París mantiene viva su magia

16 septiembre, 2015 § 4 comentarios

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Fue un trayecto largo por carretera desde Barcelona. Casi 16 horas en el autobús; pero los asientos son cómodos y la unidad se desplaza a una velocidad constante con lo cual el viaje es tranquilo y sin sobresaltos. Como el sol se pone 2después de las nueve, contamos con unas cuantas horas de luz para disfrutar del hermoso paisaje y las luces y el colorido del atardecer nos dieron un espectáculo celestial a través de las ventanillas panorámicas, que bien vale la pena a cambio de tantas horas rodando.

Al entrar a París, el tráfico de la ciudad me hizo recordar el cuento de Julio Cortázar, «La autopista del sur». La vía parecía encontrarse completamente paralizada y los autos detenidos. Llegamos al terminal y, allí mismo, tomamos el metro para ir a la estación Pasteur de Montparnasse donde teníamos paga la habitación en el hotel Camelia por tres noches.

Al abrir la puerta de la estación del metro,  nos recibió la perorata de un loco hablando solo y haciendo gestos al aire. Algo tiene el metro de París que atrae tanto a músicos como a locos. Ya en el vagón, otra loca iba de asiento en asiento, con andar de aristócrata. Se sentaba 3elegantemente en la parte delantera de la silla, con su espalda recta, miraba de reojo a los pasajeros a su lado, murmuraba algo ininteligible y luego se paraba para repetir su actuación en otro lugar.
Eran cerca de las once de la mañana cuando pisamos la recepcion del Camelia, a menos de veinte pasos de la estación Pasteur.

Nos recibió un chico flaco, de pelo largo recogido en un moño en la coronilla y una «chivita» larga y escasa en la barbilla tejida en una delgada clineja.
Cristo, se llamaba y como me dijo que no hablaba español, tratamos de entendernos en inglés y francés, aunque su acento extraño, exagerado por un trabajo dental que le acababan de realizar, no hacía nada fácil la labor.

Al final, le entendí que no podía darnos la habitación antes de las dos de la tarde pero que podríamos dejar el equipaje en recepción, salir a pasear y volver después de esa hora para hacer el check in. También habló del7 horario del desayuno y nos indicó cómo llegar caminando a los Jardines de Luxemburgo, para pasear un rato mientras llegaban las dos de la tarde.

Comimos en un lugar Kebab que está junto al hotel. Un plato de pollo envuelto en pan de pita con papas fritas y refresco por 6,50 €. Bastante bueno y económico. París es caro, pero tiene opciones.

Ya se me habían olvidado las indicaciones de cómo llegar a los Jardines. Echamos a andar en la dirección que nos dijo Cristo y, ya en el camino, pregunté a un señor la vía para llegar al parque. Al ver que no le entendía muy bien sus indicaciones, me dijo que lo siguiéramos que él nos llevaría hasta allí.

Una vez más se derrumbó el mito urbano de que los franceses son antipáticos con el turista. Para gente «border», les echo unos cuantos catalanes que tropecé.

9El señor nos indicó que entraríamos a los Jardines por la puerta de los árboles frutales, que se trataba de un parque grande con varias salidas a diferentes puntos de París. Aproveché para preguntarle cómo llegar al Quartier Latin y me dijo que la puerta del lado opuesto a la que entramos, daba a ese sector.

Como muchos parques en Europa, los Jardines de Luxemburgo son ideales para pasar una tarde de verano relajada, leyendo, meditando o simplemente durmiendo una siesta a la sombra de los árboles. También para caminar o trotar.

Después de visitar el parque, salimos al Quartier Latin, caminamos hasta el Panteón y la Alcaldía del distrito V y recorrimos sus calles, pasando por varias dependencias gubernamentales.

Luego de recorrer el Quartier Latin, tomamos rumbo al Louvre, cuya visita sigo postergando para cuando pueda dedicarle al menos una semana completa para conocerlo más allá de entrar a la carrera para hacerme la foto 38junto a La mona Lisa. Pasamos por Notre Dame y el Puente de las Artes en cuyas barandas aún se exhiben los «candados del amor» que en cualquier momento quitarán, pues la estructura sufre con el peso de la tradición.

El clima era fresco y el cielo, gris al comienzo, se fue despejando y nos regaló hermosos tonos de azul, gris y blanco. En el Sena, multitud de embarcaciones hacían el paseo para ver París desde el río.

