Jumanji en el no-país

9 enero, 2018 § 2 comentarios

La carretera estaba inusualmente tranquila. Largos trechos de la vía se encontraban desolados. Muy poco tráfico se observaba y en las estaciones de servicio no se veían muchos carros en cola, excepto en una. Otras cinco o seis estaban cerradas.

Todo lucía extraño. No es habitual que en época de regreso de vacaciones de navidad la carretera tenga tan poco tráfico. Tampoco es usual que en las alcabalas que normalmente están plagadas de aves de rapiña buscando víctimas, los Guardias Nacionales y los Policías Nacionales no pararan a nadie ni mostraran sus ansias de matraquear. Ni siquiera volteaban a mirar los vehículos que pasaban.

Cristian y yo íbamos contentos. En el pueblo de El Anís encontramos la macilla que estábamos buscando desde hacía días y nos rebajaron 500 mil bolívares. Mientras Cristian hacía la fila de apenas ocho carros para surtir gasolina, yo fui con mi lista de la fantasía a una farmacia. De los ocho medicamentos que siempre pescamos, sólo tenían el Clopidrogel a 46 mil bolívares la caja de 14 pastillas y no a un millón cien como la había encontrado dos días antes. Además, tuve la suerte de que la chica me vendió 4 cajas y no las dos que normalmente venden.

El viaje de regreso a Maracaibo pintaba bien. Tranquilo. Estábamos contentos porque a pesar de las paradas, el tiempo nos estaba rindiendo porque había escasa circulación de vehículos. Especialmente, pocos camiones. Íbamos cantando a grito destemplado las canciones de Cristina Aguilera, Amanda Miguel, Sade, Franco de Vita, Vanessa Martín, Rosana, India Martínez, Sin Banderas, Chambao…

A las dos de la tarde decidimos comernos las arepas que llevábamos de avío, con la limonada fría que teníamos en el termo. El camino era plácido. El sol brillaba tras nubes que mitigaban el calor. El paisaje era verde en todas sus tonalidades y bajo las sombras de frondosos árboles, el ganado descansaba, acompañado de garzas blancas.


¡¿Qué es eso, Dios mío?! Musita Cristian y al levantar la mirada, veo un gentío que corria por la carretera. Hacían gestos y avanzaban. Eran como 30 o 40, la mayoría de no más de 20 años, pero yo veía millones.

De pronto, empezaron a aparecer motorizados por todas partes. Unos iban delante de nuestro carro y otros avanzaban desde atrás. Eran como cien motos con dos o tres personas por moto. Pero yo veía cientos de motorizados que se mezclaban con la gente que corría en mitad de la carretera. Tomé mi teléfono y con el latido del corazón en la yugular y en la sien, temeroso de que la turba notara que los grababa, le di al botón de play.

Las motos se reproducían por segundos. Avanzaban haciendo gestos, llamando a los que venían detrás en motos y a pie.

En un punto de la carretera, vimos camiones parados en la orilla. Las motos y la gente a pie los rodeaban. Miraban dentro. Unos iban vacíos. Otros llevaban plátanos y no era eso lo que buscaban. Algunos camioneros optaron por viajar con sus cavas abiertas para que la poblada viera que no llevaban nada.

La turba siguió avanzando. La gente de Arapuey estaba toda en la puerta de sus casas y a orillas de la vía. Unos parecían observar con asombro. Otros parecían esperar una señal, un signo para unirse a losla saqueadores. Yo seguía grabando. El miedo nos erizaba la piel. Nos sentíamos rodeados.

La turba pasó y paramos en el pueblo para preguntarle a unos señores que contemplaban todo sentados en un borde alto de la acera.

«Pa’llá está trancao. No hay paso. Desde anoche está trancao porque están saqueando camiones. Si quieren sigan. Pero eso está feo».

Habíamos pasado Arapuey y estábamos en Bella Vista. En el peaje, consultamos a la chica si había paso.

«Más adelante está trancado. Aquí estamos. Golpe y cuido. Con miedo pero no podemos hacer nada … Sí, aquí hay como cuatro policías, pero ¿Qué van a poder hacer? … Sí, tlenen armas, pero ¿Qué van a poder hacer con ese gentío? ¡Nada!»

