Alberto Alvarado, el artista que vive en su propia instalación de arte en la calle.

2 mayo, 2017 § 2 comentarios

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Tres pequeños cachorros de gatos son su compañía. Pasa el día entre revistas viejas, pequeños libros de la colección Magnificat y de evangelios anuales que cuelga de una cuerda junto a su ropa y sábanas. Al pasar frente a la acera donde ha construido su espacio vital, uno  puede pensar a simple vista que se trata de un “loco” indigente, un acumulador, algún perturbado víctima del síndrome de Diógenes. Pero al detallar el ambiente, uno nota que todo tiene una disposición pensada, un display medido en el que cada objeto tiene el puesto que el hombre considera apropiado. Él vive dentro de su propia instalación artística hecha con objetos recogidos de la basura.

En varias oportunidades, uno lo ha podido ver apostado junto al muro del psiquiátrico, en la avenida 3F, cerca del antiguo cine Uairén. De repente, un día al pasar, ya no está. Desaparecen el hombre, sus obras y su instalación, que en algunas oportunidades ha sido hecha a partir de piedras y plantas. Más tarde me enteraría de que alguna gente se queja, lo denuncia y vienen las autoridades a desalojarlo y destruir su “casa”. Pero él vuelve con renovadas fuerzas y monta de nuevo su chiringuito en el que un techo hecho de lona lo medio protege de la lluvia y el sol.

En estos días, pasábamos por el lugar Cristian y yo y paramos para hacerle fotos al hombre sentado en su vieja y destruida poltrona de mimbre.  “Ya vengo —le dije a Cristian—,voy a hablar con él”.

Con cierto temor y sigilo, me acerqué. El sitio huele a mierda. Obviamente, el hombre no dispone de sala sanitaria donde hacer sus necesidades. Estaba leyendo un trabajo empastado en una carpeta de polietileno transparente, con el logotipo de la Universidad Rafael Belloso Chacín, URBE, en la portada. Supuse que se trataba de algún trabajo o tesis que se debió conseguir en algún contenedor de basura.

Sin perturbarse, levantó la mirada y me vio. No había rastro de locura en sus ojos, ni de temor ni de agresividad. “¿Usted dibuja esas cosas?”, le pregunté señalando las figuras en el muro: Un ángel hecho con trazos simples, junto a un Cristo dibujado con líneas como de arabescos. Una virgen, un muchacho con sombrero, bastón y corbata y una figura joven vestida como con túnicas de varias capas.

—Las hago con carbón —respondió evadiendo un poco mi mirada—, es que no tengo pinturas para trabajar.

A partir de allí, me contó parte de su historia.

Se llama Alberto Alvarado. Nació en Bobures y estudió arte en Barquisimeto. Le gusta el arte religioso, “Me gusta pintar cosas del catolicismo”. Hizo el servicio militar en la Marina Mercante en Barcelona: “Estuve 30 meses en la marina porque era año electoral y en vez de salir a los 24 meses, me dieron la baja a los 30 meses”.

En la escuela de arte estudió historia del arte, por eso habla de Miguel Ángel y Da vinci como dos de los grandes del mundo. “Pero aquí también hubo grandes, como Martín Tovar y Tovar”. También estudió allí inglés y francés.

Alberto habla sin rastro de rencor o resentimiento, ni con ánimo de despertar lástima. Él vive en la calle por elección propia: “Yo no recibo ayuda de nadie. Ni de particulares ni del gobierno. A mí no me gusta que para ayudarme me traten de mezclar con la política. A mí no me gusta la política. No tengo ni comida, ni agua, ni con qué trabajar, pero no quiero depender de nadie”.

Pocas veces hizo contacto visual conmigo. Hablaba mirando a los lados, al suelo, a los gatos. Sin embargo, se notaba la necesidad que tiene de contacto humano. De tener alguien con quien  conversar. Me aclaró también que a él no le gusta la publicidad, cuando le dije que una amiga quería venir a hablar con él para escribir un texto para su blog.

Junto a su silla, en un espacio que pareciera un altar, vi una placa del Premio Catatumbo de Oro de 1993 con el nombre del locutor Daniel Sarcos impreso en ella y a su lado una fotografía enmarcada, el retrato de un hombre de bigotes que pensé que era algún pariente de Alberto. “Es Brito —me aclaró—, un locutor de radio que tenía un programa de gaitas”. Al otro lado había otra placa, un Mara de Oro, cuyos textos no pude distinguir con claridad, aunque parecía también algún premio relacionado con el mundo gaitero.

—Yo no pinto sólo obras grandes. A mí me gusta mucho trabajar la miniatura, pero no tengo con qué hacerlas. Necesito un porta minas —la palabra tardó en aparecer en su mente. La buscó como grafito o carbón, hasta que llegó “porta minas”-. Con uno finito puedo trabajar las miniaturas. Aprovechar mientras la vista me aguante porque tengo como nubosidades. Es que yo fui soldador también…”

De su familia me contó que sus padres, “Lo más importante en la vida”, murieron los dos. Tiene varios hermanos. Algunos en Maracaibo y otros en otras ciudades. “Pero a mí no me gusta molestar. Yo no puedo ir a vivir con ellos”.

El seis de mayo, según me contó, cumple 64 años. Sus brazos muestran aún restos de lo que deben haber sido unos musculados bíceps. Su piel está curtida y le faltan varios dientes.  Su barba y cabello son más blancos que grises y el contacto de su mano al estrecharla para despedirme resulto áspera, pero firme. No fue fácil despegarme porque Alberto quería seguir contando.

No sé muy bien por qué, en algún momento Alberto sacó el tema de los carros. Tomó una vieja revista y me habló de un empresario indú que quería producir autos miniatura a precios económicos para la gente, pero que no pudo hacerlo porque los poderes económicos de la India no se lo permitieron. Se trata del empresario Ratan Tata, quien quería producir su creación: el vehículo “Nano” y soñaba con duplicar las hazañas de Henry Ford con el Modelo T o la historia del Volkswagen en Alemania, pero el socialismo indú le invadió los terrenos en los que construiría la fábrica.

Me ofreció la revista para que me la llevara y terminara de leer el artículo del empresario indú. Le dije que no se preocupara, que había hecho captura en una foto del la página para leerlo con calma. Me dio pena dejarlo sin la poca diversión con la que cuenta.

-Bueno, pero yo voy a hacer una obra pequeña, voy a pintar algo y se lo voy a dar y eso sí me lo va a tener que recibir. Me dijo con humildad.

Aplicando ciertas técnicas de cierre, logré decirle que debía irme. Le dí la mano y le prometí que si encontraba un sitio abierto donde comprar algo de comer, le llevaría algún bocado. También le prometí buscarle el porta minas que necesita para hacer sus miniaturas.

En Ritz 72, le compramos un cachito de jamón y un jugo de manzana. No conseguí allí el porta minas. Regresamos Cristian y yo para entregarle el bocadillo y al bajar el vidrio y notar que era yo, se acercó. Le entregué la merienda, con la promesa de volver. La recibió con tranquilidad y sin apresurarse a comerla. Quería seguir conversando. Pero ya se nos hacía tarde y teníamos cosas que hacer.

Dejamos a Alberto en su “hogar”, con sus gatos, sus libros religiosos, sus cuadernos, sus esculturas hechas con desperdicios y basura. Ese es su espacio. El vive dentro de su propia instalación de arte de reciclaje.

 

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