A eso de las tres de la tarde regresamos al hotel para chequearnos, darnos una ducha en el diminuto baño de la habitación en el que, al sentarse en la poceta, la esquina del lavamanos tamaño Barbie se le encaja a uno en la manzana de Adán y, para poder secarse luego de bañarse, hay que abrir la puerta.

Revividos con la ducha de agua tibia alternada con fría, salimos para visitar el cementerio de Montparnasse que cortazarnos quedaba a pocas cuadras del hotel, andando.

No soy muy aficionado a hacer turismo de camposantos. A los cementerios no quiero ir ni muerto. Pero, como dio la casualidad de que el hotel que reservamos quedaba cerca del cementerio de Montparnasse, pues decidimos dar un paseo para visitar las tumbas de Cortázar y de Cioran.

Preguntando en la recepción del hotel y luego en cada esquina, dimos con el pequeño lugar.

Pocos metros antes de llegar a la entrada de la necrópolis, una rayuela pintada sobre el cemento del bulevar, me confirmo, cual flecha del Camino, que iba con buenos pasos.

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Al mismo momento de entrar, me percaté de que no sería fácil encontrar una tumba específica en medio de aquel montón de criptas apurruñadas. Pregunté en la entrada y dos señoras, muy amablemente, nos mostraron un mapa y nos señalaron que Cortázar está en la División 3 y Cioran en la 13. 

88Quedé en las mismas. Soy pésimo para los mapas. Entonces, las señoras nos indicaron con detalle hacia donde coger para llegar a la División 3. En pocos minutos nos encontrábamos allí. Otra cosa más difícil sería poder hallar una tumba determinada en ese lugar. 

O yo tenía una cara de andar extraordinariamente perdido, o Cortázar era quien me estaba queriendo encontrar, porque cuando la pereza de ponerme a leer cripta por cripta las inscripciones en las lápidas me estaba haciendo que desistiera y me diera por vencido, de la nada, salió una señora que me preguntó en perfecto francés si estaba buscando la tumba de alguna celebridad, y yo le respondí en perfecto castellano que si, que la de Cortázar y la de Cioran. 

Me dijo que la siguiera que ella me llevaría a la de Cortázar y en el camino me explícó como ir luego a la de Cioran. 
«¡Aquí está!», dijo la señora y señaló una pequeña lápida de mármol blanco que ponía en bajo relieve «Julio 72Cortázar».

La piel se me erizó. La señora me dejó solo y por unos minutos estuvimos solos el argentino y yo. La imagen frente a mí era lúdica. La tumba parece una mesa de juegos. Quienes la visitan le escriben mensajes con marcador o tinta. Le dejan cartas sostenidas por piedras, tickets de metro, flores y hasta un corcho de champán. Toque el mármol y era suave y frío.

Lamenté profundamente no haber tenido con qué dejarle unas letras. Contarle que en mis recuerdos de isla de Coche, su presencia me acompaña. Decirle que, después de 20 años, cuando voy a la isla y paso por su plaza Bolívar, se me aparece Circe y el hombre de Continuidad de los parques. Relatarle cómo, echado en el cemento de la plaza y acompañado por los asnos que deambulaban libremente, me daba la media noche leyendo El perseguidor. Quería contarle que casualmente pensé en él y en sus textos al entrar a París y ver el tráfico detenido como en su increíble cuento «Autopista del sur». Pero, no tenía un puto lápiz a la mano. 

71Al rato se me unió Cristian y, mientras hacíamos fotos, vimos a unos que buscaban una tumba. Buscaban a Cortázar y allí estaba yo, para hacer por ellos, lo que la señora francesa hizo por mí. 

Fui a buscar a Cioran y me parecía imposible ubicar su tumba. La División 13 es más grande aún. Cuando ya me iba, unas monedas sobre una lapida llamaron mi atención. Había en esa tumba monedas rumanas de diferentes denominaciones y piedras. Al leer la inscripción me di cuenta de que, sin yo saberlo, allí estaba el poeta, bajo mis pies. Era como si la gente quisiera pagarle al filósofo su ticket de regreso a casa. La sensación de tristeza que me produjo fue profunda. El buzón de cartas me aguó los ojos. En la tumba de Cioran la energía que encontré era la opuesta a la hallada en la de Cortázar. 

