Desde allá, una historia que se hila a punta de tal vez

13 septiembre, 2016 § Deja un comentario

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Inquietante. Perturbadora. Con estas dos palabras entre pecho y espalda salí de la sala de cine. Tratando de procesar el torrente de sentimientos que me fue generando la película «Desde allá» (Venezuela, 2015) de Lorenzo Vigas.

Es una historia dura de dos personajes marcados por la ausencia del padre. Elder, el joven malandro no  deja margen de duda. Es un muchacho nacido y criado entre la violencia de la pobreza venezolana. Crecido en las violentas calles y barrios de Caracas. Ambicioso, ladrón. Líder de una banda de delincuentes. Capaz de matar a palos a otro. Homofóbico y violento, tan víctima de la violencia paterna como de la ausencia del padre. Un chamo que es capaz de irse a casa de un hombre maduro del que sospecha que es homosexual por el afán de ponerle mano al fajo de billetes que este le muestra. Nada extraño. «Zamuritos» así abundan en los bares gays del país.

Pero el personaje de Armando es enigmático, es un extraño hombre que ronda los cincuenta años, propietario de un laboratorio de prótesis dentales y que tiene una extraña parafilia: sólo satisface su sexualidad pagando a jóvenes para que se paren de espaldas a él, enseñando su espalda y sus nalgas, mientras él se masturba. Un poco de efebofilia o anisonogamia, más bien, algo  de astelnolagnia, pues aparte de muy jóvenes los muchachos son de extracción humilde y hay algo de placer al humillarlos, y un toque de crematistofilia son algunas de las características que se asoman en el perfil sexual de Armando, magistralmente interpretado por el chileno Alfredo Castro.

El personaje protagónico es un hombre de cuyo pasado tenemos pocos detalles. Fue abandonado por su padre. Ausencia que lo marcó, según se desprende por el desprecio que le tiene junto con la obsesión por seguirlo. Tiene una hermana. Vive solo en un apartamento en el que el tiempo parece haberse detenido en algún momento. Una casa llena de objetos, libros, discos, adornos de porcelana, viejos muebles. Fotografías. Muchas fotografías en porta retratos y marcos en los que se ven personajes que, uno llega a suponer, son la familia de Armando en algún tiempo, cuando vivían juntos y felices.

Uno puede llegar a suponer también que es una vivienda que, por algún motivo dejaron intacta, sin mover o cambiar ni un solo objeto a partir de cierto punto. ¿Cuando murió la madre? Tal vez, el extraño personaje decidió detener el tiempo cuando su madre falleció. O ¿Cuando su padre los abandonó? Tal vez su madre o él mismo decidieron que todo permanecería tal cual como estaba en el momento en que el padre abandonó el hogar.

Lo inmutable del ambiete se evidencia en que hay aún, sobre un viejo escritorio, un antiguo teléfono de disco. Un teléfono de pulsaciones con un mini disco de color fucsia en el centro con los números en blanco, de aquellos que por los años setenta ponía la Cantv al contratar el servicio.

Armando es un hombre inexpresivo. No manifiesta odio, rabia, miedo. No muestra ninguna emoción. Es un ser absolutamente contenido. Es una máscara neutra. Una de esas máscaras blancas que impiden detectar una emoción. Es un ser emocionalmente aséptico. A lo más que llega es a esbozar una pequeña sonrisa en la visita a la playa o la profunda molestia que le produce el contacto físico con los otros. Como deja claro cuando bailan en la fiesta o cuando Elder se le abalanza para besarlo. Una incapacidad al contacto de piel que se aprecia en la incomodidad manifiesta al cargar a su sobrino recientemente adoptado por su hermana y esposo.

Las emociones de Armando parecieran quedar por parte del espectador. Uno termina prestándole sus miserias al personaje para que cobre sentido y significado. De allí esa incomodidad, esa perturbación con la que uno abandona la sala. Armando es un hombre sin historia al que cada quien le pone los sentimientos de acuerdo a su propia experiencia vital, a su propia emotividad. Es la máscara neutra a la que cada uno le otorga significados y significantes.

