Juanga se hizo inmortal

30 agosto, 2016 § 6 comentarios

Juanga

Voy por la calle
De la mano platicando con mi amor
Y voy recordando cosas serias que me pueden suceder
Pues ya me pregunta
¿Hasta cuándo nos iremos a casar?
Y yo le contesto que soy pobre
que me tiene que esperar (que me tiene que esperar)

No tengo dinero ni nada que dar
Lo único que tengo es amor para amar
Si así tú me quieres te puedo querer
Pero si no puedes ni modo qué hacer.

No llegaba yo a los diez años cuando ya andaba tarareando esa canción. Era una canción sin rostro. La escuchaba en la radio o en las rocolas de cualquiera de los bares de las esquinas de La Parroquia.

«No tengo dinero». fue la primera canción de Juan Gabriel que recuerdo haber escuchado. De esas canciones que a la segunda vez que la oía ya me la sabía y se quedaba en mi cabeza por días. Repitiendo el estribillo como en un sinfín.

Después vino «Tú estás siempre en mi mente. Pienso en ti amor cada instante...». Luego «Lágrimas y lluvia» que estaba incluida en un cassette que me regaló una prima, una cinta de esas llenas de temas mezcladitos, como para no aburrirse, en el que oía «Sombras nada más» y «Entrega total», de Javier Solís, «Sueño de una niña grande», de María Teresa Chacín y «Se me olvidó otra vez» también de Juan Gabriel, entre muchas otras que no tenían nada que ver entre sí.

Tal vez, a partir de ese cassette fue que el cantante empezó a tener rostro en mi vida. Vino a Venezuela y la televisión nos lo acercó más. Estaba en las salas de nuestras casas. Cenaba con nosotros.

Juan Gabriel pasó a ser como un placer culposo. Un gusto no confesado ni confesable para muchos. No era música de gente culta, de intelectuales. Era música popular, de despecho, de bares y desamores. Juan Gabriel no era un virtuoso y por lo tanto no era un gusto para enorgullecerse en ciertos círculos; pero, todos nos sabíamos sus canciones. Las cantábamos a vivo grito cada vez que las escuchábamos, muchas veces sin la excusa de tener unos tragos encima. «No nos gustaban» Juanga ni su música. Sus canciones eran chabacanas, «tierrúas»; pero, no nos resistíamos a sus melodías.

Luego, vino la época en que Rocío Dúrcal era la diva del Divo de Juárez y ya fue el acabose. No había fiesta, reunión o tertulia que no terminara con un grupo de borrachos cantando las canciones de Juan Gabriel por Rocío. «Cuando decidas tú volver, estoy a tu disposición, no más no quiero que después me digas otra vez adiós…». «Me gustas, mucho uuuuu uuuuu uuuu. Me gustas mucho tú. Tarde o temprano seré tuya mío tu serás…». Sus inolvidables dúos, «Juntos», «Fue un placer conocerte» y por supuesto «Déjame vivir»:

Rocío:
Te pido por favor
de la manera más atenta que
me dejes en paz
de ti no quiero ya jamás saber
así es que déjame y vete ya.
Déjame vivir
por qué no me comprendes que tú y yo
no tenemos ya
mas nada qué decirnos sólo adiós
así es que déjame y vete ya.

Juan Gabriel:
No no no yo no me resignaré no
a perderte nunca
aunque me castigues
con ese desprecio
que sientes por mí
No no no yo no me resignaré no
a perderte nunca
aunque me supliques
que amor ya no insista
y me vaya de ti

Rocío:
Nooo ya no tengo nada nada nada
nada nada nada,
para ti no tengo amor no
no tengo amor ni tengo nada.

Juan Gabriel:
contigo nada nada nada
nada nada nada,

Rocío:
que no, que no…

Con «La muerte del palomo» dejábamos el alma y la garganta y con «Amor eterno» más de uno soltaba su lagrimón. Con el «El Noa Noa» movíamos el esqueleto. Terminábamos montados en mesas y hasta el más macho botaba sus plumas cantando «Te pareces tanto a mí, que no puedes engañarme. Nada ganas con mentir, mejor dime la verdad, sé que me vas a abandonar y sé muy bien por quien lo haces…».

