El libro de Sísifo

15 abril, 2017 § 1 comentario

Sísifo

Sísifo Hernández entró en una librería y sobre un anaquel, junto a Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar y El Túnel de Sábato, medio escondido, encontró un ejemplar de su novela. Aquella primera novela publicada casi treinta años atrás.

Luego de comprobar que la traducción de Memorias de Adriano era la realizada por Julio Cortázar, se lo colocó bajo el brazo izquierdo para, con ambas manos libres, tomar su libro y ojearlo.

Se volvió a sorprender de ese primer párrafo como  se sorprendió cuando lo escribió y seguía sorprendiéndose cada vez que lo leía. Era como si lo leyese por primera vez. Como si no lo hubiese escrito él.

Siempre le sucedía lo mismo cuando por casualidad se tropezaba con su  obra. Leía y la historia le parecía nueva y ajena. Sísifo nunca buscaba intencionalmente encontrarse con ese libro. Él se le aparecía de repente, como un fantasma.

Continuó parado junto al estante, leyendo su novela; indiferente al entrar y salir de gente a la librería. Incapaz de reconocer su propia escritura en esas páginas, como  siempre le sucedía con esa novela que parecía una maldición. Desde el mismo momento en que la publicó, había olvidado por completo todo lo que durante mucho tiempo escribió. Entre más tiempo transcurría, más le parecía un texto completamente nuevo y extraño.

Fue saltando algunas páginas y deteniéndose en otras. Nada le parecía conocido. Apenas lograba identificarse con su nombre impreso en la esquina superior izquierda de las páginas pares.

Se sentía un poco ofuscado. Le molestaba no recordar la historia de su propia novela. ¿Por qué ese libro siempre lo descolocaba?

De salto en salto, llegó al final con la sensación de haber conocido una nueva historia. Dejó el libro sobre el estante y fue a la caja a pagar Memorias de Adriano, sin percatarse de la mirada entre atemorizada y de censura que le lanzaba la dependiente. Luego de observarlo en la librería por más de dos horas, la mujer ya se sentía inquieta y molesta con su presencia.

–¿Le gustó el otro libro?

Preguntó la mujer con tono irónico.

–¿Lo ha leído usted?

Respondió él, preguntando sin percatarse de la ironía de la mujer.

–Seguro. ¿Por qué no lo lleva usted para que lo lea con calma en su casa –recalcó el “en su casa”–. Está en oferta.

–No. Prefiero volver a leer Memorias de Adriano que ya sé de qué va.

–El de Sísifo Hernández es realmente interesante. Es la historia de un hombre que olvida lo que escribe y cada vez que lee su propio libro le parece nuevo y cada vez que intenta escribir un libro nuevo, escribe el mismo.

–¿Me cobra, por favor? Tengo prisa.

Dijo Sísifo irritado al no reconocer nada de la reseña que la librera le acababa de hacer sobre las páginas que un instante antes había terminado de leer.

Simulación

17 febrero, 2017 § 1 comentario

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Fotografía de Fernando Bracho Bracho

Sacó del baúl del desván:
El camión de bomberos regalo de tío Rogelio
La patrulla de policía con luces y sirena de cuando cumplió 10
Y su vetusto disfraz de cowboy

Con la vieja manta de algodón azul
Escondió de nuevo la Barbie despeinada
Que su hermanita “perdió” hacía 20 años

Y cerró de nuevo el cofre.

El festín

8 febrero, 2017 § Deja un comentario

Al principio, los zamuros comían del muerto bailando y en grupo. Eran hermanos compartiendo el condumio.
Pero el cadáver empezó a menguar. Cada vez había menos carroña.

Empezaron a mirar feo al “hermano” que al lado hincaba su pico. Aleteaban disimuladamente para espantar al compañero. El baile se fue tornando en saltos violentos.

Cuando ya no quedaba muerto suficiente, se empezaron a atacar unos a otros. Se clavaban las garras, se picoteaban los lomos, se sacaban los ojos de un picotazo.

Hasta que quedó un solo zamuro como rey, junto a un puñado de huesos renegridos y brillantes.

Davinia

25 enero, 2017 § Deja un comentario

Más que flaca, enjuta. Desgarbada, encorvada. Con el pecho hundido y la cabeza gacha. Largas canas amarradas en una cola de caballo que no logra disimular la opacidad y resequedad de sus cabellos deslucidos. Manos temblorosas con manchas y venas marcadas. Un hilo de voz quedo y agudo, que vibra temeroso. La mirada, opaca y errática bajo unos viejos lentes culo de botella de pasta, sólo parece obtener un poco de brillo cuando contempla un animal y su voz triste se torna alegre, tierna y cantarina cuando habla con los gatos, los perros o los pájaros.

A veces pasa frente a la tienda de mascotas. Se asoma a la vitrina y con las manos a los lados de los ojos trata de enfocar hacia el sitio donde se ubican los alimentos. Mira a los lados. Revisa su bolso. No tiene dinero. Mira al cielo y sigue su camino.

En otras oportunidades entra a la tienda. Saluda antes a perros, gatos y aves que a los dependientes. Se para frente al alpiste. Ajusta sus gafas para tratar de distinguir el precio del paquete del grano para sus pericos. ¡Dos mil quienientos! ¡Dios mío! Soba con su mano arrugada y temblorosa los paquetes. Mira el dibujo de la caricatura del chinito y murmura “Happy”, la marca.

“¿Qué voy a hacer? ¡No puedo dejar de darles alpiste a mis periquitos! Pero el dinero no me alcanza. Mi marido no me va a permitir que gaste dos mil quinientos en un paquete de alpiste. Se va a molestar. ¿Y el alimento para mis gatos? ¿Cuánto cuesta el alimento para mis gatitos? ¡Veinte y siete mil quinientos! Él no me va a querer dar plata para comprar ese alimento tan costoso. Se pondrá furioso. Pero ¿Qué hago yo con mis siete gatitos? ¡No los puedo dejar morir de hambre! ¡Y ya no quieren los higaditos de pollo! Y me lloran toda la noche. Maúllan por el hambre. No me dejan dormir. Y mi marido me regaña porque yo lloro por mis animalitos.  A él no le gustan los animales, pero yo me muero sin mis pajaritos y mis gatitos. ¡Veinte y siete mil! ¡Yo no puedo! Él se pondrá fúrico”.

