Los días animales de Keila Vall de la Ville o el #ThrowbackThursday de Julia

8 septiembre, 2016 § Deja un comentario

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Dice Juan Villoro en «El autor en el espejo», prólogo de su compilación de cuentos y crónicas «Espejo retrovisor» (Seix Barral, 2013), citando a Søren Kierkegaard, que «la vida se vive hacia adelante pero se entiende hacia atrás».

Esa fue la sensación que tuve al leer «Los días animales» de Keila Vall de la Ville (Oscar Todtmann editores, 2016). Me parecía al leer la historia de la mujer escaladora, que la novela era eso, un espejo retrovisor en el que la autora, mejor dicho, Julia, la protagonista, iba recordando aspectos de su vida para entenderla y poder seguir viviéndola hacia adelante.

A veces, mientras leo, me gusta ir imaginando cómo fue el proceso de la escritura de lo leído. Con algunos poemas, me da la impresión de que fueron escritos a partir de buscar palabras al azar en un diccionario. O como con las canciones de Arjona, que siempre me da la impresión de que el cantautor toma un diccionario de sinónimos y antónimos y se sienta a componer. Algunos textos parecen escritos a mano, pausada y reflexivamente; mientras otros tienen la furia del tecleo vertiginoso en un tablero de computación. Hay historias que parecen escritas en un teléfono móvil, como para ser leídas de un sorbo en un trayecto de tren. Y, últimamente, he leído algunas que dan la impresión de haber sido escritas con san Google abierto en la pestaña de al lado.

Manías que tengo de imaginar el proceso creativo.

Con «Los días animales» tuve todo el tiempo la impresión de que Keila —o Julia, la prota, es que el narrador en primera persona tiende a generar confusión entre autor y personaje, no siempre son  el mismo, aunque algunos personajes tengan muchas cosas del autor—. Bueno, que la protagonista se sentaba frente a una caja llena de recuerdos: fotos, postales, posts it, envoltorios de caramelos, flores secas, cartas, notas en servilletas, un cordón de un zapato, un zarcillo… esas pequeñas cosas que uno va lanzando en una caja o una gaveta y las va olvidando.

Como quien se sienta un jueves a postear sus #TBT (#ThrowBackThursday) en Instagram o Twitter, contando la historia de cada imagen, la emoción del momento vivido y congelado en la instantánea, los sentimientos de entonces y los que afloran al verlos en el “espejo retrovisor” del tiempo.

El ritmo, el tono reflexivo y rememorando hechos, la voz. —Esa voz del narrador en primera persona que cuando está tan bien utilizada, como en el libro de Keila Vall de la Ville, le da un tono de verismo a la historia, le imprime un nivel de verosimilitud, que sólo se consigue cuando se escribe desde el corazón y con honestidad—.Todo el estilo de la narración me hacía sentir que la autora hurgaba en la gaveta o en la caja, sacaba un objeto al azar, una foto, por ejemplo; y, con la imagen en una mano iba hilando con la otra la historia. Un delicado patch work, hecho a partir de las emociones y recuerdos que la foto o el objeto traían a su mente, con toda la carga emotiva del momento vivido.

Cada segmento del libro, cada capitulo, es como una postal, un retazo, una instantánea de un momento de la vida de Julia. De sus viajes, de sus experiencias de escaladora, de esa relación obsesiva, tóxica, apasionada, con Rafael. Su convivencia con la madre, su experiencia con la enfermedad y el contacto con la muerte. Sus encuentros sexuales fugaces.

Julia va hilando un recuerdo con otro, cose los retazos con delicadas e imperceptibles puntadas y, así, va componiendo un rompecabezas, un mapa de su existencia visto hacia atrás, para poder avanzar en la vida. Entender lo vivido y soltarlo, botar las cargas, para avanzar con liviandad, para seguir viviendo.

En algunos aspectos, el libro recuerda un poco —bastante— a la película Wild de Jean-Marc Vallée (2014), aquella historia biográfica protagonizada por Reese Whitherspoon, en la que  la mujer emprende sola el escarpado camino de Pacific Crest Trail más que para huir, para buscarse, para sanarse internamente.

Muchas veces, al ver a personas como la protagonista de Wild o Julia, de «Los días animales», llegamos a pensar que es gente que vive huyendo. Julia va de un lugar a otro, de una montaña a otra, de una pared a otra, como quien huye, quien escapa de la realidad; pero, en verdad, esa gente no está huyendo. Es gente que se busca a sí misma en cada esfuerzo. Gente que enfrenta sus miedos, sus puntos oscuros, que a veces cae hasta lo más hondo en un desesperado intento por encontrarse.

La vida, mucha veces, es la lucha de uno con uno mismo. La pelea no es con el otro, el objetivo a vencer no es el otro, no está fuera; aunque no nos demos cuenta. La lucha es interna, vencer prejuicios, miedos, reconocer en el otro esas cosas que aborrecemos en nosotros mismos. Identificar, como lo hace Julia, eso que la hace igual a Rafael, para poder superarlo y vencer, aunque caiga vencida en el intento.

No sé que tanto tenga «Los días animales» de autobiográfico. No sé cuánto de Keila pueda haber en Julia. Tampoco importa. Lo que cuenta es que la novela nos muestra un personaje de carne y hueso. Un ser humano creíble, verosímil, con sus pasiones, sus miedos, sus emociones. Es el relato del recorrido de parte de una vida. Una historia existencial, bien contada. Un relato honesto y con tanto realismo que, al leerlo, podemos vernos a nosotros mismos.

Es como si uno, un día, se sentara frente a alguien con su caja hecha de papel artesanal, con su equipaje de Throwback Thursdays, y empezara a sacar foto por foto y a echar el cuento de cada instante captado y perpetuado en la imagen. El día en que se captó la instantánea y todo lo vivido y sentido en ese momento detenido en una fotografía. Eso es, para mí «Los días animales».

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