Un día normal en Venezuela

20 mayo, 2017 § 3 comentarios

​Si estoy vivo cuando todo esto pase –si tengo la suerte de que el régimen tenga la delicadeza de dejarme vivo–, creo que terminaré drogadicto perdido. Me tendré que enganchar a poppers, éxtasis, coca, o cualquier otra sustancia química que me dispare los niveles de adrenalina y ponga high y speed. De resto, la vida normal y cotidiana de un país normal con los problemas cotidianos de cualquier país normal, será una modorra, un aburrimiento, un achante. 

Cuando las compra-ventas de oro de los locales que han copado los locales del centro comercial comienzan a cerrar, a mí el pulso se me comienza a acelerar. Me inquieto. Camino a asomarme a la puerta a mirar la calle a ver si todo está tranquilo. Es como si tuviera agrieras en el culo, “un mayén”, diría mi madre. Quiero que Cristian se apure a terminar los perros, que los busquen y venirme a encerrar en la casa. 

Hoy, por fin, a eso de las cuatro de la tarde, Cristian terminó, vinieron a buscar a los perros y empezó nuestro agitado y apurado momento de mudanza, porque desde que nos quitaron el agua y nos hostigan los dueños del local, ir y venir al trabajo cada día es una mudanza: llena las pimpinas de agua, persigue y pelea a las perras para que se queden quietas y ponerles las correas, busca a la gata por todos los rincones a ver dónde se escondió para no ir a trabajar, varios viajes para bajar las pimpinas de agua la escalera del edificio hasta la calle con cuidado de no enredarte con las perras y ruedes los veinte peldaños, pon los candados de la puerta, saca la camioneta de la jaula, monta las pimpinas en la camioneta, sube a las perras a la camioneta, monta a la gata, cierra la reja, arranca a la tienda. 

Hay días en que se complica un poco más pues hay que ir a comprar algo, o pasar por la Intendencia, o llevar el mercado a casa de la madre de Cristian, o buscar algunos clientes. 

Luego: para la camioneta, baja la gata, baja las perras, baja las pimpinas de agua, baja los bolsos, baja la compra…

Y para salir: vacía las pimpinas de agua en el tanque, móntalas a la camioneta, cierra caja, apaga el aire, apaga luces, baja santamaría, pelea con las perras para ponerles la correa, alza a la gata, monta pimpinas, perras, bolsos, gata en la camioneta, baja santamaría pequeña, pon los seis candados, arranca. 

Listo el proceso, ya poniendo el último candado, escuché a un señor comentar:

–Vengo de la avenida Universidad. Los malandros tienen todo trancado y están asaltando a la gente. A un señor le cayeron cuatro y le robaron todo.

–Y eso a escasos metros de la Comandancia de policía–, comento.

–No, si fui al comando y les dije y me dijeron que no pueden hacer nada porque están acuartelados.

Claro, hay marcha y tienen que estar QAP para salir a “gasiferar” y perdigonear estudiantes, ciudadanos que protestan. No pueden salir a detener a los colectivos malandros. 

Apurado, me monté al carro y salimos. 

Paramos en Delicias Norte a ver si una amiga del supermercado ya estaba lista para darle la cola a su casa. Al llamarla, me dice: “Estamos encerrados. Tuvimos que bajar santamaría y quedarnos aquí porque venían a saquear el supermercado los malandros. Ni se te ocurra parar. A mi me vienen a buscar más tarde. El centro comercial está todo cerrado”.

Obedientes, seguimos camino. La avenida más o menos desolada. La gente a pie nerviosa. De pronto, una barricada, una humareda y restos de varios vidrios de parabrisas de vehículos en medio de la calle. Con el corazón acelerado, logramos salir de allí y en pocos minutos llegar a la casa: bajarme a abrir la jaula, pendiente de que no aparezca un motorizado por sorpresa, bajar las perras, alzar a la gata, bajar las pimpinas vacías para llenarlas para el lunes, bajar los bolsos, abrir la reja del edificio, hacer subir a las perras, subir a la gata y las pimpinas, quitar candados…

Por fin, en casa.  Pensar que aún no estamos en guerra. Escribir el desahogo.

Textículos del revolucionario 16

6 mayo, 2017 § Deja un comentario

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“Ay, camarada, qué tristeza. Mi primo, el tupamaro que hirieron el otro día los violentos fascistas opositores en Venezuela, se me murió ayer. Necesitaban un antibiótico, un piche antibiótico que aquí en Madrid lo consigo casi que hasta en los estancos, y allá no lo consiguieron. Lo peor es que yo le compré aquí un montón de cajas porque ni caro es, pero no lo pude enviar porque los courrier no aceptan medicinas. ¡Cuánto daño ha hecho la guerra económica de los fascistas imperialistas! No les importa la vida de los venezolanos. Fue tanto lo que jodieron, que obligaron al gobierno revolucionario a prohibir que se transporten medicinas y como los laboratorios son unos desgraciados, pues los esconden para que el mundo piense que hay escasez y crisis humanitaria. Por eso yo cada día soy más revolucionario y amo más a Chávez, porque la ultraderecha es demoníaca y necrofílica. Sienten placer cuando se muere alguien por falta de medicinas. ¡Chávez vive!”