Abre el monedero y cuenta. Cien, doscientos, trescientos, cuatrocientos… ¿Cuánto cuesta el paquetico de medio kilo de Friskies? ¡¿Cinco mil?! ¡Cristo atado! Yo creo que no llego. Empieza otra vez la cuenta. Cien, doscientos, trescientos, cuatrocientos, quinientos… tres mil trescientos. ¡No me alcanza! ¡No podré comprar el alimento de mis gatitos! ¡Y ya no quieren higaditos de pollo!

Cien, docientos, trescientos… tres mil trecientos. ¿Cuánto me falta? ¡Mil setecientos! No puedo. No llego. Y mi marido no me va a querer dar. Él es tan estricto. Tengo ganas de llorar. Mis gatitos pasarán la noche maullando. ¡Otra noche más que no podré dormir! Ellos lloran por el hambre. Y yo lloro con ellos. A mí no me importa no comer yo, pero mis pajaritos y mis gatitos no puedo dejarlos morir de hambre.

¿Aceptan tarjeta? ¡¿Sí?!

Yo no sé si tengo dinero en esta para completar. ¿Cuánto tengo en efectivo? Cien, doscientos, trescientos, cuatrocientos… ¡Cuente usted! ¡Yo no puedo contar! ¡Tengo ganas de llorar! ¿Puedo llorar? ¿Usted no se molesta si yo lloro? ¡Necesito llorar! Mi marido se molesta porque yo lloro. Es tan estricto. Me pone tan nerviosa.

¿Pasó la tarjeta? ¿Sí tenía dinero?

Deme una factura detallada, por favor. Es que tengo que rendirle cuentas a mi marido. Él es tan estricto. Tengo que llevarle todos los recibos. Cuando vea lo que gasté en comida para mis animales se va a enfadar. Pero ¿Qué hago? ¿Los dejo morir de hambre? Yo no puedo lanzarlos a la calle a que pasen necesidades. Prefiero dejar de comer yo.

A mi marido no le gustan mis animales, pero yo sin mis periquitos y mis gatitos no puedo vivir. A mí no me hacen falta mis hijos que se fueron a vivir lejos, pero sin mis animalitos no puedo vivir.

A él no le gustan los animales. Me regaña porque yo dejo de comer yo para que los gatitos tengan comida. Es que ellos son la única alegría en mi vida.

Y él se molesta, porque él es tan estricto. Es muy severo.

¡No, jamás me ha puesto una mano encima! Él me adora.

Pero es muy rígido y no quiere a mis animalitos. Lo que pasa es que yo soy muy torpe y a él le molesta. Porque él es muy exigente. Todo lo quiere perfecto. Y yo soy torpe y distraída. ¡Bruta! Me distraigo con mis animales y se me parten las cosas o cuando cocino se me pasa la mano con la sal, porque se me olvida que ya le puse y le vuelvo a poner. Y él se molesta.

¡Tantos años y no has aún aprendido a cocinar! Pero para gastar el dinero en esos bichos sí sirves.

Antes no le importaba tanto que gastara en mis pajaritos y gatos, porque él ganaba bien. Es profesor universitario y no me limitaba tanto los gastos. Yo compraba las cosas y le llevaba los recibos y facturas. Se molestaba, pero no tanto. Pero como ahora está jubilado y el dinero es muy poco, pues se enfurece por mis gastos con los animalitos.

Pero ¿Qué hago? ¿Dejo morir mis pájaros? ¿Lanzo a la calle a los gatos? ¡Yo no tengo corazón para hacer eso. Yo sin mis animalitos no sé vivir. Son mi única alegría.

Él me quiere mucho, pero es muy rígido y no le gustan mis animales. Y como yo no trabajo, dependo de su jubilación. Yo dejé de trabajar muy joven porque a él no le gustaba que yo estuviera en la calle. Decía que descuidaba la casa y los niños y que, además, en mi trabajo había muchos hombres.

¡Y esa miseria que ganas no sirve para nada! ¡Más gasto yo en cachifas para que cuiden a los muchachos que lo que tú ganas como secretaria en ese consultorio!

Tanto dio y me reclamó que, para no oírlo más, renuncié al trabajo y me quedé en la casa. Criaba a los niños y cuidaba la casa. La tenía limpiecita. Como una tacita de plata. Pero él, como es tan exigente, siempre encontraba algún rastro de polvo.

¡Tú ni para pasar un plumero sirves!

Es que él revisaba todo. Porque es muy perfeccionista. Pero cuando yo hacía las cosas bien, siempre me las reconocía.

¡Caramba, por fin haces una comida que te queda bien y no se te pasa de sal o se te quema! Yo sabía que era que le había encantado.

Cuando los niños crecieron y empezaron a tener novias y a salir de fiestas, como me aburría sola en casa, él me regaló un par de periquitos. Ahí empecé yo a querer a los pajaritos. Los dejé libres por la casa para que volaran y ellos, cuando me veían, enseguida se me subían en el hombro.

A él le molestaba que yo dejara los pericos sueltos porque decía que se cagaban en los muebles.

¡El sofá está lleno de chicuca! ¡Mira!

Pero no era verdad. Ellos entraban a la jaula y hacían allí.

Los pericos empezaron a tener periquitos y cuando acordé, tenía como treinta pericos. ¡Qué felicidad! Pero a él no le gustaron más.

¡Claro, como no es tu plata la que hay que gastar en alpiste! Yo trabajo sólo para mantener esos bichos.

Cuando rescaté al primer gatico, se enfureció. Me amenazó con irse de la casa. Yo en el fondo quería que se fuera, pero de qué iba a vivir yo, si él me dejaba. Temblaba sólo de pensar que me dejara sola y sin plata. Pero yo no podía dejar morir a ese pobre gato que habían atropellado. Lo llevé al veterinario y lo curaron. A escondidas de él pagué la clínica. Resultó ser hembra y estaba preñada y parió tres gatitos.

Él se puso fúrico. Me dijo que no me iba a dar dinero para mantener tantos bichos, pero yo le dije que si mis animales se morían yo me moriría también.

Él es muy estricto. Pero me quiere mucho y, a regañadientes, me dejó quedarme con los gatitos. A veces me regaña duro. Pero jamás me ha levantado la mano. Me regaña porque yo soy muy tonta y se me caen las cosas de las manos. Se me olvida apagar la cocina. Él tiene razón. Yo tengo que poner más cuidado en lo que hago. Pero me distraigo. Y él se pone muy bravo.

