Mi despecho por el CamLB

18 mayo, 2018 § Deja un comentario

Ilustración de Ana Black

Desde que leí la información sobre la destitución de Régulo Pachano de la presidencia del Centro de arte de Maracaibo, Lía Bermúdez —Camlb—, el CAM como lo llamamos cotidianamente, y el posible cambio de nombre del espacio, he tratado de poner orden a la ideas y emociones para decir algo.

Ha sido como un despecho. He pasado los días con esa idea fija en la mente. He pasado por diferentes etapas. Me he sentido triste, me he enfurecido, me he sentido decepcionado. He llegado a descubrirme culpando a las víctimas, como tendemos a hacer con más frecuencia de lo aconsejable.

He pensado en cómo ha sido posible que llegáramos a este punto. ¡¿Cómo los directivos del Camlb, al ver hace años lo que sucedió con el Maccsi, lo que han hecho con el Teresa Carreño o con el Ateneo de Caracas, no tomaron previsiones?! ¿Por qué no buscaron la forma de anular el poder del gobierno?

Siempre he sostenido que es un error que la fuente principal de financiamiento y el poder de decisión de este tipo de instituciones dependa directamente del Estado. Es un error porque los gobiernos de turno se arrogan el derecho de hacer y usar a esas instituciones a su antojo y parecer y porque las personas al frente de esas instituciones terminan censurando artistas o autocensurándose por el temor de perder el favor del Estado.

En Venezuela, algunas instituciones han negado espacios a algunos artistas por el temor a la reacción del gobierno que tiene en su poder el mecenazgo del Estado. Recuerdo aún la imposibilidad de traer a Maracaibo la exposición «Están allí», una muestra fotográfica de Luis Brito con las imágenes de la muñecas de Reverón, debido a su posición política de radical oposición al régimen.

Este omnipoder siempre ha existido, sólo que en los últimos años se ha hecho más evidente y ha sido usado de una manera aberrante e impúdica. El régimen no disimula. No se limita a una llamada, a una sugerencia. La dictadura arremete directamente con garras y fauces hambrientas.

En el caso de Régulo Pachano, independientemente del grado de amistad que uno pueda tener con él, uno podría entender que son cargos de libre nombramiento y remoción y que nadie tiene porqué eternizarse en un cargo. Pero, lo que genera suspicacia y temor acerca del destino de la institución son las formas. La manera despótica, el talante de hacendado de país bananero con el que llegan sin mediar oficio, a notificarle el cese de sus funciones. Sin un gesto de agradecimiento por los 27 años de vida entregados a la institución y reconocimiento por los logros y renombre alcanzados a escala nacional e internacional.

Llegan cual bandoleros a exigir el cargo, sin siquiera tener una persona designada para suplirlo y, además, anuncian el posible cambio del nombre del Centro de arte, dejando tras de sí una pista de las intenciones que subyacen en el gesto: borrarán la historia del Camlb, como han tratado de borrar la historia de los 40 años de democracia.

En mi despecho, se me ocurrió que los artistas deberían hacer un acto de protesta, de desagravio a la institución y los que hayan dado sus obras a la institución venir a reclamarlas pues el destino de esas piezas es bastante incierto.

En este sube y baja emocional en el que me he encontrado desde que supe la noticia, luego de maldecir y ya más sosegado, llegué a la conclusión que siempre he llegado: no hay manera de defenderse contra el no-país. Uno puede intentar alargar los procesos, pretender invisibilizarse, tomar precauciones. Pero no hay nada que nos dé garantías contra la arbitrariedad, el autoritarismo y el talante mafioso del régimen. Ni siquiera siendo una institución privada, sin vínculos de dependencia con el Estado, estamos a salvo. Veinte años de expropiaciones ilegales dan fe de ello.

La manida excusa de «protección del pueblo» o la «defensa de intereses colectivos y difusos» o simplemente el «porque me da la gana y puedo», les basta para extender sus tentáculos hasta donde se les antoje.

