Olvido

5 febrero, 2018 § 2 comentarios

Hace días me encontré con Roberto en el bar y no tengo ni idea de porqué ahora que me estoy vistiendo para ir a jurar mi nuevo cargo, recuerdo ese encuentro. Debe ser por lo reciente. Por la alegría de hoy. Porque, en otros tiempos, seguramente lo habría llamado para que me acompañara hoy, como nos acompañábamos cuando chamos en las cosas importantes. Bueno, en las pendejadas también.

Tenía muchos años sin verlo. De hecho, me costó reconocerlo. Apenas un brillo en los ojos me sirvió como prueba de que se trataba del mismo Roberto de mi adolescencia y juventud.

Él me reconoció de inmediato. Me asombró que en la oscuridad y bullicio del bar y con algunos tragos en el buche, él me reconociera al no más verme.

A pesar de la calva que reflejaba los focos rojos y azules. A pesar de las canas que cubren mis orejas. A pesar del abdomen pronunciado y las manchas y lunares en mi piel. Roberto al verme se me acercó y me llamó por mi nombre:

«¡José Alfredo, cuánto tiempo!», gritó con una sonrisa en los labios y se abalanzó sobre mí en un cálido y apretado abrazo. De inmediato recordé aquellos abrazos que nos dábamos todos los días al encontrarnos y despedirnos. Me abrazó como si no hubiese pasado el tiempo y él no se hubiera casado con Rosana y yo con Alicia. Como si siguiéramos solteros y el día anterior hubiésemos amanecido juntos en algún bar de putas de Cuatro Piedras.

Brindamos por los viejos tiempos. Me contó que sigue con Rosana, tuvieron tres hijos y ahora tienen tres nietos.
—Son una maravilla, José Alfredo, si tener hijos me llenó de dicha, ser abuelo me hizo crecer como ser humano. Los nietos son la prueba de que la vida sigue, que seguirá aún mucho tiempo después de que seamos polvo en el polvo. ¿Y tú y Alicia? ¿Ya son abuelos?

Sin saber por qué, la pregunta me avergonzó. Bajé la mirada hacia el trago, bebí un poco de güisqui sin tener ganas, y tratando de aparentar indiferencia, respondí:

—Con Alicia las cosas no fueron bien. Al final, llegó un momento en que no nos soportábamos uno a otro y, después de once años, nos divorciamos. No tuvimos hijos. A lo mejor eso fue lo que nos hizo falta…

Roberto me miró como estudiando mi rostro. Como buscando algo en mis ojos.

—¿Y estás solo? ¿O te volviste a casar?
—Después de varios intentos fallidos de parejas, hace cuatro años, me volví a casar. Conocí en el trabajo a una pasante que se me fue metiendo sin darme cuenta en el corazón y en la cama. Cuando me percaté, le estaba proponiendo boda y ya llevamos cuatro años de matrimonio. Ven el sábado a cenar con Rosana para que la conozcas. Me encantará volver a ver a Rosana.

No sé por qué hice la invitación. Supongo que fueron los güisquis, o la nostalgia por los viejos tiempos cuando salíamos juntos todos los fines de semana. Lo cierto es que ya no tenía manera de echarme atrás y Roberto gustoso aceptó la invitación.

Bettina estaba emocionada por conocer a Roberto. A mi amigo del alma, mi hermano. Le he hablado mucho de él y de nuestras correrías juntos. De las veces que nos metíamos en los velorios de madrugada para que nos regalaran un tacita de consomé y un poco de café que nos ayudara a calentar el cuerpo luego de toda la noche de bares y mujeres de la buena mala vida.

—Ah, sí. Cómo gozábamos después contándole a los amigos como hasta llorábamos junto al muerto como si lo conociéramos de toda la vida y los deudos terminaban dándonos palmaditas en la espalda para consolarnos y llevándonos a la cocina para que nos dieran el consomé y el café.

Roberto, Rosana y Bettina no paraban de reír con mi cuento.

—Un día, en uno de esos velorios, de pronto apareció un tipo con una cámara fotográfica. El carajo era hermano del difunto y quería dejar registro del triste momento. Estaba más borracho que Roberto y yo. No me pregunten cómo, pero de pronto, estábamos este carajo y yo, uno a cada lado del muerto, sosteniéndolo sentado en el ataúd y posando con cara de circunstancia para la foto.

Bettina se horrorizó con el cuento. Se hacía cruces y decía que eso hasta pecado debía ser. Roberto la miraba divertido.

—Esa misma cara puso mi hija Elisa cuando le eché ese cuento, Bettina. Dejó de hablarme por dos días por la falta de respeto con los difuntos. Es que Elisa debe ser más o menos de tu misma edad…

Cuando Roberto hizo el comentario, hubo un imperceptible segundo de incómodo silencio. En efecto, Bettina podría ser mi hija. Muchas veces en el supermercado o en otros sitios nos pasa que los dependientes me hablan de mi hija o a Betina de su papá.

Roberto, sin hacer referencia a la indiscreción, comenzó a contar de una vez en que salimos de una fiesta de madrugada, más prendidos que chicote de bruja y nos robamos un carro para no caminar el montón de cuadras que faltaban para llegar a la casa.

—Eso sí, al día siguiente fuimos al sitio donde habían estacionado el carro y por debajo de la puerta dejamos una nota diciendo donde lo podían recuperar. Después, de eso, se hizo costumbre. Todos los fines de semana nos llevábamos ese carro y al día siguiente veíamos como llegaba el bonachón del dueño a buscarlo frente a la plaza donde lo dejábamos.

