Florence Foster Jenkins o la imposibilidad de la autocrítica

19 septiembre, 2016 § 2 comentarios

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Decir que Meryl Streep está insuperable en su papel de Florence Foster Jenkins sería una necedad o, cuando menos, una redundancia. Los matices que le da al personaje nos hacen reír, llorar, divertirnos y conmovernos. Pero Hugh Grant no se queda atrás en su interpretación de St. Clair Bayfield, el esposo de la fallida cantante lírica, como tampoco desmerece la actuación de Simon Helberg como el pianista Cosmé McMoon.

La película de Stephen Frears (2015) hay que verla sin esperar ver un documental o una bio pic sobra Florence Foster Jenkins, apenas recrea aspectos de la vida de la verdadera cantante cuyo oído fue arruinado por la sífilis que contrajo a los 18 años al casarse con su primer esposo y su frustrada carrera como pianista al sufrir un accidente o tal vez producto de la misma enfermedad venérea.

Pero dejando de lado los aspectos técnicos de la película que está impecable. Uno queda reflexionando acerca de lo que es el arte, la crítica, el público, la auto-crítica. El poder del dinero y las opiniones sesgadas de las amistades o de personas que se aprovechan del dinero y las debilidades de las personas.

Florence Foster Jenkins y St. Clair Bayfield componen una particular pareja de artistas poco dotados de talento, pero con el suficiente fondo económico como para comprar aplausos y opiniones favorables. Él, fue un actor sin talento al que ella le escondía las malas críticas. Luego él haría lo propio con ella. Están casados, pero no consuman el matrimonio debido a la sífilis de ella.

«La gente puede decir que no sé cantar, pero nadie podrá decir nunca que no canté», dice Florence y, en efecto, tanto llegó a cantar que se auto-financió la grabación de un disco y la presentación a casa llena en el Carnegie Hall. Ella pensaba que cantaba muy bien y la gente que la rodeaba por amor, por amistad o por interés la mantenía en su mentira.

Pero también el público llegó a aplaudirla con sinceridad, aunque no por los motivos que ella creía y quería. No la aplaudieron por buena cantante lírica sino por comediante, porque los hacía reír.

Nada fácil la auto-crítica. Pasa en cualquier rama de las artes. Uno puede pensar que canta bien, que escribe bien, que actúa bien, que pinta bien, que baila bien. Tal vez sea un auto-engaño. Estamos convencidos de que lo hacemos muy bien y a lo mejor hasta público y fans llegamos a tener. Falta ver qué es lo que uno ve de su propia creación o producción y qué es lo que el público realmente aplaude. No es fácil ser crítico de uno mismo y muchas veces quienes nos rodean no son precisamente una ayuda para discernir si uno lo hace bien, o mal.

Por eso esa escena final en la que Florence Foster Jenkins se ve a sí misma sobre el escenario nos da una pista. Ella se oye a sí misma como una buena intérprete del belle canto. Evidentemente, una cosa oye ella y una muy distinta quien la escucha.

La crítica y la auto-crítica son temas vastos que dan para horas y montones de cuartillas de disquisiciones. Son muchas las variables que pueden intervenir en un momento dando cuando se juzga una obra. El dinero, los contactos, las amistades, los afectos, la moda, los odios, los enemigos…

Al final tal vez lo importante, lo que queda de la película es que pueden decir que uno no debió haber hecho algo o no podía hacerlo, pero que nadie diga que uno no lo hizo. Tal vez, muchos años después, uno, como Florence, siga siendo recordado para bien o para mal. Y hasta una película con la gran Meryl Streep, le dediquen.

Desde allá, una historia que se hila a punta de tal vez

13 septiembre, 2016 § Deja un comentario

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Inquietante. Perturbadora. Con estas dos palabras entre pecho y espalda salí de la sala de cine. Tratando de procesar el torrente de sentimientos que me fue generando la película «Desde allá» (Venezuela, 2015) de Lorenzo Vigas.

