Jumanji en el no-país

9 enero, 2018 § 2 comentarios

La carretera estaba inusualmente tranquila. Largos trechos de la vía se encontraban desolados. Muy poco tráfico se observaba y en las estaciones de servicio no se veían muchos carros en cola, excepto en una. Otras cinco o seis estaban cerradas.

Todo lucía extraño. No es habitual que en época de regreso de vacaciones de navidad la carretera tenga tan poco tráfico. Tampoco es usual que en las alcabalas que normalmente están plagadas de aves de rapiña buscando víctimas, los Guardias Nacionales y los Policías Nacionales no pararan a nadie ni mostraran sus ansias de matraquear. Ni siquiera volteaban a mirar los vehículos que pasaban.

Cristian y yo íbamos contentos. En el pueblo de El Anís encontramos la macilla que estábamos buscando desde hacía días y nos rebajaron 500 mil bolívares. Mientras Cristian hacía la fila de apenas ocho carros para surtir gasolina, yo fui con mi lista de la fantasía a una farmacia. De los ocho medicamentos que siempre pescamos, sólo tenían el Clopidrogel a 46 mil bolívares la caja de 14 pastillas y no a un millón cien como la había encontrado dos días antes. Además, tuve la suerte de que la chica me vendió 4 cajas y no las dos que normalmente venden.

El viaje de regreso a Maracaibo pintaba bien. Tranquilo. Estábamos contentos porque a pesar de las paradas, el tiempo nos estaba rindiendo porque había escasa circulación de vehículos. Especialmente, pocos camiones. Íbamos cantando a grito destemplado las canciones de Cristina Aguilera, Amanda Miguel, Sade, Franco de Vita, Vanessa Martín, Rosana, India Martínez, Sin Banderas, Chambao…

A las dos de la tarde decidimos comernos las arepas que llevábamos de avío, con la limonada fría que teníamos en el termo. El camino era plácido. El sol brillaba tras nubes que mitigaban el calor. El paisaje era verde en todas sus tonalidades y bajo las sombras de frondosos árboles, el ganado descansaba, acompañado de garzas blancas.


¡¿Qué es eso, Dios mío?! Musita Cristian y al levantar la mirada, veo un gentío que corria por la carretera. Hacían gestos y avanzaban. Eran como 30 o 40, la mayoría de no más de 20 años, pero yo veía millones.

De pronto, empezaron a aparecer motorizados por todas partes. Unos iban delante de nuestro carro y otros avanzaban desde atrás. Eran como cien motos con dos o tres personas por moto. Pero yo veía cientos de motorizados que se mezclaban con la gente que corría en mitad de la carretera. Tomé mi teléfono y con el latido del corazón en la yugular y en la sien, temeroso de que la turba notara que los grababa, le di al botón de play.

Las motos se reproducían por segundos. Avanzaban haciendo gestos, llamando a los que venían detrás en motos y a pie.

En un punto de la carretera, vimos camiones parados en la orilla. Las motos y la gente a pie los rodeaban. Miraban dentro. Unos iban vacíos. Otros llevaban plátanos y no era eso lo que buscaban. Algunos camioneros optaron por viajar con sus cavas abiertas para que la poblada viera que no llevaban nada.

La turba siguió avanzando. La gente de Arapuey estaba toda en la puerta de sus casas y a orillas de la vía. Unos parecían observar con asombro. Otros parecían esperar una señal, un signo para unirse a losla saqueadores. Yo seguía grabando. El miedo nos erizaba la piel. Nos sentíamos rodeados.

La turba pasó y paramos en el pueblo para preguntarle a unos señores que contemplaban todo sentados en un borde alto de la acera.

«Pa’llá está trancao. No hay paso. Desde anoche está trancao porque están saqueando camiones. Si quieren sigan. Pero eso está feo».

Habíamos pasado Arapuey y estábamos en Bella Vista. En el peaje, consultamos a la chica si había paso.

«Más adelante está trancado. Aquí estamos. Golpe y cuido. Con miedo pero no podemos hacer nada … Sí, aquí hay como cuatro policías, pero ¿Qué van a poder hacer? … Sí, tlenen armas, pero ¿Qué van a poder hacer con ese gentío? ¡Nada!»

Dejamos a la chica del peaje con su miedo y avanzamos nosotros con el nuestro. Ya cerca de la alcabala de Arapuey, se veían aparcados los camiones a ambas orillas del camino. Eran como 50 o 60 camiones pero a mí me parecían miles. En la alcabala, a lo lejos, se veía movimiento y aglomeración de gente. Preguntamos a un señor que venía en vía contraria y nos contó: «Después de la alcabala hay más trancas y más agresivas. Tiran piedras y atacan los vehiculos. Por eso yo me devolví». Una enfermera que pasaba a pie, con cara tensa y temblor en la voz nos dijo «Allá —señalando la alcabala— están disparando al aire».

Decidimos estacionar el carro en un espacio que había entre dos camiones y bajarnos a consultar con los camioneros a ver qué nos recomendaban hacer.

Un camionero nos contó que él estaba allí parado desde las seis de la mañana. Otros habían pasado la noche allí parados, esperando que los saqueadores se retiraran. «A mí hace unos días me reventaron todos los vidrios de este camión. En efecto, los cristales se.veían nuevos. Llegó un compañero de este y nos convidó de la mandarina que comía. «A lo mejor nos toca pasar la noche aquí», dijo el primero. «¡No diga eso! Seamos optimistas. Lo que pasa es que hay hambre. El pueblo no tiene comida». Yo tercié «Pero a los camiones de verduras como que los dejan pasar». Dijo el segundo: «Es que buscan los camiones de pollo, carne, arroz, pasta…». Y el primero comentó «Pero si pagan vacuna, pasan. 100 mil si van vacíos y 150 mil si llevan carga. Pero yo no voy a pagar ese realero».