Nos comimos el risotto con calamares que preparó Bettina. Un torta de queso que es su especialidad y nos tomamos una botella de vino blanco.

La velada resultaba más que divertida. Roberto y yo gozábamos recordando las travesuras de juventud. Fueron tantos años los que pasamos encompinchados y tantas las vivencias juntos que las historias fluían una detrás de otra. Bettina y Rosana no paraban de reír con nuestras locuras.

—¿Te acuerdas la vez que nos detuvieron los policías y nos dejaron toda la noche presos en la prefectura?

A Roberto le brillaban los ojos mientras me hacía la pregunta. Bettina volteó a mirarme interrogativamente y yo a la vez debo haber puesto cara de acertijo porque Roberto se apresuró a agregar:

—¡No puede ser que no te acuerdes! Si tuvieron que ir nuestros padres a la prefectura porque aún eramos menores de edad. Tal vez eso fue lo que nos salvó de que no nos dejaran detenidos, porque aún no cumplíamos los dieciocho años.

—Esa historia nunca me la has contado, papi. Dijo Betina con tono pícaro y un dejo de censura.

—Creo que Roberto está confundido de amigo, yo no recuerdo eso. De hecho, no recuerdo que me hayan detenido nunca…

—¡No puede ser que no te acuerdes! Varias veces estuvimos a punto de que nos agarrara la policía por andar de tirapiedras en el liceo y más tarde en la Universidad…

—¿Tirapiedras, yo? —Dije cada vez más asombrado—. En mi vida he salido yo a manifestar…

—Me estás vacilando —dijo Roberto—, me estás mamando gallo.

Ante mi mirada de extrañeza, Roberto insistió:

—Coño, José Alfredo, si vivíamos en una sola protesta, peleando por los Derechos Humanos y queriendo liberar al mundo de las injusticias y la represión…

—Te prometo que estás confundiendo o mezclando historias o amigos. Yo no salí nunca a protestar ni a tirar piedras. Sí me acuerdo que tú vivías hablando de la justicia y la libertad, pero yo jamás salí a protestar contigo, y mucho menos me detuvieron por eso.

Roberto empezó a verme con algo de rencor en la mirada, estaba descolocado, insistía en la historia de la detención. Decía que habíamos lanzado unas molotov a la estación de policía, que nos habían perseguido y que yo había tropezado con una piedra, había caído y me había clavado unos vidrios rotos en la rodilla.

—Empezaste a llorar tirado en el pavimento. Cuando volteé, te vi desesperado y el pozo de sangre sobre el asfalto y el pantalón manchado y roto con algunos vidrios aún incrustados. La policía ya estaba cerca y yo me regresé para intentar de que te levantaras y siguiéramos corriendo, pero tú no parabas de llorar y entonces la policía nos alcanzó y nos detuvo. Esa noche no paraste de llorar, hasta que, al día siguiente, nuestros padres nos buscaron y nos sacaron de la prefectura…

—Quién sabe con quién te pasó eso, Roberto, te prometo que no fue conmigo…

—¡Coño, con quién más iba a ser si sólo salía contigo en esa época! —Roberto estaba realmente cabreado—. Si todo el mundo hasta llegó a pensar que éramos maricones porque siempre nos veían juntos y cuando no te quedabas tú en mi casa, me quedaba yo en la tuya…

—Bueno, sí. Todo eso es verdad, pero lo de las protestas y la detención no fue conmigo…

Rosana intervino para cambiar el tema y bajar los ánimos.

—Bettina, me tienes que dar la receta del cheese cake. Estaba realmente delicioso.

—Claro, ahora te la anoto para que te la lleves. Y les pongo en un tupper unos trozos para que lleven para el desayuno con un buen marrón. Es muy fácil de preparar.

Roberto no volvió a hablar en lo que quedó de velada. Bettina y Rosana se encargaron de llevar la conversación por los caminos habituales de lo doméstico. Yo no podía creer que Roberto se hubiera inventado semejante historia, pero preferí no insistir en el tema. Nos terminamos la segunda botella de vino escuchando a las mujeres hablar de las cachifas y de ropa y zapatos, hasta que Rosana dijo que ya era tarde y debían irse.

A la mañana siguiente, mientras estaba sentado en la poceta leyendo El príncipe de Maquiavelo por enésima vez, entró Bettina emocionada con el periódico en la mano:

—¡Papi, papi! Mira lo que salió hoy en el periódico.

Tomé el ejemplar de El Nacional que me ofrecía y vi la foto de unos estudiantes encapuchados tirados en la calle con las manos amarradas a la espalda y unos policías que seguían dándoles patadas.

—Bien merecido se lo deben haber tenido —dije sin comprender porqué Bettina estaba tan emocionada con la noticia—. Rezando no estarían si estaban encapuchados y los agarró la ley.

—¡No es eso, papi! Mira lo que dice mas abajo. ¡El presidente anunció que te nombró Ministro de Interior! Ahora la ley vas a ser tú.

Alcé el periódico para leer bien el pequeño recuadro debajo de la foto principal:

José Alberto Escalante, nuevo ministro del Interior

Ante la ola de protestas estudiantiles que se ha desatado contra el régimen…

—Papi —dijo Bettina mirándome la rodilla—, yo no puedo creer que no recuerdes cómo te hiciste esas cicatrices tan feas que tienes en la pierna.

