Obituarios de un no-país

19 febrero, 2018 § Deja un comentario

Foto de Cristian Espinosa

Obituarios de un no-país es el título de un libro que pronto saldrá publicado en amazon. Es una publicación en homenaje a los asesinados por el régimen venezolano durante los meses de protestas de 2017.

Aunque el primer asesinato de ese período está registrado el 06 de abril, los obituarios del no-país comienzan con la crónica poética que le escribí en 2015 al joven Kluiverth Roa, asesinado en Tachira el mes de febrero por la policía, porque fue un asesinato que retumbó en el alma de todos los venezolanos.

Evidentemente, lo convulso de esos días de protesta y la metralla del asesino hacían confusas las situaciones e informaciones y nos imposibilita tener una estadística clara de los muertos. También difieren los números de las Organizaciones no gubernamentales, defensoras de Derechos Humanos, entre ellas y con respecto a la lista de Runrunes y algunos nombres fueron errados o confundido.

Pero, igual, quiero que sus nombres, todos los que me sea posible nombrar, queden incluidos en esta triste lista, como un memento. Un homenaje a todos los caídos asesinados por la dictadura.

Anuncios

Olvido

5 febrero, 2018 § 2 comentarios

Hace días me encontré con Roberto en el bar y no tengo ni idea de porqué ahora que me estoy vistiendo para ir a jurar mi nuevo cargo, recuerdo ese encuentro. Debe ser por lo reciente. Por la alegría de hoy. Porque, en otros tiempos, seguramente lo habría llamado para que me acompañara hoy, como nos acompañábamos cuando chamos en las cosas importantes. Bueno, en las pendejadas también.

Tenía muchos años sin verlo. De hecho, me costó reconocerlo. Apenas un brillo en los ojos me sirvió como prueba de que se trataba del mismo Roberto de mi adolescencia y juventud.

Él me reconoció de inmediato. Me asombró que en la oscuridad y bullicio del bar y con algunos tragos en el buche, él me reconociera al no más verme.

A pesar de la calva que reflejaba los focos rojos y azules. A pesar de las canas que cubren mis orejas. A pesar del abdomen pronunciado y las manchas y lunares en mi piel. Roberto al verme se me acercó y me llamó por mi nombre:

«¡José Alfredo, cuánto tiempo!», gritó con una sonrisa en los labios y se abalanzó sobre mí en un cálido y apretado abrazo. De inmediato recordé aquellos abrazos que nos dábamos todos los días al encontrarnos y despedirnos. Me abrazó como si no hubiese pasado el tiempo y él no se hubiera casado con Rosana y yo con Alicia. Como si siguiéramos solteros y el día anterior hubiésemos amanecido juntos en algún bar de putas de Cuatro Piedras.

Brindamos por los viejos tiempos. Me contó que sigue con Rosana, tuvieron tres hijos y ahora tienen tres nietos.
—Son una maravilla, José Alfredo, si tener hijos me llenó de dicha, ser abuelo me hizo crecer como ser humano. Los nietos son la prueba de que la vida sigue, que seguirá aún mucho tiempo después de que seamos polvo en el polvo. ¿Y tú y Alicia? ¿Ya son abuelos?

Sin saber por qué, la pregunta me avergonzó. Bajé la mirada hacia el trago, bebí un poco de güisqui sin tener ganas, y tratando de aparentar indiferencia, respondí:

—Con Alicia las cosas no fueron bien. Al final, llegó un momento en que no nos soportábamos uno a otro y, después de once años, nos divorciamos. No tuvimos hijos. A lo mejor eso fue lo que nos hizo falta…

Roberto me miró como estudiando mi rostro. Como buscando algo en mis ojos.

—¿Y estás solo? ¿O te volviste a casar?
—Después de varios intentos fallidos de parejas, hace cuatro años, me volví a casar. Conocí en el trabajo a una pasante que se me fue metiendo sin darme cuenta en el corazón y en la cama. Cuando me percaté, le estaba proponiendo boda y ya llevamos cuatro años de matrimonio. Ven el sábado a cenar con Rosana para que la conozcas. Me encantará volver a ver a Rosana.

No sé por qué hice la invitación. Supongo que fueron los güisquis, o la nostalgia por los viejos tiempos cuando salíamos juntos todos los fines de semana. Lo cierto es que ya no tenía manera de echarme atrás y Roberto gustoso aceptó la invitación.