Una vez más tengo que concluir que el problema no está en las directivas de las instituciones, estas son sólo víctimas, como todos. El problema está en el talante dictatorial del régimen, en su manera autoritaria de ejercer el poder, en la concepción de país como república bananera. El problema es el régimen que ha hecho de Venezuela su hacienda particular hasta convertirla en este no-país.

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Arte… a pesar de

17 mayo, 2018 § 1 comentario

Pisar el Museo de arte contemporáneo del Zulia, es vivir en primera persona lo que significa «resistir». Es palpar un poco de la Venezuela que se niega a formar parte del no-país y se aferran con uñas y dientes al arte y a la búsqueda de belleza para no sucumbir en el amasijo de desidia y mediocridad que, como una gigantesca nube negra, ha ido cubriendo todos los ámbitos de Venezuela.

Hoy visitamos el Maczul para disfrutar de los actos y exposiciones que se están llevando a cabo en el marco del Día Internacional de los Museos.

Yo, que en mejores tiempos de Venezuela hice producción cultural, se lo difícil que es llevar a término una producción en el campo del arte, especialmente en Maracaibo. Era difícil en el tiempo cuando lo hice. Implicaba invertir tres veces más de esfuerzo para lograr los mismos objetivos que en otras ciudades del país.

Ahora es mucho más difícil pues se trata de luchar contra el no-país. Prueba de ello es la casi inhumana condición en la que estos valiosos trabajadores del museo desarrollan su labor con escaso presupuesto y sin aires acondicionados, luego del robo masivo de las unidades y desmantelamiento sufrido por el Maczul en ese robo.

Pero allí están ellos. Resistiendo. Empecinados en no permitir que el no-país los engulla.

Hoy disfrutamos, en la sala lateral, de la instalación de Ángel Leiva denominada «Planteamiento de un poema», reflexiones sobre la acumulación. Instalación hecha con material de reciclaje y con curaduría de Alberto Asprino.

Miguel Noya nos habló acerca de la historia de la música electrónica en Venezuela y su situación actual, mientras que en la sala baja se encontraba «Borlar’s», una instalación multimedia de Carlos Conde.

La noche cerró con la intervención musical de Etnoe3 y sus «Algoritmos sónicos» en los que Miguel Noya, Enrique Canaán y Carlos Conde, fusionan los sonidos de instrumentos de percusión y viento de diferentes etnias venezolanas y de la percusión afroamericana con los sintetizadores electrónicos. De esta forma, los músicos reinterpretan los instrumentos indígenas para fusionarlos en un nuevo sonido con la música electrónica.

Etnoe3 tiene la capacidad de mover fibras emocionales con sus sonidos que nos remiten a nuestros orígenes, a los sonidos de la selva, de los mares, de los ríos, del viento y de los animales. Sonoridad que en el patio central del Maczul se fundió con el sonido permanente de la fuente de agua que actuó como un instrumento adicional.

Durante la preparación de los músicos de Etnoe3 para su intervención musical, nos sorprendió María Fernanda Di Giacobbe, quien como sacerdotisa que entrega la comunión, paseó su radiante sonrisa, envuelta en un elegante vestido amarillo con bajos de coloridos diseños cúbicos y su paso de danzarina, bandeja en mano, para bendecirnos con un bocado de su cremoso chocolate en forma de sardinas, con el toque amargo del delicioso cacao de barlovento y el justo nivel de azúcar. Una verdadera delicia que da fe de por qué le otorgaron el prestigioso Basque Culinary World Prize del gobierno vasco en 2016.

Mientras escuchaba la música de Etnoe3 no pude evitar pensar en esa especie de esquizofrenia patria que nos consume desde hace años. Recordé en todo momento la situación del Helicoide, el peligro que corren los presos políticos en manos de los déspotas del régimen. Por un momento, llegué a sentir cierta culpa por estar disfrutando de un rato de arte y esparcimiento, mientras en Caracas la dictadura abre sus fauces.

Es el signo de los tiempos. Evidencia de que de tanta «patria» que nos han dado, nos dejaron sin país. Mientras en el Maczul el arte da muestras de resistencia, trabajan a pesar del no-país, en el Centro de Maracaibo, el arte corre peligro al caer arbitrariamente en las garras del poder del régimen.