—Te he dicho mil veces que no me acuerdo. Supongo que alguna caída cuando estaba muy pequeño. Vainas de muchacho. Dame un beso y más respeto que ahora estás hablando con el ministro. Prepárame un traje que tengo que arreglarme para ir a Miraflores a hablar con el presidente.

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Tac, tac, tac… 300

20 enero, 2018 § 1 comentario

¿Qué pasó, Mario?

Llegaste. El camino fue el mismo que habías trazado mentalmente. Hasta allí, todo fue como lo planificado.

Entonces, ¿qué?

No pudiste. No quisiste. No tuviste valor. No tuviste —por fortuna— oportunidad. Había tanta gente. Estabas de suerte.

Habías pensado en comenzar con “Te agradezco una taza de café“. Y la tuviste. Te dieron tu taza de café, dos tazas. “Estoy mal. Ayer te dije que no estaba a nivel de un tiro, pero sí lo estoy“.

Te tomaste el café y todo desapareció, todo lo pensado se esfumó, ya no había nada, sólo el tac, tac, tac… 16.

No quiero que me preguntes, tampoco me interesa (tac, tac, tac 28) si me entiendes o no…

Hasta se te olvidó aquella frase que se te ocurrió y que te gustó tanto. Sólo jugabas (tac, tac, tac… 37) y mirabas.

Toda esa gente, el viaje, el estudio… todo en tu contra.

Es más, prefiero que no haya ni preguntas ni comprensión (tac, tac, tac… 50). No sé, estoy mal desde hace días, no sé cuántos“.

Nunca haces las cosas como las piensas. Nunca puedes hablar como lo has pensado. No importa. Pensar te ayuda a ordenar tus sentimientos y a desahogarte.

De eso se trata, Mario, de sacar, de echar al aire. Nihilismo, misantropía, ateísmo, No olvidar y olvidar.

Son cosas de las que necesito hablar y no acostumbro hablar solo (tac, tac, tac… 66). Sólo necesito un siquiatra. Pero, yo no creo en siquiatras“ (tac, tac, tac…. 68).

Tu no puedes, Mario, nunca has podido hablar. Nunca podrás. Es la telenovela, Mario. Eso es. Tú no eres una telenovela, tú no te ves como una telenovela.

Y ahora, ¿qué vas a hacer? Escribo. Escribe. Escribir. Escritor frustrado. ¿Para qué? La gaveta es grande, escribe que allí cabe. Es lo único que te queda, escribir.

(tac, tac, tac… 75) “Yo sé que tú eres la persona, pero tú no escuchas sin preguntar. Tú todo lo quieres o pretendes entenderlo. Y no es así (tac, tac, tac… 88). Esto no es una excusa para no hablarte, pero sirve“.

Tienes suerte, Mario. De no haber sido por toda esa gente, las uñas que se pintaba, el viaje… habrías hablado y tú no quieres hablar. Tú no corres riesgos. Mario, hay que arriesgar. Olvida el miedo. Cobarde. Le temes a los golpes, no te gusta sufrir.

Si insistes, puedes lograrlo, la puedes tener. Pero no insistes, no acosas.

La imagen, “Tú bueno”, que ella llegue sola, que se equivoque sola. Sin culpas. ¿Y si no se equivoca?

Un riesgo. Cobarde.

Últimamente me he deprimido mucho (tac, tac, tac… 99). Te veo y me deprimo. Quiero que me oigas (tac, tac, tac… 105), pero me cuesta tanto saber qué es lo que quiero decir. Después de viejo me estoy volviendo existencialista. Yo creía que eso sólo daba a los 14 o 15 años (tac, tac, tac… 110). Pues no, yo cada vez me enrollo más”:

Te jodiste, Mario. Tenías el discursito preparado y te tuviste que comer el papel.

Reclamo. Siempre tienes que reclamar. Tienes la lengua muy larga. Y lo que no dices, lo gente dice que lo dijiste.

Hoy no te gusta, pero ayer sí. Mañana sí, pero hoy no. Olvídalo, tú no quieres culpas. Esperas todo, hasta lo indecible, para no tener culpa (clo clo clo, gallina siete pollitos).

Ya no creo en nada (tac, tac, tac… 125). En Dios (que se vaya a bañar). En abuelo, en mamá, en el tabaco, en mí… eso es lo que me pasa (tac, tac, tac… 129) que no creo en nada y soy muy miedoso. Si no creo, ¿a quién llamo cuando tenga miedo? (tac, tac, tac… 136). me da miedo no creer. Pero no soporto tener que creer que creo (tac, tac, tac… 143):

¡Ay, Mario! Olvida. Olvida aquella puerta de los seis años. Ya murió. Tú no quieres ser complicado, pero lo eres. Te gusta ser complicado. Eso seduce. El seductor es mejor que tú, Mario. Por lo menos, no se enrolla. ¿Cordelia murió?

Tú sí te enrollas, Mario. Claro, con algunas cosas. ¿Y el sabor, Mario? ¿Y tu mano olorosa a sexo ajeno? Eso sí no te importa. ¡Si hasta miras a los ojos! Sinvergüenzra. Cobarde.