Bettina estaba emocionada por conocer a Roberto. A mi amigo del alma, mi hermano. Le he hablado mucho de él y de nuestras correrías juntos. De las veces que nos metíamos en los velorios de madrugada para que nos regalaran un tacita de consomé y un poco de café que nos ayudara a calentar el cuerpo luego de toda la noche de bares y mujeres de la buena mala vida.

—Ah, sí. Cómo gozábamos después contándole a los amigos como hasta llorábamos junto al muerto como si lo conociéramos de toda la vida y los deudos terminaban dándonos palmaditas en la espalda para consolarnos y llevándonos a la cocina para que nos dieran el consomé y el café.

Roberto, Rosana y Bettina no paraban de reír con mi cuento.

—Un día, en uno de esos velorios, de pronto apareció un tipo con una cámara fotográfica. El carajo era hermano del difunto y quería dejar registro del triste momento. Estaba más borracho que Roberto y yo. No me pregunten cómo, pero de pronto, estábamos este carajo y yo, uno a cada lado del muerto, sosteniéndolo sentado en el ataúd y posando con cara de circunstancia para la foto.

Bettina se horrorizó con el cuento. Se hacía cruces y decía que eso hasta pecado debía ser. Roberto la miraba divertido.

—Esa misma cara puso mi hija Elisa cuando le eché ese cuento, Bettina. Dejó de hablarme por dos días por la falta de respeto con los difuntos. Es que Elisa debe ser más o menos de tu misma edad…

Cuando Roberto hizo el comentario, hubo un imperceptible segundo de incómodo silencio. En efecto, Bettina podría ser mi hija. Muchas veces en el supermercado o en otros sitios nos pasa que los dependientes me hablan de mi hija o a Betina de su papá.

Roberto, sin hacer referencia a la indiscreción, comenzó a contar de una vez en que salimos de una fiesta de madrugada, más prendidos que chicote de bruja y nos robamos un carro para no caminar el montón de cuadras que faltaban para llegar a la casa.

—Eso sí, al día siguiente fuimos al sitio donde habían estacionado el carro y por debajo de la puerta dejamos una nota diciendo donde lo podían recuperar. Después, de eso, se hizo costumbre. Todos los fines de semana nos llevábamos ese carro y al día siguiente veíamos como llegaba el bonachón del dueño a buscarlo frente a la plaza donde lo dejábamos.

Nos comimos el risotto con calamares que preparó Bettina. Un torta de queso que es su especialidad y nos tomamos una botella de vino blanco.

La velada resultaba más que divertida. Roberto y yo gozábamos recordando las travesuras de juventud. Fueron tantos años los que pasamos encompinchados y tantas las vivencias juntos que las historias fluían una detrás de otra. Bettina y Rosana no paraban de reír con nuestras locuras.

—¿Te acuerdas la vez que nos detuvieron los policías y nos dejaron toda la noche presos en la prefectura?

A Roberto le brillaban los ojos mientras me hacía la pregunta. Bettina volteó a mirarme interrogativamente y yo a la vez debo haber puesto cara de acertijo porque Roberto se apresuró a agregar:

—¡No puede ser que no te acuerdes! Si tuvieron que ir nuestros padres a la prefectura porque aún eramos menores de edad. Tal vez eso fue lo que nos salvó de que no nos dejaran detenidos, porque aún no cumplíamos los dieciocho años.

—Esa historia nunca me la has contado, papi. Dijo Betina con tono pícaro y un dejo de censura.

—Creo que Roberto está confundido de amigo, yo no recuerdo eso. De hecho, no recuerdo que me hayan detenido nunca…

—¡No puede ser que no te acuerdes! Varias veces estuvimos a punto de que nos agarrara la policía por andar de tirapiedras en el liceo y más tarde en la Universidad…

—¿Tirapiedras, yo? —Dije cada vez más asombrado—. En mi vida he salido yo a manifestar…

—Me estás vacilando —dijo Roberto—, me estás mamando gallo.

Ante mi mirada de extrañeza, Roberto insistió:

—Coño, José Alfredo, si vivíamos en una sola protesta, peleando por los Derechos Humanos y queriendo liberar al mundo de las injusticias y la represión…

—Te prometo que estás confundiendo o mezclando historias o amigos. Yo no salí nunca a protestar ni a tirar piedras. Sí me acuerdo que tú vivías hablando de la justicia y la libertad, pero yo jamás salí a protestar contigo, y mucho menos me detuvieron por eso.

