Florence Foster Jenkins o la imposibilidad de la autocrítica

19 septiembre, 2016 § 2 comentarios

florence

Decir que Meryl Streep está insuperable en su papel de Florence Foster Jenkins sería una necedad o, cuando menos, una redundancia. Los matices que le da al personaje nos hacen reír, llorar, divertirnos y conmovernos. Pero Hugh Grant no se queda atrás en su interpretación de St. Clair Bayfield, el esposo de la fallida cantante lírica, como tampoco desmerece la actuación de Simon Helberg como el pianista Cosmé McMoon.

La película de Stephen Frears (2015) hay que verla sin esperar ver un documental o una bio pic sobra Florence Foster Jenkins, apenas recrea aspectos de la vida de la verdadera cantante cuyo oído fue arruinado por la sífilis que contrajo a los 18 años al casarse con su primer esposo y su frustrada carrera como pianista al sufrir un accidente o tal vez producto de la misma enfermedad venérea.

Pero dejando de lado los aspectos técnicos de la película que está impecable. Uno queda reflexionando acerca de lo que es el arte, la crítica, el público, la auto-crítica. El poder del dinero y las opiniones sesgadas de las amistades o de personas que se aprovechan del dinero y las debilidades de las personas.

Florence Foster Jenkins y St. Clair Bayfield componen una particular pareja de artistas poco dotados de talento, pero con el suficiente fondo económico como para comprar aplausos y opiniones favorables. Él, fue un actor sin talento al que ella le escondía las malas críticas. Luego él haría lo propio con ella. Están casados, pero no consuman el matrimonio debido a la sífilis de ella.

«La gente puede decir que no sé cantar, pero nadie podrá decir nunca que no canté», dice Florence y, en efecto, tanto llegó a cantar que se auto-financió la grabación de un disco y la presentación a casa llena en el Carnegie Hall. Ella pensaba que cantaba muy bien y la gente que la rodeaba por amor, por amistad o por interés la mantenía en su mentira.

Pero también el público llegó a aplaudirla con sinceridad, aunque no por los motivos que ella creía y quería. No la aplaudieron por buena cantante lírica sino por comediante, porque los hacía reír.

Nada fácil la auto-crítica. Pasa en cualquier rama de las artes. Uno puede pensar que canta bien, que escribe bien, que actúa bien, que pinta bien, que baila bien. Tal vez sea un auto-engaño. Estamos convencidos de que lo hacemos muy bien y a lo mejor hasta público y fans llegamos a tener. Falta ver qué es lo que uno ve de su propia creación o producción y qué es lo que el público realmente aplaude. No es fácil ser crítico de uno mismo y muchas veces quienes nos rodean no son precisamente una ayuda para discernir si uno lo hace bien, o mal.

Por eso esa escena final en la que Florence Foster Jenkins se ve a sí misma sobre el escenario nos da una pista. Ella se oye a sí misma como una buena intérprete del belle canto. Evidentemente, una cosa oye ella y una muy distinta quien la escucha.

La crítica y la auto-crítica son temas vastos que dan para horas y montones de cuartillas de disquisiciones. Son muchas las variables que pueden intervenir en un momento dando cuando se juzga una obra. El dinero, los contactos, las amistades, los afectos, la moda, los odios, los enemigos…

Al final tal vez lo importante, lo que queda de la película es que pueden decir que uno no debió haber hecho algo o no podía hacerlo, pero que nadie diga que uno no lo hizo. Tal vez, muchos años después, uno, como Florence, siga siendo recordado para bien o para mal. Y hasta una película con la gran Meryl Streep, le dediquen.

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