Dejamos a la chica del peaje con su miedo y avanzamos nosotros con el nuestro. Ya cerca de la alcabala de Arapuey, se veían aparcados los camiones a ambas orillas del camino. Eran como 50 o 60 camiones pero a mí me parecían miles. En la alcabala, a lo lejos, se veía movimiento y aglomeración de gente. Preguntamos a un señor que venía en vía contraria y nos contó: «Después de la alcabala hay más trancas y más agresivas. Tiran piedras y atacan los vehiculos. Por eso yo me devolví». Una enfermera que pasaba a pie, con cara tensa y temblor en la voz nos dijo «Allá —señalando la alcabala— están disparando al aire».

Decidimos estacionar el carro en un espacio que había entre dos camiones y bajarnos a consultar con los camioneros a ver qué nos recomendaban hacer.

Un camionero nos contó que él estaba allí parado desde las seis de la mañana. Otros habían pasado la noche allí parados, esperando que los saqueadores se retiraran. «A mí hace unos días me reventaron todos los vidrios de este camión. En efecto, los cristales se.veían nuevos. Llegó un compañero de este y nos convidó de la mandarina que comía. «A lo mejor nos toca pasar la noche aquí», dijo el primero. «¡No diga eso! Seamos optimistas. Lo que pasa es que hay hambre. El pueblo no tiene comida». Yo tercié «Pero a los camiones de verduras como que los dejan pasar». Dijo el segundo: «Es que buscan los camiones de pollo, carne, arroz, pasta…». Y el primero comentó «Pero si pagan vacuna, pasan. 100 mil si van vacíos y 150 mil si llevan carga. Pero yo no voy a pagar ese realero».

En un punto de la conversación, dije «Esos son los empoderados de Chávez. Tanto se empoderaron que ahora son los dueños del país, pero así, a lo arrecho». Ripostó el segundo con su simpático acento guaro «Ay, no, muchacho, ahora sí me amargó usted el día —Es chavista, pensé—. ¿Cómo me va a nombrar a esa pava ahorita. No, no. Ya me empavó la tarde». Cuando les preguntamos a los nuevos panas si había una vía alterna, el guaro nos dijo «Sí, pero esa vía es muy peligrosa. No la recomiendo».

Al rato, decidimos que lo mejor era desandar el camino. No valía la pena buscar hospedaje para continuar el camino al día siguiente porque nadie aseguraba que la turba que estaba allí desde el día anterior, no permanecería en el mismo lugar al otro día. Optamos por dar vuelta en U y regresar a Mérida. Una señora que venía nos dijo que parecía que en ese momento estaban trancando también la vía por donde debíamos regresar. Un señor de una camioneta, que venía de la zona, nos dijo que ciertamente estaban trancando, pero que a carros pequeños dejaban pasar.

«¿Qué hacemos?» «Vamos a darle a ver».

A los pocos minutos, a lo lejos, al contraluz del atardecer, se veía una sombra negra que cubría la carretera de un extremo a otro. Era como una barricada. Disminuimos la velocidad más de lo disminuida que ya venía, bajamos el vidrio e interrogamos con la mirada a dos tipos y una chica que estaban junto a su moto. «Sigan, sigan —dijo uno de ellos haciendo el gesto de que avanzáramos con la mano—, a ustedes los dejan pasar, tranquilos. Y no le den plata a nadie porque no estamos cobrando». Pocos metros mas adelante, otra pareja parada junto a su moto, nos hizo el mismo gesto de avanzar. Ya se distinguía que la barricada era de motos y gente. La poblada trancaba por completo la vía.

Poco a poco, temerosos, con la arepa que nos comimos hecha un nudo en la boca del estómago, avanzamos. Cristian murmuraba como rezando y yo pensaba en que no habría problemas porque nosotros estamos bendecidos y ese no era el día. Lentamente atravesamos la turba. Una vez superada, seguían viniendo motos de todas partes.

«Me siento como en Jumanji 2» dijo Cristian. «Más o menos es así, dije, sólo que nosotros no tenemos fortalezas especiales ni debilidades». «Ni tenemos tres vidas», sentenció Cristian.

Pasado el susto, volvimos a la música. Juan Gabriel, Pablo Alborán, Farinelli, Julieta Venegas… a todo gañote. Cayó un corto chubasco y la tarde se volvió oro. Las largas colas para la gasolina volvieron a aparecer a la vera de a carretera. También las colas de gente esperando el gas parados con sus bombonas vacías en la orilla de la vía.