¡No eres más bruta porque no entrenas!

Es que él es tan perfeccionista.

Algunas veces pensé en dejarlo. Irme. Hace mucho que ni siquiera dormimos juntos, pero yo no me puedo ir porque yo no sé hacer nada. ¿De qué voy a vivir? Yo soy tan inútil. Él tiene razón. Siempre me ha dicho que si yo lo dejo, me muero de hambre, porque no sé hacer nada.

¡Te mueres tú y se mueren tus bichos!

Tal vez si le hubiera hecho caso a aquel joven que me pretendía. Un muchacho compañero de él en la universidad y que venía a enamorarme cuando él estaba dando clases. Pero yo no fui capaz ni de darle un beso. Me daba pudor. Cuando pensaba que iba a dar un paso más, me acordaba de mamá, veía a papá mirándome serio y diciendo que las muchachas se casan para toda la vida. ¡Hasta el cura Panchito se me aparecía dando sermones y leyendo la Biblia! Y no me atreví a darle ni un piquito.

A veces pienso que fui muy tonta. Pero me daba pavor además que él se enterara. Al final, el muchacho se cansó y no volvió a buscarme. Y yo me quedé con él. Sí, me regaña porque soy bruta, pero siempre me ha querido y tratado bien. Nunca me pegó. Y aunque con rezongos, siempre me da para mantener a  mis animalitos, que son lo único que me alegra la vida. ¿Pasó la tarjeta? Ay, discúlpame que me puse a llorar, pero es que me pongo muy nerviosa porque los gatitos no me dejan dormir, llorando por la comida. Y yo ya no sé qué hacer. El Friskies cada vez está más caro y mi marido me regaña porque yo prefiero comprar la comida para los animales antes que comer yo. Esa plata era para comprar un kilo de Harina PAN para las arepas, pero yo no puedo pasar otra noche sin dormir escuchando a mis gatitos llorar de hambre.

Seguro que él me va a regañar cuando sepa que compré comida para gatos. Deme la factura, por favor, porque tengo que rendirle cuentas claras de en qué gasté. Es que él es tan estricto. Mañana vengo a ver si puedo comprar otro medio kilo y el alpiste para mis periquitos. Ojalá y él me dé el dinero, aunque me regañe. No importa. Yo sé que me va a regañar porque a él no le gustan mis animalitos, pero mientras me dé la plata, no me importa que me regañe. Él tiene razón, es que yo soy tan inútil, tan torpe, tan nerviosa. Por eso es que él se molesta y me riñe. Él es tan severo y perfeccionista. Discúlpame, es que soy muy nerviosa y tenía que llorar. Mañana vengo. Es que me pongo nerviosa porque los gatos lloran y mi marido es tan estricto.

«Textos de la concupiscencia cotidiana» en dominios amazon

31 octubre, 2016 § 1 comentario

Preparación

Inhale… Exhale… Cuente hasta diez… Abra su mente…

«Textos de la concupiscencia cotidiana» es una compilación de textos que calbalgan entre el cuento, el relato, el poema y la crónica salpicados de sexo y cotidianidad. Son historias en las que la fuerza vital la marcan el sexo y los impulsos sexuales. No son textos eróticos, son textos concupiscentes, historias «pecaminosas» en las que impera el impulso erótico y erógeno de los personajes, el cual determina el discurso y puede hacer saltar los prejuicios de los lectores y los sentimientos de culpa por ciertos hechos o actos poco comprendidos o asimilados por algunas mentes de personas que podrían haber sentido esos impulsos alguna vez o que no llegan a comprender, imparcial y desprejuiciadamente, el hecho de que algunos seres humanos tengan maneras diferentes de experimentar el sexo a las que conocemos mayormente.

Antes de afrontar la lectura es recomendable abrir la mente y liberar los prejuicios o, por lo menos, estar conscientes de esos prejuicios al momento de dictar juicios de valor sobre los hechos y los personajes.

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«La Leo»

6 diciembre, 2015 § 2 comentarios

 

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Leo sólo tiene dos intereses —obsesiones, más bien— en la vida: la peluquería y el sexo. Y en ninguna de las dos actividades parece satisfacer sus apetitos y ganas por completo ni sentir cansancio cuando se presenta alguna oportunidad o bien para atender una frondosa cabellera o para echar un buen polvo.

A Leo le conocí, y en este caso el pronombre indefinido tiene una justificación plena; pues, al principio, nunca sabía si dirigirme a Leo como «Él» o como «Ella». No parecía encajar en ninguno de esos perfiles binarios —varón/hembra, hombre/mujer, macho/hembra— a los que estamos habituados. Bueno, decía que le conocí cuando su apariencia era completamente andrógina. No había rasgos definitivos en su cara o cuerpo que permitieran decir a qué género pertenecía.

Era como un flamboyán cuyas flores al ponerlas junto a una rosa roja, se ven anaranjadas y, al colocarlas junto a un capacho naranja, se ven rojas. Cuando Leo se ubicaba junto a un hombre, se veía absolutamente femenina a pesar de sus cabellos cortos. Pero, cuando se encontraba junto a una mujer, parecía un varón hermoso y adolescente.

Así era cuando le conocí en la peluquería que quedaba a dos locales de mi agencia de viajes, en el mismo centro comercial Lago Mall, donde había empezado a trabajar y a donde yo acudía una vez al mes para cortarme el pelo.

Cuando le vi la primera vez, no podía dejar de mirarle. En mi cabeza binaria de macho y hembra, no lograba encajar un ser que no era ni una cosa ni la otra. Le miraba los ojos brillantes color café, las cejas gruesas y recortadas, la nariz de base un poco ancha pero respingada en la punta y los labios ni finos ni gruesos. Siempre se vestía con una franela de algodón Ovejita color blanco ceñida al cuerpo y con yines azules ajustados y de bota tubito que le hacían una cintura envidiada por cualquier mujer y dibujaban a la perfección un culo redondo y en su lugar. Llevaba zapatillas tipo All Star de corte bajo y en su oreja izquierda, un arete.

A veces me sorprendía escudriñando en su busto tratando de adivinar unas incipientes tetas. Cuando Leo me descubría la mirada fija en su pecho, me sonrojaba y esquivaba su mirada. Con el tiempo, nos fuimos conociendo y haciendo amigos.