***

“Coño, camarada, yo nunca me imaginé que esto del exilio fuera tan duro. Yo en Venezuela sin jodeme mucho, siempre tenía mi platica. Qué si raspaba mi cupito Cadivi, que si compraba dólares oficiales y los vendía a precio del paralelo, que si compraba la comida a precios regulados y la revendía bachaqueada. ¡No joda, con las medicinas para las convulsiones me metí un billete!, porque un pana de una farmacia me guardaba todo lo que le despachaban y yo la vendía con ganancias como de cinco mil por ciento y partíamos la cochina. Camarada, yo nunca estaba limpio. Pero, verga, la guerra económica de los malditos de la ultraderecha puso la vaina muy arrecha. Esos malparíos burgueses vivían escondiendo la comida y las medicinas y cada vez conseguían menos marañas. Se me enfermó un día el coñito y tuve que ruletealo por todos los hospitales porque en ninguno tenían como atenderlo, porque como los médicos sifrinitos son casi todos de oposición y se roban las vainas de los hospitales, para que la gente piense que es el gobierno que no les despacha a los centros de salud. Casi se me muere el chamo, hasta el suero tuve que llevar. Ahí fue cuando dije ‘Yo me voy de esta verga, porque los sucios burgueses imperialistas no dan tregua y por más que el presidente obrero quiera seguir el legado del comandante supremo y eterno, esos hijos de puta apátridas de la oposición no le van a dar respiro y esto se va a poner peor’. Y me vine pa’ Miami, pero aquí tengo que trabajar qué jode. De mañana hago jardinería y de tarde lavo carros en un car’s wash y si me sale algo de noche, también le echó pierna. Pero si Nicolás le echa bolas y le declara la guerra de frente a los escuálidos, soy capaz de irme a que me den mi fusil para matar vende patria. Es que yo allá si podía hacer reales. Aquí trabajo para medio vivir. Todo por la guerra económica tan arrecha”.

***

“Mira, camarada, yo tengo ganas de ponerme mi gorra tricolor con el logo del 4F, pintarme la boca roja rojita, y agarrar mi IPhone y hacer un vídeo que se haga viral, denunciando la guerra económica homicida que tiene la oposición apátrida en Venezuela. A lo mejor hago el vídeo caminando por Miami Beach con mi franela roja con los ojos de Chávez aquí en las tetas, para que todo el mundo se entere de lo que sufrimos los revolucionarios que hemos tenido que dejar el país por culpa de los violentos opositores que no le dan tregua a la revolución para que lleve felicidad a todos los patriotas, como era la ilusión del comandante supremo y eterno y como intenta el presidente obrero continuar. Es que es muy arrecho que mi mamá se haya muerto en Venezuela porque no consiguieron el medicamento para sus quimioterapias y por más que yo se lo encontré aquí con unos panas de una iglesia, no pude mandarlos a tiempo. Y ni al entierro pude ir porque como no tengo papeles, si salgo, no puedo entrar de nuevo. Esto es muy jodido. Seguro que cuando haga el vídeo me voy a poner a llorar como ahorita, pero no me importa. Que el mundo sepa de toda la maldad y todo el odio que tienen los escuálidos que no les importa que se muera la gente con tal de hacer la guerra económica para tumbar el gobierno legítimo, constitucional y revolucionario que elegimos todos. Yo por eso fue que me vine a Miami, porque los escuálidos me tenían estresada y enferma y no aguantaba más tanta maldad. Un día me dije, ‘Marica, tú te piras de aquí o agarras un fusil y sales a matar pitiyanquis’. Para no terminar asesinando gente, preferí venirme a Miami”.

***

“Yo estoy muy contento, Engelsberth, porque con ese bono de guerra económica de 19 mil que nos va a pagar el camarada Nicolás, voy a poder completar lo del Plavix que me está costando 22 mil bolos la caja de 14 pastillas. Es que de verdad, gracias al comandante supremo y eterno que nos dejó un hombre tan bueno. Por eso es que el Papa Francisco está tan interesado en que en este país haya diálogo, porque él sabe que el camarada Nicolás es un hombre justo. Yo siempre he pensado que la religión es el opio de los pueblos, pero este papá me gusta. El camarada Nicolás debería pedirle que venga a Venezuela. Yo no creo que Pancho le diga que no. Que venga y bendiga las armas de los colectivos y los fusiles de la milicia que van a defender la revolución como hizo aquel Pío, que bendijo las de la guerra. Eso sería un buen espaldarazo a la revolución venezolana y al socialismo del siglo XXI. Y que bendiga también las lacrimógenas para que los escuálidos dejen la lloradera de que están vencidas. Lo que estarán será bendecidas, camarada ”.