Nunca me sentí fan de Juan Gabriel, pero todas sus canciones me las aprendía con sólo escucharlas dos o tres veces. Y las destrozaba sin compasión a grito destemplado y desafinado.

Creo que fue cuando estudiaba Comunicación Social en San Cristóbal —tal vez antes, no recuerdo con precisión la fecha—, me invitaron a ver a Juan Gabriel en vivo en el Círculo Militar. A pesar de que me sabía todas sus canciones y las cantaba desde el primer acorde —bueno, eso que yo llamo cantar y que es asesinar cualquier canción sin contemplación—, jamás se me había pasado por la mente ir a ver su espectáculo. No era algo que me llamara la atención. Pero, me invitaron y toda mi familia iba, así que yo también.

Era en el estacionamiento del Círculo donde habían emplazado la tarima a cielo abierto y dispuesto las mesas para el público. Llegamos como a las ocho de la noche. El lugar estaba a tope. No cabían más personas. La gente bebía mientras esperaba la aparición del cantante mexicano. Empezó a garuar y pronto la lluvia se convirtió en palo de agua. Pero, la gente seguía allí. Seguíamos allí. Mojados. Esperando al Divo de Juárez. Nadie se movía.

Como a las once de la noche, ya sin lluvia, abrió el espectáculo un jazz pesadísimo que tenía al público empapado y aburrido. Pero nadie se movía de su asiento.

Por fin, a eso de la una de la mañana, con un público mojado, bebido, aburrido y agotado, salió a cantar Juan Gabriel. Fue entonces cuando entendí lo que era ser un artista. Allí comprobé lo grande que era el cantante mexicano. En un minuto tenía al público en el bolsillo. Empezó a cantar y todo el mundo se olvidó de la lluvia, del jazz insoportable, de la larga y aburrida espera. A nadie le importó lo tarde que era y que ya no se sirvieran más tragos. Toda la atención se centró en Juan Gabriel. En sus canciones, en sus movimientos. En su «mariquera». Las mujeres lo amaban y los hombres machos machotes botaban plumas de lo lindo entonando las canciones. Unas y otros soltaban gritos de histeria con cada nueva interpretación. No hubo ni un solo gesto destemplado, ni un insulto o burla por el amaneramiento de Juanga. Todo era admiración, respeto, disfrute. Alegría.

Fueron más de dos horas de espectáculo y al terminar la gente pedía más. Aplaudía y estaba eufórica. Esa noche, supe lo que era que un artista tuviera ángel, genio. Lo que vi sobre el escenario fue magia y carisma. Esa noche todos fuimos gays, todos fuimos machos enamorados, todos fuimos sentimiento y pasión. Nadie se avergonzó por sentir. Esa noche cundió el sentimiento. Esa noche nos fuimos a dormir con la certeza de que habíamos estado en presencia de un gran artista. Esa noche todos fuimos Juanga.

Crecimos prácticamente arrullados por sus canciones. Sus temas nos los aprendíamos sin siquiera proponérnoslo. Cerca de 45 años de mis 53, las canciones de Juan Gabriel, estuvieron presentes. Año a año fueron componiendo el sound track de nuestras vidas. Y algunas como «La diferencia» o «No discutamos» se convirtieron en «mis temas». Podríamos escribir nuestras biografías con los títulos de las canciones de Juanga para marcar cada año, cada episodio, cada amor y cada despecho.

Gracias, Juan Gabriel por haberle puesto música y letra a la vida y a los sentimientos durante tantos años. Con tu muerte sólo te has terminado de volver inmortal. Aquí seguirás entre nosotros. Con otras voces, con otros ritmos, con otros arreglos. Los cantantes de siempre, te interpretarán y los nuevos harán suyas cualquiera de las 1800 canciones que nos dejas.

Con tu paso a otro plano, no termina tu historia. Apenas empieza tu leyenda.

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