Alberto Hernández con “Stravaganza” hizo latir de nuevo Italia en mi pecho

2 febrero, 2017 § 1 comentario

​A mí Italia me resultó un coñazo. Esa es la única manera que encuentro para explicar mi decepción. 

De hecho, mientras recorría las calles de Roma, tan pueblerina, tan arbitraria, con Termini, esa insoportable estación de trenes y autobuses, sofocante con el bochornoso calor del verano, desordenada y plagada de empleados  maleducados, con cara de culo. Hastiados también ellos del calor, supongo, no les queda ni una sonrisa o un gesto amable para atender a los turistas. Y el hombre aquel del guarda equipaje, fumando en ese sótano sin ventilación y gritando a los clientes sin importar si eran monjas, ancianos o turistas. Tal vez esa terminal de trenes sea un homenaje a Dante y su Infierno.

Bueno, el recuerdo me hizo perder el hilo de lo que iba a decir. Decía que de hecho, mientras recorría Roma, retumbaban en mi cabeza las palabras que muchos años antes me dijera Lolita Aniyar un día en que me comentaba sobre sus años en esa ciudad. “Tú tienes que ir a Roma. Es una ciudad como para ti”.

En su momento, sentí que lo que me decía la amiga era un halago, pero al recordar esa frase mientras mandaba a comer mierda a una dependiente de uno de los tarantines de Termini que se molestó porque le pedí información sobre cómo adquirir los boletos para viajar a Chiaravalle y me respondió golpeado y manoteando, que no molestara si no iba a comprar, pensé que tal vez el halago no fue tal, porque si en algún lugar no me gustaría vivir en ese momento, era en Roma. 

Luego, Milán fue otra decepción, sólo el cariño y la buena atención de mi querida Lorena hizo que el viaje valiera la pena más allá de el Duomo, las galerías Vittorio  Emanuele, y aquella callejuela de restoranes con videntes callejeros en sus mesitas de las terrazas y las columnas de San Lorenzo, con su noche callejera llena juventud y algarabía. De resto es un pueblo industrial sin nada del glamour que yo presentía.  

Venecia vale la pena sólo para las fotos y por el viaje en ferry, al menos, así la encontré yo en las pocas horas que la recorrí. Allí y en Roma me comí los peores ñoquis al pesto de mi vida y la peor pasta carbonara que pueda haber. 

Chiaravalle fue el cariño de la familia en un pequeño pueblo que muere a mediodía hasta las dos de la tarde y duerme con las gallinas. El paseo a Ancona de noche una delicia. Y el ragú de mi sobrina Peglys mejor que el de la nonna. 

Pero no era de este viaje a Italia en 2015 que quería hablar. En realidad, la digresión viene porque hoy leí el poemario Stravaganza de Alberto Hernández de un tirón e Italia volvió a latir en mi pecho como una tarea pendiente. 

Este poemario, editado en dos idiomas por Edizioni Eva en 2012 y  con traducción al italiano de Teresa Albasini Legaz es un paseo por Italia, por sus ciudades, por su historia, sus personajes, su música, arte y literatura. 

Uno recorre Roma desde el imperio, pasea por Venecia en una foto, Bari, Modena, Bologna… se encuentra con sus poetas y maestros de la pintura y la escultura. Ahí están Bocaccio, Dante,  Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci, Petrarca, Vasari, Modigliani, Maquiavelo, Justiniano, Julio César…

Stravaganza es un ensayo escrito en verso, un recorrido poético por la bota de Italia, en versos cortos y precisos que en conjunto nos muestran un mapa físico, histórico y biográfico que hace que Italia palpite de nuevo en el corazón y que me invita a darle una segunda visita con más tiempo y menos sesgado por el prejuicio de haber sido inquilino por 20 años de unos italianos avaros y usureros a quienes posiblemente veía en cada grito destemplado escuchado por las vías romanas en un idioma que al leerlo en la traducción de los versos de Alberto recobra toda la magia y musicalidad.

Italia sigue pendiente, mientras tanto la recorro de nuevo con placer en los pulcros versos de Alberto Hernández. 

Mata el caracol, una novela de Milagros Mata-Gil

20 enero, 2017 § 1 comentario

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Mata el caracol de Milagros Mata-Gil es un rompecabezas. Esa es la sensación que uno tiene a medida que avanza en la envolvente escritura en la que cada palabra parece estar en el sitio justo y en el momento adecuado.

