Davinia

25 enero, 2017 § Deja un comentario

Más que flaca, enjuta. Desgarbada, encorvada. Con el pecho hundido y la cabeza gacha. Largas canas amarradas en una cola de caballo que no logra disimular la opacidad y resequedad de sus cabellos deslucidos. Manos temblorosas con manchas y venas marcadas. Un hilo de voz quedo y agudo, que vibra temeroso. La mirada, opaca y errática bajo unos viejos lentes culo de botella de pasta, sólo parece obtener un poco de brillo cuando contempla un animal y su voz triste se torna alegre, tierna y cantarina cuando habla con los gatos, los perros o los pájaros.

A veces pasa frente a la tienda de mascotas. Se asoma a la vitrina y con las manos a los lados de los ojos trata de enfocar hacia el sitio donde se ubican los alimentos. Mira a los lados. Revisa su bolso. No tiene dinero. Mira al cielo y sigue su camino.

En otras oportunidades entra a la tienda. Saluda antes a perros, gatos y aves que a los dependientes. Se para frente al alpiste. Ajusta sus gafas para tratar de distinguir el precio del paquete del grano para sus pericos. ¡Dos mil quienientos! ¡Dios mío! Soba con su mano arrugada y temblorosa los paquetes. Mira el dibujo de la caricatura del chinito y murmura “Happy”, la marca.

“¿Qué voy a hacer? ¡No puedo dejar de darles alpiste a mis periquitos! Pero el dinero no me alcanza. Mi marido no me va a permitir que gaste dos mil quinientos en un paquete de alpiste. Se va a molestar. ¿Y el alimento para mis gatos? ¿Cuánto cuesta el alimento para mis gatitos? ¡Veinte y siete mil quinientos! Él no me va a querer dar plata para comprar ese alimento tan costoso. Se pondrá furioso. Pero ¿Qué hago yo con mis siete gatitos? ¡No los puedo dejar morir de hambre! ¡Y ya no quieren los higaditos de pollo! Y me lloran toda la noche. Maúllan por el hambre. No me dejan dormir. Y mi marido me regaña porque yo lloro por mis animalitos.  A él no le gustan los animales, pero yo me muero sin mis pajaritos y mis gatitos. ¡Veinte y siete mil! ¡Yo no puedo! Él se pondrá fúrico”.

Abre el monedero y cuenta. Cien, doscientos, trescientos, cuatrocientos… ¿Cuánto cuesta el paquetico de medio kilo de Friskies? ¡¿Cinco mil?! ¡Cristo atado! Yo creo que no llego. Empieza otra vez la cuenta. Cien, doscientos, trescientos, cuatrocientos, quinientos… tres mil trescientos. ¡No me alcanza! ¡No podré comprar el alimento de mis gatitos! ¡Y ya no quieren higaditos de pollo!

Cien, docientos, trescientos… tres mil trecientos. ¿Cuánto me falta? ¡Mil setecientos! No puedo. No llego. Y mi marido no me va a querer dar. Él es tan estricto. Tengo ganas de llorar. Mis gatitos pasarán la noche maullando. ¡Otra noche más que no podré dormir! Ellos lloran por el hambre. Y yo lloro con ellos. A mí no me importa no comer yo, pero mis pajaritos y mis gatitos no puedo dejarlos morir de hambre.

¿Aceptan tarjeta? ¡¿Sí?!

Yo no sé si tengo dinero en esta para completar. ¿Cuánto tengo en efectivo? Cien, doscientos, trescientos, cuatrocientos… ¡Cuente usted! ¡Yo no puedo contar! ¡Tengo ganas de llorar! ¿Puedo llorar? ¿Usted no se molesta si yo lloro? ¡Necesito llorar! Mi marido se molesta porque yo lloro. Es tan estricto. Me pone tan nerviosa.

¿Pasó la tarjeta? ¿Sí tenía dinero?

Deme una factura detallada, por favor. Es que tengo que rendirle cuentas a mi marido. Él es tan estricto. Tengo que llevarle todos los recibos. Cuando vea lo que gasté en comida para mis animales se va a enfadar. Pero ¿Qué hago? ¿Los dejo morir de hambre? Yo no puedo lanzarlos a la calle a que pasen necesidades. Prefiero dejar de comer yo.

A mi marido no le gustan mis animales, pero yo sin mis periquitos y mis gatitos no puedo vivir. A mí no me hacen falta mis hijos que se fueron a vivir lejos, pero sin mis animalitos no puedo vivir.

A él no le gustan los animales. Me regaña porque yo dejo de comer yo para que los gatitos tengan comida. Es que ellos son la única alegría en mi vida.

Y él se molesta, porque él es tan estricto. Es muy severo.

¡No, jamás me ha puesto una mano encima! Él me adora.

Pero es muy rígido y no quiere a mis animalitos. Lo que pasa es que yo soy muy torpe y a él le molesta. Porque él es muy exigente. Todo lo quiere perfecto. Y yo soy torpe y distraída. ¡Bruta! Me distraigo con mis animales y se me parten las cosas o cuando cocino se me pasa la mano con la sal, porque se me olvida que ya le puse y le vuelvo a poner. Y él se molesta.

¡Tantos años y no has aún aprendido a cocinar! Pero para gastar el dinero en esos bichos sí sirves.

Antes no le importaba tanto que gastara en mis pajaritos y gatos, porque él ganaba bien. Es profesor universitario y no me limitaba tanto los gastos. Yo compraba las cosas y le llevaba los recibos y facturas. Se molestaba, pero no tanto. Pero como ahora está jubilado y el dinero es muy poco, pues se enfurece por mis gastos con los animalitos.