Son rollos raros (tac, tac, tac… 163), sin explicación. Y al final, eso, el rollo otra vez. Y no tengo cómo descansar. Todos los días lo mismo. Pero, a veces, no aguanto. No lloro, porque no sé llorar. (tac, tac, tac… 171), y si lo hago, miento. Pero es que yo soy una mentira, una apariencia“.

No volviste a misa. ¿Y el ruegapornosotros? Te jodiste. Cada vez te jodes más. Y si rezas antes de dormir, te envainas. Exorcismo, Mario, aguabendita, Santateresitadejesús, ruegapornosotros. ¡Ya basta, Mario! ¡Deja a un lado lo místico convencional y besa al diablo! Tú eres como la ouija y no como el Cristo que viste salir del tronco.

(tac, tac, tac… 182) “El peo mío es lo acomodaticio. Yo soy un comodín o un espejo. Un vacío que la gente tiene que llenar (tac, tac, tac… 189). Si me quieres vano, soy el padre de los estúpidos. ¡Ah, pero aquel me quiere coñuemadre! y, entonces, soy Robespierre. Y ella me quiere filósofo, y yo maté a Sócrates (tac, tac, tac… 205). Yo soy la cicuta. Mi vacuidad me da náusea. La imagen. Ese es mi gran peo (tac, tac, tac… 208). La imagen“.

Esa foto que tienes en la pared, Mario, ese Jesús, es un drogadicto o, tal vez, un homosexual. En esa foto no crees, pero la tienes allí, mirándote.

¡Pa´l coño con el libreto! Te cambiaron el escenario y los personajes, Mario. Déjate llevar por ellos. Siempre lo has hecho. Tu papi lo resolverá. Habla del tiempo, “Meses de calor“. Inventa un sueño. O haz que sean ellos los que hablen y tú escucha sin oír, como siempre.

A ti qué te importa si la deja el avión, o se cae. Caer sin llegar al fondo, Mario.

Perdóname (tac, tac, tac… 225). No sé por qué me repugnas tanto hoy. Sí, sí lo sé. Es el deseo reprimido. Eso ya me pasó una vez, hace tanto tiempo (tac, tac, tac… 231). No me hagas caso. Esto se pasa rápido. La próxima vez, te hablaré de libros (tac, tac, tac… 242), García Márquez, Sábato, El Ulises (tac, tac, tac… 247)… Hoy sólo escúchame. Mejor dicho, mírame (tac, tac, tac… 260) y no me hagas caso. Son sólo lucubraciones mías (tac, tac, tac… 261), sinsentidos, lugares comunes. Mañana te veo y no me acordaré de la bosta que hablé hoy” (tac, tac, tac… 263).

¿Ves, Mario? Dime qué hiciste el papelito de las anotaciones. ¿Te lo tragaste? No hablarás nunca. Mañana la cagas de nuevo al intentarlo y no lo entenderás.

Dios te bendiga por tu paciencia (tac, tac, tac… 271). Ya mañana, ella se habrá ido de viaje. Las uñas estarán pintadas (tac, tac, tac… 295), ya no estará este juego cerca y, tal vez entonces, yo pueda hablar” (tac, tac, tac… 300).

Golcar Rojas, enero 2018

El último punto

26 noviembre, 2017 § 1 comentario

Miedo. Un miedo desconocido hasta ese momento sintió cuando tecleó en la computadora “Mi tía”, el título de una historia que tenía tiempo deseando, necesitando, escribir.

Leyó las dos palabras en el monitor brillante y los dedos se le paralizaron. Como hipnotizado, sus ojos permanecían fijos sobre las cinco letras.

Incapaz de escribir una sola palabra más, cerró el archivo. Un terror desconocido le impidió siquiera volver a intentar escribir.

No era miedo a un dolor físico lo que lo abrumaba, como cuando uno teme quemarse al pasar sobre una hoguera encendida. Tampoco se parecía al miedo casi animal que experimentaba cuando, en la calle, le gritaban insultos o le amenazaban con golpearlo por ser diferente.

El temor de ese momento, no lo había sentido antes. Se parecía un poco al vacío en la boca del estómago, cuando miraba hacia abajo desde la azotea de su edificio y sentía que el vacío lo llamaba. Lo tentaba. Lo hechizaba.

Era un miedo absolutamente desconocido hasta entonces.

No era como el temor a que sus padres murieran o el pánico a los fantasmas de los cuentos del pueblo donde se crió.

No era el espanto del jinete sin cabeza a las doce de la noche. O de las brujas que de madrugada llegaban al techo para celebrar allí sus aquelarres y a quienes espantaban gritando “¡Vengan mañana por sal y remiendos!”

Era el miedo a una certeza.

Al teclear las dos palabras centradas, en negritas y en letras cursivas:

Mi tía

supo que esa historia lo mataría.

En ese instante, tuvo como una revelación, una epifanía, que le advirtió que su misión en la vida sería escribir la terrible historia de esa misteriosa tía.

Pasaron varios días. Otras historias cruzaron por su mente y las escribió. El archivo “Mi tía” continuaba allí, en la aplicación Microsot Office Word de su computadora y, cada vez que iniciaba una historia en un nuevo documento, aparecían allí, entre sus archivos, esas dos temidas palabras.

Un día, se armó de valor y abrió de nuevo el archivo.

Las cinco letras seguían allí: negritas, cursivas, centradas en la página.

