Un minuto de silencio

14 noviembre, 2015 § 1 comentario

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Desperté aturdido.
Me acosté con un dolor en París
Y desperté con una puntada en el Líbano.
… ese dolor en gerundio que es Venezuela.
Yo no sé de cifras
Para este dolor no hay guarismos.
Desperté con la urgencia de un minuto de silencio.
Un mutis para asimilar.
Luto.
¿Cómo convertir la muerte en fríos números?
Las comparaciones hieren tanto como la bala asesina.
Demasiado ruido. Demasiada bulla.
Exceso de ingenio para hablar del dolor.
Un minuto de silencio para respirar, para digerir.
Un minuto sin cifras.
Sólo el dolor.
El dolor solo.
Putear a dios en una oración silenciosa.
Edward Honey tenía tanta razón.
Dos minutos, un minuto
sin palabras.
In memoriam.

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París mantiene viva su magia

16 septiembre, 2015 § 4 comentarios

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Fue un trayecto largo por carretera desde Barcelona. Casi 16 horas en el autobús; pero los asientos son cómodos y la unidad se desplaza a una velocidad constante con lo cual el viaje es tranquilo y sin sobresaltos. Como el sol se pone 2después de las nueve, contamos con unas cuantas horas de luz para disfrutar del hermoso paisaje y las luces y el colorido del atardecer nos dieron un espectáculo celestial a través de las ventanillas panorámicas, que bien vale la pena a cambio de tantas horas rodando.

Al entrar a París, el tráfico de la ciudad me hizo recordar el cuento de Julio Cortázar, «La autopista del sur». La vía parecía encontrarse completamente paralizada y los autos detenidos. Llegamos al terminal y, allí mismo, tomamos el metro para ir a la estación Pasteur de Montparnasse donde teníamos paga la habitación en el hotel Camelia por tres noches.

Al abrir la puerta de la estación del metro,  nos recibió la perorata de un loco hablando solo y haciendo gestos al aire. Algo tiene el metro de París que atrae tanto a músicos como a locos. Ya en el vagón, otra loca iba de asiento en asiento, con andar de aristócrata. Se sentaba 3elegantemente en la parte delantera de la silla, con su espalda recta, miraba de reojo a los pasajeros a su lado, murmuraba algo ininteligible y luego se paraba para repetir su actuación en otro lugar.
Eran cerca de las once de la mañana cuando pisamos la recepcion del Camelia, a menos de veinte pasos de la estación Pasteur.

Nos recibió un chico flaco, de pelo largo recogido en un moño en la coronilla y una «chivita» larga y escasa en la barbilla tejida en una delgada clineja.
Cristo, se llamaba y como me dijo que no hablaba español, tratamos de entendernos en inglés y francés, aunque su acento extraño, exagerado por un trabajo dental que le acababan de realizar, no hacía nada fácil la labor.

Al final, le entendí que no podía darnos la habitación antes de las dos de la tarde pero que podríamos dejar el equipaje en recepción, salir a pasear y volver después de esa hora para hacer el check in. También habló del7 horario del desayuno y nos indicó cómo llegar caminando a los Jardines de Luxemburgo, para pasear un rato mientras llegaban las dos de la tarde.

Comimos en un lugar Kebab que está junto al hotel. Un plato de pollo envuelto en pan de pita con papas fritas y refresco por 6,50 €. Bastante bueno y económico. París es caro, pero tiene opciones.

Ya se me habían olvidado las indicaciones de cómo llegar a los Jardines. Echamos a andar en la dirección que nos dijo Cristo y, ya en el camino, pregunté a un señor la vía para llegar al parque. Al ver que no le entendía muy bien sus indicaciones, me dijo que lo siguiéramos que él nos llevaría hasta allí.

Una vez más se derrumbó el mito urbano de que los franceses son antipáticos con el turista. Para gente «border», les echo unos cuantos catalanes que tropecé.

9El señor nos indicó que entraríamos a los Jardines por la puerta de los árboles frutales, que se trataba de un parque grande con varias salidas a diferentes puntos de París. Aproveché para preguntarle cómo llegar al Quartier Latin y me dijo que la puerta del lado opuesto a la que entramos, daba a ese sector.

Como muchos parques en Europa, los Jardines de Luxemburgo son ideales para pasar una tarde de verano relajada, leyendo, meditando o simplemente durmiendo una siesta a la sombra de los árboles. También para caminar o trotar.