En un punto de la conversación, dije «Esos son los empoderados de Chávez. Tanto se empoderaron que ahora son los dueños del país, pero así, a lo arrecho». Ripostó el segundo con su simpático acento guaro «Ay, no, muchacho, ahora sí me amargó usted el día —Es chavista, pensé—. ¿Cómo me va a nombrar a esa pava ahorita. No, no. Ya me empavó la tarde». Cuando les preguntamos a los nuevos panas si había una vía alterna, el guaro nos dijo «Sí, pero esa vía es muy peligrosa. No la recomiendo».

Al rato, decidimos que lo mejor era desandar el camino. No valía la pena buscar hospedaje para continuar el camino al día siguiente porque nadie aseguraba que la turba que estaba allí desde el día anterior, no permanecería en el mismo lugar al otro día. Optamos por dar vuelta en U y regresar a Mérida. Una señora que venía nos dijo que parecía que en ese momento estaban trancando también la vía por donde debíamos regresar. Un señor de una camioneta, que venía de la zona, nos dijo que ciertamente estaban trancando, pero que a carros pequeños dejaban pasar.

«¿Qué hacemos?» «Vamos a darle a ver».

A los pocos minutos, a lo lejos, al contraluz del atardecer, se veía una sombra negra que cubría la carretera de un extremo a otro. Era como una barricada. Disminuimos la velocidad más de lo disminuida que ya venía, bajamos el vidrio e interrogamos con la mirada a dos tipos y una chica que estaban junto a su moto. «Sigan, sigan —dijo uno de ellos haciendo el gesto de que avanzáramos con la mano—, a ustedes los dejan pasar, tranquilos. Y no le den plata a nadie porque no estamos cobrando». Pocos metros mas adelante, otra pareja parada junto a su moto, nos hizo el mismo gesto de avanzar. Ya se distinguía que la barricada era de motos y gente. La poblada trancaba por completo la vía.

Poco a poco, temerosos, con la arepa que nos comimos hecha un nudo en la boca del estómago, avanzamos. Cristian murmuraba como rezando y yo pensaba en que no habría problemas porque nosotros estamos bendecidos y ese no era el día. Lentamente atravesamos la turba. Una vez superada, seguían viniendo motos de todas partes.

«Me siento como en Jumanji 2» dijo Cristian. «Más o menos es así, dije, sólo que nosotros no tenemos fortalezas especiales ni debilidades». «Ni tenemos tres vidas», sentenció Cristian.

Pasado el susto, volvimos a la música. Juan Gabriel, Pablo Alborán, Farinelli, Julieta Venegas… a todo gañote. Cayó un corto chubasco y la tarde se volvió oro. Las largas colas para la gasolina volvieron a aparecer a la vera de a carretera. También las colas de gente esperando el gas parados con sus bombonas vacías en la orilla de la vía.

En el camino yo pensaba en lo difícil que sería controlar esto. ¿Cómo puede hacer el régimen para recoger la violencia sembrada en tantos años? ¿Lanzar al ejército? Eso significaría una matazón indiscriminada de gente. Gente, por cierto, que en su mayoría son la base electoral con que cuentan para perpetuarse en el poder y a los cuales armaron con armas de fuego. Por eso el régimen los deja hacer. No interviene. No trata de reprimirlos, como si lo hizo con los estudiantes y jovenes de las protestas de 2017, en las que masacraron a tantos venezolanos.
Despues de unas ocho horas de haber salido de Merida en un viaje con destino a Maracaibo, el no-país nos llevó al punto de partida. Hoy dormimos de nuevo en Mérida. Mañana lo intentaremos por la vía del páramo.

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Ya es Navidad

13 diciembre, 2017 § 2 comentarios

Cola para el Bicentenario, cola para el supermercado Centro 99, cola en el Latino. El banco Mercantil colapsado, el Provincial sin efectivo esperando la remesa. No puedo entrar a las cuentas para hacer transferencias.

En las farmacias no hay Levofloxacina ni para remedio. Una latica de atún de 98 gramos cuesta 35 mil bolívares. En la pescadería las neveras están vacías. Hace meses que no les llega calamar o camarones. En la cava sólo tienen atún, merluza y toruno. No saben si mañana les llega pescado. Si les llega, será merluza, carite y atún, nada más. Compramos un kilo de atún y nos cuesta lo que costarían 5 latas de 98 gramos.

En la cola de la farmacia, una señora me dice que cuando estaba en Las Playitas, sacó un billete de cien mil para pagar y un hombre que estaba a su lado le ofreció 120 mil bolívares por el billete. A ella le dio miedo y dijo que no. El hombre se fue y el que estaba detrás de él le ofreció 140 mil por el billete de 100 mil. Ella lo pensó y le dijo «Pero en efectivo. El hombre abrió su koala y mostrándole un fajo de billetes, le dijo que se los daba en billetes de mil. Ella aceptó.

En la farmacia todos comentamos la locura del efectivo y la forma como en las playitas es una mercancía más el dinero. Una chica irónicamente dice «Pero eso se acaba ahora con el nuevo gobernador». «Si, claro. Ahora ese negocio lo montarán en una oficina de la Gobernación. Seguramente crean la Secretaría de compra y venta de efectivo». Reímos.