***

“Camarada, yo creo que la idea de la Constituyente comunal del presidente obrero es brillante. Que seamos nosotros, el pueblo mismo, los constituyentes y no un montón de escuálidos que lo que van a hacer es montar un texto constitucional para tumbar al gobierno legítimo. Hacemos una Constitución en la que lo primero es eliminar esa vaina de 350 y el 333 que sólo han servido para que la derecha violenta y golpista salga a incendiar el país diciendo que se amparan en la Constitución. Aquí nadie se podrá alzar contra la revolución y a los violentos burguesitos, si salen a trancar calles e impedir el libre tránsito, ¡Plomo y gas! ¡Dígame esa vaina, camarada! Yo vi un vídeo en el que los policías y guardias defensores de la democracia y la revolución venían en sus motos a dialogar, a llevar su discurso de paz y amor a unos sifrinos violentos, y uno de los revoltosos le metió una zancadilla a la moto de uno de los policías y lo hizo caer. Es que fue con coñoemadrada, sacó la pata e hizo que el efectivo rodará que casi se escoñeta. Eso no puede ser. A esos violentos hay que meterlos en la cárcel”.

***

“Yo, como analista político, te digo una vaina camarada, la idea de Nicolás de una Constituyente popular o comunal, es sencillamente brillante. Eso le dará a su gobierno por lo menos dos años más. Porque habrá que escoger de las comunas a los camaradas que van a redactar el texto constitucional, eso toma unos meses. Después, habrá que enseñar a leer y escribir a unos cuántos de los camaradas seleccionados. Luego esperar a que la oposición se ponga de acuerdo con los cuatro pendejos que van a ir por ellos a la Asamblea Constituyente y ya sabemos que la oposición se toma fácil un año sacándose los ojos entre ellos para ver quién queda. Después, discutir y redactar esa nueva Constitución, aprobarla, someterla a referéndum… Qué digo dos años, como tres años o más. Y mientras tanto, el camarada Nicolás sigue dando aumentos de sueldos a los trabajadores, bolsas Clap para los más pobres que son los que votan y bonos a los pensionados. Congela los precios y así recupera su popularidad y cuando ya, dentro de tres o cuatro años vayan a haber elecciones, la gente va a estar tan feliz que va a votar en masa por Nicolás y vamos a barrer para siempre a la derecha violenta y golpista. ¡No volverán! Brillante, realmente, ¡brillante!”

Alberto Alvarado, el artista que vive en su propia instalación de arte en la calle.

2 mayo, 2017 § 2 comentarios

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Tres pequeños cachorros de gatos son su compañía. Pasa el día entre revistas viejas, pequeños libros de la colección Magnificat y de evangelios anuales que cuelga de una cuerda junto a su ropa y sábanas. Al pasar frente a la acera donde ha construido su espacio vital, uno  puede pensar a simple vista que se trata de un “loco” indigente, un acumulador, algún perturbado víctima del síndrome de Diógenes. Pero al detallar el ambiente, uno nota que todo tiene una disposición pensada, un display medido en el que cada objeto tiene el puesto que el hombre considera apropiado. Él vive dentro de su propia instalación artística hecha con objetos recogidos de la basura.

En varias oportunidades, uno lo ha podido ver apostado junto al muro del psiquiátrico, en la avenida 3F, cerca del antiguo cine Uairén. De repente, un día al pasar, ya no está. Desaparecen el hombre, sus obras y su instalación, que en algunas oportunidades ha sido hecha a partir de piedras y plantas. Más tarde me enteraría de que alguna gente se queja, lo denuncia y vienen las autoridades a desalojarlo y destruir su “casa”. Pero él vuelve con renovadas fuerzas y monta de nuevo su chiringuito en el que un techo hecho de lona lo medio protege de la lluvia y el sol.

En estos días, pasábamos por el lugar Cristian y yo y paramos para hacerle fotos al hombre sentado en su vieja y destruida poltrona de mimbre.  “Ya vengo —le dije a Cristian—,voy a hablar con él”.

Con cierto temor y sigilo, me acerqué. El sitio huele a mierda. Obviamente, el hombre no dispone de sala sanitaria donde hacer sus necesidades. Estaba leyendo un trabajo empastado en una carpeta de polietileno transparente, con el logotipo de la Universidad Rafael Belloso Chacín, URBE, en la portada. Supuse que se trataba de algún trabajo o tesis que se debió conseguir en algún contenedor de basura.