Después de visitar el parque, salimos al Quartier Latin, caminamos hasta el Panteón y la Alcaldía del distrito V y recorrimos sus calles, pasando por varias dependencias gubernamentales.

Luego de recorrer el Quartier Latin, tomamos rumbo al Louvre, cuya visita sigo postergando para cuando pueda dedicarle al menos una semana completa para conocerlo más allá de entrar a la carrera para hacerme la foto 38junto a La mona Lisa. Pasamos por Notre Dame y el Puente de las Artes en cuyas barandas aún se exhiben los «candados del amor» que en cualquier momento quitarán, pues la estructura sufre con el peso de la tradición.

El clima era fresco y el cielo, gris al comienzo, se fue despejando y nos regaló hermosos tonos de azul, gris y blanco. En el Sena, multitud de embarcaciones hacían el paseo para ver París desde el río.

A eso de las tres de la tarde regresamos al hotel para chequearnos, darnos una ducha en el diminuto baño de la habitación en el que, al sentarse en la poceta, la esquina del lavamanos tamaño Barbie se le encaja a uno en la manzana de Adán y, para poder secarse luego de bañarse, hay que abrir la puerta.

Revividos con la ducha de agua tibia alternada con fría, salimos para visitar el cementerio de Montparnasse que cortazarnos quedaba a pocas cuadras del hotel, andando.

No soy muy aficionado a hacer turismo de camposantos. A los cementerios no quiero ir ni muerto. Pero, como dio la casualidad de que el hotel que reservamos quedaba cerca del cementerio de Montparnasse, pues decidimos dar un paseo para visitar las tumbas de Cortázar y de Cioran.

Preguntando en la recepción del hotel y luego en cada esquina, dimos con el pequeño lugar.

Pocos metros antes de llegar a la entrada de la necrópolis, una rayuela pintada sobre el cemento del bulevar, me confirmo, cual flecha del Camino, que iba con buenos pasos.

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Al mismo momento de entrar, me percaté de que no sería fácil encontrar una tumba específica en medio de aquel montón de criptas apurruñadas. Pregunté en la entrada y dos señoras, muy amablemente, nos mostraron un mapa y nos señalaron que Cortázar está en la División 3 y Cioran en la 13. 

88Quedé en las mismas. Soy pésimo para los mapas. Entonces, las señoras nos indicaron con detalle hacia donde coger para llegar a la División 3. En pocos minutos nos encontrábamos allí. Otra cosa más difícil sería poder hallar una tumba determinada en ese lugar. 

O yo tenía una cara de andar extraordinariamente perdido, o Cortázar era quien me estaba queriendo encontrar, porque cuando la pereza de ponerme a leer cripta por cripta las inscripciones en las lápidas me estaba haciendo que desistiera y me diera por vencido, de la nada, salió una señora que me preguntó en perfecto francés si estaba buscando la tumba de alguna celebridad, y yo le respondí en perfecto castellano que si, que la de Cortázar y la de Cioran. 

Me dijo que la siguiera que ella me llevaría a la de Cortázar y en el camino me explícó como ir luego a la de Cioran. 
«¡Aquí está!», dijo la señora y señaló una pequeña lápida de mármol blanco que ponía en bajo relieve «Julio 72Cortázar».

La piel se me erizó. La señora me dejó solo y por unos minutos estuvimos solos el argentino y yo. La imagen frente a mí era lúdica. La tumba parece una mesa de juegos. Quienes la visitan le escriben mensajes con marcador o tinta. Le dejan cartas sostenidas por piedras, tickets de metro, flores y hasta un corcho de champán. Toque el mármol y era suave y frío.

Lamenté profundamente no haber tenido con qué dejarle unas letras. Contarle que en mis recuerdos de isla de Coche, su presencia me acompaña. Decirle que, después de 20 años, cuando voy a la isla y paso por su plaza Bolívar, se me aparece Circe y el hombre de Continuidad de los parques. Relatarle cómo, echado en el cemento de la plaza y acompañado por los asnos que deambulaban libremente, me daba la media noche leyendo El perseguidor. Quería contarle que casualmente pensé en él y en sus textos al entrar a París y ver el tráfico detenido como en su increíble cuento «Autopista del sur». Pero, no tenía un puto lápiz a la mano. 

71Al rato se me unió Cristian y, mientras hacíamos fotos, vimos a unos que buscaban una tumba. Buscaban a Cortázar y allí estaba yo, para hacer por ellos, lo que la señora francesa hizo por mí. 

