Se acabó el duelo en Cuba

4 diciembre, 2016 § 2 comentarios

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Se acaba el duelo en La Habana. Hoy terminan los 9 días decretados de duelo en la isla caribeña durante los cuales la cenizas del dictador pasearon por todos los pueblos de Cuba para que la gente de manera espontánea saliera a manifestar su pesar y tristeza por la muerte de su líder. Tan espontáneas esas manifestaciones que cuentan que a un hombre que se negó a ir a expresar su congoja porque le quedaba muy lejos, lo golpearon y metieron preso.
En fin, que se acaba el paseo del difunto y los días de duelo y quise recoger en este post algunas de mis reacciones el día que dieron la noticia de la muerte de Fidel Castro y del momento en que me enteré, a las dos de la madrugada del 26 de noviembre.
26 de noviembre. 2:40

Adiós Fidel

¡Suban el fuego a esa paila!
¡Que ahí les llega Fidel!
Ahora la libertad baila
¡A la calle a echar un pie!

Se murió el dictador
¡Prendan el televisor!
Pongan la radio, pongan la radio
Tiempo de celebración.

El que se creía eterno
Finalmente se murió
Lo esperan en el infierno
Qué alegría que nos dio.

No era inmortal el tirano
Ya la pata la estiró
Murió el que al pueblo cubano
Tantas tristezas le dio.

Finalmente pasó algo
Que de pronto lo borró
Como una luz cegadora
Que al averno se mudó.

Adiós Fidel Castro Ruz
No creo que veas la luz
Tu eternidad será oscura
Como de noche sin luna.

No tendrás paz en tu tumba
Y el mundo saldrá de rumba.
Adiós comandante Castro
Olvidaremos tu rastro.

26 de noviembre a las 9:54

Miquilena, Bernardo Álvarez, Fidel. La muerte viaja en autobús y necesita un chofer.

26 de noviembre a las 14:16

Lo medios tradicionales, tv. prensa y radio, ensalzan al muerto. Hablan de su «obra», sin mostrar la sangre que derramó, los presos que torturó, los muertos que a sangre fría sembró, la gente que de hambre mató, los cuerpos que mar y tiburones desaparecieron al querer escapar de esa obra.
Mientras, las redes celebran con sinceridad la desaparición física del tirano. A mazazos lo volverán cenizas que ni para lecho sanitario de gatos servirá.
Por eso, esos medios hipócritas van en picada. Porque por la corrección política obvian el dolor de los seres humanos.

26 de noviembre a las 20:19

Se oye desde el infierno:
«A VER, A VER, LOS DE GORRAS VERDES Y ROJAS QUE ESTÁN JUNTOS EN ESA PAILA, SE ME ORGANIZAN, CULO CON CULO, QUE ESTE INFIERNO ES UN LUGAR SERIO».

26 de noviembre a las 11:55

Murió Fidel Castro —qué bien suena—, Cuba y Venezuela descansarán en paz.

26 de noviembre a las 20:07

Nunca falta un aguafiestas que salga con «Sí, Fidel se murió, pero quedó Raúl». «Sí, se murió Fidel, pero seguimos con Nicolás». O, lo que más me arrecha, «Es horrible alegrarse de la muerte de un ser humano».
Obviamente, quienes así se expresan, aparte de ladillas, no han entendido que la alegría no es por la muerte de la persona, sino por todo lo que esa persona encarnó en violación de libertades, pelotones de fusilamientos contra quienes pensaban diferente, torturas y exilio de quienes se atrevieron a manifestar su disidencia, la traición a personas que lo apoyaron y lo ayudaron a llegar y sostener el poder, a quienes no dudó en apresar y asesinar cuando ya no le fueron de utilidad, o cuando esas personas eran más útiles muertas que vivas. Se celebra la muerte de un tirano, no la de un hombre. La muerte de un déspota que les negó la patria a millones de ciudadanos.
¡Bien muerto está y que arda eternamente en el infierno junto a los otros como él, Franco, Gomez, Pérez Jiménez, Hitler, Stroessner, Pinochet, el inefable Hugo Chávez…!

27 de noviembre a las 13:24

La muerte de Fidel ha opacado la masacre de Barlovento.
El horror cotidiano.

26 de noviembre a las 11:48

Qué conflictos tiene hoy Satanás en el infierno tratando de que no se encuentren Miquilena, Chávez y Fidel. Juntos le vuelven en un segundo el Averno en una Venezuela.

