gucci con marabú rosado en el pie izquierdo y una chola Fendi marrón en el derecho.

—Tiita, ¿Qué le pasa? ¿Parece un esperpento?

—¡Deja! No sé qué me tiene más mortificá, si Padrino con la lloradera porque quiere renunciá o el peo de los muchachos en Niuyol. ¿Viste cómo lloraba mi pobre bebé? Toda la audiencia la pasó sollozando…

—Tiita, pero con estas nuevas abogadas puede ser que la cosa cambie…

—Eso espero, porque cobran como si además de defendelos les mamaran el güevo todos los días. Pero, ¿has visto, mi niño? ¿Cómo son esos bichos de la DEA de desleales y traicioneros? Los muchachos los sacaban a fiestear, le invitaban los tragos y hasta las putas se las pagaban, y esos desalmados vienen y les echan deo así de feo. ¡Hasta a tu tío Bladi, lo sacaron a relucí! Tanto que les dije que hay vainas que no se le cuentan ni a las almohadas y mucho menos a los compinches de tragos y vicios, pero como son tan jetones. Igualitos de vendolajeta que Padrino que grita a todo pulmón que va a jodé a los gringos y una vieja con una olla lo hace salí corriendo como un alibombo… Échate pa’llá mi niño, esta noche voy a dormí aquí contigo porque no quiero calame la lloradera del bobolongo. Me tiene jarta. A veces quisiera que el viejito coñuemadre, como el le dice a Ayú, le metiera sus buenos coñazos pa’que llore por algo.

***

—¡Polita! ¡Polita! ¡¿Dónde está mi Polita?!

Los gritos de Padrino retumbaban por todo el pent-house. Yo lo escuché desde mi cuarto, pero cuando salí a ver, ya Padrino estaba con tía Amapola en la terraza, se ponía las manos en la cabeza y lloraba como un muchacho al que le ha salido la Sayona.
Yo sólo podía ver, pero no lograba escuchar, porque habían cerrado la puerta y como es de vidrio doble blindado, no permite que se escapen los ruidos. Pero, tía Amapola me contó después, muerta de la risa.

—ja ja ja, mi niño. Ese Padrino llegó más cagao que palo de gallinero. Más cagao que estatua de Chávez a cielo abierto. Me decía —la tía imitó la voz pesada de Padrino— «Polita, como que se va a cumplir ya la predicción de la vidente mexicana. Ay, mi Polita. Como que vas a enviudá pronto. Esa transfo de México que pegó la predicción de la muerte de Juanga, como que tenía razón con mi predicción». Yo no podía pará de reí, mi niño. Ese carajo si es cagao ja ja ja «Ay, Polita, la vidente mexicana dijo que después de un temblor que afectaría a Colombia y Venezuela, a mí me darían matarile. Que me tumbaban como a los dos días y mi propia gente me daba matarile, Polita» ja ja ja, cómo moqueaba el pendejo. El bigote le quedó mojado y brillante de tanto moco y tanta lágrima.

—Tiíta, pobrecito. Es que no es para menos. Imagínese, esa Mhoni, dijo que moriría un cantante mexicano de unos 66 años de un infarto o un paro respiratorio y, ¡zas! Murió Juanga…

—Siiiiii ja ja ja eso dijo y lo que tiene cagao a Padrino es que hoy tembló durísimo en Colombia y se sintió en Tachira, Mérida y Trujillo. Ja ja ja ese hoy no pega un ojo ni con merengada de valium ja ja ja. Lo que soy yo, esta noche me voy a dormí contigo, no me voy a calá ese carajo toda la noche berreando y dando brincos por el susto. Lo que tiene de grande y gordo lo tiene de gallina ja ja ja

***

—Tiíta, pero usted parece que viene de una guerra y no de pasar unos días en Margarita.

—Ay, mi niño, ni me mientes laisla. Fue horrible. A mí que no me gusta agarrá sol porque me salen líneas de expresión y me pongo negra como tierrúa de Barlovento en media hora, y mírame, parezco culo de olla de paseo al río.