Pero el rompecabezas es como aquellos pequeños juegos de plástico en los que aparecía una imagen desordenada, con un trozo de la imagen en cada cuadro y un espacio vacío que permite ir desplazando las piezas en el tablero hasta conseguir ubicarla en su lugar y, al final, obtener la imagen oculta.

Es como la trama de una fotografía cuya imagen está compuesta por múltiples pequeñas fotografías y que al observarla desde lejos nos ofrece con nitidez la imagen global.

Mata el caracol es la búsqueda del padre, pero no como un hombre, sino como un origen. Es un viaje a los inicios. La reconstrucción de una familia desperdigada a lo larde los años. Es un recorrido contado con múltiples voces a través de la experiencia vital de los personajes.

Así, la voz del narrador muta, pasa de un personaje a otro. Ora es la abnegada sobrina que cuida al viejo Mata, ora es la voz poética y desquiciada del padre con aterosclerosis y demencia senil que desvaría en su habitación y, otras veces la voz de quien encuentra en un viejo escaparate las anotaciones que la cuidadora dejara guardadas en perfecto orden para que, al ser encontradas, tirasen de ellas como quien tira del hilo de una madeja para desenredarla.

Milagros Mata-Gil demuestra en este corta novela su maestría con el lenguaje, su habilidad para manejar los tiempos y una especial capacidad para darle a cada personaje su propia voz y estilo, con lo cual, a leer una parte del texto, sin necesidad de que esté especificado de quien se trata, el lector identifica con facilidad la voz de quien en ese momento tiene a su cargo el hilo de la narración.

Uno comienza a leer Mata el caracol, y como en una espiral de remolino la historia lo va arrastrando, lo seduce y conduce hasta que al final uno tiene en la mente un perfecto mapa de lo que fue la vida del viejo Mata y de sus descendientes. Un mapa que encajaría perfectamente en lo que podría llamarse literatura transgénero pues pasa de la prosa al poema y, por momentos parecieran escenas de una pieza de teatro. Milagros demuestra una maestría especial para pasar de un género al otro sin perder el ritmo, el tono y la calidad de la escritura.

Como la novela no se encuentra disponible en quioscos o librerías, me permito dejar por aquí el link para su descarga gratuita on line en PDF o para Kindle o epub para quienes quieran disfrutar de una buena historia, bien narrada y armada.

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Los días animales de Keila Vall de la Ville o el #ThrowbackThursday de Julia

8 septiembre, 2016 § Deja un comentario

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Dice Juan Villoro en «El autor en el espejo», prólogo de su compilación de cuentos y crónicas «Espejo retrovisor» (Seix Barral, 2013), citando a Søren Kierkegaard, que «la vida se vive hacia adelante pero se entiende hacia atrás».

Esa fue la sensación que tuve al leer «Los días animales» de Keila Vall de la Ville (Oscar Todtmann editores, 2016). Me parecía al leer la historia de la mujer escaladora, que la novela era eso, un espejo retrovisor en el que la autora, mejor dicho, Julia, la protagonista, iba recordando aspectos de su vida para entenderla y poder seguir viviéndola hacia adelante.

A veces, mientras leo, me gusta ir imaginando cómo fue el proceso de la escritura de lo leído. Con algunos poemas, me da la impresión de que fueron escritos a partir de buscar palabras al azar en un diccionario. O como con las canciones de Arjona, que siempre me da la impresión de que el cantautor toma un diccionario de sinónimos y antónimos y se sienta a componer. Algunos textos parecen escritos a mano, pausada y reflexivamente; mientras otros tienen la furia del tecleo vertiginoso en un tablero de computación. Hay historias que parecen escritas en un teléfono móvil, como para ser leídas de un sorbo en un trayecto de tren. Y, últimamente, he leído algunas que dan la impresión de haber sido escritas con san Google abierto en la pestaña de al lado.

Manías que tengo de imaginar el proceso creativo.

Con «Los días animales» tuve todo el tiempo la impresión de que Keila —o Julia, la prota, es que el narrador en primera persona tiende a generar confusión entre autor y personaje, no siempre son  el mismo, aunque algunos personajes tengan muchas cosas del autor—. Bueno, que la protagonista se sentaba frente a una caja llena de recuerdos: fotos, postales, posts it, envoltorios de caramelos, flores secas, cartas, notas en servilletas, un cordón de un zapato, un zarcillo… esas pequeñas cosas que uno va lanzando en una caja o una gaveta y las va olvidando.