Es una historia dura de dos personajes marcados por la ausencia del padre. Elder, el joven malandro no  deja margen de duda. Es un muchacho nacido y criado entre la violencia de la pobreza venezolana. Crecido en las violentas calles y barrios de Caracas. Ambicioso, ladrón. Líder de una banda de delincuentes. Capaz de matar a palos a otro. Homofóbico y violento, tan víctima de la violencia paterna como de la ausencia del padre. Un chamo que es capaz de irse a casa de un hombre maduro del que sospecha que es homosexual por el afán de ponerle mano al fajo de billetes que este le muestra. Nada extraño. «Zamuritos» así abundan en los bares gays del país.

Pero el personaje de Armando es enigmático, es un extraño hombre que ronda los cincuenta años, propietario de un laboratorio de prótesis dentales y que tiene una extraña parafilia: sólo satisface su sexualidad pagando a jóvenes para que se paren de espaldas a él, enseñando su espalda y sus nalgas, mientras él se masturba. Un poco de efebofilia o anisonogamia, más bien, algo  de astelnolagnia, pues aparte de muy jóvenes los muchachos son de extracción humilde y hay algo de placer al humillarlos, y un toque de crematistofilia son algunas de las características que se asoman en el perfil sexual de Armando, magistralmente interpretado por el chileno Alfredo Castro.

El personaje protagónico es un hombre de cuyo pasado tenemos pocos detalles. Fue abandonado por su padre. Ausencia que lo marcó, según se desprende por el desprecio que le tiene junto con la obsesión por seguirlo. Tiene una hermana. Vive solo en un apartamento en el que el tiempo parece haberse detenido en algún momento. Una casa llena de objetos, libros, discos, adornos de porcelana, viejos muebles. Fotografías. Muchas fotografías en porta retratos y marcos en los que se ven personajes que, uno llega a suponer, son la familia de Armando en algún tiempo, cuando vivían juntos y felices.

Uno puede llegar a suponer también que es una vivienda que, por algún motivo dejaron intacta, sin mover o cambiar ni un solo objeto a partir de cierto punto. ¿Cuando murió la madre? Tal vez, el extraño personaje decidió detener el tiempo cuando su madre falleció. O ¿Cuando su padre los abandonó? Tal vez su madre o él mismo decidieron que todo permanecería tal cual como estaba en el momento en que el padre abandonó el hogar.

Lo inmutable del ambiete se evidencia en que hay aún, sobre un viejo escritorio, un antiguo teléfono de disco. Un teléfono de pulsaciones con un mini disco de color fucsia en el centro con los números en blanco, de aquellos que por los años setenta ponía la Cantv al contratar el servicio.

Armando es un hombre inexpresivo. No manifiesta odio, rabia, miedo. No muestra ninguna emoción. Es un ser absolutamente contenido. Es una máscara neutra. Una de esas máscaras blancas que impiden detectar una emoción. Es un ser emocionalmente aséptico. A lo más que llega es a esbozar una pequeña sonrisa en la visita a la playa o la profunda molestia que le produce el contacto físico con los otros. Como deja claro cuando bailan en la fiesta o cuando Elder se le abalanza para besarlo. Una incapacidad al contacto de piel que se aprecia en la incomodidad manifiesta al cargar a su sobrino recientemente adoptado por su hermana y esposo.

Las emociones de Armando parecieran quedar por parte del espectador. Uno termina prestándole sus miserias al personaje para que cobre sentido y significado. De allí esa incomodidad, esa perturbación con la que uno abandona la sala. Armando es un hombre sin historia al que cada quien le pone los sentimientos de acuerdo a su propia experiencia vital, a su propia emotividad. Es la máscara neutra a la que cada uno le otorga significados y significantes.

Los encuadres y (des)enfoques en la fotografía contribuyen a acentuar el peso que la historia tiene en el personaje de Armando, en su interioridad, que viene a ser el peso en la interioridad del espectador. Esa cámara que persigue al protagonistas desde atrás, con sólo la cabeza y hombros del hombre en foco, mientras el entorno se des-contextualiza en una imagen borrosa y fuera de foco. El contexto de la imagen se pierde, se difumina, pierde importancia. Lo que importa es lo que está pasando con el personaje, lo que esta generando dentro del espectador.

La ausencia de música a lo largo de la película, acentúan esa importancia que tienen tanto el personaje de Armando como el espectador en la historia. La banda de audio consta solamente de sonidos ambiente y efectos de sonido que ayudan a darle realismo a las escenas. Únicamente tenemos música al momento de la fiesta de los 15 años. Eses es el único instante del film en el que Armando parece tener una relación “normal” con la realidad que lo circunda. El personaje sale del ensimismamiento para tener visos de humanidad.