Me llegó a gustar esa apariencia andrógina. «Tú eres como los ángeles», le decía, «No tienes sexo» y Leo se carcajeaba. De verdad su carita era angelical y su delgada contextura le proporcionaba una apariencia frágil e indefensa.

En las tardes, cuando Leo no tenía clientes en la peluquería y yo tampoco en mi agencia de viajes, se dejaba caer por mi local para tomar café. Así me fue contando su vida. Una vida intensa a pesar de apenas rozar los veinte años.

—A mí lo único que me apasiona en esta vida, es hacer cortes, peinados, tintes y secados de cabello y tirar con hombres. Lo demás puede faltarme, pero que no me falte una buena pelambrera para trabajarla y un güevo que mamar. Lo demás es todo accesorio.

Leo vivía con su mamá, viuda desde hacía unos cinco años. Su casa era humilde y estaba ubicada en un barrio pobre y peligroso al oeste de Maracaibo. Leo se hacía cargo de su vieja y de todos los gastos de la casa. Por eso había empezado a trabajar en estilismo casi desde su niñez, pues era para lo que sentía que tenía talento y lo que le permitía subsistir y llevar a su casa el pan de cada día.

—A mí toda la vida me gustó la peluquería. No recuerdo que nunca hubiese dicho que quería ser otra cosa que no fuera peluquero. Bastantes coñazos que me llevé cuando pequeño por eso, porque mi papá se enfurecía cuando me descubría peinando las muñecas de mis primas. Y más arrechera le daba cuando me regañaba y yo, que siempre he sido alzaíto, le gritaba que iba a ser peluquero aunque él no quisiera. Ahí venía siempre el coñazo en la cabeza. Cuando me ponía a hacerle moños a mamá y a maquillarla, el pobre viejo se ponía rojo de la ira. Pero mamá le decía que dejara estar, que  a nosotros nos gustaba jugar así.

Leo, en mitad de la conversación, saltaba de la silla y cruzando una pierna sobre la otra giraba sobre sí mismo, extendía sus brazos como alas a la altura de sus hombros con las palmas hacia arriba y decía sonriendo: «¡Yo soy así!».

El cambio en la apariencia de Leo se fue dando paulatina e imperceptiblemente. Se empezó a dejar crecer el pelo. Se sacó las cejas, dejándolas cada vez más finitas y arqueadas. Mantenía sus TShirt Ovejita blancas y los yines, pero los zapatos los fue cambiando por modelos más o menos unisex, tipo mocasines de monja con un poco de tacón. Se dejó crecer las uñas y empezó a cubrirlas con brillo y en la boca también se comenzó a aplicar brillo labial. Cada vez iba dejando más atrás su apariencia de varón andrógino para parecer más una chica. A mí me agradaba el cambio.

—Es que yo siempre he querido ser mujer. Mejor dicho, yo siempre he sido una mujer. Desde pequeñito me miraba al espejo y me veía como niña. Cuando supe bien la diferencia entre los varones y las niñas, me incomodaba mirarme y ver que entre las piernas tenía eso, que me ponía del lado de los varones y no de las niñas que era como me sentía. En la escuela era una tortura cuando me obligaban a hacer la fila de los varones para ir al baño. ¡Me daba tanta vergüenza que los niños me pudieran ver! Claro, la incomodidad duró hasta que descubrí que podía ser divertido. A los ocho años, en segundo grado, un día que fuimos al baño, me tocó orinar junto a un chico que siempre me había gustado. Él era mi novio, aunque él no lo sabía. Pedrito, se llamaba. Cuando estábamos orinando los dos en el cubículo, le agarré el pipí. Pedrito me miro y sonrió y el pipicito se le puso tieso de una vez. Ninguno de los dos sabíamos qué se podía hacer luego de eso, pero nos encantó la sensación y, cada vez que podíamos, buscábamos una excusa para ir juntos al baño. Un día, después de orinar, le dije a Pedrito que se recostara a la puerta del cubículo para que no la pudieran abrir, le bajé los pantalones y le chupé el pipí. Sabía a entre amargo y ácido, a orín fresco y olía como a tierra húmeda. A mí me encantó tanto el olor como el sabor. Todavía hoy, cuando siento esos olores, me devuelvo a esa época y me excito. Pedrito cerró los ojos y se dejó chupar el pipí. De pronto, empezaron a tocar la puerta del cubículo porque nos estábamos tardando mucho. Pedrito se subió el pantalón y salimos con la cara enrojecida. La maestra nos miró con cara de desaprobación, pero no dijo nada.

Leo se levantó de la silla, dio su vuelta de bailarina de revista y dijo, abriendo los brazos en cruz: « ¡Yo era una perrita feliz! A los ocho descubrí que me gustaba mamar güevo». Luego se sentó de nuevo, y contó:

— Cuando tenía unos 10 años, en mi familia acostumbrábamos a ir a casa de la abuela a almorzar los domingos. A mí me hacía siempre mucha ilusión porque  entonces estaba enamorado de mi tío Enrique, el menor de los hermanos de mamá. Siempre buscaba estar cerca de él. Me sentaba en sus piernas y frotaba mi culito contra su bragueta. Él no lo tomaba a mal. No me hacía mucho caso. No le daba importancia. Después de almorzar, siempre dormíamos la siesta. Yo me metía en la cama de tío Enrique y dormía con él. Cuando veía que ya se había dormido, acercaba mi cara a la de él de modo de que los labios quedaran juntos, rozándose y así me dormía. Pero un domingo no aguanté más y mientras él dormía, le bajé el short y empecé a mamarle el güevo. Me encantó cómo el pene, fláccido al principio, empezaba a ponerse duro dentro de mi boca. Se lo chupé un buen rato. Él se despertó y trató de apartarme, ya estaba tan excitado que no tuvo voluntad de hacerlo y se dejó hacer. Esa fue la primera vez que me tragué la leche en mi vida. Y fue la única vez que pude realizar mis fantasías con mi tío. A partir de allí, el muy malparío no quiso volver a dormir siesta conmigo y eran pocos los domingos en los que se quedaba en la casa. Debe ser que en esa época no mamaba yo muy bien, porque si lo agarro ahora, se queda con los ojos hundidos y se enamora de mí.

