Un día normal en Venezuela

20 mayo, 2017 § 3 comentarios

​Si estoy vivo cuando todo esto pase –si tengo la suerte de que el régimen tenga la delicadeza de dejarme vivo–, creo que terminaré drogadicto perdido. Me tendré que enganchar a poppers, éxtasis, coca, o cualquier otra sustancia química que me dispare los niveles de adrenalina y ponga high y speed. De resto, la vida normal y cotidiana de un país normal con los problemas cotidianos de cualquier país normal, será una modorra, un aburrimiento, un achante. 

Cuando las compra-ventas de oro de los locales que han copado los locales del centro comercial comienzan a cerrar, a mí el pulso se me comienza a acelerar. Me inquieto. Camino a asomarme a la puerta a mirar la calle a ver si todo está tranquilo. Es como si tuviera agrieras en el culo, “un mayén”, diría mi madre. Quiero que Cristian se apure a terminar los perros, que los busquen y venirme a encerrar en la casa. 

Hoy, por fin, a eso de las cuatro de la tarde, Cristian terminó, vinieron a buscar a los perros y empezó nuestro agitado y apurado momento de mudanza, porque desde que nos quitaron el agua y nos hostigan los dueños del local, ir y venir al trabajo cada día es una mudanza: llena las pimpinas de agua, persigue y pelea a las perras para que se queden quietas y ponerles las correas, busca a la gata por todos los rincones a ver dónde se escondió para no ir a trabajar, varios viajes para bajar las pimpinas de agua la escalera del edificio hasta la calle con cuidado de no enredarte con las perras y ruedes los veinte peldaños, pon los candados de la puerta, saca la camioneta de la jaula, monta las pimpinas en la camioneta, sube a las perras a la camioneta, monta a la gata, cierra la reja, arranca a la tienda. 

Hay días en que se complica un poco más pues hay que ir a comprar algo, o pasar por la Intendencia, o llevar el mercado a casa de la madre de Cristian, o buscar algunos clientes. 

Luego: para la camioneta, baja la gata, baja las perras, baja las pimpinas de agua, baja los bolsos, baja la compra…

Y para salir: vacía las pimpinas de agua en el tanque, móntalas a la camioneta, cierra caja, apaga el aire, apaga luces, baja santamaría, pelea con las perras para ponerles la correa, alza a la gata, monta pimpinas, perras, bolsos, gata en la camioneta, baja santamaría pequeña, pon los seis candados, arranca. 

Listo el proceso, ya poniendo el último candado, escuché a un señor comentar:

–Vengo de la avenida Universidad. Los malandros tienen todo trancado y están asaltando a la gente. A un señor le cayeron cuatro y le robaron todo.

–Y eso a escasos metros de la Comandancia de policía–, comento.

–No, si fui al comando y les dije y me dijeron que no pueden hacer nada porque están acuartelados.

Claro, hay marcha y tienen que estar QAP para salir a “gasiferar” y perdigonear estudiantes, ciudadanos que protestan. No pueden salir a detener a los colectivos malandros. 

Apurado, me monté al carro y salimos. 

Paramos en Delicias Norte a ver si una amiga del supermercado ya estaba lista para darle la cola a su casa. Al llamarla, me dice: “Estamos encerrados. Tuvimos que bajar santamaría y quedarnos aquí porque venían a saquear el supermercado los malandros. Ni se te ocurra parar. A mi me vienen a buscar más tarde. El centro comercial está todo cerrado”.

Obedientes, seguimos camino. La avenida más o menos desolada. La gente a pie nerviosa. De pronto, una barricada, una humareda y restos de varios vidrios de parabrisas de vehículos en medio de la calle. Con el corazón acelerado, logramos salir de allí y en pocos minutos llegar a la casa: bajarme a abrir la jaula, pendiente de que no aparezca un motorizado por sorpresa, bajar las perras, alzar a la gata, bajar las pimpinas vacías para llenarlas para el lunes, bajar los bolsos, abrir la reja del edificio, hacer subir a las perras, subir a la gata y las pimpinas, quitar candados…

Por fin, en casa.  Pensar que aún no estamos en guerra. Escribir el desahogo.

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