Me fui cuando la cuidadora daba las campanadas para anunciar el cierre del cementerio. La mujer, asombrada ante mi solicitud, amablemente, accedió a mi pedido y me permitió repicar la campana. Unos cuantos repiques en honor a Cortázar y a Cioran.

Al salir del cementerio decidimos ir en pos de la Tour Eiffel.41

«Es muy lejos de aquí», nos advirtieron, pero la tarde se prestaba para caminar. Entre los edificios, a lo lejos, asomaba de vez en cuando la punta de la torre.

París en verano se presta para que en cualquier espacio verde la gente se tienda al solazarse. En un punto del recorrido, encontramos a Cristo, el recepcionista del hotel. Estaba descalzo con un grupo de amigos en un parque. Al vernos, se nos acercó.

El joven estaba un poco «colocado» y parece que, lo que sea que hubiera consumido, le abría el entendimiento y lo hacía entender y hablar el español. Entonces, nos habló de un movimiento francés al que pertenece y que busca el establecimiento de una «verdadera democracia» y se identifica con los postulados de Podemos y Pablo Iglesias en España.

43No es fácil discutir de política en tres idiomas. Nos limitamos a decirle que nos daba pavor cierto discurso socialista europeo que se identifica con la política que ha llevado a Venezuela al estado de miseria en que se encuentra actualmente.

Allí dejamos a Cristo, con su nota y su ilusión de una mejor democracia. Nosotros seguimos en busca de la torre a la que llegamos unos veinte minutos después.

Al pie de la inmensa armazón de metal, se acumulaba un gentío. Turistas de otras partes de Francia y de diferentes países del mundo que querían quedar inmortalizados junto a la impresionante estructura que se fue llenando de luces incandescentes en la medida que el sol se apagaba en el espectacular cielo azul del verano parisino.

A la mañana siguiente, nos levantamos, compramos unas frutas, dos sándwiches de salmón y un agua saborizada de litro y medio para llevar a Versalles. El chico de la recepción nos había advertido de que la gente iba a los jardines de palacio a hacer picnic. Tomamos el tren y en pocos minutos nos encontrábamos en Versalles.

Desde lejos, se veía el gentío en los alrededores del palacio. Andando por un sendero sombreado por árboles, 8llegamos a la entrada. El pronóstico era de tres horas de cola para comprar el ticket de entrada. La cola serpenteaba como una anaconda gigante bajo el inclemente sol del verano. Decidimos obviar el castillo y visitar sólo los jardines. Ocho euros costaba la entrada y no había cola alguna.

Impresionante el lujo de esos hermosos jardines. Donde pose uno la mirada, se halla con algo bello, una escultura, una fuente, un arreglo de flores, un estanque, un bosque. Me llamó la atención la acentuada simetría del lugar.

Recorrer los jardines de Versalles con el fondo musical que resuena en todos los rincones del inmenso espacio palaciego es transportarse a una época de lujo y derroche, a un mundo donde la desigualdad campeaba, donde a los pobres que circundaban el palacio se les explotaba, se desangraban literalmente para que los reyes pudieran mantener ese tren de vida. Mientras comía mi sándwich frente a la fuente de Neptuno, pensaba que era obvio 46que algún día los pobres reaccionaran frente a semejante injusticia. La revolución era una consecuencia lógica.

El día pasó rápido entre esculturas antiguas y modernas de Anish Kapoor, entre juegos con los gigantescos espejos del artista hindú instalados en el área y el show de música y agua que cada hora empezaba para hacer que los chorros de la fuente danzaran al ritmo de la música.

Al salir de palacio, recorrimos el pueblo, queríamos almorzar pero, como es habitual en Europa, especialmente en París, uno no puede comer cuando quiere, sino cuando los restaurantes dicen que se puede. Aunque los sitios estaban abiertos; las cocinas se hallaban cerradas. Había que esperar hasta las siete y tanto de la tarde para comer. En un restaurante, incluso, me dijeron que volviera al día siguiente.

Terminamos pidiendo unos platos incomibles en un sitio vietnamita. Asqueroso. El cochino agridulce sabía a trapo sucio de cocina. Dinero perdido.

Tomamos el tren de regreso a París y fuimos rumbo a Montmartre. Queríamos ver el atardecer desde arriba. 51Contemplar como se encendía la ciudad de la luz a medida que se apagaba el día.