—Pero, ¿Usted no iba era para la Cumbre de los No Alineados? ¡Mire cómo trae los Louboutin llenos de barro!

—Si, mi niño, pero como no teníamos comida pa’ dales a los lambucios que llevamos a acampar en las carpas y ya se estaban soliviantando porque tenían hambre, sed, miedo con la tormenta que casi les vuela las carpas y estaban jartos de la mala música que tocaban esos carajos que llevamos a hacerles el show, a Padrino no se le ocurrió nada mejor que mandame a mí a que les repartiera unas cuantas líneas para entretenerlos. Y allá me fui, con mi alijo, cual cura cargao de hostias, a dales la comunión a esos muertos de hambre. Los tacones se me enterraban en la arena, por allá le caí encima a un carajo que pensó que era que estaba birrionda y casi me coge en medio del gentío ¡Mira cómo traigo los pelos! Me cayó un palo de agua y cuando esos bichos se enteraron de que les llevaba la bendición en forma de polvo blanco, casi me descuartizan, como si le hubieran dicho que llegó el camión con la Harina Pan. Horrible, mi niño. Woodstock se quedó pendejo pa’lo que hubo allí. Y más de una que va a llegá preñá a su casa sin sabé de quién. Eso sí, Padrino tenía razón. Esos días de no habé sido por mi merca, esa vaina hubiera terminao en tángana. Ahora me toca pasá unos días en blanqueo, porque este moreno de Negra Matea tapa amarilla me queda horrible. Llama a Yuleixi pa’que venga a haceme la juñas y a pintame el pelo, porque no me atrevo ni a mirame en el espejo con esta pinta de cachifa de narco-enchufada que traigo. Y ponme Globovisión a si la cochino’emonte del CNE va a decí que el revocatorio va a después del centenario de Chávez como le dijimos que tenía que decí. Ay, pobre Tiby, debe está mandando a subile unos tres metros más al muro de su casa porque la turba la va a queré sacá hasta del baño con las pantaletas a media pierna, pa’que hable.

***

Hoy yo estaba que no veía la hora de llegar a la casa para preguntarle a la tía Amapola qué materias daría en la Universidad. Estoy seguro de que no serán ni inglés ni Ética, por razones obvias. Pero, desde que escuché que Padrino dijo lo de las clases, me he paseado por todas las posibilidades, desde Puericultura, hasta Oficios del Hogar y de verdad que no veo a la tía enseñando nada.
Entré apurado a preguntarle:

—¡Tiíta, tiita! Cuénteme cómo es eso de que va a dar clases, ¿qué materias va a dar? Estoy intrigadísimo…

La tía levantó la mano cuajada de anillos de oro y platino con perlas, diamantes, rubíes y esmeraldas.

—¡Cállate, mi niño! Ahorita no me interrumpas que estoy leyendo al @puzkas en twitter que está dando la información de los obstáculos, digo, de los requisitos pa’recogé el 20 por ciento, de las firmas… ja ja ja este si es mamaturmas, ja ja mira lo que dice, «CNE aprobó las peores condiciones posibles para el 20%. El sesgo político de la decisión es innegable». Ja ja ¡Ay, qué comerá que adivina! Ja ja. ¿Qué esperaba él? Es que de verdá, no son más bobos porque no practican… A … 20 por ciento por estado… ‘tá bien. 1355 centros de votación y 5392 cactahuellas… No entiendo por qué no redondearon esa vaina a mil centros y 5 mil máquinas, qué ganas de complicá los números… Tres días de 8 a 12 y de 1 a cuatro. Eso es como mucho tiempo, pero ya veremos cómo hacemos pa’que las colas no avancen… No ‘tá tan difícil ja ja, si se aplican reúnen unos dos millones de firmas ja ja. Han debido poneles que tienen que traé una pluma de águila dejada en el Himalaya, unos colmillos de dragón, unas escobas de Harry Potter, unos huevos de gallo…
La tía Amapola me miró con picardía y me dijo:

—Ajá, mi niño, ¿Qués lo que me preguntabas?

