Duelo de Albor Rodríguez

14 diciembre, 2015 § 4 comentarios

DueloCuando supe del libro «Duelo», de Albor Rodríguez, editado por Oscar Todtmann Editores, cuando supe de qué iba, de qué trataba, sentí temor de llegar a leerlo. Me dio miedo aproximarme a esa historia y que removiera recuerdos y sentimientos que prefiero dejar tranquilos, en ese rincón amoroso y doloroso a donde mandamos algunas memorias para poder continuar sonriendo por la vida. No me equivoqué. Mi temor se confirmó una vez que empecé a leer y no pude apartarme del libro.

Todo el día, sin apenas darme cuenta, iba reviviendo mis propios duelos, mis lutos, y cualquier gesto o evento en la calle o en las redes, me parecía que podía ser el inicio o una parte de un ritual de un futuro duelo. Como cuando en una juguetería una señora le decía a su niña de poco más de un año, con voz cantarina y divertida «Graaaaciaaaasssss», con esa amorosa manera que tienen las madres para enseñarles modales a sus hijos. Y pensé en Albor y en su libro porque ella cuenta que lo hizo con su niño cuando recogía hoja por hoja y se las daba a ella y ella de decía «Graaaaciaaaasssss», para que el niño aprendiera y, al final «Gracias» fue la única palabra que Juan Sebastián dijo claramente y con verdadero sentido.

O cuando aparté de sopetón el pensamiento negativo cuando mi sobrina Eliana puso una foto en el whatsapp, una selfie sosteniendo una pequeña flor blanca en la mano y la leyenda ponía «La primera flor que me regaló Ignacio». Al verla, cruzó por mi mente la terrible posibilidad de que esa imagen llegara a formar parte de un libro de duelo como aquel que hiciera Albor para sus familiares y el corazón dolió como  si fuera cierto.

Así me ha tenido el libro «Duelo» de Albor Rodríguez por varios días. Me removió recuerdos y temores. Mientras leía aparecía la imagen de papá con su cuasi sonrisa en el ataúd cuando yo, por accidente lo vi sin querer. Me había propuesto no mirarlo allí, pero a los siete años uno no tiene cuidado de algunas cosas y, jugando, en la azotea de la casa, me asomé por el hueco que hace de tragaluz y, abajo, en medio de ese espacio, estaba la urna rodeada de luces y flores y papá, en medio, con su diente asomado entre los labios como si sonriera tras la tapa de cristal. Al mes de eso, el velorio del abuelo Jesús María y a partir de allí todos los duelos que he tenido desfilaron entre las páginas de libro de Albor.

Apareció Freddy, el amigo de infancia que murió a los catorce al caer de una platabanda y la amiga Yajaira Matheus, muerta en aquella madrugada de aguinaldos, arrastrada por un carro a toda velocidad mientras los otros jóvenes patinaban y montaban carretas y ella sólo esperaba y miraba sentada en una piedra de las que trancaban el tráfico por la avenida. La vi, mientras leía, como la vi ese día pasar ante mí, en un pasillo de su casa tan angosto que no me permitió huir de la visión de ese cuerpo gelatinoso que transportaban en una camilla y me pasaba por el frente.

También recordé a María Guillermo en su urna gris y pobre, con más de cien años siendo velada en la casa de La Parroquia, en el mismo lugar donde había estado el cuerpo de papá y donde luego estuvo tía Noemí, a quien de tantos años en la silla de ruedas las piernas le quedaron dobladas y hubo que hacerle cortes para estirárselas y que pudiera cerrar la tapa. Al primo Jesús Alberto y aquella mañana en que yo bajaba con la toalla en la cintura en mitad de la escalera para irme a bañar y llegó la noticia del accidente y de su muerte. Me bañé y restregué como queriendo sacar el dolor y enjuagarlo para que se fuera por el caño.

Y mamá. El dolor de su partida. Los minutos antes de irse mientras yo la peinaba para mitigar un poco el calor que sentía. Y mi grado en el que pensé ese día y sentí una punzada en el pecho al pensar que ella no estaría ese día y que no podría llevarla a Europa algún día, con lo que a ella le gustaba viajar.

También Leíto, mi sobrino, desfiló entre las páginas de Duelo. Estuvo siempre presente mientras leía porque él murió ahogado también. Y en ese momento pensé que nunca más podría sentir un dolor tan grande por alguien. Sentí que ya no habría muerte que pudiera derrumbarme. La muerte de Leíto, pensé entonces, era como la «graduación» del dolor. Nunca más sentiría esa opresión en el pecho por la partida de alguien.

Un amigo le pregunta a Albor si ella no había aprendido a lidiar con la muerte. Cuando leí esa parte pensé «¿Realmente aprende uno a lidiar con la muerte?». Creo que no. Uno aprende a burlarla, a evadirla, a escabullirse. Uno aprende a enmascarar el dolor, pero realmente nunca aprende a lidiar con ella. La muerte nunca deja de doler. Uno aprende que con el tiempo ese dolor sigue pero sin la opresión en el pecho, sin la dificultad para respirar, sin impedirnos sonreír, pero sigue allí, doliendo de otra forma y sin irse por completo.

Creí, con la muerte de Leíto, que había aprendido a lidiar con la muerte, pero no es así. Eso no se termina de aprender. Cada muerte que llega es un nuevo dolor. Cada ser querido que se va es un duelo diferente, pero duelo. Como cuando en este último año murió Josué, y dolió. Murió El Gusano, Luis Brito, y el dolor otra vez alcanzó los niveles que pensé que nunca más volvería a alcanzar. Luego murió Haidelina y aún anestesiado por el dolor de la muerte de Luis, su partida fue otro golpe más. Y murió mi hermana Yajaira y murió Lolita Aniyar. Este año ha sido una cadeneta de duelo. Y leo el libro de Albor Rodríguez y es como si toda mi vida fuera parte de ese «Duelo» de ella.