Roberto empezó a verme con algo de rencor en la mirada, estaba descolocado, insistía en la historia de la detención. Decía que habíamos lanzado unas molotov a la estación de policía, que nos habían perseguido y que yo había tropezado con una piedra, había caído y me había clavado unos vidrios rotos en la rodilla.

—Empezaste a llorar tirado en el pavimento. Cuando volteé, te vi desesperado y el pozo de sangre sobre el asfalto y el pantalón manchado y roto con algunos vidrios aún incrustados. La policía ya estaba cerca y yo me regresé para intentar de que te levantaras y siguiéramos corriendo, pero tú no parabas de llorar y entonces la policía nos alcanzó y nos detuvo. Esa noche no paraste de llorar, hasta que, al día siguiente, nuestros padres nos buscaron y nos sacaron de la prefectura…

—Quién sabe con quién te pasó eso, Roberto, te prometo que no fue conmigo…

—¡Coño, con quién más iba a ser si sólo salía contigo en esa época! —Roberto estaba realmente cabreado—. Si todo el mundo hasta llegó a pensar que éramos maricones porque siempre nos veían juntos y cuando no te quedabas tú en mi casa, me quedaba yo en la tuya…

—Bueno, sí. Todo eso es verdad, pero lo de las protestas y la detención no fue conmigo…

Rosana intervino para cambiar el tema y bajar los ánimos.

—Bettina, me tienes que dar la receta del cheese cake. Estaba realmente delicioso.

—Claro, ahora te la anoto para que te la lleves. Y les pongo en un tupper unos trozos para que lleven para el desayuno con un buen marrón. Es muy fácil de preparar.

Roberto no volvió a hablar en lo que quedó de velada. Bettina y Rosana se encargaron de llevar la conversación por los caminos habituales de lo doméstico. Yo no podía creer que Roberto se hubiera inventado semejante historia, pero preferí no insistir en el tema. Nos terminamos la segunda botella de vino escuchando a las mujeres hablar de las cachifas y de ropa y zapatos, hasta que Rosana dijo que ya era tarde y debían irse.

A la mañana siguiente, mientras estaba sentado en la poceta leyendo El príncipe de Maquiavelo por enésima vez, entró Bettina emocionada con el periódico en la mano:

—¡Papi, papi! Mira lo que salió hoy en el periódico.

Tomé el ejemplar de El Nacional que me ofrecía y vi la foto de unos estudiantes encapuchados tirados en la calle con las manos amarradas a la espalda y unos policías que seguían dándoles patadas.

—Bien merecido se lo deben haber tenido —dije sin comprender porqué Bettina estaba tan emocionada con la noticia—. Rezando no estarían si estaban encapuchados y los agarró la ley.

—¡No es eso, papi! Mira lo que dice mas abajo. ¡El presidente anunció que te nombró Ministro de Interior! Ahora la ley vas a ser tú.

Alcé el periódico para leer bien el pequeño recuadro debajo de la foto principal:

José Alberto Escalante, nuevo ministro del Interior

Ante la ola de protestas estudiantiles que se ha desatado contra el régimen…

—Papi —dijo Bettina mirándome la rodilla—, yo no puedo creer que no recuerdes cómo te hiciste esas cicatrices tan feas que tienes en la pierna.

—Te he dicho mil veces que no me acuerdo. Supongo que alguna caída cuando estaba muy pequeño. Vainas de muchacho. Dame un beso y más respeto que ahora estás hablando con el ministro. Prepárame un traje que tengo que arreglarme para ir a Miraflores a hablar con el presidente.

El abuelo

4 febrero, 2018 § 1 comentario

Su nieto veinteañero le recuerda el cuerpo ardiente que gozó

… hace mil años

Calor y pasión

Besos y orgasmos

Un rostro hoy borroso.

Vívida historia que el abuelo nunca contará.

De culpas y ataques

29 enero, 2018 § Deja un comentario

Encontré esta imagen en facebook, al ver el cartel que sostiene Edgar Ramírez sospeché de que se trataba de un bulo. Se nota que las letras fueron superpuestas a la imagen original. Pero como el montaje podría haber sido hecho por el exitoso actor venezolano, busqué en su instagram y allí encontré la imagen original con la promoción de la serie Versace que protagoniza.

Al ver la imagen pensé que nada más conveniente para el régimen venezolano que los ciudadanos del no-país nos acusemos y ataquemos unos a otros por cosas que son sólo consecuencias de la tiranía y del la forma como han administrado la crisis y la miseria como mecanismo de control social para manipular y someter a la población y perpetuarse en el poder.