Con el terror instalado en el cuerpo, escribió el primer párrafo de la oscura historia de su tía. Lo releyó varias veces y lo encontraba más ajeno cada vez.  Era una escritura extraña, como si no le perteneciera.

Hizo clic en “Guardar” y al cerrar el archivo sintió de nuevo la certeza. Estaba completamente convencido: esa historia sería su fin.

Pasaron los años. Miles de historias cruzaron por su mente. Cuentos, crónicas, ensayos, poemas. Unas cuatro novelas. Todo lo que se le ocurría, lo escribía.

La escritura se tornó una obsesión. Sentía que cada vez que ponía sus angustias y temores en palabras escritas, los exorcizaba. Se liberaba contando por escrito sus miedos y ansiedades, sus emociones y sentimientos. Sus pasiones.

De vez en cuando, entre una página y otra; entre una novela y un cuento; entre un poema y un ensayo; retomaba el temido archivo “Mi tía”. Le agregaba uno o dos párrafos a la misteriosa historia que lo atormentaba desde niño y que sabía que debía poner por escrito y la dejaba de lado para acometer otro proyecto literario.

Desde muy pequeño tenía un sueño recurrente. En ese sueño, unas veces un ángel, otras, un perro alado o algún ser mitológico, le revelaba que su misión en la vida era narrar la extraña vida de la tía.

A los setenta años, era un escritor reconocido y respetado en su país. Pero, nunca olvidó que cuando aquel día abrió el Microsoft Word y en la página en blanco tecleó “Mi tía”: cinco letras en negritas, cursivas y centradas en la línea, las visiones de sus sueños se agolparon en su mente. Esa era su misión en la vida.

Nunca le importaron los premios o reconocimientos, aunque recibió varios de instituciones que reconocían su calidad literaria. Pero jamás envió un texto a concurso o lo sometió a jurados.

Su afán nunca fue la fama y los premios los conocía muy bien desde una vez, cuando presenció la discusión de un jurado en la que no tomaron en cuenta jamás la calidad de los textos recibidos, sino las tendencias ideológicas y los grados de amistad de los jurados con el autor. Cuando escuchó que decidían darle el premio a un texto mediocre, pero ideológicamente inofensivo y de un autor anodino, pero en buenos términos con todos, se juró que no participaría nunca en las farsas de los concursos y los premios.

Las veces que aceptó reconocimientos, lo hizo porque no conocía personalmente a nadie dentro de la institución que los otorgaba y no mediaba ningún vínculo afectivo entre él y los encargados de discernir a qué personalidad le conferirían ese premio.

Su vida transcurría entre lecturas y escritura. Nada más le atraía. Se fue encerrando más en sí mismo. Vivía Alejado del mundo. Se tornaba, con los años, cada vez menos comunicativo y más asocial.

La gente se le hacía extraña cuando tenía contacto personal con ella y sólo lograba explicarse y comprenderla, cuando se relacionaba por escrito.

La oralidad fue ocupando cada vez menos espacio en su vida. Las palabras pronunciadas eran las mínimas para poder relacionarse de manera básica con quienes le rodeaban y para los inevitables trámites cotidianos.

Cuando quería decir algo que consideraba importante, tenía que sentarse frente a su computador y escribirlo. Sentía que, cuando hablaba de viva voz, no lo comprendían o lo malinterpretaban. En la mayoría de los casos, estaba seguro de que la gente ni siquiera lo escuchaba.

Se convirtió en un viejo huraño, esquivo, silencioso. Cada vez más meditabundo con los años. Era un anciano hermético; aunque al leer sus textos se adivinaba una vida llena de energía y esplendor que nada tenía que ver con ese hombre de cabellos cenizos, manos temblorosas y cataratas en sus ojos enmarcados en lentes redondos de montura de oro 18.

Sus dedos sobre el teclado, parecían colibrís en pleno vuelo chupando el néctar de cada letra pulsada. Sus dedos se movían mucho más rápidos que sus labios y, aunque todo su cuerpo se fue entumeciendo y la cerviz encorvando, esos dedos no perdieron nunca su agilidad y veloz movimiento para plasmar lo que pensaba.

Un día, sentado frente al computador, pensaba en una nueva historia que contar. La vida se le había hecho monótona. Poco o nada animaba su interés. Las historias se le habían agotado. Sentía que todo lo que tenía que decir lo había dicho y estaba escrito en palabras claras e inconfundibles.

Estaba agotado y se sentía completamente vacío. Todo lo que llevaba por dentro: tristezas y alegrías. Miedos y obsesiones. Sentimientos y emociones. Deseos, aspiraciones, traumas y frustraciones; lo había volcado en sus historias. Su vida y las vidas que hubiera querido vivir estaban esparcidas entres las miles de páginas escritas a los largo de tantos años.

Cerró la página en blanco del archivo que acababa de abrir infructuosamente en Microsoft Word Office, porque no logró poner dos palabras juntas para iniciar una historia.

Recorrió con un pulso tembloroso que hacía esquivo el cursor del mouse, los títulos de los archivos. Cuando se posó sobre “Mi tía”, por primera vez sin sentir temor, lo abrió.

Abajo, en la esquina inferior izquierda de la pantalla, ponía “Página: 1 de 780 I Palabras: 448.326”.

Esos eran los números que a lo largo de su vida de escritor había acumulado escribiendo la historia misteriosa que siempre supo era su misión de vida.

“Mi tía” entre una historia y otra fue tomando cuerpo y forma. Cobró vida, mientras la suya declinaba.