Fui a buscar a Cioran y me parecía imposible ubicar su tumba. La División 13 es más grande aún. Cuando ya me iba, unas monedas sobre una lapida llamaron mi atención. Había en esa tumba monedas rumanas de diferentes denominaciones y piedras. Al leer la inscripción me di cuenta de que, sin yo saberlo, allí estaba el poeta, bajo mis pies. Era como si la gente quisiera pagarle al filósofo su ticket de regreso a casa. La sensación de tristeza que me produjo fue profunda. El buzón de cartas me aguó los ojos. En la tumba de Cioran la energía que encontré era la opuesta a la hallada en la de Cortázar. 

Me fui cuando la cuidadora daba las campanadas para anunciar el cierre del cementerio. La mujer, asombrada ante mi solicitud, amablemente, accedió a mi pedido y me permitió repicar la campana. Unos cuantos repiques en honor a Cortázar y a Cioran.

Al salir del cementerio decidimos ir en pos de la Tour Eiffel.41

«Es muy lejos de aquí», nos advirtieron, pero la tarde se prestaba para caminar. Entre los edificios, a lo lejos, asomaba de vez en cuando la punta de la torre.

París en verano se presta para que en cualquier espacio verde la gente se tienda al solazarse. En un punto del recorrido, encontramos a Cristo, el recepcionista del hotel. Estaba descalzo con un grupo de amigos en un parque. Al vernos, se nos acercó.

El joven estaba un poco «colocado» y parece que, lo que sea que hubiera consumido, le abría el entendimiento y lo hacía entender y hablar el español. Entonces, nos habló de un movimiento francés al que pertenece y que busca el establecimiento de una «verdadera democracia» y se identifica con los postulados de Podemos y Pablo Iglesias en España.

43No es fácil discutir de política en tres idiomas. Nos limitamos a decirle que nos daba pavor cierto discurso socialista europeo que se identifica con la política que ha llevado a Venezuela al estado de miseria en que se encuentra actualmente.

Allí dejamos a Cristo, con su nota y su ilusión de una mejor democracia. Nosotros seguimos en busca de la torre a la que llegamos unos veinte minutos después.

Al pie de la inmensa armazón de metal, se acumulaba un gentío. Turistas de otras partes de Francia y de diferentes países del mundo que querían quedar inmortalizados junto a la impresionante estructura que se fue llenando de luces incandescentes en la medida que el sol se apagaba en el espectacular cielo azul del verano parisino.

A la mañana siguiente, nos levantamos, compramos unas frutas, dos sándwiches de salmón y un agua saborizada de litro y medio para llevar a Versalles. El chico de la recepción nos había advertido de que la gente iba a los jardines de palacio a hacer picnic. Tomamos el tren y en pocos minutos nos encontrábamos en Versalles.

Desde lejos, se veía el gentío en los alrededores del palacio. Andando por un sendero sombreado por árboles, 8llegamos a la entrada. El pronóstico era de tres horas de cola para comprar el ticket de entrada. La cola serpenteaba como una anaconda gigante bajo el inclemente sol del verano. Decidimos obviar el castillo y visitar sólo los jardines. Ocho euros costaba la entrada y no había cola alguna.

Impresionante el lujo de esos hermosos jardines. Donde pose uno la mirada, se halla con algo bello, una escultura, una fuente, un arreglo de flores, un estanque, un bosque. Me llamó la atención la acentuada simetría del lugar.

Recorrer los jardines de Versalles con el fondo musical que resuena en todos los rincones del inmenso espacio palaciego es transportarse a una época de lujo y derroche, a un mundo donde la desigualdad campeaba, donde a los pobres que circundaban el palacio se les explotaba, se desangraban literalmente para que los reyes pudieran mantener ese tren de vida. Mientras comía mi sándwich frente a la fuente de Neptuno, pensaba que era obvio 46que algún día los pobres reaccionaran frente a semejante injusticia. La revolución era una consecuencia lógica.

El día pasó rápido entre esculturas antiguas y modernas de Anish Kapoor, entre juegos con los gigantescos espejos del artista hindú instalados en el área y el show de música y agua que cada hora empezaba para hacer que los chorros de la fuente danzaran al ritmo de la música.