Al final, uno siempre tendrá la duda de si el hombre fue dejando que las circunstancias lo llevaran a donde lo llevaron y si fue todo fríamente calculado para que la historia acabara como acaba.

Armando es un ser castrado emocionalmente, impedido para el contacto físico. Un hombre que, por momentos, parece estar buscando que le hagan daño. Que busca el daño físico.  ¿O acaso está probando hasta conseguir a quien realmente sea capaz de infligir tanto daño físico a otra persona que pueda llegar a cometer el crimen que él nunca ha sido capaz de cometer? ¿Encontró en Elder la persona capaz de segar la vida de ese padre que lo obsesiona y atormenta?

Elder parece por fin vencer esa barrera impuesta por Armando, lo acerca a su familia,  lo libera de su padre matándolo. Elder logra el contacto físico con Armando que éste ha despreciado varias veces. Hacen el amor y Armando se deja finalmente arrastrar por el deseo y la pasión y consuman el acto sexual. Elder pareciera “salvar” a Armando. Pero,  al final, Armando nos sorprende al entregar al amante a la policía.

Entonces, uno queda con la duda de si todo fue fríamente calculado por Armando para lograr que Elder asesinara al padre. ¿O tal vez Armando no quería ser “salvado”? Tal vez, el hombre no quería tener esa vida “normal” que se presume vendría a partir de lograr vencer las barreras físicas y entablar una relación de pareja.

Muchos tal vez. Muchas conjeturas que cada espectador tendrá que dilucidar. ¿Qué habría hecho yo si fuera Armando? La pelota siempre termina del lado del espectador.

Hace tiempo. Cuando aún no estaba editada la película, recuerdo haber visto un detrás de cámaras en el que Lorenzo Vigas sostenía que «Desde allá» es una historia de amor.

Realmente, no vi una historia de amor en la pantalla. Vi unos seres castrados y sórdidos que se relacionan entre sí. Personajes mutilados emocionalmente. Al llegar a casa busqué ese detrás de cámaras y, en efecto, el director sostiene que es una historia de amor. Pero también habla del largo proceso de edición que deberán encarar pues filmaron muchísimo material. Tanto material, que en ese detrás de cámaras se ve la filmación de una escena que no recuerdo haber visto en el filme.

Elder se encuentra con una chica que le entrega un espejo retrovisor de un carro y le da un beso. Obviamente un objeto robado, supongo que se trataba de un espejo para el carro que Elder está armando y que al final esa escena no la utilizaron. También en ese detrás de Camaras, el director de arte habla de espacios con pocos objetos. Un concepto un tanto minimalista de la dirección de arte según se desprende de lo que comenta, con espacios despejados y desprovistos de objetos, locaciones nada recargadas que no tienen nada que ver con ese apartamento recargado de Armando, ni con la casa de Elder o la sede del trabajo de Armando. Detalles de los que hablan los creadores y que me llevan a pensar que, para bien de la obra, la historia que vimos tal vez no tenga mucho que ver con la que se habían planteado originalmente. Alfredo Castro por su parte habla de un personaje lleno de matices que dista mucho de ese hombre contenido e inexpresivo que vemos en pantalla.

Posiblemente la historia de amor viró en la edición a este oscuro drama psicológico, inquietante, perturbador, de unos seres castrados emocionalmente que entabla esa tensa y dramática relación. Un hombre perturbado, arrastrado por las parafilias, como Armando y un joven malandro como Elder, carente de piedad, ambicioso, lleno de un odio y resentimiento que explotan en su dura mirada.

Sin duda, la obra presentada en pantalla, esta muy bien desarrollada. Logra sus objetivos de conmovernos, de remover nuestras propias miserias al reflejarlas en esos dos seres sin alma que tenemos en frente y a los que nos vemos obligados a prestarles nuestra vivencias para darles significado y sentido. Si la mitad de la historia original se fue al cesto de la basura en la edición y montaje, como intuyo a partir del tras de cámaras, carece de la más mínima importancia pues «Desde allá» es una obra redonda, que atrapa y perturba. Eso es lo que cuenta. Lo demás, son suposiciones mías que puesto a lucubrar, no tengo pruritos y soy capaz hasta de prestarle sin reparos mis fantasmas al personaje de Armando para encontrar sentido y propósito.