Voy a bañar y secar un perro en casa de un cliente. Me pagan 40 mil por el servicio. Lo que ganó la señora por vender su billete de 100 mil. Mientras recojo las cosas para salir luego de hacer mi trabajo veo en la pantalla del televisor la imagen del caballo blanco que cierra la cadena de radio y televisión que acaba de concluir. El locutor dice «Prenden la luz que ya es Navidad».

Un día normal en Venezuela

20 mayo, 2017 § 3 comentarios

​Si estoy vivo cuando todo esto pase –si tengo la suerte de que el régimen tenga la delicadeza de dejarme vivo–, creo que terminaré drogadicto perdido. Me tendré que enganchar a poppers, éxtasis, coca, o cualquier otra sustancia química que me dispare los niveles de adrenalina y ponga high y speed. De resto, la vida normal y cotidiana de un país normal con los problemas cotidianos de cualquier país normal, será una modorra, un aburrimiento, un achante. 

Cuando las compra-ventas de oro de los locales que han copado los locales del centro comercial comienzan a cerrar, a mí el pulso se me comienza a acelerar. Me inquieto. Camino a asomarme a la puerta a mirar la calle a ver si todo está tranquilo. Es como si tuviera agrieras en el culo, “un mayén”, diría mi madre. Quiero que Cristian se apure a terminar los perros, que los busquen y venirme a encerrar en la casa. 

Hoy, por fin, a eso de las cuatro de la tarde, Cristian terminó, vinieron a buscar a los perros y empezó nuestro agitado y apurado momento de mudanza, porque desde que nos quitaron el agua y nos hostigan los dueños del local, ir y venir al trabajo cada día es una mudanza: llena las pimpinas de agua, persigue y pelea a las perras para que se queden quietas y ponerles las correas, busca a la gata por todos los rincones a ver dónde se escondió para no ir a trabajar, varios viajes para bajar las pimpinas de agua la escalera del edificio hasta la calle con cuidado de no enredarte con las perras y ruedes los veinte peldaños, pon los candados de la puerta, saca la camioneta de la jaula, monta las pimpinas en la camioneta, sube a las perras a la camioneta, monta a la gata, cierra la reja, arranca a la tienda. 

Hay días en que se complica un poco más pues hay que ir a comprar algo, o pasar por la Intendencia, o llevar el mercado a casa de la madre de Cristian, o buscar algunos clientes. 

Luego: para la camioneta, baja la gata, baja las perras, baja las pimpinas de agua, baja los bolsos, baja la compra…

Y para salir: vacía las pimpinas de agua en el tanque, móntalas a la camioneta, cierra caja, apaga el aire, apaga luces, baja santamaría, pelea con las perras para ponerles la correa, alza a la gata, monta pimpinas, perras, bolsos, gata en la camioneta, baja santamaría pequeña, pon los seis candados, arranca. 

Listo el proceso, ya poniendo el último candado, escuché a un señor comentar:

–Vengo de la avenida Universidad. Los malandros tienen todo trancado y están asaltando a la gente. A un señor le cayeron cuatro y le robaron todo.

–Y eso a escasos metros de la Comandancia de policía–, comento.

–No, si fui al comando y les dije y me dijeron que no pueden hacer nada porque están acuartelados.

Claro, hay marcha y tienen que estar QAP para salir a “gasiferar” y perdigonear estudiantes, ciudadanos que protestan. No pueden salir a detener a los colectivos malandros. 

Apurado, me monté al carro y salimos. 

Paramos en Delicias Norte a ver si una amiga del supermercado ya estaba lista para darle la cola a su casa. Al llamarla, me dice: “Estamos encerrados. Tuvimos que bajar santamaría y quedarnos aquí porque venían a saquear el supermercado los malandros. Ni se te ocurra parar. A mi me vienen a buscar más tarde. El centro comercial está todo cerrado”.

Obedientes, seguimos camino. La avenida más o menos desolada. La gente a pie nerviosa. De pronto, una barricada, una humareda y restos de varios vidrios de parabrisas de vehículos en medio de la calle. Con el corazón acelerado, logramos salir de allí y en pocos minutos llegar a la casa: bajarme a abrir la jaula, pendiente de que no aparezca un motorizado por sorpresa, bajar las perras, alzar a la gata, bajar las pimpinas vacías para llenarlas para el lunes, bajar los bolsos, abrir la reja del edificio, hacer subir a las perras, subir a la gata y las pimpinas, quitar candados…

Por fin, en casa.  Pensar que aún no estamos en guerra. Escribir el desahogo.

Textículos del revolucionario 16

6 mayo, 2017 § Deja un comentario

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“Ay, camarada, qué tristeza. Mi primo, el tupamaro que hirieron el otro día los violentos fascistas opositores en Venezuela, se me murió ayer. Necesitaban un antibiótico, un piche antibiótico que aquí en Madrid lo consigo casi que hasta en los estancos, y allá no lo consiguieron. Lo peor es que yo le compré aquí un montón de cajas porque ni caro es, pero no lo pude enviar porque los courrier no aceptan medicinas. ¡Cuánto daño ha hecho la guerra económica de los fascistas imperialistas! No les importa la vida de los venezolanos. Fue tanto lo que jodieron, que obligaron al gobierno revolucionario a prohibir que se transporten medicinas y como los laboratorios son unos desgraciados, pues los esconden para que el mundo piense que hay escasez y crisis humanitaria. Por eso yo cada día soy más revolucionario y amo más a Chávez, porque la ultraderecha es demoníaca y necrofílica. Sienten placer cuando se muere alguien por falta de medicinas. ¡Chávez vive!”