Sin perturbarse, levantó la mirada y me vio. No había rastro de locura en sus ojos, ni de temor ni de agresividad. “¿Usted dibuja esas cosas?”, le pregunté señalando las figuras en el muro: Un ángel hecho con trazos simples, junto a un Cristo dibujado con líneas como de arabescos. Una virgen, un muchacho con sombrero, bastón y corbata y una figura joven vestida como con túnicas de varias capas.

—Las hago con carbón —respondió evadiendo un poco mi mirada—, es que no tengo pinturas para trabajar.

A partir de allí, me contó parte de su historia.

Se llama Alberto Alvarado. Nació en Bobures y estudió arte en Barquisimeto. Le gusta el arte religioso, “Me gusta pintar cosas del catolicismo”. Hizo el servicio militar en la Marina Mercante en Barcelona: “Estuve 30 meses en la marina porque era año electoral y en vez de salir a los 24 meses, me dieron la baja a los 30 meses”.

En la escuela de arte estudió historia del arte, por eso habla de Miguel Ángel y Da vinci como dos de los grandes del mundo. “Pero aquí también hubo grandes, como Martín Tovar y Tovar”. También estudió allí inglés y francés.

Alberto habla sin rastro de rencor o resentimiento, ni con ánimo de despertar lástima. Él vive en la calle por elección propia: “Yo no recibo ayuda de nadie. Ni de particulares ni del gobierno. A mí no me gusta que para ayudarme me traten de mezclar con la política. A mí no me gusta la política. No tengo ni comida, ni agua, ni con qué trabajar, pero no quiero depender de nadie”.

Pocas veces hizo contacto visual conmigo. Hablaba mirando a los lados, al suelo, a los gatos. Sin embargo, se notaba la necesidad que tiene de contacto humano. De tener alguien con quien  conversar. Me aclaró también que a él no le gusta la publicidad, cuando le dije que una amiga quería venir a hablar con él para escribir un texto para su blog.

Junto a su silla, en un espacio que pareciera un altar, vi una placa del Premio Catatumbo de Oro de 1993 con el nombre del locutor Daniel Sarcos impreso en ella y a su lado una fotografía enmarcada, el retrato de un hombre de bigotes que pensé que era algún pariente de Alberto. “Es Brito —me aclaró—, un locutor de radio que tenía un programa de gaitas”. Al otro lado había otra placa, un Mara de Oro, cuyos textos no pude distinguir con claridad, aunque parecía también algún premio relacionado con el mundo gaitero.

—Yo no pinto sólo obras grandes. A mí me gusta mucho trabajar la miniatura, pero no tengo con qué hacerlas. Necesito un porta minas —la palabra tardó en aparecer en su mente. La buscó como grafito o carbón, hasta que llegó “porta minas”-. Con uno finito puedo trabajar las miniaturas. Aprovechar mientras la vista me aguante porque tengo como nubosidades. Es que yo fui soldador también…”

De su familia me contó que sus padres, “Lo más importante en la vida”, murieron los dos. Tiene varios hermanos. Algunos en Maracaibo y otros en otras ciudades. “Pero a mí no me gusta molestar. Yo no puedo ir a vivir con ellos”.

El seis de mayo, según me contó, cumple 64 años. Sus brazos muestran aún restos de lo que deben haber sido unos musculados bíceps. Su piel está curtida y le faltan varios dientes.  Su barba y cabello son más blancos que grises y el contacto de su mano al estrecharla para despedirme resulto áspera, pero firme. No fue fácil despegarme porque Alberto quería seguir contando.

No sé muy bien por qué, en algún momento Alberto sacó el tema de los carros. Tomó una vieja revista y me habló de un empresario indú que quería producir autos miniatura a precios económicos para la gente, pero que no pudo hacerlo porque los poderes económicos de la India no se lo permitieron. Se trata del empresario Ratan Tata, quien quería producir su creación: el vehículo “Nano” y soñaba con duplicar las hazañas de Henry Ford con el Modelo T o la historia del Volkswagen en Alemania, pero el socialismo indú le invadió los terrenos en los que construiría la fábrica.

Me ofreció la revista para que me la llevara y terminara de leer el artículo del empresario indú. Le dije que no se preocupara, que había hecho captura en una foto del la página para leerlo con calma. Me dio pena dejarlo sin la poca diversión con la que cuenta.

-Bueno, pero yo voy a hacer una obra pequeña, voy a pintar algo y se lo voy a dar y eso sí me lo va a tener que recibir. Me dijo con humildad.

Aplicando ciertas técnicas de cierre, logré decirle que debía irme. Le dí la mano y le prometí que si encontraba un sitio abierto donde comprar algo de comer, le llevaría algún bocado. También le prometí buscarle el porta minas que necesita para hacer sus miniaturas.

En Ritz 72, le compramos un cachito de jamón y un jugo de manzana. No conseguí allí el porta minas. Regresamos Cristian y yo para entregarle el bocadillo y al bajar el vidrio y notar que era yo, se acercó. Le entregué la merienda, con la promesa de volver. La recibió con tranquilidad y sin apresurarse a comerla. Quería seguir conversando. Pero ya se nos hacía tarde y teníamos cosas que hacer.