26 de noviembre a las 3:15

Hay hombres que al morir, no se liberan. La historia los hace esclavos de su acción.

27 de noviembre a las 15:10

No hay épica en La Habana
Uno puede pensar que es una injusticia que Fidel Castro haya muerto anciano, ¡90 años! Tranquilo en su casa, rodeado de sus jalabolas que le deben haber limpiado la mierda embarrada en sus vetustas nalgas y los meados chorreados de su falo inerte.
Pero, aunque parezca que no es justo, es lo mejor que pudo pasar. Tuvo todo el tiempo del mundo para demostrar la calaña de ser humano que fue. Murió con su imagen de tirano, asesino, hambreador, torturador y chulo intacta. Más de 60 años ejerciendo el poder y demostrando que todo aquello por lo que apuntó su fusil no fue más que un montón de mierda. Que los pobres no le importaron jamás. Que de las injusticias que denunciaba se valió para perpetuarse en el poder. Que la igualdad era sólo una entelequia y que los Derechos Humanos eran una moneda de cambio.
De haberlo atravesado una bala, de haber sido derrocado, encarcelado, torturado, despellejado lentamente como nos hubiera gustado, terminaría convertido en mártir y héroe.
Pero no. Murió en su cama hedionda a excrementos, rodeado de lujos, de los lujos en los que siempre vivió, con sus chándales de marca, sus costosos habanos, su caro champán, sus millones de dólares. Murió rico y en la tranquilidad de su casa. Anciano y sin control de esfínteres, meado y cagado como muchos de aquellos torturados por su dictadura.
No hay mito. No hay héroe. No hay un perseguido. La vida permitió que muriera dejándolo desnudo ante el mundo. Despojándolo del más mínimo rastro épico. Como se lo merecía.

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Duelo de Albor Rodríguez

14 diciembre, 2015 § 4 comentarios

DueloCuando supe del libro «Duelo», de Albor Rodríguez, editado por Oscar Todtmann Editores, cuando supe de qué iba, de qué trataba, sentí temor de llegar a leerlo. Me dio miedo aproximarme a esa historia y que removiera recuerdos y sentimientos que prefiero dejar tranquilos, en ese rincón amoroso y doloroso a donde mandamos algunas memorias para poder continuar sonriendo por la vida. No me equivoqué. Mi temor se confirmó una vez que empecé a leer y no pude apartarme del libro.

Todo el día, sin apenas darme cuenta, iba reviviendo mis propios duelos, mis lutos, y cualquier gesto o evento en la calle o en las redes, me parecía que podía ser el inicio o una parte de un ritual de un futuro duelo. Como cuando en una juguetería una señora le decía a su niña de poco más de un año, con voz cantarina y divertida «Graaaaciaaaasssss», con esa amorosa manera que tienen las madres para enseñarles modales a sus hijos. Y pensé en Albor y en su libro porque ella cuenta que lo hizo con su niño cuando recogía hoja por hoja y se las daba a ella y ella de decía «Graaaaciaaaasssss», para que el niño aprendiera y, al final «Gracias» fue la única palabra que Juan Sebastián dijo claramente y con verdadero sentido.

O cuando aparté de sopetón el pensamiento negativo cuando mi sobrina Eliana puso una foto en el whatsapp, una selfie sosteniendo una pequeña flor blanca en la mano y la leyenda ponía «La primera flor que me regaló Ignacio». Al verla, cruzó por mi mente la terrible posibilidad de que esa imagen llegara a formar parte de un libro de duelo como aquel que hiciera Albor para sus familiares y el corazón dolió como  si fuera cierto.

Así me ha tenido el libro «Duelo» de Albor Rodríguez por varios días. Me removió recuerdos y temores. Mientras leía aparecía la imagen de papá con su cuasi sonrisa en el ataúd cuando yo, por accidente lo vi sin querer. Me había propuesto no mirarlo allí, pero a los siete años uno no tiene cuidado de algunas cosas y, jugando, en la azotea de la casa, me asomé por el hueco que hace de tragaluz y, abajo, en medio de ese espacio, estaba la urna rodeada de luces y flores y papá, en medio, con su diente asomado entre los labios como si sonriera tras la tapa de cristal. Al mes de eso, el velorio del abuelo Jesús María y a partir de allí todos los duelos que he tenido desfilaron entre las páginas de libro de Albor.