***

“Coño, camarada, yo nunca me imaginé que esto del exilio fuera tan duro. Yo en Venezuela sin jodeme mucho, siempre tenía mi platica. Qué si raspaba mi cupito Cadivi, que si compraba dólares oficiales y los vendía a precio del paralelo, que si compraba la comida a precios regulados y la revendía bachaqueada. ¡No joda, con las medicinas para las convulsiones me metí un billete!, porque un pana de una farmacia me guardaba todo lo que le despachaban y yo la vendía con ganancias como de cinco mil por ciento y partíamos la cochina. Camarada, yo nunca estaba limpio. Pero, verga, la guerra económica de los malditos de la ultraderecha puso la vaina muy arrecha. Esos malparíos burgueses vivían escondiendo la comida y las medicinas y cada vez conseguían menos marañas. Se me enfermó un día el coñito y tuve que ruletealo por todos los hospitales porque en ninguno tenían como atenderlo, porque como los médicos sifrinitos son casi todos de oposición y se roban las vainas de los hospitales, para que la gente piense que es el gobierno que no les despacha a los centros de salud. Casi se me muere el chamo, hasta el suero tuve que llevar. Ahí fue cuando dije ‘Yo me voy de esta verga, porque los sucios burgueses imperialistas no dan tregua y por más que el presidente obrero quiera seguir el legado del comandante supremo y eterno, esos hijos de puta apátridas de la oposición no le van a dar respiro y esto se va a poner peor’. Y me vine pa’ Miami, pero aquí tengo que trabajar qué jode. De mañana hago jardinería y de tarde lavo carros en un car’s wash y si me sale algo de noche, también le echó pierna. Pero si Nicolás le echa bolas y le declara la guerra de frente a los escuálidos, soy capaz de irme a que me den mi fusil para matar vende patria. Es que yo allá si podía hacer reales. Aquí trabajo para medio vivir. Todo por la guerra económica tan arrecha”.

***

“Mira, camarada, yo tengo ganas de ponerme mi gorra tricolor con el logo del 4F, pintarme la boca roja rojita, y agarrar mi IPhone y hacer un vídeo que se haga viral, denunciando la guerra económica homicida que tiene la oposición apátrida en Venezuela. A lo mejor hago el vídeo caminando por Miami Beach con mi franela roja con los ojos de Chávez aquí en las tetas, para que todo el mundo se entere de lo que sufrimos los revolucionarios que hemos tenido que dejar el país por culpa de los violentos opositores que no le dan tregua a la revolución para que lleve felicidad a todos los patriotas, como era la ilusión del comandante supremo y eterno y como intenta el presidente obrero continuar. Es que es muy arrecho que mi mamá se haya muerto en Venezuela porque no consiguieron el medicamento para sus quimioterapias y por más que yo se lo encontré aquí con unos panas de una iglesia, no pude mandarlos a tiempo. Y ni al entierro pude ir porque como no tengo papeles, si salgo, no puedo entrar de nuevo. Esto es muy jodido. Seguro que cuando haga el vídeo me voy a poner a llorar como ahorita, pero no me importa. Que el mundo sepa de toda la maldad y todo el odio que tienen los escuálidos que no les importa que se muera la gente con tal de hacer la guerra económica para tumbar el gobierno legítimo, constitucional y revolucionario que elegimos todos. Yo por eso fue que me vine a Miami, porque los escuálidos me tenían estresada y enferma y no aguantaba más tanta maldad. Un día me dije, ‘Marica, tú te piras de aquí o agarras un fusil y sales a matar pitiyanquis’. Para no terminar asesinando gente, preferí venirme a Miami”.

***

“Yo estoy muy contento, Engelsberth, porque con ese bono de guerra económica de 19 mil que nos va a pagar el camarada Nicolás, voy a poder completar lo del Plavix que me está costando 22 mil bolos la caja de 14 pastillas. Es que de verdad, gracias al comandante supremo y eterno que nos dejó un hombre tan bueno. Por eso es que el Papa Francisco está tan interesado en que en este país haya diálogo, porque él sabe que el camarada Nicolás es un hombre justo. Yo siempre he pensado que la religión es el opio de los pueblos, pero este papá me gusta. El camarada Nicolás debería pedirle que venga a Venezuela. Yo no creo que Pancho le diga que no. Que venga y bendiga las armas de los colectivos y los fusiles de la milicia que van a defender la revolución como hizo aquel Pío, que bendijo las de la guerra. Eso sería un buen espaldarazo a la revolución venezolana y al socialismo del siglo XXI. Y que bendiga también las lacrimógenas para que los escuálidos dejen la lloradera de que están vencidas. Lo que estarán será bendecidas, camarada ”.

***

“Camarada, yo creo que la idea de la Constituyente comunal del presidente obrero es brillante. Que seamos nosotros, el pueblo mismo, los constituyentes y no un montón de escuálidos que lo que van a hacer es montar un texto constitucional para tumbar al gobierno legítimo. Hacemos una Constitución en la que lo primero es eliminar esa vaina de 350 y el 333 que sólo han servido para que la derecha violenta y golpista salga a incendiar el país diciendo que se amparan en la Constitución. Aquí nadie se podrá alzar contra la revolución y a los violentos burguesitos, si salen a trancar calles e impedir el libre tránsito, ¡Plomo y gas! ¡Dígame esa vaina, camarada! Yo vi un vídeo en el que los policías y guardias defensores de la democracia y la revolución venían en sus motos a dialogar, a llevar su discurso de paz y amor a unos sifrinos violentos, y uno de los revoltosos le metió una zancadilla a la moto de uno de los policías y lo hizo caer. Es que fue con coñoemadrada, sacó la pata e hizo que el efectivo rodará que casi se escoñeta. Eso no puede ser. A esos violentos hay que meterlos en la cárcel”.