Los encuadres y (des)enfoques en la fotografía contribuyen a acentuar el peso que la historia tiene en el personaje de Armando, en su interioridad, que viene a ser el peso en la interioridad del espectador. Esa cámara que persigue al protagonistas desde atrás, con sólo la cabeza y hombros del hombre en foco, mientras el entorno se des-contextualiza en una imagen borrosa y fuera de foco. El contexto de la imagen se pierde, se difumina, pierde importancia. Lo que importa es lo que está pasando con el personaje, lo que esta generando dentro del espectador.

La ausencia de música a lo largo de la película, acentúan esa importancia que tienen tanto el personaje de Armando como el espectador en la historia. La banda de audio consta solamente de sonidos ambiente y efectos de sonido que ayudan a darle realismo a las escenas. Únicamente tenemos música al momento de la fiesta de los 15 años. Eses es el único instante del film en el que Armando parece tener una relación “normal” con la realidad que lo circunda. El personaje sale del ensimismamiento para tener visos de humanidad.

Al final, uno siempre tendrá la duda de si el hombre fue dejando que las circunstancias lo llevaran a donde lo llevaron y si fue todo fríamente calculado para que la historia acabara como acaba.

Armando es un ser castrado emocionalmente, impedido para el contacto físico. Un hombre que, por momentos, parece estar buscando que le hagan daño. Que busca el daño físico.  ¿O acaso está probando hasta conseguir a quien realmente sea capaz de infligir tanto daño físico a otra persona que pueda llegar a cometer el crimen que él nunca ha sido capaz de cometer? ¿Encontró en Elder la persona capaz de segar la vida de ese padre que lo obsesiona y atormenta?

Elder parece por fin vencer esa barrera impuesta por Armando, lo acerca a su familia,  lo libera de su padre matándolo. Elder logra el contacto físico con Armando que éste ha despreciado varias veces. Hacen el amor y Armando se deja finalmente arrastrar por el deseo y la pasión y consuman el acto sexual. Elder pareciera “salvar” a Armando. Pero,  al final, Armando nos sorprende al entregar al amante a la policía.

Entonces, uno queda con la duda de si todo fue fríamente calculado por Armando para lograr que Elder asesinara al padre. ¿O tal vez Armando no quería ser “salvado”? Tal vez, el hombre no quería tener esa vida “normal” que se presume vendría a partir de lograr vencer las barreras físicas y entablar una relación de pareja.

Muchos tal vez. Muchas conjeturas que cada espectador tendrá que dilucidar. ¿Qué habría hecho yo si fuera Armando? La pelota siempre termina del lado del espectador.

Hace tiempo. Cuando aún no estaba editada la película, recuerdo haber visto un detrás de cámaras en el que Lorenzo Vigas sostenía que «Desde allá» es una historia de amor.

Realmente, no vi una historia de amor en la pantalla. Vi unos seres castrados y sórdidos que se relacionan entre sí. Personajes mutilados emocionalmente. Al llegar a casa busqué ese detrás de cámaras y, en efecto, el director sostiene que es una historia de amor. Pero también habla del largo proceso de edición que deberán encarar pues filmaron muchísimo material. Tanto material, que en ese detrás de cámaras se ve la filmación de una escena que no recuerdo haber visto en el filme.

Elder se encuentra con una chica que le entrega un espejo retrovisor de un carro y le da un beso. Obviamente un objeto robado, supongo que se trataba de un espejo para el carro que Elder está armando y que al final esa escena no la utilizaron. También en ese detrás de Camaras, el director de arte habla de espacios con pocos objetos. Un concepto un tanto minimalista de la dirección de arte según se desprende de lo que comenta, con espacios despejados y desprovistos de objetos, locaciones nada recargadas que no tienen nada que ver con ese apartamento recargado de Armando, ni con la casa de Elder o la sede del trabajo de Armando. Detalles de los que hablan los creadores y que me llevan a pensar que, para bien de la obra, la historia que vimos tal vez no tenga mucho que ver con la que se habían planteado originalmente. Alfredo Castro por su parte habla de un personaje lleno de matices que dista mucho de ese hombre contenido e inexpresivo que vemos en pantalla.

Posiblemente la historia de amor viró en la edición a este oscuro drama psicológico, inquietante, perturbador, de unos seres castrados emocionalmente que entabla esa tensa y dramática relación. Un hombre perturbado, arrastrado por las parafilias, como Armando y un joven malandro como Elder, carente de piedad, ambicioso, lleno de un odio y resentimiento que explotan en su dura mirada.