Carol

13 febrero, 2016 § 1 comentario

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Todd Haynes tiene una forma particular de mostrarnos la historia de Carol (2015). Lo hace a partir de las miradas, de los tonos, de los silencios. Refuerza su discurso con una fotografía poco común, poco convencional. Cada imagen, cada escena tiene una intención, llevan una carga discursiva importante.

Son muchas las películas que han tratado el tema del lesbianismo. Un tema un poco contradictoria pues está al mismo tiempo colmado de prejuicios pero con una intensa carga de fetichismo también. En algunos films el amor lésbico es el tema central, en otros es sólo una subtrama. Algunos directores lo enfocan de manera descarnada, otros lo arropan de misterio. Algunos filmes que recuerdo son Los chicos no lloran [Boys Don’t Cry con Hilary Swank y Chloë Sevigny. Monsters con Charlize Theron y Christina Ricci. Las horas con Julianne Moore y Toni Collette. Aquella onírica escena de El cisne negro con Natalie Portman y Mila Kunis. Las descarnadas escenas entre  Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux en la excelente producción La Vie d’Adèle. Las atrevidas escenas de Elba Escobar e Irene Arcila en la venezolana Macho y hembra. Las frías caricias entre Patricia Velásquez y Eloísa Marturén en Liz en septiembre. La crudeza de series como The L World. 

En mi época de estudiante universitario, un cortometraje de Sara Roby llamado Tres mujeres arrasaba con los premios del Festival de Corometrajes. Y, por supuesto, no hay película porno heterosexual que se respete que no tenga, por lo menos, un encuentro lésbico cargado de fetichismo y morbo.

Ahora tenemos Carol, de Todd Haynes con una elegante y enigmática Cate Blanchett y una inocente e intensa Rooney Mara en los papeles de Carol, una mujer madura con un matrimonio roto y una hija y Therese Belivet, una veinteañera trabajadora de una tienda por departamentos donde se conocen. La historia está basada en una novela  Patricia Highsmith y ambientada en los años 50, lo que le da un toque de glamour particular.

El ritmo de la película es muy próximo al de una película de suspenso. Las actuaciones son sobrias, sin estridencias, permitiendo que el espectador hile un discurso más allá de las palabras que dicen los personajes, a partir de los gestos, miradas, pausas y silencios, teniendo una gran importancia la música y, especialmente la cámara que por momentos parece mostrar una imagen “sucia”, llenando de significados la pantalla. Es como si con la imagen desenfocada y con los colores borroneados, nos dijeran de los temores de Carol ante sus pasiones sexuales y las consecuencias que éstas podrían traer a la custodia de su hija. En otras ocasiones es como si la imagen se nublara por los prejuicios de la gente ante una relación lésbica, o podría ser para representar el mundo desconocido al que se enfrenta Therese ansiosa y decidida a encarar de una vez por todas su orientación sexual. Es un poco todo eso y la angustia ante la incertidumbre de no saber qué consecuencias tendrá en sus vidas esa nueva y apasionada relación.

Sin discursos panfletarios, Carol muestra la terrible lucha que han tenido que enfrentar las mujeres lesbianas para poder vivir con libertad y sin represalias su sexualidad.

Cate Blanchett y Rooney Mara están magistrales en sus interpretaciones de unas mujeres que buscan un lugar en el mundo, un espacio y respeto para su amor. En cada encuentro de las mujeres, en cada mirada que se dirigen hay una impresionante carga de sensualidad, atracción, misterio y tensión que desbordan la pantalla. Son actuaciones contenidas, de un profundo trabajo interior que se manifiesta en pequeños gestos y tonos de voz, en miradas y sonrisas. Y todo ese trabajo interior de los personajes resalta por el excelente vestuario, las locaciones, los objetos y autos de época. Todo cuidado al mínimo detalle en cada escena.

Ah, y antes de cerrar, no puedo dejar de acotar que es imposible dejar de percibir en la película referencias a las bellas Audry Herpburn y Marlene Dietrich. Por momentos, luce Carol como un homenaje. Es como estar disfrutando una vez más de las bellas y carismáticas divas de hollywood.