Apareció Freddy, el amigo de infancia que murió a los catorce al caer de una platabanda y la amiga Yajaira Matheus, muerta en aquella madrugada de aguinaldos, arrastrada por un carro a toda velocidad mientras los otros jóvenes patinaban y montaban carretas y ella sólo esperaba y miraba sentada en una piedra de las que trancaban el tráfico por la avenida. La vi, mientras leía, como la vi ese día pasar ante mí, en un pasillo de su casa tan angosto que no me permitió huir de la visión de ese cuerpo gelatinoso que transportaban en una camilla y me pasaba por el frente.

También recordé a María Guillermo en su urna gris y pobre, con más de cien años siendo velada en la casa de La Parroquia, en el mismo lugar donde había estado el cuerpo de papá y donde luego estuvo tía Noemí, a quien de tantos años en la silla de ruedas las piernas le quedaron dobladas y hubo que hacerle cortes para estirárselas y que pudiera cerrar la tapa. Al primo Jesús Alberto y aquella mañana en que yo bajaba con la toalla en la cintura en mitad de la escalera para irme a bañar y llegó la noticia del accidente y de su muerte. Me bañé y restregué como queriendo sacar el dolor y enjuagarlo para que se fuera por el caño.

Y mamá. El dolor de su partida. Los minutos antes de irse mientras yo la peinaba para mitigar un poco el calor que sentía. Y mi grado en el que pensé ese día y sentí una punzada en el pecho al pensar que ella no estaría ese día y que no podría llevarla a Europa algún día, con lo que a ella le gustaba viajar.

También Leíto, mi sobrino, desfiló entre las páginas de Duelo. Estuvo siempre presente mientras leía porque él murió ahogado también. Y en ese momento pensé que nunca más podría sentir un dolor tan grande por alguien. Sentí que ya no habría muerte que pudiera derrumbarme. La muerte de Leíto, pensé entonces, era como la «graduación» del dolor. Nunca más sentiría esa opresión en el pecho por la partida de alguien.

Un amigo le pregunta a Albor si ella no había aprendido a lidiar con la muerte. Cuando leí esa parte pensé «¿Realmente aprende uno a lidiar con la muerte?». Creo que no. Uno aprende a burlarla, a evadirla, a escabullirse. Uno aprende a enmascarar el dolor, pero realmente nunca aprende a lidiar con ella. La muerte nunca deja de doler. Uno aprende que con el tiempo ese dolor sigue pero sin la opresión en el pecho, sin la dificultad para respirar, sin impedirnos sonreír, pero sigue allí, doliendo de otra forma y sin irse por completo.

Creí, con la muerte de Leíto, que había aprendido a lidiar con la muerte, pero no es así. Eso no se termina de aprender. Cada muerte que llega es un nuevo dolor. Cada ser querido que se va es un duelo diferente, pero duelo. Como cuando en este último año murió Josué, y dolió. Murió El Gusano, Luis Brito, y el dolor otra vez alcanzó los niveles que pensé que nunca más volvería a alcanzar. Luego murió Haidelina y aún anestesiado por el dolor de la muerte de Luis, su partida fue otro golpe más. Y murió mi hermana Yajaira y murió Lolita Aniyar. Este año ha sido una cadeneta de duelo. Y leo el libro de Albor Rodríguez y es como si toda mi vida fuera parte de ese «Duelo» de ella.

En una parte del libro, Albor cuenta que le molestó cuando una mujer le dijo que «Salvando las distancias», entendía su dolor porque ella había perdido a su perro. ¡Comparó el dolor por la muerte de un hijo con el de la muerte de un perro! A Albor le molestó. Tal vez fue un desafortunado comentario pero, ¿Cómo explicar ante el inmenso dolor por la muerte de un hijo que para algunas personas la muerte de su mascota les genera un dolor similar? ¿Cómo decirle a alguien sumido en la depresión por perder a un hijo que algunos perros o gatos llegan a ocupar espacios en el corazón de las personas, llegan a generar afectos tan profundos como los de un hijo? Un perro puede llenar la vida de una persona de afecto. Le da incluso sentido a muchas vidas. ¿Cómo decirle a la madre que llora a su hijo que un joven de 23 años me dijo con miedo en los ojos que no sabía cómo haría cuando su perro de 16 años se muriera? ¿Cómo explicar que aún hoy yo siento que la cama se mueve y pienso que es Dara, mi collie barbudo que se subió a jugar conmigo? Esa perrita a quien sentí morir a golpe de tres de la mañana y que también dolió. ¿Cómo explicar el dolor que a veces siento cuando un olor me recuerda el olor de Schubert, mi golden retriever?