—Tiíta, que qué materia va a dar en la Universidad. Me quedé intrigado cuando escuché a Padrino.

—Ay, mi niño, de qué va a que voy a enseñá. Hay dos cosas que yo sé hacé muy bien y que nos dimos cuenta de que los muchachos salen fallos de esa Universidá. La primera, de negocios internacionales. Yo sé cómo poné la merca en cualquier mercao del mundo y eso hay que enseñáselo a esos carajos, que de ahí saldrán a trabajá pa’ nosotros. Y lo otro, mi niño, los voy a enseñá a hacé líneas. No puede que esos muchachos salgan y no sean capaces de hacé una línea bien hecha. Les hicimos un test y ninguno fue capaj de hacé una línea como Dios manda. ¡Eso no pué sé!

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Qué ganas de «irme demasiado»

23 septiembre, 2016 § 4 comentarios

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Fui al Doral Center Mall a buscar un repuesto para un celular que me encargaron.

Es difícil describir la desazón, la angustia, la opresión en el pecho, que me produjo entrar en lo que en algún tiempo no muy lejano fue uno de los mejores centros comerciales de Maracaibo; de gusto estético discutible, pero un buen sitio de compra.

Lo conseguií convertido en un mercado de Las Playitas, en un zoco callejero, plagado de lo que, a flor de piel, se nota ilegal, fuera de la ley.

Las tiendas venden en su mayoría baratijas chinas a precios de marca gringa. Mercancía traída posiblemente sin ningún arancel de importación legal, pero sí con mucha matraca de por medio. Abundan los stands de productos, articulos, chucherías, adminiculos y repuestos para teléfonos móviles.

En una «tienda», la pantalla que buscaba costaba 50 mil. En la de al lado, 39 mil. Un poco más allá, 35 mil. Junto a esa, 40 mil. Finalmente, la compré en una donde costaba 28 mil. Al pedirla, un dependiente fue a otro local a buscarla —el local del importador, supuse, donde, seguramente, podría estar más barata—. Llegó con el producto en una cajita blanca sin marca alguna. Como yo iba a pagar con tarjeta de débito se consultaron, «¿Fulano, ¿es 28 mil con la comisión o sin la comisión?» «No, bueno la comisión la pagamos nosotros».

Aclarado el tema de la «comisión», tuve que seguir a un dependiente a un tercer local donde les «prestan» el punto de venta. Pagué y al preguntarle si había algún recibo —no aspiraba a tanto como una factura—, con el cual reclamar si había algún problema o desperfecto con la pantalla, me dijeron, «Tranquilo, usted viene que nosotros respondemos».

«Si —pensé—, cualquier cosa con tal de irme rápido de aquí».

Al salir al estacionamiento en el cual pagué 150 bolívares por más o menos media hora, el hermoso cielo al atardecer lo sentí como una pedrada en el ojo.

En el carro, le comenté a Cristian «No entiendo. Mientras en otros centros comerciales el Seniat y la alcaldía acosan a los comerciantes con fiscalizaciones y uno ve en las vitrinas las calcomanías inmensas con letras rojas rojitas de “Clausurado por ilícito fiscal”, aquí no parece entrar ningún fiscal jamás». Él, más lúcido que yo, me comenta «Los fiscales deben venir periódicamente a buscar su mesada para no fiscalizar».

Con sensación de derrota, llegué a la casa. Apurado para aprovechar de lavar los platos con el chorro del grifo antes de que pasaran los 60 minutos de que disponemos del fluido en tuberías. Y, de ser posible, bañarme bajo el chorro de la ducha y no con un tobo y un perolito.

Escribo esto en el teléfono sentado en la poceta, mientras la triste emoción aún está fresca; apurado para alcanzar el chorro antes de que corten el agua, con el alma en el suelo, invadido por una honda tristeza y unas profundas ganas de «irme demasiado» o, al menos, de no tener que salir a la calle más que para contemplar el cielo, quedarme para siempre en esas intensas tonalidades de los atardeceres de Maracaibo.