Dejamos a Alberto en su “hogar”, con sus gatos, sus libros religiosos, sus cuadernos, sus esculturas hechas con desperdicios y basura. Ese es su espacio. El vive dentro de su propia instalación de arte de reciclaje.

 

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Textículos del revolucionario 7

14 marzo, 2017 § 1 comentario

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“–¡Camarada!, ¿pa’ónde va usté con esos güevos? ¿Usté no sabe que por orden del camarada Diosdado, le estamos haciendo un boicó a los güeveros especuladores que están vendiendo el caltón a 10 mil bolos cuando a las gallinas que los ponen no les pagan ni medio? O sea, por una vaina que a los empresarios pelucones no les cuesta nada polque las gallinas no cobran por poné güevos, nos quieren quitar al pueblo 25 pol ciento der suerdo mínimo.
–Tranquilo camarada que estos huevos los compré en el abasto socialista de la comuna. Ellos ahí tienen un gallinero vertical y los venden a 450 bolivitas que son lo que dijo el camarada Nicolás que debían costar, de acuerdo a los gastos operativos de empaquetado y distribución. Cero usura camarada.
–Ah, bueno. Así sí. Usté sabe mi negrito, comuna y socialismo o na”.

***

“Los escuálidos viven diciendo que los revolucionarios somos unas focas que no sabemos más que aplaudí, ponenos en cuatro y decí que sí como perrito de carro por puesto, polque nos dijeron que sacáramos el calné de la patria y nos fuimos felices y cantando a hacé la cola pa’ sacalo y si nos dicen que nos registremos pa’ que nos vendan las bolsas Clap, vamos bailando a inscribinos. Pero ahí ‘tan ellos, haciendo cola como unos borregos a pleno sol pa’ validá unos partidos vende patria y pitiyanquis y ni siquiera saben si esa vaina les va a serví pa’ argo polque si el camarada Nicolás dice que aquí no hay elecciones, no va a habé ni que baje Dios y lo diga. ¿Quién ha dicho que pa’ que sea democracia tiene que habé elecciones? Por lo menos uno hace su colota de horas pa’ sacá un calné que va a hacé a la patria grande, a la patria helmosa, a la patria bella y en las colas pa’ los Clap nos venden baratísima la comía. Tan barato, que la familia brinca y llora de alegría cuando llegamos con la cajita. Pero esos coños ni saben si a lo mejol mañana, er tesejota dice que los partidos son ilegales por vende patria y por está pidiendo que nos invadan los gringos, y no hay validación que varga pa’ un coño. ¡Ilegales se quedan!”

***

“Yo digo una vaina. No sé qué espera el camarada Nicolás para declarar a las areperas como un servicio público, por muy negocio privado que sea, y hacer un decreto que estipule que, como tales, tienen que vender las arepas a un precio solidario. No puede ser posible que una arepa la vendan en 8 mil bolívares o más, cuando un kilo de harina PAN cuesta ahora 800 bolos, del que sacan mínimo 14 arepas, ¡Eso es usura capitalista! Arepera que no se ajuste a la ley, que la expropien y pase a ser propiedad de la comuna. Hay que retomar la idea de las areperas socialistas del comandante supremo y eterno y que si no quieren asumir que son un servicio público y siguen jugando a la guerra económica, se joda esa cuerda de especuladores”.

***

“Dice Iris que en la Penitenciaría General de Venezuela encontraron ‘Siete cuerpos en avanzado estado de descomposición’. ¡Qué horror! Claro, tenían que estar en ‘avanzado estado de descomposición’ porque esos cuerpos deben haber tenido allí, mínimo, veinte años. Esa es la herencia de los 40 años de gobiernos adeco-copeyanos. Por supuesto, los escuálidos de la ultraderecha fascista ya están diciendo que ahí había una fosa común con más de cien muertos, porque les molesta que la Fosforito esté rescatando las cárceles. Con apenitas 20 años de revolución y ya estamos encontrando cosas como estas que vienen de los gobiernos corruptos de la cuarta cuando a nadie le importaba la gente y las cárceles eran un depósito de despojos humanos, un contenedor de desechos orgánicos que todavía respiraban. Qué bueno es contar con una ministra humanista, camarada. Ojalá y pueda seguir impulsando las cooperativas como la pizzería Banesco en todos los centros de rehabilitación. ¿Así es que se llaman ahora las cárceles? ¿no?”