Y así asiste uno a conciertos y exposiciones, con un oído en la música y el otro en las noticias. Con un ojo en las exposiciones y el otro visualizando posibles formas de reaccionar ante el atropello al CAMLB.

Como todo lo que hacemos en el no-país, los museos también viven tiempos de resistencia, tiempos de hacer y de producir a pesar de; más que a favor de.

Insomnio a altas temperaturas

10 abril, 2018 § Deja un comentario

Anoche no dormí. El calor era insoportable. A pesar de que colgué el chinchorro en el balcón y de vez en cuando soplaba viento, era más el ruido que hacía y el aire caliente que revolvía que lo que refrescaba.

Echado leyendo La flor púrpura en el celular, ya los ojos me dolían y el miedo se apoderó de mí. Pensé que en la oscuridad algún choro podía pasar y ver el reflejo lumínico a través del tejido, y subirse al alero, apuntarme con un arma y pedirme el celular. No sería la primera vez que atracan a alguien en su casa apuntando a través de una reja y aunque es un primer piso, subir al alero no es complicado.

A las tres y media de la madrugada, cuando pasó el tercer recionamiento del día de tres horas y media cada uno, salté del chinchorro, apagué las luces, tomé agua, le puse comida a la gata, cerré puertas y ventana y me acosté en la cama.

El aire, luego de los apagones, empieza a congelar y tengo que pararme varias veces a ponerlo a descongelar, hasta que funciona bien.

Tomé una ducha con agua fría y medio me sequé. Por fin el aire empezó a enfriar. Entonces maulló Charlie para entrar. Me paré a abrirle. Me volví a acostar y empezó Vicky, la yorkie, a taconear. Luego, Fiesta, la teckel, a estornudar y Lia, la poddle a sollozar por pesadillas. Finalmente, a eso de las siete y medía, me dormí.

Mal dormí y a las 9 me paré. Paseé las perras y nos fuimos a trabajar. Después de bañar y secar tres cocker, con unos 40 grados de infierno, volvimos a casa.

Al ver la luz del balcón de la vecina encendida, respiré aliviado. Eran las dos y media y tendría aire. Hice el almuerzo. Una pasta con salsa de atún con medía lata que quedó de cuando hice la ensalada. Hice la limonada con albahaca y, cuando estaba sirviendo, se fue la luz.

Comimos y aquí estoy, echado en el chinchorro, escribiendo este lamento, entre chorros de sudor y el mosquero que pulula y hace que me sienta en África, cuando África nos parecía una realidad lejana y exótica y una pobreza conmovedora que hoy se parece igualita a la nuestra..

Si alguien ve a Cristóbal Colón, dígale que aquí espero la llegada de la civilización. Soy un timotocuica reencauchado Yukpa y wayüu y no lo recibiré con flechas. Sólo le pido que me lleve, cuanto antes, aunque sea al siglo XX.

Nuevos oficios

18 febrero, 2018 § Deja un comentario

«Buenos días», me dice el señor que viene en mitad de la calle empujando una carretilla atiborrada de grandes paquetes, mientras yo paseo a las perras.

En el momento en que él pasa, las tres perras, al mismo tiempo, se ponen a hacer sus cositas y yo espero con la bolsa en la mano para recogerlas.

El señor se detiene por un instante para ofrecer sus servicios: «Yo boto basura —señala los bultos que empuja en la carretilla—, como a veces el aseo no pasa…».

Le agradezco la promoción, recojo la mierda de las perras —a veces no sé si tiene sentido hacerlo, porque hay tanta basura regada por todas partes—, y sigo mi paseo matutino.

Al doblar en una esquina, están en cuclillas un muchacho de poco más de veinte, junto a un niño de unos siete. Él tiene la piel curtida, usa una ajada gorra con visera raída. El niño lleva en la cabeza un trapo marrón a manera de turbante con mangas que se enrollan al cuello para protegerse del sol. Ambos cargan morrales tricolor de esos que el régimen repartió hace poco y que debe haber sido un buen guiso de algún enchufado. Murmuran cosas mientras pepenan en las bolsas de basura y meten en los morrales.