Florence Foster Jenkins o la imposibilidad de la autocrítica

19 septiembre, 2016 § 2 comentarios

florence

Decir que Meryl Streep está insuperable en su papel de Florence Foster Jenkins sería una necedad o, cuando menos, una redundancia. Los matices que le da al personaje nos hacen reír, llorar, divertirnos y conmovernos. Pero Hugh Grant no se queda atrás en su interpretación de St. Clair Bayfield, el esposo de la fallida cantante lírica, como tampoco desmerece la actuación de Simon Helberg como el pianista Cosmé McMoon.

La película de Stephen Frears (2015) hay que verla sin esperar ver un documental o una bio pic sobra Florence Foster Jenkins, apenas recrea aspectos de la vida de la verdadera cantante cuyo oído fue arruinado por la sífilis que contrajo a los 18 años al casarse con su primer esposo y su frustrada carrera como pianista al sufrir un accidente o tal vez producto de la misma enfermedad venérea.

Pero dejando de lado los aspectos técnicos de la película que está impecable. Uno queda reflexionando acerca de lo que es el arte, la crítica, el público, la auto-crítica. El poder del dinero y las opiniones sesgadas de las amistades o de personas que se aprovechan del dinero y las debilidades de las personas.

Florence Foster Jenkins y St. Clair Bayfield componen una particular pareja de artistas poco dotados de talento, pero con el suficiente fondo económico como para comprar aplausos y opiniones favorables. Él, fue un actor sin talento al que ella le escondía las malas críticas. Luego él haría lo propio con ella. Están casados, pero no consuman el matrimonio debido a la sífilis de ella.

«La gente puede decir que no sé cantar, pero nadie podrá decir nunca que no canté», dice Florence y, en efecto, tanto llegó a cantar que se auto-financió la grabación de un disco y la presentación a casa llena en el Carnegie Hall. Ella pensaba que cantaba muy bien y la gente que la rodeaba por amor, por amistad o por interés la mantenía en su mentira.

Pero también el público llegó a aplaudirla con sinceridad, aunque no por los motivos que ella creía y quería. No la aplaudieron por buena cantante lírica sino por comediante, porque los hacía reír.

Nada fácil la auto-crítica. Pasa en cualquier rama de las artes. Uno puede pensar que canta bien, que escribe bien, que actúa bien, que pinta bien, que baila bien. Tal vez sea un auto-engaño. Estamos convencidos de que lo hacemos muy bien y a lo mejor hasta público y fans llegamos a tener. Falta ver qué es lo que uno ve de su propia creación o producción y qué es lo que el público realmente aplaude. No es fácil ser crítico de uno mismo y muchas veces quienes nos rodean no son precisamente una ayuda para discernir si uno lo hace bien, o mal.

Por eso esa escena final en la que Florence Foster Jenkins se ve a sí misma sobre el escenario nos da una pista. Ella se oye a sí misma como una buena intérprete del belle canto. Evidentemente, una cosa oye ella y una muy distinta quien la escucha.

La crítica y la auto-crítica son temas vastos que dan para horas y montones de cuartillas de disquisiciones. Son muchas las variables que pueden intervenir en un momento dando cuando se juzga una obra. El dinero, los contactos, las amistades, los afectos, la moda, los odios, los enemigos…

Al final tal vez lo importante, lo que queda de la película es que pueden decir que uno no debió haber hecho algo o no podía hacerlo, pero que nadie diga que uno no lo hizo. Tal vez, muchos años después, uno, como Florence, siga siendo recordado para bien o para mal. Y hasta una película con la gran Meryl Streep, le dediquen.

Llaves

17 septiembre, 2016 § 2 comentarios

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Huye de las llaves
como de un demonio.
Las llaves son como los prejuicios
se acumulan, sin darnos cuenta.

Empiezas con la de la puerta de casa.
Luego, la de la oficina. La del auto.
La llave de la casa de playa.
La de los candados del negocio.

Cuando menos lo esperas,
te has llenado de llaves
y estás enclaustrado,
Encerrado por tus propias llaves.