***

“Ay, sí, ay, sí. Qué horribles esas máscaras de la muerte, como les dio ahora a los escuálidos por llamar los nuevos accesorios de la Policía Nacional para combatir la delincuencia organizada. Es que son como la gata angora, si se lo meten chilla y cuando se lo sacan llora. Si combaten a los malandros, porque violan los derechos humanos de los delincuentes y, si no los cambaten, porque los delincuentes son del rrrréeeegimen. Puede ser que algún negocito tenga alguien con la compra de esas máscaras, yo no digo que no. Pero, esas cosas pasaban igual en la cuarta. ¿Cuál es el escándalo ahora? ¡Porque son otros los que se meten su biyuyo! Eso es todo. Ay, qué por qué no usan medias pantis o pasamontañas que sale más barato y hasta se lo pueden tejer las abuelas. Sí, para que al ponérselo no se sepa cuál es el delincuente y cuál es el ladrón. Entones dicen que esas matazones indiscriminadas de la OLP se prestan para que maten inocentes, si cómo no. El que no la debe no la teme y si algún policía le cobra a alguien que su mujer le haya puesto cuernos, y aprovecha las OLP para eliminarlo, digo yo, ¿Quién manda a ese coño a meterse con la mujer de un tombo? ¿Ah?”

***

“Ay, pero que sensibles se han puesto los escuálidos en estos 18 años de revolución. Ahora todo los impresiona. Las máscaras de la policía nacional en las OLP los hacen tener pesadillas y la fosa con los cadáveres en la Penitenciaría General de Venezuela, los horroriza. Pero eso es ahora, que son centros de rehabilitación y no cárceles como antes. Cuando las cárceles tenían presos y no privados de libertad, como ahora, ahí si no se escandalizaban. ¡Y gritan porque hay uno que otro cuerpo sin cabeza en esa fosa! No se acuerdan que en la cuarta jugaban fútbol con las cabezas de los presos. No, en la cuarta eso no le importaba a la ultraderecha, eso les quita el sueño es ahora que están humanizadas con un neolenguaje criminológico. ¡Y se espantan porque los privados de libertad tienen fusiles y granadas!, porque no se acuerdan que en la cuarta abundaban los chuzos. A los presos les daban la comida sin cubiertos, porque hasta de una cuchara de plástico sacaban un chuzo. Eso ha pasado toda la vida y lo más seguro es que siga pasando”.

***

“Qué noble y gran líder ha resultado el camarada Nicolás, cuánta razón tuvo el comandante gigante y eterno y cuánta visión de futuro tuvo al dejar su legado en manos de un hombre noble y justo. Fíjate que, a pesar de la guerra económica tan tenaz del imperio, él en su infinita bondad, sigue comprando productos para los Clap a Estados Unidos. Es que el camarada sabe que, al comprarle a los gringos, ayuda a los pobres de ese país que son muchos y la pasan tan mal. Comprar alimentos gringos ayuda a los productores del campo de Estados Unidos. Beneficia a los pobres de USA, continuando la labor de Chávez que estaba siempre pendiente de mandar ayuda a los más necesitados del norte y beneficia a los pocos pobres que quedan aquí, vendiéndoles comida a precios justos. Eso es ganar-ganar. Es que Chávez vive en el legado que profundiza día a día Nicolás. Dos hombres nobles como no parirá otra tierra”.

***

“Ya el camarada Nicolás nos dio el Clap de comida. El Clap higiene, el Clap limpieza, el Clap panadería. Tendremos un divertido, informativo y didáctico programa de televisión de los Clap… ¡Qué hombre tan visionario! Por eso es que la derecha no hace más que echarle mierda a los Clap, porque ellos no quieren que el pueblo se organice para ellos poder seguir especulando y sacándonos los ojos con los precios. Yo creo que esos Clap tienen que hacer una mancuerna con las comunas y que todos los abastos y bodegas que no se incorporen a los Clap deben ser expropiados… Sólo nos falta un Clap para los productos importados y el Clap de las mascotas. Seguro los de misión Nevado ya deben estar pensando en eso. Socialismo y comuna o nada, mi negrito”.

***

“Yo te digo una vaina, negrita. Ya que los Clap están teniendo tan buenos resultados y se ve que hacen que la revolución avance y llegué a las catacumbas de la patria, y tomando en cuenta que como dice la Camarada Marypili, el control cambiarlo sólo ha servido para enriquecer a unos cuantos escuálidos corruptos y a oficialistas inconscientes que todavía tienen vicios de la cuarta en su mente, ¿por qué no hacer un Clap también para las divisas?, y que sean las comunas, los consejos comunales, los que estén a cargo de supervisar la entrega de dólares y sacar de ese negocio a los pelucones de Italcambio y acabar con tanta corrupción. Comuna y socialismo o nada, mi negrita ¿Ah?”