En el camino yo pensaba en lo difícil que sería controlar esto. ¿Cómo puede hacer el régimen para recoger la violencia sembrada en tantos años? ¿Lanzar al ejército? Eso significaría una matazón indiscriminada de gente. Gente, por cierto, que en su mayoría son la base electoral con que cuentan para perpetuarse en el poder y a los cuales armaron con armas de fuego. Por eso el régimen los deja hacer. No interviene. No trata de reprimirlos, como si lo hizo con los estudiantes y jovenes de las protestas de 2017, en las que masacraron a tantos venezolanos.
Despues de unas ocho horas de haber salido de Merida en un viaje con destino a Maracaibo, el no-país nos llevó al punto de partida. Hoy dormimos de nuevo en Mérida. Mañana lo intentaremos por la vía del páramo.

Anuncios

Alberto Alvarado, el artista que vive en su propia instalación de arte en la calle.

2 mayo, 2017 § 2 comentarios

FB_IMG_1493690993454

Tres pequeños cachorros de gatos son su compañía. Pasa el día entre revistas viejas, pequeños libros de la colección Magnificat y de evangelios anuales que cuelga de una cuerda junto a su ropa y sábanas. Al pasar frente a la acera donde ha construido su espacio vital, uno  puede pensar a simple vista que se trata de un “loco” indigente, un acumulador, algún perturbado víctima del síndrome de Diógenes. Pero al detallar el ambiente, uno nota que todo tiene una disposición pensada, un display medido en el que cada objeto tiene el puesto que el hombre considera apropiado. Él vive dentro de su propia instalación artística hecha con objetos recogidos de la basura.

En varias oportunidades, uno lo ha podido ver apostado junto al muro del psiquiátrico, en la avenida 3F, cerca del antiguo cine Uairén. De repente, un día al pasar, ya no está. Desaparecen el hombre, sus obras y su instalación, que en algunas oportunidades ha sido hecha a partir de piedras y plantas. Más tarde me enteraría de que alguna gente se queja, lo denuncia y vienen las autoridades a desalojarlo y destruir su “casa”. Pero él vuelve con renovadas fuerzas y monta de nuevo su chiringuito en el que un techo hecho de lona lo medio protege de la lluvia y el sol.

En estos días, pasábamos por el lugar Cristian y yo y paramos para hacerle fotos al hombre sentado en su vieja y destruida poltrona de mimbre.  “Ya vengo —le dije a Cristian—,voy a hablar con él”.

Con cierto temor y sigilo, me acerqué. El sitio huele a mierda. Obviamente, el hombre no dispone de sala sanitaria donde hacer sus necesidades. Estaba leyendo un trabajo empastado en una carpeta de polietileno transparente, con el logotipo de la Universidad Rafael Belloso Chacín, URBE, en la portada. Supuse que se trataba de algún trabajo o tesis que se debió conseguir en algún contenedor de basura.

Sin perturbarse, levantó la mirada y me vio. No había rastro de locura en sus ojos, ni de temor ni de agresividad. “¿Usted dibuja esas cosas?”, le pregunté señalando las figuras en el muro: Un ángel hecho con trazos simples, junto a un Cristo dibujado con líneas como de arabescos. Una virgen, un muchacho con sombrero, bastón y corbata y una figura joven vestida como con túnicas de varias capas.

—Las hago con carbón —respondió evadiendo un poco mi mirada—, es que no tengo pinturas para trabajar.

A partir de allí, me contó parte de su historia.

Se llama Alberto Alvarado. Nació en Bobures y estudió arte en Barquisimeto. Le gusta el arte religioso, “Me gusta pintar cosas del catolicismo”. Hizo el servicio militar en la Marina Mercante en Barcelona: “Estuve 30 meses en la marina porque era año electoral y en vez de salir a los 24 meses, me dieron la baja a los 30 meses”.

En la escuela de arte estudió historia del arte, por eso habla de Miguel Ángel y Da vinci como dos de los grandes del mundo. “Pero aquí también hubo grandes, como Martín Tovar y Tovar”. También estudió allí inglés y francés.

Alberto habla sin rastro de rencor o resentimiento, ni con ánimo de despertar lástima. Él vive en la calle por elección propia: “Yo no recibo ayuda de nadie. Ni de particulares ni del gobierno. A mí no me gusta que para ayudarme me traten de mezclar con la política. A mí no me gusta la política. No tengo ni comida, ni agua, ni con qué trabajar, pero no quiero depender de nadie”.