Culpábamos, atacábamos y estigmatizábamos a los raspa cupo, a los que hacían las carpetas para obtener dólares para viajar, a los que hacían cola para comprar productos regulados, a los que hacían colas para poner gasolina, a los que revenden los productos regulados, a los que revenden gasolina, a los que compraban a los revendedores, a los que traen medicinas de Colombia, a los que llevan y traen contrabando, a los que cobran comisión por punto de venta, a los que venden efectivo, a los que recibieron bolsas clap, a los que sacaron el carnet de la patria…

La tiranía tiene veinte años destruyendo el aparato productivo, corrompiendo la economía, imponiendo un régimen perverso de control y manipulación de la sociedad a partir del hambre y la expansión de la miseria y logra salir airoso porque nosotros terminamos culpándonos a nosotros, odiándonos entre nosotros, señalándonos unos a otros como culpables y maldiciéndonos sin terminar de entender que estamos sobreviviendo, estamos tratando de no sucumbir y para eso, a veces, hay que echar mano de los mecanismos perversos que el propio sistema tiránico nos impone.

Si a a los noruegos, a los suecos, a los japoneses les impusieran un régimen hambreador, un régimen que se propone administrar la miseria y el hambre con fines proselitistas y de perpetuarse en el poder, con las fuerzas militares, paramilitares y delincuenciales que lo han hecho aquí por 20 años, los ciudadanos de esos países terminarían sobreviviendo de manera similar a como lo estamos haciendo nosotros.

Puede que en esos países tarden un poco mas en lograrlo. A lo mejor no son 20 años, sino 30 o 40, los que tomen para que muchos abandonen el país, para que algunos saquen sus instintos de supervivencia a relucir primero, para que nazcan habitantes que sólo habrán visto esa forma de vida y de supervivencia y, por lo tanto toda la perversión del sistema les parecerá normal. Con el tiempo, los ciudadanos de esos países tan civilizados, terminarían igual de animalizados, de bestializados, que nosotros.

Es sicología de masas, es control social perverso. No es nuevo. No es exclusivo de los venezolanos. No es que nosotros tenemos eso en los genes porque somos seres inferiores, defectuosos de origen. No es que somos un pueblo de vagos y atenidos.

El problema no somos los ciudadanos venezolanos. Eso es lo que el régimen quiere que pensemos. Eso es lo que el tirano persigue, que nos pasemos la vida sobreviviendo y acusándonos unos a otros y que no señalemos al verdadero culpable.

El problema, la raíz de la distorsión y la perversión es el régimen y sus manejo de la economía y el control social con fines de perpetrarse en el poder.

Empecemos por cambiar al régimen, por salir de la tiranía y será el paso para empezar a salir de los raspacupos, de los bachaqueros, de los revendedores, de los que venden efectivo, de los que reciben la bolsa clap…

No sigamos atacándonos entre nosotros que sólo sobrevivimos. Apuntemos bien las culpas y los ataques.

No es de extrañar que la manipulación de la imagen de Edgar Ramírez provenga de los laboratorios de comunicación de la dictadura. Al tirano le conviene una imagen exitosa como la del actor para posicionar la idea de que los culpables somos nosotros, de que los que llevamos al país al abismo somos los ciudadanos que tratamos de sobrevivir con lo que ellos han hecho de lo que fue un país.

img_20180129_133912-1353365147.png
Imagen original tomada del instagram de Edgar Ramírez

Temores

26 enero, 2018 § 2 comentarios

Temo envilecerme.

Temo sentir alegría cuando vea que sufres.

Temo desear que pases hambre, no encuentres medicinas, pierdas el empleo.

Temo perder la empatía
mirarte padecer
y decir «Te lo mereces».

Temo ver a tu niño
llorar de hambre
y esconder mi plato.

Temo desear que te busquen
te apresen te torturen.

Temo esperar con ansias
que vengan por ti.

Temo que mi corazón se seque
Se amargue
Se vuelva cal.

Conjuro mis temores
Y al salir el sol
lo saludo, le pido
—aunque ya no crea—
rezo a sus rayos:

«Tú, fuente de todo poder
cuyos rayos iluminan el mundo entero
penetra asimismo en mi corazón
para que también él pueda
realizar tu labor».

Un mantra
Letanía
Jaculatoria
Un sinfín

Temo volverme tú.