***

“–¡Coño, camarada, se me partió el alma cuando vi a los curso jurungando las bolsas de basura y comiendo! El camarada Nicolás va a tener que hacer algo. No puede ser que en los cuarteles estén pasando habré.
–Velga, camarada, usté si es bien pendejo. Se pone a creé las vainas que la derecha apátrida pone a rodá por guasac y por el feisbu. ¿Tú no viste que esos cursos están bien papeaos? No tienen pinta de está pasando hambre. Esos gualdias lo que estaban era en un operativo antidrogas y revisaban y probaban a si lo que había en las borsas era bicalbonato o cocaína y pasaron unos escuálidos desgraciaos y los grabaron pa’ decí que estaban comiendo basura. Y hay pendejos como tú que se comen esos cuentos y esos montajes. Por eso es que er proceso no telmina de cuajá, polque los mismos camaradas nos hacemos eco de las infamias que inventan los oposicionistas vende patria”.

 

Qué ganas de «irme demasiado»

23 septiembre, 2016 § 4 comentarios

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Fui al Doral Center Mall a buscar un repuesto para un celular que me encargaron.

Es difícil describir la desazón, la angustia, la opresión en el pecho, que me produjo entrar en lo que en algún tiempo no muy lejano fue uno de los mejores centros comerciales de Maracaibo; de gusto estético discutible, pero un buen sitio de compra.

Lo conseguií convertido en un mercado de Las Playitas, en un zoco callejero, plagado de lo que, a flor de piel, se nota ilegal, fuera de la ley.

Las tiendas venden en su mayoría baratijas chinas a precios de marca gringa. Mercancía traída posiblemente sin ningún arancel de importación legal, pero sí con mucha matraca de por medio. Abundan los stands de productos, articulos, chucherías, adminiculos y repuestos para teléfonos móviles.

En una «tienda», la pantalla que buscaba costaba 50 mil. En la de al lado, 39 mil. Un poco más allá, 35 mil. Junto a esa, 40 mil. Finalmente, la compré en una donde costaba 28 mil. Al pedirla, un dependiente fue a otro local a buscarla —el local del importador, supuse, donde, seguramente, podría estar más barata—. Llegó con el producto en una cajita blanca sin marca alguna. Como yo iba a pagar con tarjeta de débito se consultaron, «¿Fulano, ¿es 28 mil con la comisión o sin la comisión?» «No, bueno la comisión la pagamos nosotros».

Aclarado el tema de la «comisión», tuve que seguir a un dependiente a un tercer local donde les «prestan» el punto de venta. Pagué y al preguntarle si había algún recibo —no aspiraba a tanto como una factura—, con el cual reclamar si había algún problema o desperfecto con la pantalla, me dijeron, «Tranquilo, usted viene que nosotros respondemos».

«Si —pensé—, cualquier cosa con tal de irme rápido de aquí».

Al salir al estacionamiento en el cual pagué 150 bolívares por más o menos media hora, el hermoso cielo al atardecer lo sentí como una pedrada en el ojo.

En el carro, le comenté a Cristian «No entiendo. Mientras en otros centros comerciales el Seniat y la alcaldía acosan a los comerciantes con fiscalizaciones y uno ve en las vitrinas las calcomanías inmensas con letras rojas rojitas de “Clausurado por ilícito fiscal”, aquí no parece entrar ningún fiscal jamás». Él, más lúcido que yo, me comenta «Los fiscales deben venir periódicamente a buscar su mesada para no fiscalizar».

Con sensación de derrota, llegué a la casa. Apurado para aprovechar de lavar los platos con el chorro del grifo antes de que pasaran los 60 minutos de que disponemos del fluido en tuberías. Y, de ser posible, bañarme bajo el chorro de la ducha y no con un tobo y un perolito.

Escribo esto en el teléfono sentado en la poceta, mientras la triste emoción aún está fresca; apurado para alcanzar el chorro antes de que corten el agua, con el alma en el suelo, invadido por una honda tristeza y unas profundas ganas de «irme demasiado» o, al menos, de no tener que salir a la calle más que para contemplar el cielo, quedarme para siempre en esas intensas tonalidades de los atardeceres de Maracaibo.

Las Pulgas a mediodía

18 junio, 2016 § Deja un comentario

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El calor de las 12 y media aprieta en el rostro. Uno siente como si estuviera metiendo la cabeza en un horno precalentado a 180 grados para hacer una torta.
El centro de Maracaibo, como siempre, es un infierno que la basílica de La Chinita no parece afectar.
No es sólo el calor lo que produce esa sensación de averno. La suciedad, la basura amontonada en grandes montañas por doquier. El ruido. El tráfico, esa manera arbitraria de conducir y conducirse el maracucho tras el volante. Las cornetas, los frenazos. Las mentadas de madre. El olor a mortecina y cloacas obstruidas. Si el infierno existe, sus coordenadas están por los alrededores de Las Pulgas en Maracaibo.
No obstante, el centro tiene un cierto encanto que atrae, divierte, da risa.
Un hombre con un racimo de escobas al hombro, recorre la acera entre los desordenados tarantines de buhoneros que colman las vías dejando cada vez menos espacio a carros y peatones:
—¡Escoba, escoba, escoba! El regalo para el papa. Escoba, escoba. Lleve su escoba. Este es el regalo para el papa, para el papa Francisco, el papa que quiere barrer el capitalismo que ensucia el mundo. Escoba, escoba…
De pronto, me descubro sonriendo, mientras curucuteo en un tarantín que tiene, aceite de soya, harina de trigo, harina PAN, jabón para la ropa, gelatina para el pelo…
Mercancías extrañas en los supermercados y a precios dolarizados, prohibitivos para un pueblo cuyo salario mínimo mensual, no llega a 20 dólares.