Pero ¿Qué hago? ¿Dejo morir mis pájaros? ¿Lanzo a la calle a los gatos? ¡Yo no tengo corazón para hacer eso. Yo sin mis animalitos no sé vivir. Son mi única alegría.

Él me quiere mucho, pero es muy rígido y no le gustan mis animales. Y como yo no trabajo, dependo de su jubilación. Yo dejé de trabajar muy joven porque a él no le gustaba que yo estuviera en la calle. Decía que descuidaba la casa y los niños y que, además, en mi trabajo había muchos hombres.

¡Y esa miseria que ganas no sirve para nada! ¡Más gasto yo en cachifas para que cuiden a los muchachos que lo que tú ganas como secretaria en ese consultorio!

Tanto dio y me reclamó que, para no oírlo más, renuncié al trabajo y me quedé en la casa. Criaba a los niños y cuidaba la casa. La tenía limpiecita. Como una tacita de plata. Pero él, como es tan exigente, siempre encontraba algún rastro de polvo.

¡Tú ni para pasar un plumero sirves!

Es que él revisaba todo. Porque es muy perfeccionista. Pero cuando yo hacía las cosas bien, siempre me las reconocía.

¡Caramba, por fin haces una comida que te queda bien y no se te pasa de sal o se te quema! Yo sabía que era que le había encantado.

Cuando los niños crecieron y empezaron a tener novias y a salir de fiestas, como me aburría sola en casa, él me regaló un par de periquitos. Ahí empecé yo a querer a los pajaritos. Los dejé libres por la casa para que volaran y ellos, cuando me veían, enseguida se me subían en el hombro.

A él le molestaba que yo dejara los pericos sueltos porque decía que se cagaban en los muebles.

¡El sofá está lleno de chicuca! ¡Mira!

Pero no era verdad. Ellos entraban a la jaula y hacían allí.

Los pericos empezaron a tener periquitos y cuando acordé, tenía como treinta pericos. ¡Qué felicidad! Pero a él no le gustaron más.

¡Claro, como no es tu plata la que hay que gastar en alpiste! Yo trabajo sólo para mantener esos bichos.

Cuando rescaté al primer gatico, se enfureció. Me amenazó con irse de la casa. Yo en el fondo quería que se fuera, pero de qué iba a vivir yo, si él me dejaba. Temblaba sólo de pensar que me dejara sola y sin plata. Pero yo no podía dejar morir a ese pobre gato que habían atropellado. Lo llevé al veterinario y lo curaron. A escondidas de él pagué la clínica. Resultó ser hembra y estaba preñada y parió tres gatitos.

Él se puso fúrico. Me dijo que no me iba a dar dinero para mantener tantos bichos, pero yo le dije que si mis animales se morían yo me moriría también.

Él es muy estricto. Pero me quiere mucho y, a regañadientes, me dejó quedarme con los gatitos. A veces me regaña duro. Pero jamás me ha levantado la mano. Me regaña porque yo soy muy tonta y se me caen las cosas de las manos. Se me olvida apagar la cocina. Él tiene razón. Yo tengo que poner más cuidado en lo que hago. Pero me distraigo. Y él se pone muy bravo.

¡No eres más bruta porque no entrenas!

Es que él es tan perfeccionista.

Algunas veces pensé en dejarlo. Irme. Hace mucho que ni siquiera dormimos juntos, pero yo no me puedo ir porque yo no sé hacer nada. ¿De qué voy a vivir? Yo soy tan inútil. Él tiene razón. Siempre me ha dicho que si yo lo dejo, me muero de hambre, porque no sé hacer nada.

¡Te mueres tú y se mueren tus bichos!

Tal vez si le hubiera hecho caso a aquel joven que me pretendía. Un muchacho compañero de él en la universidad y que venía a enamorarme cuando él estaba dando clases. Pero yo no fui capaz ni de darle un beso. Me daba pudor. Cuando pensaba que iba a dar un paso más, me acordaba de mamá, veía a papá mirándome serio y diciendo que las muchachas se casan para toda la vida. ¡Hasta el cura Panchito se me aparecía dando sermones y leyendo la Biblia! Y no me atreví a darle ni un piquito.

A veces pienso que fui muy tonta. Pero me daba pavor además que él se enterara. Al final, el muchacho se cansó y no volvió a buscarme. Y yo me quedé con él. Sí, me regaña porque soy bruta, pero siempre me ha querido y tratado bien. Nunca me pegó. Y aunque con rezongos, siempre me da para mantener a  mis animalitos, que son lo único que me alegra la vida. ¿Pasó la tarjeta? Ay, discúlpame que me puse a llorar, pero es que me pongo muy nerviosa porque los gatitos no me dejan dormir, llorando por la comida. Y yo ya no sé qué hacer. El Friskies cada vez está más caro y mi marido me regaña porque yo prefiero comprar la comida para los animales antes que comer yo. Esa plata era para comprar un kilo de Harina PAN para las arepas, pero yo no puedo pasar otra noche sin dormir escuchando a mis gatitos llorar de hambre.

Seguro que él me va a regañar cuando sepa que compré comida para gatos. Deme la factura, por favor, porque tengo que rendirle cuentas claras de en qué gasté. Es que él es tan estricto. Mañana vengo a ver si puedo comprar otro medio kilo y el alpiste para mis periquitos. Ojalá y él me dé el dinero, aunque me regañe. No importa. Yo sé que me va a regañar porque a él no le gustan mis animalitos, pero mientras me dé la plata, no me importa que me regañe. Él tiene razón, es que yo soy tan inútil, tan torpe, tan nerviosa. Por eso es que él se molesta y me riñe. Él es tan severo y perfeccionista. Discúlpame, es que soy muy nerviosa y tenía que llorar. Mañana vengo. Es que me pongo nerviosa porque los gatos lloran y mi marido es tan estricto.

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