Montmartre estaba a tope como todo París. En una esquina, unos «chinos» (asiáticos) grababan un programa de televisión con un pintor callejero. En los alrededores de la plaza, quiénes pintan o hacen caricaturas a los turistas ahora son «chinos» también en su mayoría. La expansión de Asia también se nota allí.

En las escalinatas frente a Sacre Coeur, la gente se apiñaba para ver morir la tarde. Lo negros africanos vendían agua y cerveza fría, el comercio de souvenirs, como en el resto de las ciudades que visité, en Montmartre, también estaba en manos de indios y africanos temerosos de las policías, pero obstinados en su labor.

El cielo se fue poniendo oscuro al tiempo que París se iluminada. Una deliciosa creppe con Nutela y cambur 68endulzó el momento. Montmartre, a pesar del bullicio y de la gente, me llenó de su energía particular. La mala nota la puso una chiclosa baguette con cuatro quesos que no sabían ni a cuajada. Parece que debía ser un día de ayuno y no nos lo advirtieron.

El último día en París, tras la insistencia de varios amigos, fui a conocer el cementerio Père Lachaise, una experiencia, sin duda.

Resulta interesante ver la última morada de tantos personajes importantes mezclados con nombres de gente que no tienen mayor trascendencia. Impresiona ver como algunas tumbas de personas desconocidas ostentan gran lujo, mientras otras de reconocidos artistas o personas que han dejado huella en la historia son modestas y sencillas. Cosas de la vanidad humana.

Al salir del camposanto emprendimos el camino a pie hacia La Bastilla. En la ruta, nos detuvimos a almorzar en la terraza de un pequeño restaurante. Un delicioso salmón y unos ricos pinchos de cordero nos vengaron de los malos sabores del día anterior.

Por los lados de la redoma de La Bastilla, en un espacio público destinado para tal fin, un francés mal encarado hacía las piruetas en patineta junto a sus dos hijos. Un poco border, el tipo armó un escándalo al ver nuestras 84cámaras, porque no quería que se hicieran fotos. Estaba muy preocupado por la «seguridad» de sus hijos. No obstante, tenía a sus pequeños dando saltos y haciendo piruetas en el aire sin cascos, rodilleras ni coderas. Parece que los chicos corren peligro sólo con unas fotografías tomadas a la distancia, en las que apenas se distingue una silueta irreconocible y no por no tener la protección adecuada y correr el riesgo de romperse la crisma en una caída. Vainas de europeos que se creen famosos e importantes.

Sin hacer caso de la histeria y amenazas del hombre, seguimos recorriendo la zona hasta llegar a Place de Vosges, un lugar hermoso, lleno de galerías de arte del cual guardábamos gratos recuerdos de la primera visita a París. En este lugar, está la casa de Víctor Hugo y nunca decepciona al visitarlo.

El día no podía terminar de manera más divertida. Nos encontramos en un punto de Paris con Andreina Mujica, amiga de facebook tan divertida y alegre en la vida real como en las redes. De su mano y con su amena 96conversa y compañía recorrimos la llamada Butte aux Caille de París, un espacio con pequeños bares y cafés, zona trending, movida y llena de diversión con sus muros exhibiendo interesantes y hermosos graffitis.

Comimos en un ruidoso y divertido restaurante de unos vascos. Platos abundantes y deliciosos en un espacio lleno de gente joven y escandalosa en donde uno parece haberse alejado de la París «comme il faut» para adentrarse en una tasca española o latinoamericana.

Andreína nos dejó su alegría y buena nota al despedirnos en el hotel, pasadas las 12 de la noche, luego de caminar un rato más por la alegre y llena de sorpresas zona Butte y tomarnos el del estribo en otro bar. Sin duda, la mejor despedida que pudiéramos tener en la ciudad luz. Al día siguiente, nos esperaba Milán.

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Entre Sitges y Barcelona

8 septiembre, 2015 § 3 comentarios

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Los días de Sitges fueron de relax y nos permitieron recuperar un poco las energías consumidas los días que estuvimos en Madrid, Lisboa y Oporto y Santiago de Compostela, donde caminábamos casi sin descanso.
Llegamos al aeropuerto de Barcelona y de una vez tomamos, allí mismo, un autobús hasta Sitges. Nuestro amigo Alberto Cundancín nos esperaba en la parada. Llevamos las maletas a la casa y salimos a pasear por el Boulevard de la playa y por las concurridas calles de Sitges.