Golcar Rojas, enero 2018

Tac, tac, tac… 300

20 enero, 2018 § 1 comentario

¿Qué pasó, Mario?

Llegaste. El camino fue el mismo que habías trazado mentalmente. Hasta allí, todo fue como lo planificado.

Entonces, ¿qué?

No pudiste. No quisiste. No tuviste valor. No tuviste —por fortuna— oportunidad. Había tanta gente. Estabas de suerte.

Habías pensado en comenzar con “Te agradezco una taza de café“. Y la tuviste. Te dieron tu taza de café, dos tazas. “Estoy mal. Ayer te dije que no estaba a nivel de un tiro, pero sí lo estoy“.

Te tomaste el café y todo desapareció, todo lo pensado se esfumó, ya no había nada, sólo el tac, tac, tac… 16.

No quiero que me preguntes, tampoco me interesa (tac, tac, tac 28) si me entiendes o no…

Hasta se te olvidó aquella frase que se te ocurrió y que te gustó tanto. Sólo jugabas (tac, tac, tac… 37) y mirabas.

Toda esa gente, el viaje, el estudio… todo en tu contra.

Es más, prefiero que no haya ni preguntas ni comprensión (tac, tac, tac… 50). No sé, estoy mal desde hace días, no sé cuántos“.

Nunca haces las cosas como las piensas. Nunca puedes hablar como lo has pensado. No importa. Pensar te ayuda a ordenar tus sentimientos y a desahogarte.

De eso se trata, Mario, de sacar, de echar al aire. Nihilismo, misantropía, ateísmo, No olvidar y olvidar.

Son cosas de las que necesito hablar y no acostumbro hablar solo (tac, tac, tac… 66). Sólo necesito un siquiatra. Pero, yo no creo en siquiatras“ (tac, tac, tac…. 68).

Tu no puedes, Mario, nunca has podido hablar. Nunca podrás. Es la telenovela, Mario. Eso es. Tú no eres una telenovela, tú no te ves como una telenovela.

Y ahora, ¿qué vas a hacer? Escribo. Escribe. Escribir. Escritor frustrado. ¿Para qué? La gaveta es grande, escribe que allí cabe. Es lo único que te queda, escribir.

(tac, tac, tac… 75) “Yo sé que tú eres la persona, pero tú no escuchas sin preguntar. Tú todo lo quieres o pretendes entenderlo. Y no es así (tac, tac, tac… 88). Esto no es una excusa para no hablarte, pero sirve“.

Tienes suerte, Mario. De no haber sido por toda esa gente, las uñas que se pintaba, el viaje… habrías hablado y tú no quieres hablar. Tú no corres riesgos. Mario, hay que arriesgar. Olvida el miedo. Cobarde. Le temes a los golpes, no te gusta sufrir.

Si insistes, puedes lograrlo, la puedes tener. Pero no insistes, no acosas.

La imagen, “Tú bueno”, que ella llegue sola, que se equivoque sola. Sin culpas. ¿Y si no se equivoca?

Un riesgo. Cobarde.

Últimamente me he deprimido mucho (tac, tac, tac… 99). Te veo y me deprimo. Quiero que me oigas (tac, tac, tac… 105), pero me cuesta tanto saber qué es lo que quiero decir. Después de viejo me estoy volviendo existencialista. Yo creía que eso sólo daba a los 14 o 15 años (tac, tac, tac… 110). Pues no, yo cada vez me enrollo más”:

Te jodiste, Mario. Tenías el discursito preparado y te tuviste que comer el papel.

Reclamo. Siempre tienes que reclamar. Tienes la lengua muy larga. Y lo que no dices, lo gente dice que lo dijiste.

Hoy no te gusta, pero ayer sí. Mañana sí, pero hoy no. Olvídalo, tú no quieres culpas. Esperas todo, hasta lo indecible, para no tener culpa (clo clo clo, gallina siete pollitos).

Ya no creo en nada (tac, tac, tac… 125). En Dios (que se vaya a bañar). En abuelo, en mamá, en el tabaco, en mí… eso es lo que me pasa (tac, tac, tac… 129) que no creo en nada y soy muy miedoso. Si no creo, ¿a quién llamo cuando tenga miedo? (tac, tac, tac… 136). me da miedo no creer. Pero no soporto tener que creer que creo (tac, tac, tac… 143):

¡Ay, Mario! Olvida. Olvida aquella puerta de los seis años. Ya murió. Tú no quieres ser complicado, pero lo eres. Te gusta ser complicado. Eso seduce. El seductor es mejor que tú, Mario. Por lo menos, no se enrolla. ¿Cordelia murió?