No me apaguen el sol

18 mayo, 2016 § 1 comentario

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Llegó entonces el atardecer. El cielo se volvió expresión. Se llenó de colores que fueron cambiando de azules y grises, a naranjas y rojos. Parecía como si un pintor desahogara a fuerza de colores y brochazos toda la desazón del día.

Hay que aferrarse a los cielos intocables por esta realidad que nos somete. Agarrarse como a un clavo ardiente de los comentarlos de la amiga que dice que mis novelas la hicieron sentir «perturbada, asustada, sonrojada y hasta me causaron rabia». Agarrarse como una tabla de salvación de la otra amiga que me aplaude sin mezquindades mis «Textos de la concupiscencia cotidiana». Cualquier pequeña alegría es una armadura para no romperse ante esa madre que me cuenta que la apuntaron con un revólver a ella y a su hijo, hace 15 días en un autobús y que, ayer, a su hija con su nieto de 4 años los atracaron en una buseta.

No romper a llorar cuando cuenta que el niño le dijo a su mamá «Mami ese hombre está robando».

Era una mujer de 62 años que tenía necesidad de contarle a alguien sus penurias. Que tiene 29 años de servicio dando clases para el Ministerio de Educación y tiene que hacer malabares para poder comer. Hacer un almuerzo con una pechuga de pollo para cuatro personas, pagar la leche para el niño a 4 mil bolívares, aunque no le quede para comer ella. Que su hija tiene pánico de salir a la calle y, ella, a sus 62, prefiere caminar a pleno sol para no pasar por el terror de usar el transporte público. Que a lo mejor tendrán que buscarle un hogar al gato porque ya no les alcanza el dinero para comprarle la comida. Que el consejo comunal no le avisa cuando hacen jornadas de ventas de comida, porque ella es opositora.

Después el amigo que no tiene dinero, que ve como su salario de una quincena de le va en un día. Y la vecina que con toda la buena intención me muestra un paquete de Harina Pan por si lo necesito y lo quiero comprar. Una harina que viene marcada a 19 bs. y ella pagó a 1100. Y me muestra la panela granulada que compró a 1400 bs. porque no consiguió azúcar. Y me cuenta de los 40 pañales para su madre de 90 años que tuvo que pagar a 25 dólares y conseguir quien se los trajera de USA. Me cuenta orgullosa, sonriendo, sus pequeños triunfos cotidianos, mientras finjo que no me afecta. Actúo para no dejar salir el quiebre que tengo en el pecho.

Y ella habla de su socio que decidió no almorzar, como siempre lo hace, con los vendedores del negocio, porque él tenía carne en su vianda y «le dio cosita» cuando vio que los vendedores llevaron arroz con huevo frito y salsa de tomate, uno. Y, el otro, pasta con mucho queso rayado. Queso. Sólo queso. No salsa bañada con queso. Pasta y queso blanco rayado. Nada más.

Y la tía que llama de Maracay y con su buen humor y entre risas y cariños también cuenta su tragedia. Y la familia que cuenta sus cuitas por whatsapp, las carencias. Los no hay. Los no encontré. Los estoy sin luz. Los no voy a poder comer más de esto o de aquello, que tanto me gusta, porque no hay dinero.

Entonces, sólo quedarse con lo que la gente que lo quiere y lee a uno le comenta de sus textos. Saborear las risas que pude regalarle a alguien en facebook y que cariñosamente lo agradece. Sentirse feliz, aunque tal vez hablen más desde el cariño que desde lo que esos textos tienen de bueno.

Mirar al cielo desde un piso catorce y sentir que con ese espectáculo de luz y color no han podido meterse. No podrán. Dejarse ir en esas nubes que pasan de gris a amarillo, de amarillo a naranja, de naranja a rojo.

Mirar al sol morir y recordar que al día siguiente, aunque haya nubes, volverá a brillar. Volverá a abrasar. Una vez más, nos hará maldecir el calorón, el sofoco, especialmente si hay corte eléctrico de cuatro horas y nos asfixiamos; pero nos recordará que no hay, que no ha habido ni habrá, déspota que lo pueda apagar. Que, a pesar de todo, el sol siempre vuelve a salir. Para todos.

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