Como quien se sienta un jueves a postear sus #TBT (#ThrowBackThursday) en Instagram o Twitter, contando la historia de cada imagen, la emoción del momento vivido y congelado en la instantánea, los sentimientos de entonces y los que afloran al verlos en el “espejo retrovisor” del tiempo.

El ritmo, el tono reflexivo y rememorando hechos, la voz. —Esa voz del narrador en primera persona que cuando está tan bien utilizada, como en el libro de Keila Vall de la Ville, le da un tono de verismo a la historia, le imprime un nivel de verosimilitud, que sólo se consigue cuando se escribe desde el corazón y con honestidad—.Todo el estilo de la narración me hacía sentir que la autora hurgaba en la gaveta o en la caja, sacaba un objeto al azar, una foto, por ejemplo; y, con la imagen en una mano iba hilando con la otra la historia. Un delicado patch work, hecho a partir de las emociones y recuerdos que la foto o el objeto traían a su mente, con toda la carga emotiva del momento vivido.

Cada segmento del libro, cada capitulo, es como una postal, un retazo, una instantánea de un momento de la vida de Julia. De sus viajes, de sus experiencias de escaladora, de esa relación obsesiva, tóxica, apasionada, con Rafael. Su convivencia con la madre, su experiencia con la enfermedad y el contacto con la muerte. Sus encuentros sexuales fugaces.

Julia va hilando un recuerdo con otro, cose los retazos con delicadas e imperceptibles puntadas y, así, va componiendo un rompecabezas, un mapa de su existencia visto hacia atrás, para poder avanzar en la vida. Entender lo vivido y soltarlo, botar las cargas, para avanzar con liviandad, para seguir viviendo.

En algunos aspectos, el libro recuerda un poco —bastante— a la película Wild de Jean-Marc Vallée (2014), aquella historia biográfica protagonizada por Reese Whitherspoon, en la que  la mujer emprende sola el escarpado camino de Pacific Crest Trail más que para huir, para buscarse, para sanarse internamente.

Muchas veces, al ver a personas como la protagonista de Wild o Julia, de «Los días animales», llegamos a pensar que es gente que vive huyendo. Julia va de un lugar a otro, de una montaña a otra, de una pared a otra, como quien huye, quien escapa de la realidad; pero, en verdad, esa gente no está huyendo. Es gente que se busca a sí misma en cada esfuerzo. Gente que enfrenta sus miedos, sus puntos oscuros, que a veces cae hasta lo más hondo en un desesperado intento por encontrarse.

La vida, mucha veces, es la lucha de uno con uno mismo. La pelea no es con el otro, el objetivo a vencer no es el otro, no está fuera; aunque no nos demos cuenta. La lucha es interna, vencer prejuicios, miedos, reconocer en el otro esas cosas que aborrecemos en nosotros mismos. Identificar, como lo hace Julia, eso que la hace igual a Rafael, para poder superarlo y vencer, aunque caiga vencida en el intento.

No sé que tanto tenga «Los días animales» de autobiográfico. No sé cuánto de Keila pueda haber en Julia. Tampoco importa. Lo que cuenta es que la novela nos muestra un personaje de carne y hueso. Un ser humano creíble, verosímil, con sus pasiones, sus miedos, sus emociones. Es el relato del recorrido de parte de una vida. Una historia existencial, bien contada. Un relato honesto y con tanto realismo que, al leerlo, podemos vernos a nosotros mismos.

Es como si uno, un día, se sentara frente a alguien con su caja hecha de papel artesanal, con su equipaje de Throwback Thursdays, y empezara a sacar foto por foto y a echar el cuento de cada instante captado y perpetuado en la imagen. El día en que se captó la instantánea y todo lo vivido y sentido en ese momento detenido en una fotografía. Eso es, para mí «Los días animales».

Los brujos de Chávez, tiempo de tinieblas

10 julio, 2016 § 3 comentarios

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Mientras leía «Los brujos de Chávez» de David Placer (Sarrapia ediciones, 2015), recurrentemente, venían a mi mente aquellas fantasmagóricas imágenes vistas a través de Venezolana de Televisión, aquella fatídica madrugada del 13 de abril del 2002, cuando en pantalla el teniente coronel más parecía volver del averno, que haber sido rescatado de La Orchila.