Probé la temperatura del agua del Mediterráneo y me sorprendió que estuviera tibia como una sopita, como las del Caribe venezolano.

El sol se ponía en ese  momento y los colores del atardecer bañaban el paisaje de hermosos colores. El palacio de Maricel lucía imponente contra los tonos azules del cielo y el mar.

12A la mañana siguiente, nos fuimos a las piscinas de masajes de un gimnasio de Sitges que nos cayeron como agua bendita. Después de 15 días caminando casi 10 horas diarias, esos potentes chorros en espalda y hombros realmente nos revivieron. En la tarde, después de comer, fuimos un rato a una playita de aguas tibias y cristalinas. Nada que ver con las bellas pero gélidas playas de Oporto y Santiago de Compostela. En el Mediterráneo uno puede zambullirse con confianza.

Para cerrar la noche, hice una fideuá con langostinos, calamares, chipirones, almejas y mejillones de la que no quedó ni rastro.

Dos días de la estadía por esas tierras del Mediterraneo y el piquito del último día, se los dedicamos a Barcelona. Caminamos el Parc del Centre del Poblenou inaugurado en el 2008 y diseñado por arquitecto francés Jean Nouvel, el mismo arquitecto que diseñó la torre Agbar, Ese edificio fálico y tornasolado que se distingue dese diferentes puntos de la ciudad.

18Fuimos al museo del diseño y visitamos la Caixa Forum para mirar interesantes exposiciones de fotografías entre las que me impresionaron una sobre mujeres de la guerrilla con testimonios de guerrilleras latinoamericanas y la de Sebastián Liste, fotografía documental de la situación de las cárceles en Venezuela.

Paseamos por el Barrio Gótico que siempre es una delicia, disfrutamos de plaza Catalunya, fuimos a Les Encants, ese mercadillo de cosas usadas, artículos de anticuarios y mercancías nuevas con un espectacular techo de espejos que reflejan y reproducen el maremágnum de compradores y vendedores, junto a la torre Agbar.

El paseo a Montjuic nos dejó boquiabiertos con su monumentalidad impactante. Fuimos al teatro de la Ópera,  a pasear por la concurrida playa de la Barceloneta donde no cabía un alma más. También fuimos antes de tomar el bus para París a caminar por Arco deTtriunfo 46que está cerca del terminal.

El verano en Barcelona, como en el resto de Europa, es una ocasión para disfrutar a plenitud de los espacios públicos. Por todos lados hay gente que pasea, descansa, camina despreocupada. Gente que disfruta las ciudades, que tiene la posibilidad de pasar horas al aire libre gracias a la gran cantidad de espacios que han dedicado para el esparcimiento de los cidadanos y a la posibilidad de sentirse seguro y resguardado. Algo que sin duda, nos deja un poco de envidia a los venezolanos azotados por la delincuencia que nos somete al claustro de ir del trabajo a la casa y de la casa al trabajo. Con miedo y sin mayores posibilidades.

La noche antes de tomar el autobús a París, fuimos a conocer El Comodín un pequeño bar en Sitges, el más antiguo de los bares gays de España, con un divertido 78show de travestis. Cuando quien atiende la barra se enteró de que éramos de Venezuela, nos dijo que en el show había un venezolano, pero por esos días se encontraba de vacaciones.

El Comodín no me decepcionó, desde que vi un programa sobre Barcelona, un documental de viajeros en el que hablaban del pequeño antro de Sitges, quise conocerlo y ver el show.
Al salir del bar, me sorprendió encontrar las calles del pueblo desoladas. Nada que ver con la imagen que uno tiene de Sitges de ser una ciudad que nunca duerme en verano. A las dos y media de la noche, Cristian, Alberto y yo éramos de los pocos seres humanos que deambulaban por las calles de Sitges.

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Santiago de Compostela, una ciudad con truco

25 agosto, 2015 § 4 comentarios

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A Santiago de Compostela llegamos pasadas las dos de la tarde. El viaje en tren desde Oporto es un trayecto tranquilo con muchas vistas a sembrados de maíz y vides, tramos montañosos cubiertos por una espesa niebla y paisajes acuáticos.

Debimos bajar en el terminal de Vigo, donde tras una espera de 40 minutos tomamos el tren a Santiago. Una vez en el terminal, sólo quedaba preguntar dónde estaba la Rúa do Vilar, para llegar hasta la Oficina de Turismo de la ciudad donde nos darían la información de nuetro hospedaje.