No. Nunca aprendemos a lidiar con la muerte. Quienes hemos pasado por muchos duelos lo sabemos. Por eso aún hoy recuerdo la mirada amorosa con que me miró Gretel, mi setter irlandés antes de morir. Una mirada de dolor y de amor. Una mirada de me voy y no te quiero dejar. Mi setter irlandés que desde que llegó con dos meses de nacida se echó a mis pies y me adoptó. ¿Cómo decirle a Albor sin ofenderla que pienso con temor el día que mi gata Charlie me deje? Es que nunca aprendemos a lidiar con la muerte de los seres a los que queremos.

Leía «Duelo» y pensaba en la amiga de lloró desconsolada la muerte de su pez, porque a veces una muerte llega en el momento en que hay tantas cosas acumuladas dentro de nosotros que se desatan los demonios y, ¡hasta la muerte de un pez! es un fin de mundo. Y durante mi lectura no podía dejar de pensar en Willimar que perdió a su niño a pocos días de cumplir un año y yo no sabía qué decir, sólo pude escribirle al whatsapp «Ay, Willimar. Me acabo de enterar. No podía creerlo. No sabes cuánto lo siento. Yo sé lo que es ese dolor. Cuando pasan esas cosas me quedo sin palabras, porque sé que no hay palabras que puedan mitigar semejante pena. Sólo tratar de sobrellevarlo, dejar que el tiempo se encargue de cerrar esa herida cuya cicatriz por siempre estará para recordarnos ese dolor inmenso. Lo único que puedo decirte es que te abrazo y que ojalá encuentres pronto la fuerza y la manera de sobrellevar la pena. Dios te bendiga y que ese bebé sea una luz que te ilumine y proteja a ti y a los tuyos. Lo siento tanto. Un abrazo».

No hay manera de que el dolor por la muerte de los seres queridos sea leve, sea manejado o manejable. Sólo queda dejar que fluya y que pase el tiempo. Sólo el tiempo le da al dolor la dimensión necesaria para que nos permita seguir adelante. Y después uno sueña y se despierta contento de haber soñado bonito. A veces sueño con mamá, con papá, con Leíto. Sueño con Dara y con Schubert. A veces antes de dormir pido soñar con alguno de ellos, como lo pidió Albor también.

Mientras leía «Duelo» quería que fuera un guión de Hollywood y que la narración tuviera un giro feliz. Pero no, el libro es un cuento real y al leerlo se me ocurrió que esa piscina límpida y azul en la que murió el niño se convirtió en un pozo oscuro y negro. Un pozo sereno en la superficie pero en el que subyacen fuertes corrientes por donde circulan el dolor, las interrogantes, las dudas y ese constante sentimiento de culpa que corre como un río subterráneo a lo largo del libro.

«Duelo» es un dolor sin estridencias. Es un ¡Ay! susurrado. No hay gritos. No hay golpes contra las paredes. Es un afán de Albor por darle un sentido racional a ese fuego doloroso que le quema en el vientre. Es un intento por intelectualizar una emoción que sólo somos capaces de sentir con las vísceras, porque en ese dolor de la muerte, como en el misterio del amor, no entra el raciocinio. Por eso Albor busca en películas, en libros, en narraciones y en poemas unas respuestas que en realidad no encontrará más que dentro de ella. Respuestas que sólo llegan con el tiempo, aunque no lleguen como respuestas. Un día uno se despierta y se da cuenta de que el dolor  sigue ahí. Que el dolor nunca se irá. Uno entiende que ha aprendido a vivir con el dolor. Que la opresión en el pecho pasa. Que la sensación de vivir en cámara lenta termina de pronto. Que se siente el dolor, pero ya no físicamente. Que uno puede sonreír y respirar con naturalidad. Que el dolor nunca se irá, pero tampoco nos impedirá seguir viviendo. Que ya no hay lágrimas húmedas aunque el llanto nunca cesa. También aprendemos a llorar de otras formas.

Aprendemos a convivir con el dolor. El duelo sigue, pero nos permitimos sentir alegrías, incluso nos permitimos ser felices, a pesar del duelo.

Duelo
Albor Rodríguez
Oscar Todtmann Editores, 2015

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