Yo me reía mucho con los cuentos de Leo. Me encantaba su sinceridad y desparpajo. Leo contaba todo como si no hubiera sido un sufrimiento en ningún momento. Su vida era como una broma todo el tiempo. Incluso cuando le hacían bullying, le gritaban cosas en la calle, la empujaban y maltrataban, Leo se reía. Les respondía con una vulgaridad y no parecía acusar recibo del insulto.

—Es que el problema no lo tengo yo. El problema lo tienen ellos que son tan pobres de espíritu que para poder encontrar un sentido divertido a sus vidas tienen que burlarse de quienes somos diferentes o tenemos otros gustos. A mí me gusta mucho como soy. Como voy siendo. Me miro en el espejo y cada vez me parezco más a la imagen que tengo de mí en mi cabeza. En el barrio ya dejaron de joderme. El día que llegaron unas viejas brolleras a decirle un poco de pendejadas de mí a mamá y ella les dijo que nada de lo que le decían era nuevo para ella. Que yo le contaba todo y que más valía que les pusieran reparo a sus hijos que, muy machitos y todo lo que quisieran, pero más de uno había pasado por esta boquita. Yo la escuché cuando les decía «En lugar de estar pendientes de lo que hace Leo, o deja de hacer, pelen el ojo con sus muchachos porque creo que pueden terminar siendo suegras de mi Leo. Que a esos coñitos los he visto sonsacando a Leo». Hasta ahí no más. Ni las viejas ni sus hijos se metieron más conmigo. Yo empecé a peinarlas y secarlas a ellas y a cortarle el pelo a los manganzones de los hijos. No joda, si yo le he mamado el güevo a más de la mitad de esos carajos. Y a los otros no, porque no me gustan, pero más de uno que se soba la entrepierna y me mira con ganas cuando paso. Pero, guácala. Son unos bichos muy feos. Prefiero mamárselo al chimpancé del Parque Sur.

Leo se apareció en una oportunidad en mi agencia con el pelo recogido en una cola de caballo, la franela Ovejita la había cambiado por una blusa celeste medio transparente y se había puesto un sostén azul oscuro con relleno. Los zapatos eran unos botines de tacón de aguja, sus yines pegaditos, las uñas largas esmaltadas de rosa pálido, los labios rosados también. Una línea negra de delineador en el contorno de los ojos y las pestañas con rímel. Se veía linda. Era una mujer y estaba buena y provocadora. Ese día se acabó mi conflicto para nombrarla. Al verla, decidí que ya nunca más sería «Él». A partir de ese momento siempre sería «Ella», «La Leo».

No me parecía justo que después de todo lo que había pasado y sufrido para encontrar su identidad de género, yo siguiese refiriéndome a esa linda chica que tenía en frente, como «Él».

Cuando se lo comenté, los ojos se le llenaron de lágrimas. Me abrazó. Le dije que estaba bella.

—Gracias. Me siento bella. Por fin, hoy, me miré al espejo y por primera vez, me sentí bella y me sentí yo. La imagen del espejo nunca se había parecido tanto a mí, como hoy. Me acordé de la primera vez que con nueve años, me vestí de mujer con un vestido de mamá. Me puse sus tacones y me maquillé. Yo estaba solo en casa y se suponía que mis padres no llegarían aún. Vestido y pintarrajeado como una puta, me miré al espejo y me veía bella. Esta sí soy yo, pensaba mientras modelaba y daba vueltas frente al espejo. De pronto, sonó la puerta de la casa. ¡Mis padres estaban llegando y yo vestido y maquillado! ¡Papá me mata si me consigue así! Corrí, me metí en el escaparate y cerré la puerta. El corazón se me iba a salir por la boca. No quería ni respirar para que no me descubrieran. Cuando sentí que entraban al cuarto empecé a rezar para que no se les ocurriera abrir el escaparate «Que se vayan, Diosito. Que se vayan ya. DiostesalveMaríallenaeresgracia…». Cerré los ojos bien apretados y recé todo lo que había aprendido en el catecismo. Rezaba y apretaba cada vez con más fuerza mis ojitos pegoteados por el rímel. El corazón parecía un redoblante. De Pronto sentí que, a pesar de tener los ojos cerrados, entraba un resplandor. Entreabrí los ojos poco a poco y vi a mamá parada en frente con las manos en la cintura. « ¿Qué se supone que estás haciendo ahí disfrazado de puta barata, Leo? —Dijo mamá, golpeando el piso con la punta del pie—. Si tu padre te ve así, te mata a palos y a mí me manda pa’l carajo. Anda a quitarte esa ropa y a lavarte bien la cara». Ese día entendí, por qué la expresión «Salió del closet». Yo, literalmente, estaba saliendo del closet con mi mamá. Bueno, como buen pobre, yo no salí del closet; salí del escaparate, porque en mi casa no había closets. Ese fue un secreto entre mamá y yo. Papá nunca supo nada. Tampoco se enteró nunca de que mamá había decidido ese día enseñarme a maquillarme y a peinarme «Porque de verdad, Leíto, esa pinta de putica no te queda nada bien».

Leo siguió su transformación. Ya no quedaba ni rastro del varoncito que alguna vez había sido. La dueña de la peluquería que al principio la peleaba para que no se pusiera tacones ni se maquillara, poco a poco se fue resignando a tener de empleado a un «transformista», como le decía. No le gustaba mucho la idea, pero Leo era de los mejores estilistas que tenía y no iba a ser fácil reemplazarla si se molestaba por su rechazo y se iba.

Pero la transformación de Leo no era solo física. A cada cambio de su apariencia, parecía acompañarlo un cambio en el carácter. Se iba volviendo más huraña y agresiva con la gente. Hosca. Sus respuestas eran muchas veces desagradables y hasta soeces. A pesar de que trabajaba mucho y con el placer habitual porque su oficio siempre la hacía sentir feliz, no parecía encontrarse a gusto nunca. Mientras secaba el pelo, peinaba y maquillaba, estaba dócil y atenta, pero el resto del tiempo siempre tenía respuestas destempladas. En su barrio, para no aburrirse, les decía a las vecinas que pasaran para secarles y plancharles el pelo. Si objetaban que no tenían plata, les contestaba que no importaba, que les fiaba. Sólo se sentía calmada y contenta mientras manipulaba cabezas, tijeras, tintes y secadores.