Las llaves no son para que otros no entren;
son para impedirte salir.
Huye de las llaves.
¡Huye!

Si quieres ser libre,
huye de las llaves.
Cada una es el eslabón de una cadena
que te ata a un grillete.

¡Huye!
Las llaves pesan más en tus alas
que en tu bolsillo.
Te paralizan. Te someten.
Son rocas en tus zapatos.

Huye de las llaves.
Como de un demonio.
Son anclas, son frenos.
Impiden el vuelo.

Huye,
Huye de las llaves.

Sibarita

17 septiembre, 2016 § 2 comentarios

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Hay nuevos sabores y nuevos aromas
Cada día, cada noche

No me canso
No me aburro
No me empalago

Porque siempre hay un olor a estrenar
un sabor inédito para saborear

¿Qué deleite hallaré hoy
entre tus piernas?

Desde allá, una historia que se hila a punta de tal vez

13 septiembre, 2016 § Deja un comentario

desde-alla

Inquietante. Perturbadora. Con estas dos palabras entre pecho y espalda salí de la sala de cine. Tratando de procesar el torrente de sentimientos que me fue generando la película «Desde allá» (Venezuela, 2015) de Lorenzo Vigas.

Es una historia dura de dos personajes marcados por la ausencia del padre. Elder, el joven malandro no  deja margen de duda. Es un muchacho nacido y criado entre la violencia de la pobreza venezolana. Crecido en las violentas calles y barrios de Caracas. Ambicioso, ladrón. Líder de una banda de delincuentes. Capaz de matar a palos a otro. Homofóbico y violento, tan víctima de la violencia paterna como de la ausencia del padre. Un chamo que es capaz de irse a casa de un hombre maduro del que sospecha que es homosexual por el afán de ponerle mano al fajo de billetes que este le muestra. Nada extraño. «Zamuritos» así abundan en los bares gays del país.

Pero el personaje de Armando es enigmático, es un extraño hombre que ronda los cincuenta años, propietario de un laboratorio de prótesis dentales y que tiene una extraña parafilia: sólo satisface su sexualidad pagando a jóvenes para que se paren de espaldas a él, enseñando su espalda y sus nalgas, mientras él se masturba. Un poco de efebofilia o anisonogamia, más bien, algo  de astelnolagnia, pues aparte de muy jóvenes los muchachos son de extracción humilde y hay algo de placer al humillarlos, y un toque de crematistofilia son algunas de las características que se asoman en el perfil sexual de Armando, magistralmente interpretado por el chileno Alfredo Castro.

El personaje protagónico es un hombre de cuyo pasado tenemos pocos detalles. Fue abandonado por su padre. Ausencia que lo marcó, según se desprende por el desprecio que le tiene junto con la obsesión por seguirlo. Tiene una hermana. Vive solo en un apartamento en el que el tiempo parece haberse detenido en algún momento. Una casa llena de objetos, libros, discos, adornos de porcelana, viejos muebles. Fotografías. Muchas fotografías en porta retratos y marcos en los que se ven personajes que, uno llega a suponer, son la familia de Armando en algún tiempo, cuando vivían juntos y felices.

Uno puede llegar a suponer también que es una vivienda que, por algún motivo dejaron intacta, sin mover o cambiar ni un solo objeto a partir de cierto punto. ¿Cuando murió la madre? Tal vez, el extraño personaje decidió detener el tiempo cuando su madre falleció. O ¿Cuando su padre los abandonó? Tal vez su madre o él mismo decidieron que todo permanecería tal cual como estaba en el momento en que el padre abandonó el hogar.

Lo inmutable del ambiete se evidencia en que hay aún, sobre un viejo escritorio, un antiguo teléfono de disco. Un teléfono de pulsaciones con un mini disco de color fucsia en el centro con los números en blanco, de aquellos que por los años setenta ponía la Cantv al contratar el servicio.