Leyó una a una las 448 mil 326 palabras escritas y, aunque el texto no lo reconocía como propio, se le hacía ajeno desde la primera línea hasta la última escrita, sintió que su misión, finalmente, estaba cumplida.

Ya no tenía nada más qué escribir. Todo lo había dicho.

Agotado y en paz, decidió que eso era todo.

Tecleó las cuatro líneas que faltaban para finalizar “Mi tía” y, al poner el dedo índice sobre la tecla para pulsar del punto que indicaba el final, se desplomó sobre el teclado.

El libro de Sísifo

15 abril, 2017 § 1 comentario

Sísifo

Sísifo Hernández entró en una librería y sobre un anaquel, junto a Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar y El Túnel de Sábato, medio escondido, encontró un ejemplar de su novela. Aquella primera novela publicada casi treinta años atrás.

Luego de comprobar que la traducción de Memorias de Adriano era la realizada por Julio Cortázar, se lo colocó bajo el brazo izquierdo para, con ambas manos libres, tomar su libro y ojearlo.

Se volvió a sorprender de ese primer párrafo como  se sorprendió cuando lo escribió y seguía sorprendiéndose cada vez que lo leía. Era como si lo leyese por primera vez. Como si no lo hubiese escrito él.

Siempre le sucedía lo mismo cuando por casualidad se tropezaba con su  obra. Leía y la historia le parecía nueva y ajena. Sísifo nunca buscaba intencionalmente encontrarse con ese libro. Él se le aparecía de repente, como un fantasma.

Continuó parado junto al estante, leyendo su novela; indiferente al entrar y salir de gente a la librería. Incapaz de reconocer su propia escritura en esas páginas, como  siempre le sucedía con esa novela que parecía una maldición. Desde el mismo momento en que la publicó, había olvidado por completo todo lo que durante mucho tiempo escribió. Entre más tiempo transcurría, más le parecía un texto completamente nuevo y extraño.

Fue saltando algunas páginas y deteniéndose en otras. Nada le parecía conocido. Apenas lograba identificarse con su nombre impreso en la esquina superior izquierda de las páginas pares.

Se sentía un poco ofuscado. Le molestaba no recordar la historia de su propia novela. ¿Por qué ese libro siempre lo descolocaba?

De salto en salto, llegó al final con la sensación de haber conocido una nueva historia. Dejó el libro sobre el estante y fue a la caja a pagar Memorias de Adriano, sin percatarse de la mirada entre atemorizada y de censura que le lanzaba la dependiente. Luego de observarlo en la librería por más de dos horas, la mujer ya se sentía inquieta y molesta con su presencia.

–¿Le gustó el otro libro?

Preguntó la mujer con tono irónico.

–¿Lo ha leído usted?

Respondió él, preguntando sin percatarse de la ironía de la mujer.

–Seguro. ¿Por qué no lo lleva usted para que lo lea con calma en su casa –recalcó el “en su casa”–. Está en oferta.

–No. Prefiero volver a leer Memorias de Adriano que ya sé de qué va.

–El de Sísifo Hernández es realmente interesante. Es la historia de un hombre que olvida lo que escribe y cada vez que lee su propio libro le parece nuevo y cada vez que intenta escribir un libro nuevo, escribe el mismo.

–¿Me cobra, por favor? Tengo prisa.

Dijo Sísifo irritado al no reconocer nada de la reseña que la librera le acababa de hacer sobre las páginas que un instante antes había terminado de leer.

Simulación

17 febrero, 2017 § 1 comentario

bracho.JPG

Fotografía de Fernando Bracho Bracho

Sacó del baúl del desván:
El camión de bomberos regalo de tío Rogelio
La patrulla de policía con luces y sirena de cuando cumplió 10
Y su vetusto disfraz de cowboy

Con la vieja manta de algodón azul
Escondió de nuevo la Barbie despeinada
Que su hermanita “perdió” hacía 20 años

Y cerró de nuevo el cofre.

El festín

8 febrero, 2017 § Deja un comentario

Al principio, los zamuros comían del muerto bailando y en grupo. Eran hermanos compartiendo el condumio.
Pero el cadáver empezó a menguar. Cada vez había menos carroña.

Empezaron a mirar feo al “hermano” que al lado hincaba su pico. Aleteaban disimuladamente para espantar al compañero. El baile se fue tornando en saltos violentos.

Cuando ya no quedaba muerto suficiente, se empezaron a atacar unos a otros. Se clavaban las garras, se picoteaban los lomos, se sacaban los ojos de un picotazo.

Hasta que quedó un solo zamuro como rey, junto a un puñado de huesos renegridos y brillantes.

Davinia

25 enero, 2017 § Deja un comentario

Más que flaca, enjuta. Desgarbada, encorvada. Con el pecho hundido y la cabeza gacha. Largas canas amarradas en una cola de caballo que no logra disimular la opacidad y resequedad de sus cabellos deslucidos. Manos temblorosas con manchas y venas marcadas. Un hilo de voz quedo y agudo, que vibra temeroso. La mirada, opaca y errática bajo unos viejos lentes culo de botella de pasta, sólo parece obtener un poco de brillo cuando contempla un animal y su voz triste se torna alegre, tierna y cantarina cuando habla con los gatos, los perros o los pájaros.