El dinero no le alcanzaba. A nadie en el país parecía alcanzarle. Leo tenía muchas responsabilidades con su mamá y con el mantenimiento de su casa y la plata no le rendía. Todo se iba en pasajes, medicinas y comida.

A la estrechez económica, se le unió el malestar en la peluquería porque a la dueña le llegaban cuentos de que Leo se metía en los baños con los dependientes de otras tiendas del centro comercial y los dueños se quejaban. Una vez, la consiguieron haciéndole sexo oral a un vigilante debajo de una escalera y se armó un escándalo. El condominio le pidió a la dueña de la peluquería que hablara con Leo porque si su conducta continuaba de esa forma, se verían obligados a echarla del mall. Leo sólo levantaba los hombros y les decía que ella no le hacía daño a nadie con eso y que si la habían visto era porque eran unos brolleros, porque ella y el vigilante estaban bien escondidos debajo de la escalera y nadie que no anduviera buscando ver, podría haber visto nada. La gente podría hasta pasar por su lado que no se darían cuenta de nada porque «Yo soy muy discreta cuando mamo güevo en lugares públicos».

Leo se empezó a hormonar por su cuenta. Después de haber estado en un grado de feminidad que se podría decir «perfecto», bella y buenota. A ella aún le parecía que le faltaba perfeccionarse. Un día me dijo:

—Quiero ponerme ya las tetas, pero cuestan un cojón de cobres. Y ahora necesito primero operar de vesícula a la vieja. Todo lo que había reunido para las lolas, voy a tener que ponerlo para operarla porque el médico dice que si seguimos esperando, se puede complicar. ¡Pero me falta todavía plata!

Las cejas se las tatuó larguísimas. Se ponía una base blanca que la hacía lucir como una geisha tapa amarilla y se echaba demasiado blushón en las mejillas. Los labios se los ponía de un rojo puta, nada discreto. Cuando le comenté que me parecía que ya se estaba pasando con el maquillaje, que parecía una drag queen, se molestó conmigo. De nada valió que le dijera que era por su bien, que ella era linda y no necesitaba ponerse más maquillaje para verse más mujer, «Tú estás más buena que muchas mujeres de chocho puesto por Dios», le decía. Pero ella no se sentía satisfecha y no le gustaba que yo opinara al respecto.

En su desespero por el dinero para la operación de la mamá, fue a hablar con Adán, el dueño de la zapatería, un hombre joven y apuesto que tenía bastante dinero. Era propietario de una cadena de zapaterías de marca y de otros cuantos negocios más. Le pidió dinero prestado y Adán se lo dio. Como mes y medio después, ya con su mamá operada de vesícula y recuperada, se apareció aceleradísima por mi agencia.

— ¡No te imaginas lo que me acaba de pasar! Cuando venía entrando al mall, vi la camioneta de Adán que iba hacia el sótano. Como tenía el dinero para abonarle lo del préstamo, le hice señas para que parara y entregárselo. Entonces me dijo, «sube, estaciono y entramos luego juntos». Pues me subí en la camionetota, Adán subió los vidrios que ya sabes que no son ahumados, son noche cerrada, y se estacionó en su puesto. Yo saque la plata para entregársela y él me dijo que cuál era el apuro en pagarle. Que si necesitaba el dinero lo usara que él no tenía prisa y, de pronto, sin insinuar nada siquiera, se bajó el cierre y se sacó el güevo. ¡Estaba cachúo! «También hay otras formas en las que podrías pagarme esos reales», me dijo sobándose la pieza. ¡Dios! A mí se me hizo agua la boca al ver aquel animal hermoso, cabezón, rosadito, y sin pensarlo dos veces, me lancé y le di una mamada que lo hizo bufar como un toro. Él me agarró por las greñas y me empujaba contra su entrepierna. Dos veces me hizo arquear porque el coño tiene semerenda pieza, tan grande y gorda que hasta para esta glotona fue mucho. Al rato acabó, y me dijo: «Ya no me debéis nada, Leo. Cuando quieras, te presto más». Mijito, yo estoy que floto en vez de caminar. A ese papachongo yo se lo hubiera mamado gratis y con gusto. Y si me pide matrimonio, me caso. Más ahora que conozco el tamaño del conejo que se gasta. ¡Ese coño es el que me va a pagar las tetas!

Yo por un momento pensé que se trataba de un embuste de Leo, porque ya en varias oportunidades la había descubierto mintiendo con historias sexuales. Era como si no le bastara con las anécdotas que eran ciertas, de vez en cuando, se inventaba algunas fantasías y las contaba como si en verdad hubieran pasado. Estaba casi seguro de que era el caso con Adán, que era un tipo casado. Dos veces, para más señas y con hijos en cada uno de sus matrimonios. Pero un día los vi conversando y vi como la miraba. Entonces, supe que todo era verdad.

Cuando Adán llegó a mi agencia un día para recoger unos boletos para Europa que había reservado, le dije con picardía: «El otro día te vi muy entretenido con la Leo».

—Verga, y cuál es el peo si esa caraja es más mujer que muchas mujeres con las que me he acostado. Está tan buena, que soy capaz hasta de mamarle el güevo porque eso es como chupar un clítoris grande. Esa vaina es un mujerón. Ya quisieran muchas mujeres de verdad tener ese culo que se gasta la Leo. Yo ya le dije a la mujer mía que debería hablar con Leo para que la enseñe a mamar bien ja, ja, ja.

En efecto, Adán le pagó las tetas a Leo, 500 cc en cada pecho; pero, al poco tiempo, ya a Leo le parecían pequeñas. Quería ponérselas de 800 cc, en contra incluso de la opinión del cirujano que le decía que eran demasiado para su contextura.

A partir de ese momento, Leo empezó a prostituirse. Seguía con su oficio de peluquera, pero encontró en la prostitución un filón con el que podía ganar más dinero y más rápido que con el estilismo. A la dueña del salón de belleza ya no le gustó más esa nueva faceta de Leo. «Yo le he tolerado todo. Hasta que ahora sea una mujer con tetas más grandes que las de la hija mía, pero puta sí que no podré tolerarlo. Me moriría de vergüenza si una clienta me reclamara que tengo a una puta trabajando aquí. Ya varios amigos me han dicho que la han visto en la Circunvalación en las noches, después de salir de aquí, parada en una esquina medio desnuda. Hasta aquí llegué con Leo».