Armando es un hombre inexpresivo. No manifiesta odio, rabia, miedo. No muestra ninguna emoción. Es un ser absolutamente contenido. Es una máscara neutra. Una de esas máscaras blancas que impiden detectar una emoción. Es un ser emocionalmente aséptico. A lo más que llega es a esbozar una pequeña sonrisa en la visita a la playa o la profunda molestia que le produce el contacto físico con los otros. Como deja claro cuando bailan en la fiesta o cuando Elder se le abalanza para besarlo. Una incapacidad al contacto de piel que se aprecia en la incomodidad manifiesta al cargar a su sobrino recientemente adoptado por su hermana y esposo.

Las emociones de Armando parecieran quedar por parte del espectador. Uno termina prestándole sus miserias al personaje para que cobre sentido y significado. De allí esa incomodidad, esa perturbación con la que uno abandona la sala. Armando es un hombre sin historia al que cada quien le pone los sentimientos de acuerdo a su propia experiencia vital, a su propia emotividad. Es la máscara neutra a la que cada uno le otorga significados y significantes.

Los encuadres y (des)enfoques en la fotografía contribuyen a acentuar el peso que la historia tiene en el personaje de Armando, en su interioridad, que viene a ser el peso en la interioridad del espectador. Esa cámara que persigue al protagonistas desde atrás, con sólo la cabeza y hombros del hombre en foco, mientras el entorno se des-contextualiza en una imagen borrosa y fuera de foco. El contexto de la imagen se pierde, se difumina, pierde importancia. Lo que importa es lo que está pasando con el personaje, lo que esta generando dentro del espectador.

La ausencia de música a lo largo de la película, acentúan esa importancia que tienen tanto el personaje de Armando como el espectador en la historia. La banda de audio consta solamente de sonidos ambiente y efectos de sonido que ayudan a darle realismo a las escenas. Únicamente tenemos música al momento de la fiesta de los 15 años. Eses es el único instante del film en el que Armando parece tener una relación “normal” con la realidad que lo circunda. El personaje sale del ensimismamiento para tener visos de humanidad.

Al final, uno siempre tendrá la duda de si el hombre fue dejando que las circunstancias lo llevaran a donde lo llevaron y si fue todo fríamente calculado para que la historia acabara como acaba.

Armando es un ser castrado emocionalmente, impedido para el contacto físico. Un hombre que, por momentos, parece estar buscando que le hagan daño. Que busca el daño físico.  ¿O acaso está probando hasta conseguir a quien realmente sea capaz de infligir tanto daño físico a otra persona que pueda llegar a cometer el crimen que él nunca ha sido capaz de cometer? ¿Encontró en Elder la persona capaz de segar la vida de ese padre que lo obsesiona y atormenta?

Elder parece por fin vencer esa barrera impuesta por Armando, lo acerca a su familia,  lo libera de su padre matándolo. Elder logra el contacto físico con Armando que éste ha despreciado varias veces. Hacen el amor y Armando se deja finalmente arrastrar por el deseo y la pasión y consuman el acto sexual. Elder pareciera “salvar” a Armando. Pero,  al final, Armando nos sorprende al entregar al amante a la policía.

Entonces, uno queda con la duda de si todo fue fríamente calculado por Armando para lograr que Elder asesinara al padre. ¿O tal vez Armando no quería ser “salvado”? Tal vez, el hombre no quería tener esa vida “normal” que se presume vendría a partir de lograr vencer las barreras físicas y entablar una relación de pareja.

Muchos tal vez. Muchas conjeturas que cada espectador tendrá que dilucidar. ¿Qué habría hecho yo si fuera Armando? La pelota siempre termina del lado del espectador.

Hace tiempo. Cuando aún no estaba editada la película, recuerdo haber visto un detrás de cámaras en el que Lorenzo Vigas sostenía que «Desde allá» es una historia de amor.

Realmente, no vi una historia de amor en la pantalla. Vi unos seres castrados y sórdidos que se relacionan entre sí. Personajes mutilados emocionalmente. Al llegar a casa busqué ese detrás de cámaras y, en efecto, el director sostiene que es una historia de amor. Pero también habla del largo proceso de edición que deberán encarar pues filmaron muchísimo material. Tanto material, que en ese detrás de cámaras se ve la filmación de una escena que no recuerdo haber visto en el filme.