***

“Yo, como analista político, te digo una vaina camarada, la idea de Nicolás de una Constituyente popular o comunal, es sencillamente brillante. Eso le dará a su gobierno por lo menos dos años más. Porque habrá que escoger de las comunas a los camaradas que van a redactar el texto constitucional, eso toma unos meses. Después, habrá que enseñar a leer y escribir a unos cuántos de los camaradas seleccionados. Luego esperar a que la oposición se ponga de acuerdo con los cuatro pendejos que van a ir por ellos a la Asamblea Constituyente y ya sabemos que la oposición se toma fácil un año sacándose los ojos entre ellos para ver quién queda. Después, discutir y redactar esa nueva Constitución, aprobarla, someterla a referéndum… Qué digo dos años, como tres años o más. Y mientras tanto, el camarada Nicolás sigue dando aumentos de sueldos a los trabajadores, bolsas Clap para los más pobres que son los que votan y bonos a los pensionados. Congela los precios y así recupera su popularidad y cuando ya, dentro de tres o cuatro años vayan a haber elecciones, la gente va a estar tan feliz que va a votar en masa por Nicolás y vamos a barrer para siempre a la derecha violenta y golpista. ¡No volverán! Brillante, realmente, ¡brillante!”

Alberto Alvarado, el artista que vive en su propia instalación de arte en la calle.

2 mayo, 2017 § 2 comentarios

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Tres pequeños cachorros de gatos son su compañía. Pasa el día entre revistas viejas, pequeños libros de la colección Magnificat y de evangelios anuales que cuelga de una cuerda junto a su ropa y sábanas. Al pasar frente a la acera donde ha construido su espacio vital, uno  puede pensar a simple vista que se trata de un “loco” indigente, un acumulador, algún perturbado víctima del síndrome de Diógenes. Pero al detallar el ambiente, uno nota que todo tiene una disposición pensada, un display medido en el que cada objeto tiene el puesto que el hombre considera apropiado. Él vive dentro de su propia instalación artística hecha con objetos recogidos de la basura.

En varias oportunidades, uno lo ha podido ver apostado junto al muro del psiquiátrico, en la avenida 3F, cerca del antiguo cine Uairén. De repente, un día al pasar, ya no está. Desaparecen el hombre, sus obras y su instalación, que en algunas oportunidades ha sido hecha a partir de piedras y plantas. Más tarde me enteraría de que alguna gente se queja, lo denuncia y vienen las autoridades a desalojarlo y destruir su “casa”. Pero él vuelve con renovadas fuerzas y monta de nuevo su chiringuito en el que un techo hecho de lona lo medio protege de la lluvia y el sol.

En estos días, pasábamos por el lugar Cristian y yo y paramos para hacerle fotos al hombre sentado en su vieja y destruida poltrona de mimbre.  “Ya vengo —le dije a Cristian—,voy a hablar con él”.

Con cierto temor y sigilo, me acerqué. El sitio huele a mierda. Obviamente, el hombre no dispone de sala sanitaria donde hacer sus necesidades. Estaba leyendo un trabajo empastado en una carpeta de polietileno transparente, con el logotipo de la Universidad Rafael Belloso Chacín, URBE, en la portada. Supuse que se trataba de algún trabajo o tesis que se debió conseguir en algún contenedor de basura.

Sin perturbarse, levantó la mirada y me vio. No había rastro de locura en sus ojos, ni de temor ni de agresividad. “¿Usted dibuja esas cosas?”, le pregunté señalando las figuras en el muro: Un ángel hecho con trazos simples, junto a un Cristo dibujado con líneas como de arabescos. Una virgen, un muchacho con sombrero, bastón y corbata y una figura joven vestida como con túnicas de varias capas.

—Las hago con carbón —respondió evadiendo un poco mi mirada—, es que no tengo pinturas para trabajar.

A partir de allí, me contó parte de su historia.

Se llama Alberto Alvarado. Nació en Bobures y estudió arte en Barquisimeto. Le gusta el arte religioso, “Me gusta pintar cosas del catolicismo”. Hizo el servicio militar en la Marina Mercante en Barcelona: “Estuve 30 meses en la marina porque era año electoral y en vez de salir a los 24 meses, me dieron la baja a los 30 meses”.

En la escuela de arte estudió historia del arte, por eso habla de Miguel Ángel y Da vinci como dos de los grandes del mundo. “Pero aquí también hubo grandes, como Martín Tovar y Tovar”. También estudió allí inglés y francés.

Alberto habla sin rastro de rencor o resentimiento, ni con ánimo de despertar lástima. Él vive en la calle por elección propia: “Yo no recibo ayuda de nadie. Ni de particulares ni del gobierno. A mí no me gusta que para ayudarme me traten de mezclar con la política. A mí no me gusta la política. No tengo ni comida, ni agua, ni con qué trabajar, pero no quiero depender de nadie”.

Pocas veces hizo contacto visual conmigo. Hablaba mirando a los lados, al suelo, a los gatos. Sin embargo, se notaba la necesidad que tiene de contacto humano. De tener alguien con quien  conversar. Me aclaró también que a él no le gusta la publicidad, cuando le dije que una amiga quería venir a hablar con él para escribir un texto para su blog.