La chica danesa o llegar a ser como Dios te hizo

6 febrero, 2016 § 1 comentario

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Desgarradora. Imposible ver «La chica danesa» de Tom Hooper (2015) sin que se nublen los ojos y se sienta el desgarramiento de esos seres cuyo sufrimiento traspasa la pantalla.

No es una película biográfica en sentido estricto. En realidad es una película romántica, la historia de un amor poco convencional para estos días y absolutamente extraño y nada comprendido en los años 20.

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Lili Elbe, la verdadera chica danesa

«La chica danesa» cuenta la historia de la relación amorosa de Einar Wegener y su esposa Gerda. El film arranca con escenas cotidianas de un matrimonio de pintores que disfrutan del amor, del sexo y del éxito para ir pasando progresivamente y con un ritmo in crescendo al verdadero drama de la pareja cuando Einar, a partir de algunos hechos, comienza a ver resurgir en su interior a la mujer que sepultó bajo la montaña de prejuicios y convenciones sociales.

Poco a poco, lo que en un inicio fue un favor que Einar le hiciera a su esposa al vestirse con unas medias de seda de bailarina para posar para una pintura, pasa a ser un juego erótico entre la pareja, un divertimento que hace que la dormida Lili Elbe comience a salir del interior de Einar, donde estaba encerrada desde que en su infancia su padre lo encontrara besando a su mejor amigo.

Lo mejor de la película son las interpretaciones de Eddie Redmayne, Alicia Vikander. La sutileza de sus actuaciones y el respeto por los personajes. El peso de la historia reposa en ambos personajes a partes iguales y van mostrando toda una serie de registros de emociones que los hacen dignos candidatos a los Oscars. La transformación de Einer

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Gerda Weneger

en Lili se va dando de forma paulatina, a partir de pequeños detalles que hacen que el verdadero yo de esa mujer nacida en cuerpo de hombre salga a la superficie y haciendo imposible el regreso al baúl del inconsciente donde la habían confinado.

Einer posa vestido de mujer para su esposa y al verse en la pintura se ve como realmente siempre se ha sentido. Sus ojos brillan al observarse mujer y es cuando empieza a dejar que Lili cobre vida en su cuerpo. Así uno va intuyendo, adivinando, en medio de hermosos escenarios, elegantes eventos y una época llena de glamour y buen gusto, el terrible drama que debió haber sido la vida de Einer—Lili en esos años de principios de siglo, cuando no se hablaba de disforia de género, de transexualidad ni de personas transgénero. Esos casos eran aberraciones, locuras, insanías, esquizofrenias y en el mejor de los casos enfermedades que debían ser tratadas para erradicarlas. Einer, una vez al mes sufre hemorragias nasales, y hay quienes aseguran que tenía incipientes ovarios en su vientre. Gerda llega a afirmar ante el médico que ella también cree que Einer es una mujer.

Einer, en su lucha por ser lo que siente que es llega a decir que quisiera matar a Einer pero no lo hace porque eso implicaría matar a Lili también. Así, Hooper nos presenta ese episodio de la vida de este personaje de la vida real que es un estandarte en la actualidad para la comunidad de Lesbianas, Gays, Transgéneros, Bisexuales e Intersexuales —LGTBI— del mundo. Un ser humano que aunque no persiguió ser un símbolo de la diversidad, se convirtió en ello porque llegó literalmente a perder la vida en su afán por llegar a ser por fuera lo que siempre fue por dentro al someterse a una rudimentaria operación que la llevó a ser una de las primeras personas en el mundo en someterse a una cirugía de reasignación de sexo.

El amor y el apoyo de su esposa, la pintora Gerda Wegener, son los pilares fundamentales de la relación y de la transformación de Einer en Lili. Un amor envuelto en el sufrimiento de ver que el objeto de su amor sexual se va perdiendo entre pelucas, vestidos y medias de seda para convertirse en un amor de solidaridad y compañerismo. Al final, Gerda acompaña a Lili en su reasignación de género en un muestra de entrega sublime.