Sin duda, la obra presentada en pantalla, esta muy bien desarrollada. Logra sus objetivos de conmovernos, de remover nuestras propias miserias al reflejarlas en esos dos seres sin alma que tenemos en frente y a los que nos vemos obligados a prestarles nuestra vivencias para darles significado y sentido. Si la mitad de la historia original se fue al cesto de la basura en la edición y montaje, como intuyo a partir del tras de cámaras, carece de la más mínima importancia pues «Desde allá» es una obra redonda, que atrapa y perturba. Eso es lo que cuenta. Lo demás, son suposiciones mías que puesto a lucubrar, no tengo pruritos y soy capaz hasta de prestarle sin reparos mis fantasmas al personaje de Armando para encontrar sentido y propósito.

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El Malquerido, de Diego Risquez

25 diciembre, 2015 § 3 comentarios

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La vida de Felipe Pirela fue desgarradora como cualquiera de los boleros que el cantante hubiera interpretado. Bien se podría decir que vivió en un bolero como El malquerido, Sombras nada más, Entre tu amor y mi amor… cualquier bolero de esos que cantaba con lo que hay que tener para cantar boleros, un vida apasionante y un par de cojones, que es de donde parece salir esa voz con la que Felipe Pirela cantaba.
Una vez más, al salir de la sala de cine, luego de ver El malqueirdo, el film que sobre la vida de Pirela dirigió Diego Risquez, quedo convencido de que el cine venezolano necesita con urgencia buenos guionistas. Escritores que sepan contar una historia que vaya más allá de la unión de anécdotas. Me pasa también con algunas novelas que he leído. Hay una cierta narrativa venezolana tanto en literatura como en el cine que cuenta anécdotas y las une pero no llegan a hilvanar una historia que se sostenga con solidez. Que tenga sus momentos de clímax, sus subidones y bajadas y luego el desenlace.

En el caso de Felipe Pirela no habría sido muy difícil lograr una historia que enganchara porque su vida fue cinematográfica, su corta vida fue un bolero de dolor, amor, desamor y pasión.

El malquerido tiene una excelente fotografía, las locaciones son glamourosas y espectaculares, la cámara es óptima. Tiene varios pelones de edición, algunos brincos que no se pueden obviar y, sobre todo, adolece de trabajo actoral y de un buen desarrollo de los personajes.

Chino, muy bello en todo el film, se queda en eso, el muñequito que hace un plano bonito, el niño bello querido por la cámara, pero que no logra mostrar el infierno interior y esa pasión devoradora que debió ser la vida de Felipe Pirela, la vida de un hombre que vivió a una velocidad de vértigo, que subió como la espuma y bajó a los infiernos. Sin duda, es un personaje para un “Actor”, con mayúscula. Un intérprete que pueda manejar toda la gama de emociones por las que el cantante atravesó a lo largo de su vida y que plasmó en sus boleros. Cómo cantante, Chino es bueno, como baladista; pero, como bolerista le falta pasión y no llena los zapatos de Pirela al cantar.

La historia es plana y lineal, los diálogos poco creíbles. Históricamente tiene algunas imprecisiones. Hay en la vida de Pirela un trasfondo político al ser la madre de la niña con la que se casa vinculada a AD y a CAP que no creo que se deba obviar al momento de contar su historia. El habla maracucha en el film llega a molestar por falso. Los personajes de Carlos Cruz y de Mariaca Semprum rayan en lo caricaturesco y en malos de teleculebrón. La Lupe, ay, a la Yiyí no la vi. La dirección de arte también tiene sus pelones.

Pero todas esas fallas, para mi, obedecen a la falta de un buen guión, con personajes sólidos y bien construidos. Una lástima porque Felipe Pirela se merece un mejor film que lo muestre con toda su pasión, con esa vida que vivió desde las vísceras. Una película que nos muestre el auge y caída de ese bolerista del que cuenta el actor Daniel Lugo y que no se ve en la El malquerido:

“Yo iba los domingos a un hotel en el viejo San Juan a disfrutar de unos tragos en la piscina, y un día pregunté al barman por un hombre que había visto en los fines de semanas anteriores, siempre solo, expectante, bebiendo en silencio y que eventualmente me miraba. Ese hombre solitario era Felipe Pirela, siempre absorto en sus nostalgias, como esperando algo que nunca llegaba”.

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