Junto a su silla, en un espacio que pareciera un altar, vi una placa del Premio Catatumbo de Oro de 1993 con el nombre del locutor Daniel Sarcos impreso en ella y a su lado una fotografía enmarcada, el retrato de un hombre de bigotes que pensé que era algún pariente de Alberto. “Es Brito —me aclaró—, un locutor de radio que tenía un programa de gaitas”. Al otro lado había otra placa, un Mara de Oro, cuyos textos no pude distinguir con claridad, aunque parecía también algún premio relacionado con el mundo gaitero.

—Yo no pinto sólo obras grandes. A mí me gusta mucho trabajar la miniatura, pero no tengo con qué hacerlas. Necesito un porta minas —la palabra tardó en aparecer en su mente. La buscó como grafito o carbón, hasta que llegó “porta minas”-. Con uno finito puedo trabajar las miniaturas. Aprovechar mientras la vista me aguante porque tengo como nubosidades. Es que yo fui soldador también…”

De su familia me contó que sus padres, “Lo más importante en la vida”, murieron los dos. Tiene varios hermanos. Algunos en Maracaibo y otros en otras ciudades. “Pero a mí no me gusta molestar. Yo no puedo ir a vivir con ellos”.

El seis de mayo, según me contó, cumple 64 años. Sus brazos muestran aún restos de lo que deben haber sido unos musculados bíceps. Su piel está curtida y le faltan varios dientes.  Su barba y cabello son más blancos que grises y el contacto de su mano al estrecharla para despedirme resulto áspera, pero firme. No fue fácil despegarme porque Alberto quería seguir contando.

No sé muy bien por qué, en algún momento Alberto sacó el tema de los carros. Tomó una vieja revista y me habló de un empresario indú que quería producir autos miniatura a precios económicos para la gente, pero que no pudo hacerlo porque los poderes económicos de la India no se lo permitieron. Se trata del empresario Ratan Tata, quien quería producir su creación: el vehículo “Nano” y soñaba con duplicar las hazañas de Henry Ford con el Modelo T o la historia del Volkswagen en Alemania, pero el socialismo indú le invadió los terrenos en los que construiría la fábrica.

Me ofreció la revista para que me la llevara y terminara de leer el artículo del empresario indú. Le dije que no se preocupara, que había hecho captura en una foto del la página para leerlo con calma. Me dio pena dejarlo sin la poca diversión con la que cuenta.

-Bueno, pero yo voy a hacer una obra pequeña, voy a pintar algo y se lo voy a dar y eso sí me lo va a tener que recibir. Me dijo con humildad.

Aplicando ciertas técnicas de cierre, logré decirle que debía irme. Le dí la mano y le prometí que si encontraba un sitio abierto donde comprar algo de comer, le llevaría algún bocado. También le prometí buscarle el porta minas que necesita para hacer sus miniaturas.

En Ritz 72, le compramos un cachito de jamón y un jugo de manzana. No conseguí allí el porta minas. Regresamos Cristian y yo para entregarle el bocadillo y al bajar el vidrio y notar que era yo, se acercó. Le entregué la merienda, con la promesa de volver. La recibió con tranquilidad y sin apresurarse a comerla. Quería seguir conversando. Pero ya se nos hacía tarde y teníamos cosas que hacer.

Dejamos a Alberto en su “hogar”, con sus gatos, sus libros religiosos, sus cuadernos, sus esculturas hechas con desperdicios y basura. Ese es su espacio. El vive dentro de su propia instalación de arte de reciclaje.

 

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Textículos del revolucionario 7

14 marzo, 2017 § 1 comentario

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“–¡Camarada!, ¿pa’ónde va usté con esos güevos? ¿Usté no sabe que por orden del camarada Diosdado, le estamos haciendo un boicó a los güeveros especuladores que están vendiendo el caltón a 10 mil bolos cuando a las gallinas que los ponen no les pagan ni medio? O sea, por una vaina que a los empresarios pelucones no les cuesta nada polque las gallinas no cobran por poné güevos, nos quieren quitar al pueblo 25 pol ciento der suerdo mínimo.
–Tranquilo camarada que estos huevos los compré en el abasto socialista de la comuna. Ellos ahí tienen un gallinero vertical y los venden a 450 bolivitas que son lo que dijo el camarada Nicolás que debían costar, de acuerdo a los gastos operativos de empaquetado y distribución. Cero usura camarada.
–Ah, bueno. Así sí. Usté sabe mi negrito, comuna y socialismo o na”.

***

“Los escuálidos viven diciendo que los revolucionarios somos unas focas que no sabemos más que aplaudí, ponenos en cuatro y decí que sí como perrito de carro por puesto, polque nos dijeron que sacáramos el calné de la patria y nos fuimos felices y cantando a hacé la cola pa’ sacalo y si nos dicen que nos registremos pa’ que nos vendan las bolsas Clap, vamos bailando a inscribinos. Pero ahí ‘tan ellos, haciendo cola como unos borregos a pleno sol pa’ validá unos partidos vende patria y pitiyanquis y ni siquiera saben si esa vaina les va a serví pa’ argo polque si el camarada Nicolás dice que aquí no hay elecciones, no va a habé ni que baje Dios y lo diga. ¿Quién ha dicho que pa’ que sea democracia tiene que habé elecciones? Por lo menos uno hace su colota de horas pa’ sacá un calné que va a hacé a la patria grande, a la patria helmosa, a la patria bella y en las colas pa’ los Clap nos venden baratísima la comía. Tan barato, que la familia brinca y llora de alegría cuando llegamos con la cajita. Pero esos coños ni saben si a lo mejol mañana, er tesejota dice que los partidos son ilegales por vende patria y por está pidiendo que nos invadan los gringos, y no hay validación que varga pa’ un coño. ¡Ilegales se quedan!”