Yo me imagino que el padre está enseñando su oficio al hijo. Como un carpintero —San José con Jesús—, o un mecánico podrían enseñar a sus herederos el modo de ganarse el pan.

«Buenos días, patrón», me dice el muchacho al verme. Respondo el saludo y veo que el niño sonríe al ver mis perras. El padre mira a Fiesta, mi teckel y me dice con una sonrisa «¡Una salchicha!».

Yo le digo «Ajá!».

Padre e hijo cierran sendas mochilas tricolor y las montan a sus espaldas, sonríen al contemplar las tres perritas que llevo atadas y se van caminando con gestos, pasos y posturas idénticas.

Yo sigo mi camino y recuerdo que hace pocas noches desperté cuando en un sueño, al salir al frente de la casa, encontré las cuatro patas desmembradas de un perro y, en el sueño, pensé «Se lo deben haber comido».

Jumanji en el no-país

9 enero, 2018 § 2 comentarios

La carretera estaba inusualmente tranquila. Largos trechos de la vía se encontraban desolados. Muy poco tráfico se observaba y en las estaciones de servicio no se veían muchos carros en cola, excepto en una. Otras cinco o seis estaban cerradas.

Todo lucía extraño. No es habitual que en época de regreso de vacaciones de navidad la carretera tenga tan poco tráfico. Tampoco es usual que en las alcabalas que normalmente están plagadas de aves de rapiña buscando víctimas, los Guardias Nacionales y los Policías Nacionales no pararan a nadie ni mostraran sus ansias de matraquear. Ni siquiera volteaban a mirar los vehículos que pasaban.

Cristian y yo íbamos contentos. En el pueblo de El Anís encontramos la macilla que estábamos buscando desde hacía días y nos rebajaron 500 mil bolívares. Mientras Cristian hacía la fila de apenas ocho carros para surtir gasolina, yo fui con mi lista de la fantasía a una farmacia. De los ocho medicamentos que siempre pescamos, sólo tenían el Clopidrogel a 46 mil bolívares la caja de 14 pastillas y no a un millón cien como la había encontrado dos días antes. Además, tuve la suerte de que la chica me vendió 4 cajas y no las dos que normalmente venden.

El viaje de regreso a Maracaibo pintaba bien. Tranquilo. Estábamos contentos porque a pesar de las paradas, el tiempo nos estaba rindiendo porque había escasa circulación de vehículos. Especialmente, pocos camiones. Íbamos cantando a grito destemplado las canciones de Cristina Aguilera, Amanda Miguel, Sade, Franco de Vita, Vanessa Martín, Rosana, India Martínez, Sin Banderas, Chambao…

A las dos de la tarde decidimos comernos las arepas que llevábamos de avío, con la limonada fría que teníamos en el termo. El camino era plácido. El sol brillaba tras nubes que mitigaban el calor. El paisaje era verde en todas sus tonalidades y bajo las sombras de frondosos árboles, el ganado descansaba, acompañado de garzas blancas.


¡¿Qué es eso, Dios mío?! Musita Cristian y al levantar la mirada, veo un gentío que corria por la carretera. Hacían gestos y avanzaban. Eran como 30 o 40, la mayoría de no más de 20 años, pero yo veía millones.

De pronto, empezaron a aparecer motorizados por todas partes. Unos iban delante de nuestro carro y otros avanzaban desde atrás. Eran como cien motos con dos o tres personas por moto. Pero yo veía cientos de motorizados que se mezclaban con la gente que corría en mitad de la carretera. Tomé mi teléfono y con el latido del corazón en la yugular y en la sien, temeroso de que la turba notara que los grababa, le di al botón de play.

Las motos se reproducían por segundos. Avanzaban haciendo gestos, llamando a los que venían detrás en motos y a pie.

En un punto de la carretera, vimos camiones parados en la orilla. Las motos y la gente a pie los rodeaban. Miraban dentro. Unos iban vacíos. Otros llevaban plátanos y no era eso lo que buscaban. Algunos camioneros optaron por viajar con sus cavas abiertas para que la poblada viera que no llevaban nada.