Elder se encuentra con una chica que le entrega un espejo retrovisor de un carro y le da un beso. Obviamente un objeto robado, supongo que se trataba de un espejo para el carro que Elder está armando y que al final esa escena no la utilizaron. También en ese detrás de Camaras, el director de arte habla de espacios con pocos objetos. Un concepto un tanto minimalista de la dirección de arte según se desprende de lo que comenta, con espacios despejados y desprovistos de objetos, locaciones nada recargadas que no tienen nada que ver con ese apartamento recargado de Armando, ni con la casa de Elder o la sede del trabajo de Armando. Detalles de los que hablan los creadores y que me llevan a pensar que, para bien de la obra, la historia que vimos tal vez no tenga mucho que ver con la que se habían planteado originalmente. Alfredo Castro por su parte habla de un personaje lleno de matices que dista mucho de ese hombre contenido e inexpresivo que vemos en pantalla.

Posiblemente la historia de amor viró en la edición a este oscuro drama psicológico, inquietante, perturbador, de unos seres castrados emocionalmente que entabla esa tensa y dramática relación. Un hombre perturbado, arrastrado por las parafilias, como Armando y un joven malandro como Elder, carente de piedad, ambicioso, lleno de un odio y resentimiento que explotan en su dura mirada.

Sin duda, la obra presentada en pantalla, esta muy bien desarrollada. Logra sus objetivos de conmovernos, de remover nuestras propias miserias al reflejarlas en esos dos seres sin alma que tenemos en frente y a los que nos vemos obligados a prestarles nuestra vivencias para darles significado y sentido. Si la mitad de la historia original se fue al cesto de la basura en la edición y montaje, como intuyo a partir del tras de cámaras, carece de la más mínima importancia pues «Desde allá» es una obra redonda, que atrapa y perturba. Eso es lo que cuenta. Lo demás, son suposiciones mías que puesto a lucubrar, no tengo pruritos y soy capaz hasta de prestarle sin reparos mis fantasmas al personaje de Armando para encontrar sentido y propósito.

Los días animales de Keila Vall de la Ville o el #ThrowbackThursday de Julia

8 septiembre, 2016 § Deja un comentario

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Dice Juan Villoro en «El autor en el espejo», prólogo de su compilación de cuentos y crónicas «Espejo retrovisor» (Seix Barral, 2013), citando a Søren Kierkegaard, que «la vida se vive hacia adelante pero se entiende hacia atrás».

Esa fue la sensación que tuve al leer «Los días animales» de Keila Vall de la Ville (Oscar Todtmann editores, 2016). Me parecía al leer la historia de la mujer escaladora, que la novela era eso, un espejo retrovisor en el que la autora, mejor dicho, Julia, la protagonista, iba recordando aspectos de su vida para entenderla y poder seguir viviéndola hacia adelante.

A veces, mientras leo, me gusta ir imaginando cómo fue el proceso de la escritura de lo leído. Con algunos poemas, me da la impresión de que fueron escritos a partir de buscar palabras al azar en un diccionario. O como con las canciones de Arjona, que siempre me da la impresión de que el cantautor toma un diccionario de sinónimos y antónimos y se sienta a componer. Algunos textos parecen escritos a mano, pausada y reflexivamente; mientras otros tienen la furia del tecleo vertiginoso en un tablero de computación. Hay historias que parecen escritas en un teléfono móvil, como para ser leídas de un sorbo en un trayecto de tren. Y, últimamente, he leído algunas que dan la impresión de haber sido escritas con san Google abierto en la pestaña de al lado.

Manías que tengo de imaginar el proceso creativo.

Con «Los días animales» tuve todo el tiempo la impresión de que Keila —o Julia, la prota, es que el narrador en primera persona tiende a generar confusión entre autor y personaje, no siempre son  el mismo, aunque algunos personajes tengan muchas cosas del autor—. Bueno, que la protagonista se sentaba frente a una caja llena de recuerdos: fotos, postales, posts it, envoltorios de caramelos, flores secas, cartas, notas en servilletas, un cordón de un zapato, un zarcillo… esas pequeñas cosas que uno va lanzando en una caja o una gaveta y las va olvidando.