En una parte del libro, Albor cuenta que le molestó cuando una mujer le dijo que «Salvando las distancias», entendía su dolor porque ella había perdido a su perro. ¡Comparó el dolor por la muerte de un hijo con el de la muerte de un perro! A Albor le molestó. Tal vez fue un desafortunado comentario pero, ¿Cómo explicar ante el inmenso dolor por la muerte de un hijo que para algunas personas la muerte de su mascota les genera un dolor similar? ¿Cómo decirle a alguien sumido en la depresión por perder a un hijo que algunos perros o gatos llegan a ocupar espacios en el corazón de las personas, llegan a generar afectos tan profundos como los de un hijo? Un perro puede llenar la vida de una persona de afecto. Le da incluso sentido a muchas vidas. ¿Cómo decirle a la madre que llora a su hijo que un joven de 23 años me dijo con miedo en los ojos que no sabía cómo haría cuando su perro de 16 años se muriera? ¿Cómo explicar que aún hoy yo siento que la cama se mueve y pienso que es Dara, mi collie barbudo que se subió a jugar conmigo? Esa perrita a quien sentí morir a golpe de tres de la mañana y que también dolió. ¿Cómo explicar el dolor que a veces siento cuando un olor me recuerda el olor de Schubert, mi golden retriever?

No. Nunca aprendemos a lidiar con la muerte. Quienes hemos pasado por muchos duelos lo sabemos. Por eso aún hoy recuerdo la mirada amorosa con que me miró Gretel, mi setter irlandés antes de morir. Una mirada de dolor y de amor. Una mirada de me voy y no te quiero dejar. Mi setter irlandés que desde que llegó con dos meses de nacida se echó a mis pies y me adoptó. ¿Cómo decirle a Albor sin ofenderla que pienso con temor el día que mi gata Charlie me deje? Es que nunca aprendemos a lidiar con la muerte de los seres a los que queremos.

Leía «Duelo» y pensaba en la amiga de lloró desconsolada la muerte de su pez, porque a veces una muerte llega en el momento en que hay tantas cosas acumuladas dentro de nosotros que se desatan los demonios y, ¡hasta la muerte de un pez! es un fin de mundo. Y durante mi lectura no podía dejar de pensar en Willimar que perdió a su niño a pocos días de cumplir un año y yo no sabía qué decir, sólo pude escribirle al whatsapp «Ay, Willimar. Me acabo de enterar. No podía creerlo. No sabes cuánto lo siento. Yo sé lo que es ese dolor. Cuando pasan esas cosas me quedo sin palabras, porque sé que no hay palabras que puedan mitigar semejante pena. Sólo tratar de sobrellevarlo, dejar que el tiempo se encargue de cerrar esa herida cuya cicatriz por siempre estará para recordarnos ese dolor inmenso. Lo único que puedo decirte es que te abrazo y que ojalá encuentres pronto la fuerza y la manera de sobrellevar la pena. Dios te bendiga y que ese bebé sea una luz que te ilumine y proteja a ti y a los tuyos. Lo siento tanto. Un abrazo».

No hay manera de que el dolor por la muerte de los seres queridos sea leve, sea manejado o manejable. Sólo queda dejar que fluya y que pase el tiempo. Sólo el tiempo le da al dolor la dimensión necesaria para que nos permita seguir adelante. Y después uno sueña y se despierta contento de haber soñado bonito. A veces sueño con mamá, con papá, con Leíto. Sueño con Dara y con Schubert. A veces antes de dormir pido soñar con alguno de ellos, como lo pidió Albor también.

Mientras leía «Duelo» quería que fuera un guión de Hollywood y que la narración tuviera un giro feliz. Pero no, el libro es un cuento real y al leerlo se me ocurrió que esa piscina límpida y azul en la que murió el niño se convirtió en un pozo oscuro y negro. Un pozo sereno en la superficie pero en el que subyacen fuertes corrientes por donde circulan el dolor, las interrogantes, las dudas y ese constante sentimiento de culpa que corre como un río subterráneo a lo largo del libro.

«Duelo» es un dolor sin estridencias. Es un ¡Ay! susurrado. No hay gritos. No hay golpes contra las paredes. Es un afán de Albor por darle un sentido racional a ese fuego doloroso que le quema en el vientre. Es un intento por intelectualizar una emoción que sólo somos capaces de sentir con las vísceras, porque en ese dolor de la muerte, como en el misterio del amor, no entra el raciocinio. Por eso Albor busca en películas, en libros, en narraciones y en poemas unas respuestas que en realidad no encontrará más que dentro de ella. Respuestas que sólo llegan con el tiempo, aunque no lleguen como respuestas. Un día uno se despierta y se da cuenta de que el dolor  sigue ahí. Que el dolor nunca se irá. Uno entiende que ha aprendido a vivir con el dolor. Que la opresión en el pecho pasa. Que la sensación de vivir en cámara lenta termina de pronto. Que se siente el dolor, pero ya no físicamente. Que uno puede sonreír y respirar con naturalidad. Que el dolor nunca se irá, pero tampoco nos impedirá seguir viviendo. Que ya no hay lágrimas húmedas aunque el llanto nunca cesa. También aprendemos a llorar de otras formas.

Aprendemos a convivir con el dolor. El duelo sigue, pero nos permitimos sentir alegrías, incluso nos permitimos ser felices, a pesar del duelo.

Duelo
Albor Rodríguez
Oscar Todtmann Editores, 2015

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