***

“Yo digo una vaina. No sé qué espera el camarada Nicolás para declarar a las areperas como un servicio público, por muy negocio privado que sea, y hacer un decreto que estipule que, como tales, tienen que vender las arepas a un precio solidario. No puede ser posible que una arepa la vendan en 8 mil bolívares o más, cuando un kilo de harina PAN cuesta ahora 800 bolos, del que sacan mínimo 14 arepas, ¡Eso es usura capitalista! Arepera que no se ajuste a la ley, que la expropien y pase a ser propiedad de la comuna. Hay que retomar la idea de las areperas socialistas del comandante supremo y eterno y que si no quieren asumir que son un servicio público y siguen jugando a la guerra económica, se joda esa cuerda de especuladores”.

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“Dice Iris que en la Penitenciaría General de Venezuela encontraron ‘Siete cuerpos en avanzado estado de descomposición’. ¡Qué horror! Claro, tenían que estar en ‘avanzado estado de descomposición’ porque esos cuerpos deben haber tenido allí, mínimo, veinte años. Esa es la herencia de los 40 años de gobiernos adeco-copeyanos. Por supuesto, los escuálidos de la ultraderecha fascista ya están diciendo que ahí había una fosa común con más de cien muertos, porque les molesta que la Fosforito esté rescatando las cárceles. Con apenitas 20 años de revolución y ya estamos encontrando cosas como estas que vienen de los gobiernos corruptos de la cuarta cuando a nadie le importaba la gente y las cárceles eran un depósito de despojos humanos, un contenedor de desechos orgánicos que todavía respiraban. Qué bueno es contar con una ministra humanista, camarada. Ojalá y pueda seguir impulsando las cooperativas como la pizzería Banesco en todos los centros de rehabilitación. ¿Así es que se llaman ahora las cárceles? ¿no?”

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“Ay, sí, ay, sí. Qué horribles esas máscaras de la muerte, como les dio ahora a los escuálidos por llamar los nuevos accesorios de la Policía Nacional para combatir la delincuencia organizada. Es que son como la gata angora, si se lo meten chilla y cuando se lo sacan llora. Si combaten a los malandros, porque violan los derechos humanos de los delincuentes y, si no los cambaten, porque los delincuentes son del rrrréeeegimen. Puede ser que algún negocito tenga alguien con la compra de esas máscaras, yo no digo que no. Pero, esas cosas pasaban igual en la cuarta. ¿Cuál es el escándalo ahora? ¡Porque son otros los que se meten su biyuyo! Eso es todo. Ay, qué por qué no usan medias pantis o pasamontañas que sale más barato y hasta se lo pueden tejer las abuelas. Sí, para que al ponérselo no se sepa cuál es el delincuente y cuál es el ladrón. Entones dicen que esas matazones indiscriminadas de la OLP se prestan para que maten inocentes, si cómo no. El que no la debe no la teme y si algún policía le cobra a alguien que su mujer le haya puesto cuernos, y aprovecha las OLP para eliminarlo, digo yo, ¿Quién manda a ese coño a meterse con la mujer de un tombo? ¿Ah?”

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“Ay, pero que sensibles se han puesto los escuálidos en estos 18 años de revolución. Ahora todo los impresiona. Las máscaras de la policía nacional en las OLP los hacen tener pesadillas y la fosa con los cadáveres en la Penitenciaría General de Venezuela, los horroriza. Pero eso es ahora, que son centros de rehabilitación y no cárceles como antes. Cuando las cárceles tenían presos y no privados de libertad, como ahora, ahí si no se escandalizaban. ¡Y gritan porque hay uno que otro cuerpo sin cabeza en esa fosa! No se acuerdan que en la cuarta jugaban fútbol con las cabezas de los presos. No, en la cuarta eso no le importaba a la ultraderecha, eso les quita el sueño es ahora que están humanizadas con un neolenguaje criminológico. ¡Y se espantan porque los privados de libertad tienen fusiles y granadas!, porque no se acuerdan que en la cuarta abundaban los chuzos. A los presos les daban la comida sin cubiertos, porque hasta de una cuchara de plástico sacaban un chuzo. Eso ha pasado toda la vida y lo más seguro es que siga pasando”.

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“Qué noble y gran líder ha resultado el camarada Nicolás, cuánta razón tuvo el comandante gigante y eterno y cuánta visión de futuro tuvo al dejar su legado en manos de un hombre noble y justo. Fíjate que, a pesar de la guerra económica tan tenaz del imperio, él en su infinita bondad, sigue comprando productos para los Clap a Estados Unidos. Es que el camarada sabe que, al comprarle a los gringos, ayuda a los pobres de ese país que son muchos y la pasan tan mal. Comprar alimentos gringos ayuda a los productores del campo de Estados Unidos. Beneficia a los pobres de USA, continuando la labor de Chávez que estaba siempre pendiente de mandar ayuda a los más necesitados del norte y beneficia a los pocos pobres que quedan aquí, vendiéndoles comida a precios justos. Eso es ganar-ganar. Es que Chávez vive en el legado que profundiza día a día Nicolás. Dos hombres nobles como no parirá otra tierra”.