Pocas veces hizo contacto visual conmigo. Hablaba mirando a los lados, al suelo, a los gatos. Sin embargo, se notaba la necesidad que tiene de contacto humano. De tener alguien con quien  conversar. Me aclaró también que a él no le gusta la publicidad, cuando le dije que una amiga quería venir a hablar con él para escribir un texto para su blog.

Junto a su silla, en un espacio que pareciera un altar, vi una placa del Premio Catatumbo de Oro de 1993 con el nombre del locutor Daniel Sarcos impreso en ella y a su lado una fotografía enmarcada, el retrato de un hombre de bigotes que pensé que era algún pariente de Alberto. “Es Brito —me aclaró—, un locutor de radio que tenía un programa de gaitas”. Al otro lado había otra placa, un Mara de Oro, cuyos textos no pude distinguir con claridad, aunque parecía también algún premio relacionado con el mundo gaitero.

—Yo no pinto sólo obras grandes. A mí me gusta mucho trabajar la miniatura, pero no tengo con qué hacerlas. Necesito un porta minas —la palabra tardó en aparecer en su mente. La buscó como grafito o carbón, hasta que llegó “porta minas”-. Con uno finito puedo trabajar las miniaturas. Aprovechar mientras la vista me aguante porque tengo como nubosidades. Es que yo fui soldador también…”

De su familia me contó que sus padres, “Lo más importante en la vida”, murieron los dos. Tiene varios hermanos. Algunos en Maracaibo y otros en otras ciudades. “Pero a mí no me gusta molestar. Yo no puedo ir a vivir con ellos”.

El seis de mayo, según me contó, cumple 64 años. Sus brazos muestran aún restos de lo que deben haber sido unos musculados bíceps. Su piel está curtida y le faltan varios dientes.  Su barba y cabello son más blancos que grises y el contacto de su mano al estrecharla para despedirme resulto áspera, pero firme. No fue fácil despegarme porque Alberto quería seguir contando.

No sé muy bien por qué, en algún momento Alberto sacó el tema de los carros. Tomó una vieja revista y me habló de un empresario indú que quería producir autos miniatura a precios económicos para la gente, pero que no pudo hacerlo porque los poderes económicos de la India no se lo permitieron. Se trata del empresario Ratan Tata, quien quería producir su creación: el vehículo “Nano” y soñaba con duplicar las hazañas de Henry Ford con el Modelo T o la historia del Volkswagen en Alemania, pero el socialismo indú le invadió los terrenos en los que construiría la fábrica.

Me ofreció la revista para que me la llevara y terminara de leer el artículo del empresario indú. Le dije que no se preocupara, que había hecho captura en una foto del la página para leerlo con calma. Me dio pena dejarlo sin la poca diversión con la que cuenta.

-Bueno, pero yo voy a hacer una obra pequeña, voy a pintar algo y se lo voy a dar y eso sí me lo va a tener que recibir. Me dijo con humildad.

Aplicando ciertas técnicas de cierre, logré decirle que debía irme. Le dí la mano y le prometí que si encontraba un sitio abierto donde comprar algo de comer, le llevaría algún bocado. También le prometí buscarle el porta minas que necesita para hacer sus miniaturas.

En Ritz 72, le compramos un cachito de jamón y un jugo de manzana. No conseguí allí el porta minas. Regresamos Cristian y yo para entregarle el bocadillo y al bajar el vidrio y notar que era yo, se acercó. Le entregué la merienda, con la promesa de volver. La recibió con tranquilidad y sin apresurarse a comerla. Quería seguir conversando. Pero ya se nos hacía tarde y teníamos cosas que hacer.

Dejamos a Alberto en su “hogar”, con sus gatos, sus libros religiosos, sus cuadernos, sus esculturas hechas con desperdicios y basura. Ese es su espacio. El vive dentro de su propia instalación de arte de reciclaje.

 

IMG_20170501_211302

IMG_20170501_205739

IMG_20170501_210354

18

19

20

21

22

País en quiebra

8 febrero, 2017 § 1 comentario

Ella entra despacio. Como pensando las palabras que debe usar. Una camisa blanca y del cuello guinda una cinta roja con las siglas BANAVIH impresas. 

Con voz entre apenada y temerosa de lo que pudieran responderle, saluda y pregunta:

–Buenas tardes, ¿están inscritos en Banavih?

–No.

Mantiene el tono de perrito apaleado:

–Si la empresa no está inscrita, tienen que inscribirla. Por ley, tienen que estar registrados. ¿Le puedo dejar un papel con los requisitos?

–Sí. 