Ya de la dulce imagen andrógina de la Leo que conocí recién llegada a trabajar a la peluquería, no quedaban ni señas. Su cara era la de una showcera de puticlub barato. Las tetas ya no podían crecer más. Se inyectó unos productos en las nalgas para hacerlas más grandes y se las deformó por completo. El líquido se le regó por los muslos.

Yo no volví a verla desde que la echaron de la peluquería. Una vez me comentaron que de la avenida 5 de Julio también la había hecho salir en volandas porque se metió con una puta que era del grupo de meretrices que administraba un pran de Sabaneta y la puta le juro que si la volvía a ver por su zona le sacaba las tetas con un destornillador. Leo sabía muy bien que la amenaza era cierta, porque eso se lo hicieron dos meses antes a su amiga Gabriela, que apareció muerta por los Puertos de Altagracia, con las tetas espichadas. Entonces, decidió que se quedaría por la Circunvalación para evitar.

La última vez que supe de Leo, fue una noche que venía del aeropuerto y la descubrí en la oscuridad de una esquina, parada detrás de un árbol. Supe que era ella porque me saludo al reconocer mi carro. Se acercó a la ventanilla. Su cara me pareció repulsiva. Estaba completamente desfigurada entre el bótox y el maquillaje. Los labios se los había inyectado también y tenía bultos en ellos, como pequeños abscesos cubiertos con pintura de labios. Estaba casi desnuda. Cubierta por una malla negra sin nada debajo. Un diminuto hilo dental, negro también, escondía su miembro. Su cuerpo estaba deforme. Mientras me hablaba, traté de encontrar en algún gesto a aquel “ángel sin sexo», que alguna vez conocí en el mall. No había ni rastros del rostro y cuerpo andrógino que me deslumbró entonces.

—Aquí estaré hasta septiembre. Conocí a un tipo que me va a llevar a Alemania. Un carajo que viene dos veces al año y se lleva unas cuantas transfo y putas a trabajar allá. Yo le di mi book y me dijo que en septiembre ya estaré puteando allá.

Leo cruzó un pie sobre el otro y, sin la gracia de antes, dio un giro sobre su eje. Abrió los brazos y dijo abriendo los brazos y sonriendo:

— ¡Seré una puta de alto standing!

Todo parecía un remedo mediocre de la Leo que conocí. Lamenté que la vida no le hubiera dado la oportunidad de hacer carrera en el estilismo como se merecía por su talento.

Una lujosa camioneta con vidrios ahumados más negros que la noche que nos caía encima, estacionó justo detrás de mi carro. Leo miró y dio un brinquito emocionada:

— Me voy, cariño. Ese es uno de mis mejores clientes. Un teniente narco al que le gusta que lo espuelee y me lo coja hasta que le duele el ojete. Me paga en dólares y está más bueno que tarro de nutella.

Me despedí, disimulando mi tristeza y forzando una sonrisa cómplice. Esta vez sí estaba seguro de que todo no era más que una fantasía. El viaje a Europa nunca llegaría. Miré por el espejo retrovisor y vi a La Leo batirse la melena antes de subirse, sonriente, a la camioneta del narco teniente.

Una visión apareció en el espejo. La cara de Leo se veía desfigurada por un disparo de milico entre las cejas. Encandilado por las luces de un camión que venía de frente, clavé los frenos y cerré los ojos. Aluciné un ángel de sexo indefinido jugando entre nubes, mientras en la última página de Panorama narraban el hallazgo del cuerpo descompuesto de un “transformista” en una solitaria playa de Los Puertos de Altagracia.

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El librero

27 noviembre, 2015 § 3 comentarios

Maniqui original1.1

Hasta el día de hoy, me asombra que nadie se haya percatado de la ausencia de José Carlo en el semáforo. Ni siquiera sus «clientes fijos» se han dado cuenta de que es otra persona a la que le tienden el billete a través de la ventanilla del carro, apenas abierta para que pueda salir el papel moneda y no entre la pestilencia del hombre que recibe su limosna, cuando pasan a poca velocidad por la avenida.

José Carlo, todos los días, venía a mi librería, ubicada justo frente al poste del semáforo, a pedir agua.

Los pelos de la cabeza y de la barba, enmarañados, pegoteados, grasientos; hediondos a tráfico y sol. La piel negra, no por la raza; sino porque parecía que el humo de los escapes de los vehículos se le había adherido a ella, hasta formar una espesa costra renegrida, una oscura película gomosa del mismo color y textura del asfalto. Era una piel de pavimento aflojado por el sol inclemente del trópico. Se hacía imposible distinguir dónde era piel y dónde el estropajo de sus ropas. La pestilencia y el color eran parejos en dermis y trapos. La hediondez ácida y alquitranada que manaba de su cuerpo, se quedaba en mi local y en mis fosas nasales hasta horas después de haber salido.

Él se dedicaba desde tempranas horas de la mañana a pedir dinero en el semáforo de la avenida y, en cualquier momento del día, hurgaba en la basura hasta conseguir alguna botella de refresco o de agua vacía y, con ese envase, se presentaba en mi librería para que se la llenara de agua fría.
Yo colmaba la botella y se la entregaba. “Un vaso de agua no se le niega a nadie”, decía mi vieja con bíblica entonación.

El ritual se repetía casi a diario. Él entraba, extendía el envase vacío, yo iba a la nevera, lo llenaba y se lo devolvía. Todo sin mediar palabras y aunque había pasado más de un año en esa rutina, no conocía aún su nombre y no recordaba el tono de su voz pues, nunca más, desde aquella primera vez que entró y, extendiendo una botella vacía, pegajosa y sucia de Frescolita y había dicho «Agua», le había vuelto a escuchar emitir palabra.

En ese tiempo, la librería se había venido a menos, iba en caída libre, como el país. Cada vez llegaban menos títulos y los pocos que se conseguían venían a precios dolarizados. ¡Un escándalo! Impagables para la mayoría de la gente, cuyos salarios apenas les alcanzaban para sobrevivir. Las estanterías se iban quedando vacías, ocupadas con viejas agendas de años anteriores que nunca se vendieron, con revistas de crucigramas, sudokus y sopas de letras, entre ejemplares abollados de libros cuyo precio daba risa al compararlos con los astronómicos de los pocos libros que llegaban recién editados.

Pero yo me empecinaba. No quería dejar mi oficio de librero que tanto me gustaba; a pesar de que estaba seguro de que, tarde o temprano, la crisis me obligaría a bajar la santamaría y buscar otro medio de subsistencia.