Como suele suceder cuando soy yo el que cuadra fechas y lugares, las cosas que pueden ser un desastre, serán un desastre. Le había pedido a Celalba que nos reservara para las noches del 13 y 14 de julio, y estábamos llegando a Santiago el 12, y en domingo. Un pequeño error de fechas que podría hacer que la noche del 12 tuviéramos que dormir en algún portal.

Un señor de la taquilla del terminal nos explicó como llegar a Do Vilar. No era cerca, pero tampoco lejos y como sólo llevábamos equipaje de mano y con ruedas, pues decidimos caminar y ahorrarnos el dinero del taxi. Dos 1consultas más a la gente que pasaba a nuestro lado y ya nos encontrábamos frente a la Oficina de Turismo.
Como ya dije, era domingo, Mónica, la chica de reservas por quien debíamos preguntar para saber de nuestro hotel, estaba libre. Otra chica de recepción nos atendió con una cálida sonrisa y muy amablemente nos dio la información. Nos alojaríamos en el hotel LUX, que está ubicado por Plaza Galicia, a pocos metros de donde nos hallábamos.

—Como la oficina de reservas no trabaja los domingos —dijo la chica—, no podremos arreglar por acá lo de la noche de hoy, pero vayan hasta el hotel que seguro allí les resuelven porque ya ustedes tienen reserva allí para dos noches.

Así lo hicimos. En pocos minutos nos encontrábamos en un hall de entrada minimalista en tonos blancos y beige y cuyos muebles de cabeza —patas arriba—, estaban puestos en el techo. Al frente, una puerta de ascensor junto a una escalera de mármol blanco, indicaban que uno debía subir al primer piso para llegar a recepción.

No hubo mayor problema por haber llegado un día antes de la reserva que teníamos hecha, el chico de la recepción nos ubicó una habitación y, por suerte, se mantuvo el precio cuyo coste incluía la habitación y un desayuno bien surtido en la barra del comedor del hotel. Se trata de un pequeño hotel, con habitaciones chicas pero confortables y un agradable diseño.

Dejamos las cosas en la habitación y salimos a buscar un sitio donde comer porque estábamos —como diría mi madre— transidos de hambre. No fue fácil la tarea. Un domingo, a las cuatro de la tarde, los restaurantes de 9Santiago están en tiempo de descanso entre el almuerzo y la cena. Entramos en varios locales y la respuesta era la misma: «Abrimos a la siete».

Me llevé un regaño en uno de los restaurantes por insinuar que era complicado encontrar sitio dónde comer:  «Nosotros abrimos desde la siete, toda la mañana currando. Ahora cerramos para luego volver a abrir a las siete. ¡Que tenemos derecho a descansar!». ¿Quién lo duda?

Después de varios intentos, conseguimos un sitio abierto. A los pocos minutos, el mesero nos preguntó de dónde éramos:

—¡Yo sabia que ese acento era venezolano!

Resultó ser un muchacho de San Martín, Caracas, que hace nueve años, huyendo de la crisis e inseguridad personal de Venezuela, decidió cruzar el charco dejando en Caracas esposa y dos hijas, para buscarse un futuro para él y su familia. Su nombre es Adrián.

Los primeros meses en Madrid lo decepcionaron. Decidió probar suerte en Santiago de Compostela y cuando abrió un periódico y vio que la «página roja» hablaba de la señora a la que se le extravío un loro y del heroico bombero que bajó de un árbol a un gato, se convenció de que esa era la ciudad que buscaba. Se instaló allí y a los pocos meses se llevó a su familia con él.

—Aquí he logrado cosas que en Venezuela me parecían imposibles de alcanzar. Tengo casa, tengo coche y, sobre todo, tengo tranquilidad y seguridad.

Adrián nos invitó un café después de la comida, mientras nos contaba que sí, que trabaja muchísimo, pero tiene lo que necesita y vive como se merece.

Después del tardío almuerzo echamos a andar por las callejuelas de Santiago, cargadas de magia, historia y santidad, mientras hacíamos tiempo para encontrarnos con Celalba para tomar un café.

Santiago es una ciudad entrañable. Pequeña pero con historia en cada piedra. Su arquitectura tiene mucho de 8las sobrias y austeras construcciones de conventos y monasterios. La roca antigua y viva nos recuerda aquella primera piedra sobre la que se construiría un reino de religiosidad. La sobriedad del estilo compostelano de construccion apenas se altera en algunos casos con detalles neoclásicos o barrocos agregados años después. Visitar la catedral llena de peregrinos a la hora de la misa y abrazar al patrono, es toda un experiencia espiritual.