Se acerca al mostrador mientras le comento:

–Aunque no tiene mucho sentido, porque ya estamos quebrados. Como ve, estamos a punto de cierre. –Le señalo los estantes vacíos. 

Hace un gesto con la boca, un mohín que indica que lamenta la situación. 

–¿Me da donde anotar los requisitos? 

Al ver que no respondo, porque no termino de captar, lo que me dice:

–Un pedacito de papel, para anotar lo que tiene que hacer para registrar la empresa en Banavih.

Tomo un viejo volante de publicidad de un lava autos y se lo doy. Le digo:

–Gracias a la revolución, estamos a punto de quiebra. 

Guardo silencio un momento y  observo como con letra menuda, escribe en la parte trasera del trozo de papel, los requisitos que se sabe de memoria. Mientras ella escribe, le digo:

–Bueno, por lo que veo, Banavih también está a punto de quiebra, porque si no tiene ni para hacer un volante o darles hojas a los trabajadores…

Ella sonríe un poco resignada y apenada. Se ve que en otros lados el trato no ha sido tan benévolo. Termina la plana y con el mismo tono avergonzado, se despide. 

Qué ganas de «irme demasiado»

23 septiembre, 2016 § 4 comentarios

image

Fui al Doral Center Mall a buscar un repuesto para un celular que me encargaron.

Es difícil describir la desazón, la angustia, la opresión en el pecho, que me produjo entrar en lo que en algún tiempo no muy lejano fue uno de los mejores centros comerciales de Maracaibo; de gusto estético discutible, pero un buen sitio de compra.

Lo conseguií convertido en un mercado de Las Playitas, en un zoco callejero, plagado de lo que, a flor de piel, se nota ilegal, fuera de la ley.

Las tiendas venden en su mayoría baratijas chinas a precios de marca gringa. Mercancía traída posiblemente sin ningún arancel de importación legal, pero sí con mucha matraca de por medio. Abundan los stands de productos, articulos, chucherías, adminiculos y repuestos para teléfonos móviles.

En una «tienda», la pantalla que buscaba costaba 50 mil. En la de al lado, 39 mil. Un poco más allá, 35 mil. Junto a esa, 40 mil. Finalmente, la compré en una donde costaba 28 mil. Al pedirla, un dependiente fue a otro local a buscarla —el local del importador, supuse, donde, seguramente, podría estar más barata—. Llegó con el producto en una cajita blanca sin marca alguna. Como yo iba a pagar con tarjeta de débito se consultaron, «¿Fulano, ¿es 28 mil con la comisión o sin la comisión?» «No, bueno la comisión la pagamos nosotros».

Aclarado el tema de la «comisión», tuve que seguir a un dependiente a un tercer local donde les «prestan» el punto de venta. Pagué y al preguntarle si había algún recibo —no aspiraba a tanto como una factura—, con el cual reclamar si había algún problema o desperfecto con la pantalla, me dijeron, «Tranquilo, usted viene que nosotros respondemos».

«Si —pensé—, cualquier cosa con tal de irme rápido de aquí».

Al salir al estacionamiento en el cual pagué 150 bolívares por más o menos media hora, el hermoso cielo al atardecer lo sentí como una pedrada en el ojo.

En el carro, le comenté a Cristian «No entiendo. Mientras en otros centros comerciales el Seniat y la alcaldía acosan a los comerciantes con fiscalizaciones y uno ve en las vitrinas las calcomanías inmensas con letras rojas rojitas de “Clausurado por ilícito fiscal”, aquí no parece entrar ningún fiscal jamás». Él, más lúcido que yo, me comenta «Los fiscales deben venir periódicamente a buscar su mesada para no fiscalizar».

Con sensación de derrota, llegué a la casa. Apurado para aprovechar de lavar los platos con el chorro del grifo antes de que pasaran los 60 minutos de que disponemos del fluido en tuberías. Y, de ser posible, bañarme bajo el chorro de la ducha y no con un tobo y un perolito.

Escribo esto en el teléfono sentado en la poceta, mientras la triste emoción aún está fresca; apurado para alcanzar el chorro antes de que corten el agua, con el alma en el suelo, invadido por una honda tristeza y unas profundas ganas de «irme demasiado» o, al menos, de no tener que salir a la calle más que para contemplar el cielo, quedarme para siempre en esas intensas tonalidades de los atardeceres de Maracaibo.

¿Dónde estoy?

Actualmente estás explorando la categoría cotidianidad en P(u)ateando la vida. Otro blog de Golcar.