La imagen de esa noche era absolutamente cinematográfica. Las luces, la niebla, los soldados en las alturas, los contraluces, el audio, todo contribuía a crear la ilusión de un film de terror, de una película de magia negra y brujería. Al menos, así la recuerdo yo, dentro de la depresión y tristeza, dentro de la frustración por ese retorno que, aunque me lo esperé desde el mismo instante en que Carmona Estanga de un plumazo deshizo en pantalla todos los poderes del Estado, en el fondo, albergaba la esperanza de que no se diera.

«Los brujos de Chávez» en poco menos de 200 páginas, resume varias décadas de brujería del golpista. Desde que era un soldado conspirador hasta el día de su muerte.

Al leer las anécdotas, cuentos y chismes que David Placer relata en tono de reportaje periodístico con algunos capítulos intercalados en los que asume la voz del propio Chávez para contar algunos hechos, uno llega a entender este estado de postración, de deterioro, de retroceso en el que se ha sumido el país. Se comprende por qué el país parece estar cundido de oscuridad, sumido en la penumbra y el horror. Venezuela se cubrió de energías oscuras y tinieblas.

Independientemente de si uno cree o no en brujerías, en magia negra, en videntes, babalawos o paleros, lo que es evidente es que remover tanta energía oscura en un país, durante tanto tiempo, tiene que traer funestas consecuencias. La tenebrae se enseñoreó, Tánatos empezó a reinar. Mientras el discurso hablaba de amor —de eros—, los hechos hablaban de muerte —Tánatos—. La parte oscura del país empezó a ser venerada. Las energías negativas se apoderaron de las diferentes escalas de poder y de los diversos estratos de la sociedad. El culto se volvió lúgubre, oscuro, demoniaco. Todo eso no podía pasar sin consecuencias.

Los modelos a seguir terminaron siendo los Pranes, los presos peligrosos, los narcotraficantes, las mujeres prepago. El vivo y desalmado empezó a actuar descaradamente. El corrupto se ufanó de su latrocinio. El dinero mal habido dejó de ser una vergüenza para convertirse en símbolo de estatus. Desfalcar al país llegó a ser un acto casi heroico. En todas las esferas de la sociedad empezó a reinar lo oscuro, lo tenebroso. Los valores negativos se convirtieron en paradigmas y el país devino en esta nave a la deriva, absolutamente perdida y sin destino claro o evidente.

Algunos hechos descritos en el libro uno ya los conocía. Algunos por boca de amigos que han tenido amigos cercanos a Chávez. Otros por haberlos leído en el último libro de Ángela Zago «En nombre de los pobres» y muchos otros porque simplemente los presenciamos en cadenas de medios a través de la radio y la televisión. Disfrazados algunas veces como actos piadosos o de oración, otras como hechos científicos como la exhumación de los restos de Bolívar de madrugada y a la «hora del diablo», como señalan algunos, y, otras, impúdica y evidentemente mostrados como actos de brujería con chamanes y tambores, la brujería del régimen también pasó a formar parte de la cotidianidad del los venezolanos

La hechicería, como la política, se instaló en nuestros hogares a través de las pantallas de televisión y los aparatos de radio. Brujería y política se metieron en nuestras alcobas, en nuestras celebraciones familiares. Los collares de los santeros empezaron a exhibirse sin pudor y las profanaciones de tumbas en los cementerios pasaron a ser parte de lo «normal», de lo frecuente, de lo habitual. Ya ni asombro producen las lápidas reventadas en los cementerios. Es como si el poema «Boda negra» de Julio Florez hubiese pasado a ser el himno de la revolución:

Boda negra
[Poema: Texto completo.]
Julio Flórez
Oye la historia que contome un día
el viejo enterrador de la comarca:
era un amante a quien por suerte impía
su dulce bien le arrebató la parca.

Todas las noches iba al cementerio
a visitar la tumba de la hermosa;
la gente murmuraba con misterio:
es un muerto escapado de la fosa.

En una horrenda noche hizo pedazos
el mármol de la tumba abandonada,
cavó la tierra… y se llevó en los brazos
el rígido esqueleto de la amada.

Y allá en la oscura habitación sombría,
de un cirio fúnebre a la llama incierta,
dejó a su lado la osamenta fría
y celebró sus bodas con la muerta.

Ató con cintas los desnudos huesos,
el yerto cráneo coronó de flores,
la horrible boca le cubrió de besos
y le contó sonriendo sus amores.

Llevó a la novia al tálamo mullido,
se acostó junto a ella enamorado,
y para siempre se quedó dormido
al esqueleto rígido abrazado.