La turba siguió avanzando. La gente de Arapuey estaba toda en la puerta de sus casas y a orillas de la vía. Unos parecían observar con asombro. Otros parecían esperar una señal, un signo para unirse a losla saqueadores. Yo seguía grabando. El miedo nos erizaba la piel. Nos sentíamos rodeados.

La turba pasó y paramos en el pueblo para preguntarle a unos señores que contemplaban todo sentados en un borde alto de la acera.

«Pa’llá está trancao. No hay paso. Desde anoche está trancao porque están saqueando camiones. Si quieren sigan. Pero eso está feo».

Habíamos pasado Arapuey y estábamos en Bella Vista. En el peaje, consultamos a la chica si había paso.

«Más adelante está trancado. Aquí estamos. Golpe y cuido. Con miedo pero no podemos hacer nada … Sí, aquí hay como cuatro policías, pero ¿Qué van a poder hacer? … Sí, tlenen armas, pero ¿Qué van a poder hacer con ese gentío? ¡Nada!»

Dejamos a la chica del peaje con su miedo y avanzamos nosotros con el nuestro. Ya cerca de la alcabala de Arapuey, se veían aparcados los camiones a ambas orillas del camino. Eran como 50 o 60 camiones pero a mí me parecían miles. En la alcabala, a lo lejos, se veía movimiento y aglomeración de gente. Preguntamos a un señor que venía en vía contraria y nos contó: «Después de la alcabala hay más trancas y más agresivas. Tiran piedras y atacan los vehiculos. Por eso yo me devolví». Una enfermera que pasaba a pie, con cara tensa y temblor en la voz nos dijo «Allá —señalando la alcabala— están disparando al aire».

Decidimos estacionar el carro en un espacio que había entre dos camiones y bajarnos a consultar con los camioneros a ver qué nos recomendaban hacer.

Un camionero nos contó que él estaba allí parado desde las seis de la mañana. Otros habían pasado la noche allí parados, esperando que los saqueadores se retiraran. «A mí hace unos días me reventaron todos los vidrios de este camión. En efecto, los cristales se.veían nuevos. Llegó un compañero de este y nos convidó de la mandarina que comía. «A lo mejor nos toca pasar la noche aquí», dijo el primero. «¡No diga eso! Seamos optimistas. Lo que pasa es que hay hambre. El pueblo no tiene comida». Yo tercié «Pero a los camiones de verduras como que los dejan pasar». Dijo el segundo: «Es que buscan los camiones de pollo, carne, arroz, pasta…». Y el primero comentó «Pero si pagan vacuna, pasan. 100 mil si van vacíos y 150 mil si llevan carga. Pero yo no voy a pagar ese realero».

En un punto de la conversación, dije «Esos son los empoderados de Chávez. Tanto se empoderaron que ahora son los dueños del país, pero así, a lo arrecho». Ripostó el segundo con su simpático acento guaro «Ay, no, muchacho, ahora sí me amargó usted el día —Es chavista, pensé—. ¿Cómo me va a nombrar a esa pava ahorita. No, no. Ya me empavó la tarde». Cuando les preguntamos a los nuevos panas si había una vía alterna, el guaro nos dijo «Sí, pero esa vía es muy peligrosa. No la recomiendo».

Al rato, decidimos que lo mejor era desandar el camino. No valía la pena buscar hospedaje para continuar el camino al día siguiente porque nadie aseguraba que la turba que estaba allí desde el día anterior, no permanecería en el mismo lugar al otro día. Optamos por dar vuelta en U y regresar a Mérida. Una señora que venía nos dijo que parecía que en ese momento estaban trancando también la vía por donde debíamos regresar. Un señor de una camioneta, que venía de la zona, nos dijo que ciertamente estaban trancando, pero que a carros pequeños dejaban pasar.

«¿Qué hacemos?» «Vamos a darle a ver».

A los pocos minutos, a lo lejos, al contraluz del atardecer, se veía una sombra negra que cubría la carretera de un extremo a otro. Era como una barricada. Disminuimos la velocidad más de lo disminuida que ya venía, bajamos el vidrio e interrogamos con la mirada a dos tipos y una chica que estaban junto a su moto. «Sigan, sigan —dijo uno de ellos haciendo el gesto de que avanzáramos con la mano—, a ustedes los dejan pasar, tranquilos. Y no le den plata a nadie porque no estamos cobrando». Pocos metros mas adelante, otra pareja parada junto a su moto, nos hizo el mismo gesto de avanzar. Ya se distinguía que la barricada era de motos y gente. La poblada trancaba por completo la vía.