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“Ya el camarada Nicolás nos dio el Clap de comida. El Clap higiene, el Clap limpieza, el Clap panadería. Tendremos un divertido, informativo y didáctico programa de televisión de los Clap… ¡Qué hombre tan visionario! Por eso es que la derecha no hace más que echarle mierda a los Clap, porque ellos no quieren que el pueblo se organice para ellos poder seguir especulando y sacándonos los ojos con los precios. Yo creo que esos Clap tienen que hacer una mancuerna con las comunas y que todos los abastos y bodegas que no se incorporen a los Clap deben ser expropiados… Sólo nos falta un Clap para los productos importados y el Clap de las mascotas. Seguro los de misión Nevado ya deben estar pensando en eso. Socialismo y comuna o nada, mi negrito”.

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“Yo te digo una vaina, negrita. Ya que los Clap están teniendo tan buenos resultados y se ve que hacen que la revolución avance y llegué a las catacumbas de la patria, y tomando en cuenta que como dice la Camarada Marypili, el control cambiarlo sólo ha servido para enriquecer a unos cuantos escuálidos corruptos y a oficialistas inconscientes que todavía tienen vicios de la cuarta en su mente, ¿por qué no hacer un Clap también para las divisas?, y que sean las comunas, los consejos comunales, los que estén a cargo de supervisar la entrega de dólares y sacar de ese negocio a los pelucones de Italcambio y acabar con tanta corrupción. Comuna y socialismo o nada, mi negrita ¿Ah?”

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“–¡Coño, camarada, se me partió el alma cuando vi a los curso jurungando las bolsas de basura y comiendo! El camarada Nicolás va a tener que hacer algo. No puede ser que en los cuarteles estén pasando habré.
–Velga, camarada, usté si es bien pendejo. Se pone a creé las vainas que la derecha apátrida pone a rodá por guasac y por el feisbu. ¿Tú no viste que esos cursos están bien papeaos? No tienen pinta de está pasando hambre. Esos gualdias lo que estaban era en un operativo antidrogas y revisaban y probaban a si lo que había en las borsas era bicalbonato o cocaína y pasaron unos escuálidos desgraciaos y los grabaron pa’ decí que estaban comiendo basura. Y hay pendejos como tú que se comen esos cuentos y esos montajes. Por eso es que er proceso no telmina de cuajá, polque los mismos camaradas nos hacemos eco de las infamias que inventan los oposicionistas vende patria”.

 

Qué ganas de «irme demasiado»

23 septiembre, 2016 § 4 comentarios

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Fui al Doral Center Mall a buscar un repuesto para un celular que me encargaron.

Es difícil describir la desazón, la angustia, la opresión en el pecho, que me produjo entrar en lo que en algún tiempo no muy lejano fue uno de los mejores centros comerciales de Maracaibo; de gusto estético discutible, pero un buen sitio de compra.

Lo conseguií convertido en un mercado de Las Playitas, en un zoco callejero, plagado de lo que, a flor de piel, se nota ilegal, fuera de la ley.

Las tiendas venden en su mayoría baratijas chinas a precios de marca gringa. Mercancía traída posiblemente sin ningún arancel de importación legal, pero sí con mucha matraca de por medio. Abundan los stands de productos, articulos, chucherías, adminiculos y repuestos para teléfonos móviles.

En una «tienda», la pantalla que buscaba costaba 50 mil. En la de al lado, 39 mil. Un poco más allá, 35 mil. Junto a esa, 40 mil. Finalmente, la compré en una donde costaba 28 mil. Al pedirla, un dependiente fue a otro local a buscarla —el local del importador, supuse, donde, seguramente, podría estar más barata—. Llegó con el producto en una cajita blanca sin marca alguna. Como yo iba a pagar con tarjeta de débito se consultaron, «¿Fulano, ¿es 28 mil con la comisión o sin la comisión?» «No, bueno la comisión la pagamos nosotros».

Aclarado el tema de la «comisión», tuve que seguir a un dependiente a un tercer local donde les «prestan» el punto de venta. Pagué y al preguntarle si había algún recibo —no aspiraba a tanto como una factura—, con el cual reclamar si había algún problema o desperfecto con la pantalla, me dijeron, «Tranquilo, usted viene que nosotros respondemos».

«Si —pensé—, cualquier cosa con tal de irme rápido de aquí».

Al salir al estacionamiento en el cual pagué 150 bolívares por más o menos media hora, el hermoso cielo al atardecer lo sentí como una pedrada en el ojo.

En el carro, le comenté a Cristian «No entiendo. Mientras en otros centros comerciales el Seniat y la alcaldía acosan a los comerciantes con fiscalizaciones y uno ve en las vitrinas las calcomanías inmensas con letras rojas rojitas de “Clausurado por ilícito fiscal”, aquí no parece entrar ningún fiscal jamás». Él, más lúcido que yo, me comenta «Los fiscales deben venir periódicamente a buscar su mesada para no fiscalizar».

Con sensación de derrota, llegué a la casa. Apurado para aprovechar de lavar los platos con el chorro del grifo antes de que pasaran los 60 minutos de que disponemos del fluido en tuberías. Y, de ser posible, bañarme bajo el chorro de la ducha y no con un tobo y un perolito.

Escribo esto en el teléfono sentado en la poceta, mientras la triste emoción aún está fresca; apurado para alcanzar el chorro antes de que corten el agua, con el alma en el suelo, invadido por una honda tristeza y unas profundas ganas de «irme demasiado» o, al menos, de no tener que salir a la calle más que para contemplar el cielo, quedarme para siempre en esas intensas tonalidades de los atardeceres de Maracaibo.

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