El encuentro con Celalba, tuvo lugar en un café cercano a la oficina de turismo donde trabaja. Una agradable terraza que fue la locación para romper el celofán de la virtualidad y ponerle calor de carne a una vieja amistad por Facebook proveniente de una gran cantidad de amigos comunes.

Allí estábamos por fin, frente a frente, dándonos el abrazo prometido y conociendo al terremotico Sergi, el hermoso niño de tres años hijo de Celalba e Ignasi, a quien no tuvimos oportunidad de conocer esta vez.

Celalba fue lo mejor que nos pudo suceder en Santiago de Compostela. Nos hizo sentir bienvenidos y queridos, y nos atendió como reyes. Nos transmitió su amor por esa ciudad que la acogió hace años y nos enseñó cómo 73conocerla y disfrutarla.

Cuando llegamos, ya teníamos agendada por su cuenta una visita con audio guía por los principales puntos de la ciudad y una visita a los tejados de la catedral. Un delicioso y abundante almuerzo donde no podía faltar el pulpo a la gallega y una visita a casa de la amiga donde, para terminar de abusar de su gentileza, lavamos y secamos la ropa sucia acumulada de varios días.

Santiago es una ciudad chica en la que se camina tanto como en las más grandes. Es mágica, parece que tuviera truco. Uno camina y camina y cree que ha avanzado mucho y cuando se percata, está llegando a un sitio al lado de donde se partió o al mismo punto de partida.

Es realmente una delicia caminar sin rumbo entre las pequeñas y estrechas calles compostelanas con sus portales y balcones llenos de flores y con esas mágicas flores lilas que nacen en la cruda roca de las construcciones. Es una maravilla deambular y descubrir antiguos conventos y monasterios, iglesias y monumentos. Las visitas a los parques de la Alameda y San Domingos de Bonaval son relajantes y permiten obtener bellas vistas de la ciudad.

Ver Santiago de Compostela desde los tejados de la catedral es una experiencia única y visitar el Museo del Pueblo Gallego permite conocer la historia y cultura de Galicia y disfrutar de la mágica escalera helicoidal que 61parece sacada de una película de fantasia con sus tres ramas de peldaños. Sólo una de las tres escaleras llega al tope y únicamente con cambiar una puerta por otra que está casi al lado, ya uno se ubica en otra escalera que por una especie de truco, parece quedar frente al punto donde uno se encontraba.

La visita al Mercado de Abastos de la ciudad es comprobar la calidad de los productos de esa tierra, pescados y mariscos frescos, embutidos de todo tipo, verduras recién cosechadas y escogidas, artesanías y hermosas, coloridas y perfumadas flores. Allí uno asiste a una importante parte de la cultura gallega y su gastronomía.

En la tarde del día antes de partir de Santiago de Compostela, luego de dejar la ropa en la lavadora en casa de Celalba, la amiga nos llevó a visitar la playa de aguas heladas y paradisíacas vistas y el Castro de Baroña, los restos de un antiguo asentamiento celta en el tope de un acantilado.

Santiago nos dejó con ganas. Ver la multitud de peregrinos celebrar emocionados la culminación del Camino de Santiago en la placa del punto cero, frente a la entrada principal de la Catedral, hizo que se exacerbaran mis viejas ganas de vivir la experiencia de la peregrinación. Algún día espero hacerlo.

Sé que no todos los visitantes podrán contar con el cariño y la atención de Celalba Rivera al visitar Santiago de Compostela, pero lo que sí está al alcance de todos los visitantes son los servicios de apoyo al turista que prestan en las oficinas de la Rúa do Vilar 63. Las chicas podrán guiarte sobre qué y cómo visitar en la ciudad y, en 78la Central de Reservas, te ayudarán para conseguir alojamiento bien sea en hotel, posada o albergues.

Un último recorrido en la mañana de la partida, repasamos el mercado y la catedral. Luego, unas flores para Celalba en agradecimiento por tanto y un último café compartido con la entrañable amiga, nos dan el hasta luego en Santiago de Compostela, una ciudad llena de buena energía a la que un día espero llegar con el olor del peregrino en el cuerpo y con su luz en el espíritu.

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