Poco a poco, temerosos, con la arepa que nos comimos hecha un nudo en la boca del estómago, avanzamos. Cristian murmuraba como rezando y yo pensaba en que no habría problemas porque nosotros estamos bendecidos y ese no era el día. Lentamente atravesamos la turba. Una vez superada, seguían viniendo motos de todas partes.

«Me siento como en Jumanji 2» dijo Cristian. «Más o menos es así, dije, sólo que nosotros no tenemos fortalezas especiales ni debilidades». «Ni tenemos tres vidas», sentenció Cristian.

Pasado el susto, volvimos a la música. Juan Gabriel, Pablo Alborán, Farinelli, Julieta Venegas… a todo gañote. Cayó un corto chubasco y la tarde se volvió oro. Las largas colas para la gasolina volvieron a aparecer a la vera de a carretera. También las colas de gente esperando el gas parados con sus bombonas vacías en la orilla de la vía.

En el camino yo pensaba en lo difícil que sería controlar esto. ¿Cómo puede hacer el régimen para recoger la violencia sembrada en tantos años? ¿Lanzar al ejército? Eso significaría una matazón indiscriminada de gente. Gente, por cierto, que en su mayoría son la base electoral con que cuentan para perpetuarse en el poder y a los cuales armaron con armas de fuego. Por eso el régimen los deja hacer. No interviene. No trata de reprimirlos, como si lo hizo con los estudiantes y jovenes de las protestas de 2017, en las que masacraron a tantos venezolanos.
Despues de unas ocho horas de haber salido de Merida en un viaje con destino a Maracaibo, el no-país nos llevó al punto de partida. Hoy dormimos de nuevo en Mérida. Mañana lo intentaremos por la vía del páramo.

Ya es Navidad

13 diciembre, 2017 § 2 comentarios

Cola para el Bicentenario, cola para el supermercado Centro 99, cola en el Latino. El banco Mercantil colapsado, el Provincial sin efectivo esperando la remesa. No puedo entrar a las cuentas para hacer transferencias.

En las farmacias no hay Levofloxacina ni para remedio. Una latica de atún de 98 gramos cuesta 35 mil bolívares. En la pescadería las neveras están vacías. Hace meses que no les llega calamar o camarones. En la cava sólo tienen atún, merluza y toruno. No saben si mañana les llega pescado. Si les llega, será merluza, carite y atún, nada más. Compramos un kilo de atún y nos cuesta lo que costarían 5 latas de 98 gramos.

En la cola de la farmacia, una señora me dice que cuando estaba en Las Playitas, sacó un billete de cien mil para pagar y un hombre que estaba a su lado le ofreció 120 mil bolívares por el billete. A ella le dio miedo y dijo que no. El hombre se fue y el que estaba detrás de él le ofreció 140 mil por el billete de 100 mil. Ella lo pensó y le dijo «Pero en efectivo. El hombre abrió su koala y mostrándole un fajo de billetes, le dijo que se los daba en billetes de mil. Ella aceptó.

En la farmacia todos comentamos la locura del efectivo y la forma como en las playitas es una mercancía más el dinero. Una chica irónicamente dice «Pero eso se acaba ahora con el nuevo gobernador». «Si, claro. Ahora ese negocio lo montarán en una oficina de la Gobernación. Seguramente crean la Secretaría de compra y venta de efectivo». Reímos.

Voy a bañar y secar un perro en casa de un cliente. Me pagan 40 mil por el servicio. Lo que ganó la señora por vender su billete de 100 mil. Mientras recojo las cosas para salir luego de hacer mi trabajo veo en la pantalla del televisor la imagen del caballo blanco que cierra la cadena de radio y televisión que acaba de concluir. El locutor dice «Prenden la luz que ya es Navidad».