Como quien se sienta un jueves a postear sus #TBT (#ThrowBackThursday) en Instagram o Twitter, contando la historia de cada imagen, la emoción del momento vivido y congelado en la instantánea, los sentimientos de entonces y los que afloran al verlos en el “espejo retrovisor” del tiempo.

El ritmo, el tono reflexivo y rememorando hechos, la voz. —Esa voz del narrador en primera persona que cuando está tan bien utilizada, como en el libro de Keila Vall de la Ville, le da un tono de verismo a la historia, le imprime un nivel de verosimilitud, que sólo se consigue cuando se escribe desde el corazón y con honestidad—.Todo el estilo de la narración me hacía sentir que la autora hurgaba en la gaveta o en la caja, sacaba un objeto al azar, una foto, por ejemplo; y, con la imagen en una mano iba hilando con la otra la historia. Un delicado patch work, hecho a partir de las emociones y recuerdos que la foto o el objeto traían a su mente, con toda la carga emotiva del momento vivido.

Cada segmento del libro, cada capitulo, es como una postal, un retazo, una instantánea de un momento de la vida de Julia. De sus viajes, de sus experiencias de escaladora, de esa relación obsesiva, tóxica, apasionada, con Rafael. Su convivencia con la madre, su experiencia con la enfermedad y el contacto con la muerte. Sus encuentros sexuales fugaces.

Julia va hilando un recuerdo con otro, cose los retazos con delicadas e imperceptibles puntadas y, así, va componiendo un rompecabezas, un mapa de su existencia visto hacia atrás, para poder avanzar en la vida. Entender lo vivido y soltarlo, botar las cargas, para avanzar con liviandad, para seguir viviendo.

En algunos aspectos, el libro recuerda un poco —bastante— a la película Wild de Jean-Marc Vallée (2014), aquella historia biográfica protagonizada por Reese Whitherspoon, en la que  la mujer emprende sola el escarpado camino de Pacific Crest Trail más que para huir, para buscarse, para sanarse internamente.

Muchas veces, al ver a personas como la protagonista de Wild o Julia, de «Los días animales», llegamos a pensar que es gente que vive huyendo. Julia va de un lugar a otro, de una montaña a otra, de una pared a otra, como quien huye, quien escapa de la realidad; pero, en verdad, esa gente no está huyendo. Es gente que se busca a sí misma en cada esfuerzo. Gente que enfrenta sus miedos, sus puntos oscuros, que a veces cae hasta lo más hondo en un desesperado intento por encontrarse.

La vida, mucha veces, es la lucha de uno con uno mismo. La pelea no es con el otro, el objetivo a vencer no es el otro, no está fuera; aunque no nos demos cuenta. La lucha es interna, vencer prejuicios, miedos, reconocer en el otro esas cosas que aborrecemos en nosotros mismos. Identificar, como lo hace Julia, eso que la hace igual a Rafael, para poder superarlo y vencer, aunque caiga vencida en el intento.

No sé que tanto tenga «Los días animales» de autobiográfico. No sé cuánto de Keila pueda haber en Julia. Tampoco importa. Lo que cuenta es que la novela nos muestra un personaje de carne y hueso. Un ser humano creíble, verosímil, con sus pasiones, sus miedos, sus emociones. Es el relato del recorrido de parte de una vida. Una historia existencial, bien contada. Un relato honesto y con tanto realismo que, al leerlo, podemos vernos a nosotros mismos.

Es como si uno, un día, se sentara frente a alguien con su caja hecha de papel artesanal, con su equipaje de Throwback Thursdays, y empezara a sacar foto por foto y a echar el cuento de cada instante captado y perpetuado en la imagen. El día en que se captó la instantánea y todo lo vivido y sentido en ese momento detenido en una fotografía. Eso es, para mí «Los días animales».

¿Dónde estoy?

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