A veces pasa frente a la tienda de mascotas. Se asoma a la vitrina y con las manos a los lados de los ojos trata de enfocar hacia el sitio donde se ubican los alimentos. Mira a los lados. Revisa su bolso. No tiene dinero. Mira al cielo y sigue su camino.

En otras oportunidades entra a la tienda. Saluda antes a perros, gatos y aves que a los dependientes. Se para frente al alpiste. Ajusta sus gafas para tratar de distinguir el precio del paquete del grano para sus pericos. ¡Dos mil quienientos! ¡Dios mío! Soba con su mano arrugada y temblorosa los paquetes. Mira el dibujo de la caricatura del chinito y murmura “Happy”, la marca.

“¿Qué voy a hacer? ¡No puedo dejar de darles alpiste a mis periquitos! Pero el dinero no me alcanza. Mi marido no me va a permitir que gaste dos mil quinientos en un paquete de alpiste. Se va a molestar. ¿Y el alimento para mis gatos? ¿Cuánto cuesta el alimento para mis gatitos? ¡Veinte y siete mil quinientos! Él no me va a querer dar plata para comprar ese alimento tan costoso. Se pondrá furioso. Pero ¿Qué hago yo con mis siete gatitos? ¡No los puedo dejar morir de hambre! ¡Y ya no quieren los higaditos de pollo! Y me lloran toda la noche. Maúllan por el hambre. No me dejan dormir. Y mi marido me regaña porque yo lloro por mis animalitos.  A él no le gustan los animales, pero yo me muero sin mis pajaritos y mis gatitos. ¡Veinte y siete mil! ¡Yo no puedo! Él se pondrá fúrico”.

Abre el monedero y cuenta. Cien, doscientos, trescientos, cuatrocientos… ¿Cuánto cuesta el paquetico de medio kilo de Friskies? ¡¿Cinco mil?! ¡Cristo atado! Yo creo que no llego. Empieza otra vez la cuenta. Cien, doscientos, trescientos, cuatrocientos, quinientos… tres mil trescientos. ¡No me alcanza! ¡No podré comprar el alimento de mis gatitos! ¡Y ya no quieren higaditos de pollo!

Cien, docientos, trescientos… tres mil trecientos. ¿Cuánto me falta? ¡Mil setecientos! No puedo. No llego. Y mi marido no me va a querer dar. Él es tan estricto. Tengo ganas de llorar. Mis gatitos pasarán la noche maullando. ¡Otra noche más que no podré dormir! Ellos lloran por el hambre. Y yo lloro con ellos. A mí no me importa no comer yo, pero mis pajaritos y mis gatitos no puedo dejarlos morir de hambre.

¿Aceptan tarjeta? ¡¿Sí?!

Yo no sé si tengo dinero en esta para completar. ¿Cuánto tengo en efectivo? Cien, doscientos, trescientos, cuatrocientos… ¡Cuente usted! ¡Yo no puedo contar! ¡Tengo ganas de llorar! ¿Puedo llorar? ¿Usted no se molesta si yo lloro? ¡Necesito llorar! Mi marido se molesta porque yo lloro. Es tan estricto. Me pone tan nerviosa.

¿Pasó la tarjeta? ¿Sí tenía dinero?

Deme una factura detallada, por favor. Es que tengo que rendirle cuentas a mi marido. Él es tan estricto. Tengo que llevarle todos los recibos. Cuando vea lo que gasté en comida para mis animales se va a enfadar. Pero ¿Qué hago? ¿Los dejo morir de hambre? Yo no puedo lanzarlos a la calle a que pasen necesidades. Prefiero dejar de comer yo.

A mi marido no le gustan mis animales, pero yo sin mis periquitos y mis gatitos no puedo vivir. A mí no me hacen falta mis hijos que se fueron a vivir lejos, pero sin mis animalitos no puedo vivir.

A él no le gustan los animales. Me regaña porque yo dejo de comer yo para que los gatitos tengan comida. Es que ellos son la única alegría en mi vida.

Y él se molesta, porque él es tan estricto. Es muy severo.

¡No, jamás me ha puesto una mano encima! Él me adora.

Pero es muy rígido y no quiere a mis animalitos. Lo que pasa es que yo soy muy torpe y a él le molesta. Porque él es muy exigente. Todo lo quiere perfecto. Y yo soy torpe y distraída. ¡Bruta! Me distraigo con mis animales y se me parten las cosas o cuando cocino se me pasa la mano con la sal, porque se me olvida que ya le puse y le vuelvo a poner. Y él se molesta.

¡Tantos años y no has aún aprendido a cocinar! Pero para gastar el dinero en esos bichos sí sirves.

Antes no le importaba tanto que gastara en mis pajaritos y gatos, porque él ganaba bien. Es profesor universitario y no me limitaba tanto los gastos. Yo compraba las cosas y le llevaba los recibos y facturas. Se molestaba, pero no tanto. Pero como ahora está jubilado y el dinero es muy poco, pues se enfurece por mis gastos con los animalitos.

Pero ¿Qué hago? ¿Dejo morir mis pájaros? ¿Lanzo a la calle a los gatos? ¡Yo no tengo corazón para hacer eso. Yo sin mis animalitos no sé vivir. Son mi única alegría.

Él me quiere mucho, pero es muy rígido y no le gustan mis animales. Y como yo no trabajo, dependo de su jubilación. Yo dejé de trabajar muy joven porque a él no le gustaba que yo estuviera en la calle. Decía que descuidaba la casa y los niños y que, además, en mi trabajo había muchos hombres.