— ¿Tiene algo de García Márquez?
—No hay nada.
— ¿De Cortázar?
—Tampoco.

Todos los días lo mismo. Cuando había algún libro que alguien solicitaba, el precio era tan alto que pocas veces llegaban a concretarse las ventas. De vez en cuando llegaba algún lector de pocos recursos que se llevaba unos cuatro o cinco ejemplares de precio viejo, dejando un hueco en el estante que ya cubriría una agenda anacrónica.

Cada vez se hacía más cuesta arriba cubrir los costos operativos. Las facturas de servicios, los recibos de impuestos y las deudas con proveedores, se acumulaban. Unos meses pagaba un poco a unos y, otros, otro poco a los demás. Así iba, con abonos, contentándolos a todos, o molestándolos a todos, y esperando que la situación, en algún momento, mejorara. Algún día teníamos que tocar fondo en el país y, con el golpe, impulsarnos para superar el caos. Con esa esperanza iban pasando los días, arrastrando la arruga por más de 15 años, confiando en que algo tendría que pasar.

Un día llegó el andrajoso con su botella vacía a pedir agua. Mientras le llenaba la envase manchado y sucio por la tierra adherida a la pega de la etiqueta del refresco, lo escuché decir, al tiempo que miraba la hora en el reloj de la pared:

—Van a ser apenas las dos de la tarde y ya llevo reunidos mil doscientos bolívares. Hoy ha rendido el día.
—Pues tienes más que lo que tengo yo. Hoy no he vendido ni un folleto turístico. —Le dije mientras le tendía la botella.

Su voz se me hacía extraña. Hablaba claro y con seguridad. El tono y la forma no se compadecían con la imagen y la hediondez que tenía en frente.

—Creo que antes de las seis, ya habré recogido más de dos mil bolos.

En los ojos ambarinos brilló un destello y sonrió con sus dientes completos dirigiéndose hacia la salida de la librería.

Antes de que terminara de salir, le dije casi a gritos:

—¡A lo mejor, un día, me paro contigo a pedir en el semáforo!

Movió la cabeza de un lado a otro, como descartando la posibilidad y, sonriendo, se alejó.

Pasaron unos cuantos días sin que volviéramos a cruzar palabra. Aparecía, me entregaba la botella y yo se la devolvía llena de agua sin emitir ni siquiera un sonido.

En una oportunidad, le pregunté cómo se llamaba:

—José Carlo.

No se habló más. Tomó su sucia botella llena de agua fresca y se fue.

El nombre, como su voz, se me hacía imposible relacionarlo con el despojo de ser humano que tenía frente a mí. No obstante, a partir de entonces, ese despojo, tenía nombre: «José Carlo».

— ¡Hoy la gente está como loca dando plata!

Me dijo un día cuando me pasó la botella con una mano y me mostraba en la otra un fajo de billetes.

Luego, al entregarle el agua, me apuntó:

—Hoy me han dado puros billetes de cincuenta y de cien. Mire, toque aquí —ladeó la cadera para que tanteara el bulto grande en el bolsillo trasero—. Son puros billetes de cien.

Palpé el bolsillo con asombro. Era un gran fajo de billetes el que guardaba allí, aparte de los que aún tenía en la mano.

— ¿Todo eso es de hoy? —Pregunté incrédulo.
—Ujúm…

Fue entonces cuando, en cuestión de segundos, sin soltar el paquete dentro del bolsillo, mi mente fue planificando todo.

Obvié por completo el olor a basura que despedía el asqueroso cuerpo. Dejé deslizar mi mano dentro del bolsillo y le acaricié la nalga. Espere un segundo para calibrar la reacción. José Carlo no parecía haber percibido el roce o, al menos, no parecía molestarle.

Entonces, saqué la mano del bolsillo y sin pensarlo mucho, le agarré el pene. Lo apreté con fuerza mientras lo miraba a los ojos.

El ámbar de la mirada brilló tornando más intenso su tono amarillento y José Carlo, excitado, sonrió mientras una enorme erección se formaba dentro de mi mano.

Sin soltar su pene, que no dejaba de crecer y ponerse enhiesto, lo arrastré hasta la trastienda, donde tenía una pequeña oficina. Bajé los apestosos pantalones y me sorprendió encontrar un pene rosado, casi blanco, en ese cuerpo que era del color y la textura del asfalto.

Los masturbé con calma. Él se dejaba hacer, gimiendo de vez en cuando.

Cuando cerró los ojos porque la eyaculación era ya inminente, sin perder el ritmo de mi mano izquierda sobre su tieso miembro; con la otra mano, tomé un antiguo y enorme abre huecos de hierro pintado con esmalte negro y con todas mis fuerzas le asesté un golpe seco en el cráneo, justo en el momento en que de su pene salía un chorro de semen espeso, lechoso y de penetrante olor a cloro que se estrelló sobre la bota de mi bluyín.

José Carlo cayó al suelo. Le di un segundo golpe de gracia y comprobé que su corazón dejaba de latir.

Con aparente calma, salí del local y cerré la santamaría grande de la librería, dejando la pequeña hasta la mitad. Apagué las luces y esperé en la penumbra a que se hiciera de noche. Metí al pordiosero en una bolsa negra de basura y, protegido por la oscuridad, subí el cuerpo al asiento trasero de mi carro y lo lleve a la orilla de la playa, a más de media hora de viaje. Me aseguré de que no hubiera nadie alrededor y saqué el cadáver, le quite la ropa y lo dejé, desnudo, junto a un contenedor de basura.

“El cuerpo sin identificar de un indigente fue localizado en el basurero de playa Bikini”. Eso fue todo lo que informaron los medios. A nadie le importó quién era y cómo lo habían asesinado. Era una de las cuatrocientas muertes violentas de ese fin de semana. Nada fuera de lo «normal» en este país que vive una guerra no declarada desde hace años…

Ahora, cuando el calor y el bochorno de la tarde aprietan. Hurgo en la basura. Busco una botella vacía y, vestido aún con los pestilentes trapos de José Carlo, con el pote en la mano, entro al bar clandestino que montaron donde por años tuve mi librería, para que me llenen el envase con agua fría. Salgo con mi agua sin decir palabra y continúo en el semáforo, pidiendo limosna, hasta que el sol se oculta.

***

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