Tú sí te enrollas, Mario. Claro, con algunas cosas. ¿Y el sabor, Mario? ¿Y tu mano olorosa a sexo ajeno? Eso sí no te importa. ¡Si hasta miras a los ojos! Sinvergüenzra. Cobarde.

Son rollos raros (tac, tac, tac… 163), sin explicación. Y al final, eso, el rollo otra vez. Y no tengo cómo descansar. Todos los días lo mismo. Pero, a veces, no aguanto. No lloro, porque no sé llorar. (tac, tac, tac… 171), y si lo hago, miento. Pero es que yo soy una mentira, una apariencia“.

No volviste a misa. ¿Y el ruegapornosotros? Te jodiste. Cada vez te jodes más. Y si rezas antes de dormir, te envainas. Exorcismo, Mario, aguabendita, Santateresitadejesús, ruegapornosotros. ¡Ya basta, Mario! ¡Deja a un lado lo místico convencional y besa al diablo! Tú eres como la ouija y no como el Cristo que viste salir del tronco.

(tac, tac, tac… 182) “El peo mío es lo acomodaticio. Yo soy un comodín o un espejo. Un vacío que la gente tiene que llenar (tac, tac, tac… 189). Si me quieres vano, soy el padre de los estúpidos. ¡Ah, pero aquel me quiere coñuemadre! y, entonces, soy Robespierre. Y ella me quiere filósofo, y yo maté a Sócrates (tac, tac, tac… 205). Yo soy la cicuta. Mi vacuidad me da náusea. La imagen. Ese es mi gran peo (tac, tac, tac… 208). La imagen“.

Esa foto que tienes en la pared, Mario, ese Jesús, es un drogadicto o, tal vez, un homosexual. En esa foto no crees, pero la tienes allí, mirándote.

¡Pa´l coño con el libreto! Te cambiaron el escenario y los personajes, Mario. Déjate llevar por ellos. Siempre lo has hecho. Tu papi lo resolverá. Habla del tiempo, “Meses de calor“. Inventa un sueño. O haz que sean ellos los que hablen y tú escucha sin oír, como siempre.

A ti qué te importa si la deja el avión, o se cae. Caer sin llegar al fondo, Mario.

Perdóname (tac, tac, tac… 225). No sé por qué me repugnas tanto hoy. Sí, sí lo sé. Es el deseo reprimido. Eso ya me pasó una vez, hace tanto tiempo (tac, tac, tac… 231). No me hagas caso. Esto se pasa rápido. La próxima vez, te hablaré de libros (tac, tac, tac… 242), García Márquez, Sábato, El Ulises (tac, tac, tac… 247)… Hoy sólo escúchame. Mejor dicho, mírame (tac, tac, tac… 260) y no me hagas caso. Son sólo lucubraciones mías (tac, tac, tac… 261), sinsentidos, lugares comunes. Mañana te veo y no me acordaré de la bosta que hablé hoy” (tac, tac, tac… 263).

¿Ves, Mario? Dime qué hiciste el papelito de las anotaciones. ¿Te lo tragaste? No hablarás nunca. Mañana la cagas de nuevo al intentarlo y no lo entenderás.

Dios te bendiga por tu paciencia (tac, tac, tac… 271). Ya mañana, ella se habrá ido de viaje. Las uñas estarán pintadas (tac, tac, tac… 295), ya no estará este juego cerca y, tal vez entonces, yo pueda hablar” (tac, tac, tac… 300).

Golcar Rojas, enero 2018

Raíces

18 enero, 2018 § 1 comentario

En mi valija no habrá bandera
no quiero patria to go
no empaco histeria de héroe huido
ni furias patrias.

En mi mochila llevaré
raíces en agua limpia
La del amor
la del hogar
la del origen

Las conservaré
las cuidaré
A donde llegue
las sembraré

Y las regaré con aguas
del río de ese lugar
la bañaré con luz de su sol

para que se afiancen
y sean fuertes
y crezcan sanas
y den flores bellas
y den frutos ricos
y sean vida.

Golcar Rojas, enero 2018

¿Dónde estoy?

Actualmente estás explorando la categoría Golcar Rojas en P(u)ateando la vida. Otro blog de Golcar.