Si hoy día es difícil la vida para las personas transgénero e intersexuales, a pesar de lo mucho que ha evolucionado la comprensión de esos casos, del apoyo que se ha dado desde la investigación científica para que las personas con disforia de género sean consideradas seres humanos normales y no fenómenos ni aberrados o enfermos, y a pesar de la visibilidad que tienen estos casos tanto en el cine como en la literatura y la televisión, no es difícil adivinar el sufrimiento por el que a principios de siglo pasado debieron pasar personas como Lili Elbe, nacida  en el cuerpo de Einer Wegener.

Cuando un amigo de Lili le dice que el médico que la opera la está haciendo mujer, ella le responde «Dios me hizo mujer, el doctor sólo me está quitando el disfraz». Cuán importante debía ser para una persona intentar hacer que su apariencia física concordara con lo que psíquicamente es, que a pesar de los riesgos advertidos y de saber las altas probabilidades de que la operación fracasara o que la consecuencias de la misma le podrían costar la vida, de todas maneras decide someterse a la cirugía. Al final, tiene la satisfacción de haber muerto como Lili Elbe y no como Einer Wegener. Un consuelo que muy pocos podrán asimilar pero que da una pista de lo importante que es para las personas con disforia de género el hacer que su apariencia se corresponda con lo que son. Lo importante que es para Lili el haber soñado que la llamaban Lili y no Einer.

Mucho se ha tratado el tema de la homosexualidad y la transexualidad en el cine. Películas serías, películas menos serías, comedias, dramas, musicales. Mucho cine se ha hecho al respecto, un tema tratado a veces con burla o caricaturescamente pero también con profundidad y respeto. A vuelo de pájaro recuerdo la caricaturesca «Glen or Glenda» de Edwar Wood (1953), una de las primeras. «Cambio de Sexo», de Vicente Aranda en 1977, «Un año con trece lunas» (Fassbinder, 1978). «Tootsie» de Sydney Pollack (1982), «El juego de las lágrimas» de Neil Jordan en 1992, «Todo sobre mi madre» (1999) y «La piel que habito» (2011) de Pedro Almodóvar, «Víctor Victoria» de Blake Edwards (1982), Billy Elliot de Stephen Daldry  (2000), «Hedwig and the Angry inch»  de John Cameron Mitchell (2001), «Las aventuras de Priscilla, reina del desierto» de  Stephan Elliott, « Mrs. Doubtfire» (1993) Chris Columbus «Reinas o reyes» Beeban Kidron (1995), la irlandesa «La increíble historia de Albert Nobbs» de Rodrigo García (2011)… Por Venezuela podemos hablar de « La máxima felicidad» (1982) y «Macho y hembra» (1984) de Mauricio Walerstein, “Cheila, una casa pa’ maíta» de Eduardo Barberena (2010), «Azul y no tan rosa» de Miguel Ferrari (2012).

La lista es larga. Todos los géneros cinematográficos han tocado el tema. En algunas películas son personajes protagónicos, en otros secundarios. Algunos directores tratan el tema con respeto, otros lo ridiculizan o caricaturizan. Actualmente se agregan series de televisión como «Orange is the new black», «Transparent», el muy mediático caso de Caitlyn Jenner. «La chica danesa» es un paso más en la lucha por la igualdad y el respeto.
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«La chica danesa» me recordó la producción de 2002 de HBO films, «Normal» dirigida por Jane Anderson y basada en su obra. Un film en el que Tom Wilkinson y Jessica Lange encarnan a un matrimonio de 25 años con dos hijos que se enfrentan a la transición de género de Ruth Applewood, La reacción inicial de la esposa del trabajador de una fábrica es la de separarse pero poco a poco entiende a Ruth y termina por enseñarla a vestirse y maquillarse y apoyarla en su proceso.

Existe una inacabable lista de historias que han ayudado a dar visibilidad a los casos de disforia de género, a «normalizar» a las personas transexuales, o transgénero, a los intersexuales y bisexuales, a los gays y a las lesbianas, pero que, no obstante, no parecen llegar a ser suficientes como para que mucha gente supere sus miedos y prejuicios y aprendan a aceptar y respetar la diversidad más allá de lo que por ser políticamente correctos lo asumen. Algunos siguen viendo a la gente diferente como fenómenos de circo o como aberraciones antinatura, muchos siguen maltratando, discriminando y vejando al diferente.