¡Y esa miseria que ganas no sirve para nada! ¡Más gasto yo en cachifas para que cuiden a los muchachos que lo que tú ganas como secretaria en ese consultorio!

Tanto dio y me reclamó que, para no oírlo más, renuncié al trabajo y me quedé en la casa. Criaba a los niños y cuidaba la casa. La tenía limpiecita. Como una tacita de plata. Pero él, como es tan exigente, siempre encontraba algún rastro de polvo.

¡Tú ni para pasar un plumero sirves!

Es que él revisaba todo. Porque es muy perfeccionista. Pero cuando yo hacía las cosas bien, siempre me las reconocía.

¡Caramba, por fin haces una comida que te queda bien y no se te pasa de sal o se te quema! Yo sabía que era que le había encantado.

Cuando los niños crecieron y empezaron a tener novias y a salir de fiestas, como me aburría sola en casa, él me regaló un par de periquitos. Ahí empecé yo a querer a los pajaritos. Los dejé libres por la casa para que volaran y ellos, cuando me veían, enseguida se me subían en el hombro.

A él le molestaba que yo dejara los pericos sueltos porque decía que se cagaban en los muebles.

¡El sofá está lleno de chicuca! ¡Mira!

Pero no era verdad. Ellos entraban a la jaula y hacían allí.

Los pericos empezaron a tener periquitos y cuando acordé, tenía como treinta pericos. ¡Qué felicidad! Pero a él no le gustaron más.

¡Claro, como no es tu plata la que hay que gastar en alpiste! Yo trabajo sólo para mantener esos bichos.

Cuando rescaté al primer gatico, se enfureció. Me amenazó con irse de la casa. Yo en el fondo quería que se fuera, pero de qué iba a vivir yo, si él me dejaba. Temblaba sólo de pensar que me dejara sola y sin plata. Pero yo no podía dejar morir a ese pobre gato que habían atropellado. Lo llevé al veterinario y lo curaron. A escondidas de él pagué la clínica. Resultó ser hembra y estaba preñada y parió tres gatitos.

Él se puso fúrico. Me dijo que no me iba a dar dinero para mantener tantos bichos, pero yo le dije que si mis animales se morían yo me moriría también.

Él es muy estricto. Pero me quiere mucho y, a regañadientes, me dejó quedarme con los gatitos. A veces me regaña duro. Pero jamás me ha levantado la mano. Me regaña porque yo soy muy tonta y se me caen las cosas de las manos. Se me olvida apagar la cocina. Él tiene razón. Yo tengo que poner más cuidado en lo que hago. Pero me distraigo. Y él se pone muy bravo.

¡No eres más bruta porque no entrenas!

Es que él es tan perfeccionista.

Algunas veces pensé en dejarlo. Irme. Hace mucho que ni siquiera dormimos juntos, pero yo no me puedo ir porque yo no sé hacer nada. ¿De qué voy a vivir? Yo soy tan inútil. Él tiene razón. Siempre me ha dicho que si yo lo dejo, me muero de hambre, porque no sé hacer nada.

¡Te mueres tú y se mueren tus bichos!

Tal vez si le hubiera hecho caso a aquel joven que me pretendía. Un muchacho compañero de él en la universidad y que venía a enamorarme cuando él estaba dando clases. Pero yo no fui capaz ni de darle un beso. Me daba pudor. Cuando pensaba que iba a dar un paso más, me acordaba de mamá, veía a papá mirándome serio y diciendo que las muchachas se casan para toda la vida. ¡Hasta el cura Panchito se me aparecía dando sermones y leyendo la Biblia! Y no me atreví a darle ni un piquito.

A veces pienso que fui muy tonta. Pero me daba pavor además que él se enterara. Al final, el muchacho se cansó y no volvió a buscarme. Y yo me quedé con él. Sí, me regaña porque soy bruta, pero siempre me ha querido y tratado bien. Nunca me pegó. Y aunque con rezongos, siempre me da para mantener a  mis animalitos, que son lo único que me alegra la vida. ¿Pasó la tarjeta? Ay, discúlpame que me puse a llorar, pero es que me pongo muy nerviosa porque los gatitos no me dejan dormir, llorando por la comida. Y yo ya no sé qué hacer. El Friskies cada vez está más caro y mi marido me regaña porque yo prefiero comprar la comida para los animales antes que comer yo. Esa plata era para comprar un kilo de Harina PAN para las arepas, pero yo no puedo pasar otra noche sin dormir escuchando a mis gatitos llorar de hambre.

Seguro que él me va a regañar cuando sepa que compré comida para gatos. Deme la factura, por favor, porque tengo que rendirle cuentas claras de en qué gasté. Es que él es tan estricto. Mañana vengo a ver si puedo comprar otro medio kilo y el alpiste para mis periquitos. Ojalá y él me dé el dinero, aunque me regañe. No importa. Yo sé que me va a regañar porque a él no le gustan mis animalitos, pero mientras me dé la plata, no me importa que me regañe. Él tiene razón, es que yo soy tan inútil, tan torpe, tan nerviosa. Por eso es que él se molesta y me riñe. Él es tan severo y perfeccionista. Discúlpame, es que soy muy nerviosa y tenía que llorar. Mañana vengo. Es que me pongo nerviosa porque los gatos lloran y mi marido es tan estricto.

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