Al salir de palacio, recorrimos el pueblo, queríamos almorzar pero, como es habitual en Europa, especialmente en París, uno no puede comer cuando quiere, sino cuando los restaurantes dicen que se puede. Aunque los sitios estaban abiertos; las cocinas se hallaban cerradas. Había que esperar hasta las siete y tanto de la tarde para comer. En un restaurante, incluso, me dijeron que volviera al día siguiente.

Terminamos pidiendo unos platos incomibles en un sitio vietnamita. Asqueroso. El cochino agridulce sabía a trapo sucio de cocina. Dinero perdido.

Tomamos el tren de regreso a París y fuimos rumbo a Montmartre. Queríamos ver el atardecer desde arriba. 51Contemplar como se encendía la ciudad de la luz a medida que se apagaba el día.

Montmartre estaba a tope como todo París. En una esquina, unos «chinos» (asiáticos) grababan un programa de televisión con un pintor callejero. En los alrededores de la plaza, quiénes pintan o hacen caricaturas a los turistas ahora son «chinos» también en su mayoría. La expansión de Asia también se nota allí.

En las escalinatas frente a Sacre Coeur, la gente se apiñaba para ver morir la tarde. Lo negros africanos vendían agua y cerveza fría, el comercio de souvenirs, como en el resto de las ciudades que visité, en Montmartre, también estaba en manos de indios y africanos temerosos de las policías, pero obstinados en su labor.

El cielo se fue poniendo oscuro al tiempo que París se iluminada. Una deliciosa creppe con Nutela y cambur 68endulzó el momento. Montmartre, a pesar del bullicio y de la gente, me llenó de su energía particular. La mala nota la puso una chiclosa baguette con cuatro quesos que no sabían ni a cuajada. Parece que debía ser un día de ayuno y no nos lo advirtieron.

El último día en París, tras la insistencia de varios amigos, fui a conocer el cementerio Père Lachaise, una experiencia, sin duda.

Resulta interesante ver la última morada de tantos personajes importantes mezclados con nombres de gente que no tienen mayor trascendencia. Impresiona ver como algunas tumbas de personas desconocidas ostentan gran lujo, mientras otras de reconocidos artistas o personas que han dejado huella en la historia son modestas y sencillas. Cosas de la vanidad humana.

Al salir del camposanto emprendimos el camino a pie hacia La Bastilla. En la ruta, nos detuvimos a almorzar en la terraza de un pequeño restaurante. Un delicioso salmón y unos ricos pinchos de cordero nos vengaron de los malos sabores del día anterior.

Por los lados de la redoma de La Bastilla, en un espacio público destinado para tal fin, un francés mal encarado hacía las piruetas en patineta junto a sus dos hijos. Un poco border, el tipo armó un escándalo al ver nuestras 84cámaras, porque no quería que se hicieran fotos. Estaba muy preocupado por la «seguridad» de sus hijos. No obstante, tenía a sus pequeños dando saltos y haciendo piruetas en el aire sin cascos, rodilleras ni coderas. Parece que los chicos corren peligro sólo con unas fotografías tomadas a la distancia, en las que apenas se distingue una silueta irreconocible y no por no tener la protección adecuada y correr el riesgo de romperse la crisma en una caída. Vainas de europeos que se creen famosos e importantes.

Sin hacer caso de la histeria y amenazas del hombre, seguimos recorriendo la zona hasta llegar a Place de Vosges, un lugar hermoso, lleno de galerías de arte del cual guardábamos gratos recuerdos de la primera visita a París. En este lugar, está la casa de Víctor Hugo y nunca decepciona al visitarlo.

El día no podía terminar de manera más divertida. Nos encontramos en un punto de Paris con Andreina Mujica, amiga de facebook tan divertida y alegre en la vida real como en las redes. De su mano y con su amena 96conversa y compañía recorrimos la llamada Butte aux Caille de París, un espacio con pequeños bares y cafés, zona trending, movida y llena de diversión con sus muros exhibiendo interesantes y hermosos graffitis.

Comimos en un ruidoso y divertido restaurante de unos vascos. Platos abundantes y deliciosos en un espacio lleno de gente joven y escandalosa en donde uno parece haberse alejado de la París «comme il faut» para adentrarse en una tasca española o latinoamericana.

Andreína nos dejó su alegría y buena nota al despedirnos en el hotel, pasadas las 12 de la noche, luego de caminar un rato más por la alegre y llena de sorpresas zona Butte y tomarnos el del estribo en otro bar. Sin duda, la mejor despedida que pudiéramos tener en la ciudad luz. Al día siguiente, nos esperaba Milán.

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