Aunque es mucho lo que se ha avanzado desde aquellos lejanos años 20 del siglo pasado, cuando moría Lili Elbe tras recibir su reasignación de género,  es mucho aún el camino que hay por recorrer en el reconocimiento de todos los derechos para todas las personas. Por eso, termino estas líneas con la buena noticia que llega desde la ONU con le emisión de sellos postales para promover los derechos de la comunidad LGTBI, una serie de dibujos diseñados por Sergio Baradat en una iniciativa que «forma parte de la campaña Libres e Iguales de la Oficina de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, la cual busca crear más conciencia acerca de la violencia y discriminación homofóbica y transfóbica».

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El Malquerido, de Diego Risquez

25 diciembre, 2015 § 3 comentarios

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La vida de Felipe Pirela fue desgarradora como cualquiera de los boleros que el cantante hubiera interpretado. Bien se podría decir que vivió en un bolero como El malquerido, Sombras nada más, Entre tu amor y mi amor… cualquier bolero de esos que cantaba con lo que hay que tener para cantar boleros, un vida apasionante y un par de cojones, que es de donde parece salir esa voz con la que Felipe Pirela cantaba.
Una vez más, al salir de la sala de cine, luego de ver El malqueirdo, el film que sobre la vida de Pirela dirigió Diego Risquez, quedo convencido de que el cine venezolano necesita con urgencia buenos guionistas. Escritores que sepan contar una historia que vaya más allá de la unión de anécdotas. Me pasa también con algunas novelas que he leído. Hay una cierta narrativa venezolana tanto en literatura como en el cine que cuenta anécdotas y las une pero no llegan a hilvanar una historia que se sostenga con solidez. Que tenga sus momentos de clímax, sus subidones y bajadas y luego el desenlace.

En el caso de Felipe Pirela no habría sido muy difícil lograr una historia que enganchara porque su vida fue cinematográfica, su corta vida fue un bolero de dolor, amor, desamor y pasión.

El malquerido tiene una excelente fotografía, las locaciones son glamourosas y espectaculares, la cámara es óptima. Tiene varios pelones de edición, algunos brincos que no se pueden obviar y, sobre todo, adolece de trabajo actoral y de un buen desarrollo de los personajes.

Chino, muy bello en todo el film, se queda en eso, el muñequito que hace un plano bonito, el niño bello querido por la cámara, pero que no logra mostrar el infierno interior y esa pasión devoradora que debió ser la vida de Felipe Pirela, la vida de un hombre que vivió a una velocidad de vértigo, que subió como la espuma y bajó a los infiernos. Sin duda, es un personaje para un “Actor”, con mayúscula. Un intérprete que pueda manejar toda la gama de emociones por las que el cantante atravesó a lo largo de su vida y que plasmó en sus boleros. Cómo cantante, Chino es bueno, como baladista; pero, como bolerista le falta pasión y no llena los zapatos de Pirela al cantar.

La historia es plana y lineal, los diálogos poco creíbles. Históricamente tiene algunas imprecisiones. Hay en la vida de Pirela un trasfondo político al ser la madre de la niña con la que se casa vinculada a AD y a CAP que no creo que se deba obviar al momento de contar su historia. El habla maracucha en el film llega a molestar por falso. Los personajes de Carlos Cruz y de Mariaca Semprum rayan en lo caricaturesco y en malos de teleculebrón. La Lupe, ay, a la Yiyí no la vi. La dirección de arte también tiene sus pelones.

Pero todas esas fallas, para mi, obedecen a la falta de un buen guión, con personajes sólidos y bien construidos. Una lástima porque Felipe Pirela se merece un mejor film que lo muestre con toda su pasión, con esa vida que vivió desde las vísceras. Una película que nos muestre el auge y caída de ese bolerista del que cuenta el actor Daniel Lugo y que no se ve en la El malquerido:

“Yo iba los domingos a un hotel en el viejo San Juan a disfrutar de unos tragos en la piscina, y un día pregunté al barman por un hombre que había visto en los fines de semanas anteriores, siempre solo, expectante, bebiendo en silencio y que eventualmente me miraba. Ese hombre solitario era Felipe Pirela, siempre absorto en sus nostalgias, como esperando algo que nunca llegaba”.

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