Un día normal en Venezuela

20 mayo, 2017 § 3 comentarios

​Si estoy vivo cuando todo esto pase –si tengo la suerte de que el régimen tenga la delicadeza de dejarme vivo–, creo que terminaré drogadicto perdido. Me tendré que enganchar a poppers, éxtasis, coca, o cualquier otra sustancia química que me dispare los niveles de adrenalina y ponga high y speed. De resto, la vida normal y cotidiana de un país normal con los problemas cotidianos de cualquier país normal, será una modorra, un aburrimiento, un achante. 

Cuando las compra-ventas de oro de los locales que han copado los locales del centro comercial comienzan a cerrar, a mí el pulso se me comienza a acelerar. Me inquieto. Camino a asomarme a la puerta a mirar la calle a ver si todo está tranquilo. Es como si tuviera agrieras en el culo, “un mayén”, diría mi madre. Quiero que Cristian se apure a terminar los perros, que los busquen y venirme a encerrar en la casa. 

Hoy, por fin, a eso de las cuatro de la tarde, Cristian terminó, vinieron a buscar a los perros y empezó nuestro agitado y apurado momento de mudanza, porque desde que nos quitaron el agua y nos hostigan los dueños del local, ir y venir al trabajo cada día es una mudanza: llena las pimpinas de agua, persigue y pelea a las perras para que se queden quietas y ponerles las correas, busca a la gata por todos los rincones a ver dónde se escondió para no ir a trabajar, varios viajes para bajar las pimpinas de agua la escalera del edificio hasta la calle con cuidado de no enredarte con las perras y ruedes los veinte peldaños, pon los candados de la puerta, saca la camioneta de la jaula, monta las pimpinas en la camioneta, sube a las perras a la camioneta, monta a la gata, cierra la reja, arranca a la tienda. 

Hay días en que se complica un poco más pues hay que ir a comprar algo, o pasar por la Intendencia, o llevar el mercado a casa de la madre de Cristian, o buscar algunos clientes. 

Luego: para la camioneta, baja la gata, baja las perras, baja las pimpinas de agua, baja los bolsos, baja la compra…

Y para salir: vacía las pimpinas de agua en el tanque, móntalas a la camioneta, cierra caja, apaga el aire, apaga luces, baja santamaría, pelea con las perras para ponerles la correa, alza a la gata, monta pimpinas, perras, bolsos, gata en la camioneta, baja santamaría pequeña, pon los seis candados, arranca. 

Listo el proceso, ya poniendo el último candado, escuché a un señor comentar:

–Vengo de la avenida Universidad. Los malandros tienen todo trancado y están asaltando a la gente. A un señor le cayeron cuatro y le robaron todo.

–Y eso a escasos metros de la Comandancia de policía–, comento.

–No, si fui al comando y les dije y me dijeron que no pueden hacer nada porque están acuartelados.

Claro, hay marcha y tienen que estar QAP para salir a “gasiferar” y perdigonear estudiantes, ciudadanos que protestan. No pueden salir a detener a los colectivos malandros. 

Apurado, me monté al carro y salimos. 

Paramos en Delicias Norte a ver si una amiga del supermercado ya estaba lista para darle la cola a su casa. Al llamarla, me dice: “Estamos encerrados. Tuvimos que bajar santamaría y quedarnos aquí porque venían a saquear el supermercado los malandros. Ni se te ocurra parar. A mi me vienen a buscar más tarde. El centro comercial está todo cerrado”.

Obedientes, seguimos camino. La avenida más o menos desolada. La gente a pie nerviosa. De pronto, una barricada, una humareda y restos de varios vidrios de parabrisas de vehículos en medio de la calle. Con el corazón acelerado, logramos salir de allí y en pocos minutos llegar a la casa: bajarme a abrir la jaula, pendiente de que no aparezca un motorizado por sorpresa, bajar las perras, alzar a la gata, bajar las pimpinas vacías para llenarlas para el lunes, bajar los bolsos, abrir la reja del edificio, hacer subir a las perras, subir a la gata y las pimpinas, quitar candados…

Por fin, en casa.  Pensar que aún no estamos en guerra. Escribir el desahogo.

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