Y empezamos, de tanto vivirlo, de tanto contemplarlo en las salas y dormitorios de nuestras casas, de tanto verlo en la calle y escuchar cómo lo comentan sin pudor ni temor en las calles, a verlo todo como normal.

Hay un pasaje específico en el libro de Placer cuando más recordé aquellas imágenes de aquella oscura noche y madrugada de abril. Cuando el autor cuenta el ritual hecho en África por el propio Chávez en medio de un bosque, rodeado en la oscuridad por los babalawos cubanos que conformaban su primer círculo de seguridad:

«Chávez ordenó desviar su viaje para trasladarse al interior del continente. El séquito presidencial se había hospedado cerca de un poblado con pequeñas casas de barro, paja y caña. Era una sabana extensa que le recordaba a los Llanos venezolanos, aunque el clima era más seco y la vegetación menos densa.

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Carta de Chávez a su bruja pidiendo un favor.

Parte del equipo no era consciente de la misión que los había llevado a realizar aquella parada de la que no habían tenido conocimiento previo. Algunos creían que era un capricho de última hora del presidente, un cambio más a los que ya estaban acostumbrados. Con Chávez, las agendas eran inútiles y la preparación previa muchas veces resultaba un trabajo perdido.
Parte de los que acompañaron al presidente en aquel viaje conocerían el motivo de aquel cambio de planes. Rodeado de floridos flamboyanes y algún baobab milenario, Chávez apareció en un terreno despejado junto al poblado con un ejército de babalawos. Eran soldados espirituales pero también su primer círculo de seguridad, su personal de absoluta confianza, todos cubanos.
En medio de la noche, el círculo más íntimo del comandante supremo presenciaría una escena insólita. Los tambores habían comenzado a sonar en un terreno cercano al pequeño poblado. En medio de la oscuridad, completamente desnudo, Chávez salió de una de las casetas. Se dirigió hacia el pequeño grupo de confianza que se había encargado de que el lugar no contara con la presencia de extraños.
El pequeño poblado había sido blindado. Allí, frente a sus guardianes espirituales, Chávez se prestó para el ritual africano sin ningún pudor. No tenía vergüenza ni miedo al demostrarse de forma descarnada. Nunca fue particularmente vergonzoso y menos en ocasiones en las que el pudor solo podía entorpecer las energías.
Con las rodillas sobre la arena seca y polvorienta, comenzó a cavar para hacer un pequeño hueco. Rodeado de sacerdotes babalawos y brujos de magia negra y vudú, recitaba en voz alta los conjuros mientras colocaba una vasija con pócimas dentro del hueco. Hablaba alguna lengua africana que los asistentes fueron incapaces de descifrar. Parecía que el Comandante Eterno dominaba el idioma y tal vez no era la primera vez que recitaba aquellos conjuros.
Uno de los sacerdotes acerca a Chávez uno de los ingredientes principales del ritual: una foto. Los testigos intentaban ver la imagen pero no podían vislumbrar de quién se trataba, aunque algunos, finalmente entre las sombras de las luces de las velas fueron capaces de poner rostro a aquella imagen: se trataba de Carlos Ortega, el dirigente sindicalista que tanto había atormentado a Chávez aquellos días de rebelión.
El comandante giró la foto y la dejó boca abajo. Uno de los babalawos acercó a él un cuenco con vísceras, no se sabe si de animales o de humanos, aunque supusieron que se trataba de la primera opción. Otro de sus colaboradores también le acercó una bandeja con un costillar seco. Sobre él no hubo ninguna duda: por su tamaño, era humano, probablemente extraído de algún cementerio de la zona.
Colocó todos los ingredientes siguiendo las indicaciones del maestro que oficiaba la ceremonia. Sus acompañantes ayudaron a que toda la tierra tapara completamente aquella tenebrosa preparación.
El insólito episodio, casi inverosímil, llegó años después a los oídos de Carlos Ortega, hoy exiliado en Lima, Perú. Una amiga en común que tenía con Chávez, le aseguró haber presenciado personalmente el ritual. Aquel acto de magia negra no daba descanso a la mujer que, a pesar de que era completamente escéptica y que rechazaba esas prácticas, quedó afectada por lo que vio».

Al final, dice Placer que en sus entrevistas llegó a conocer que Chávez había hecho con una de sus brujas un ritual cerca de un río en el que enterraron junto a las raíces de un frondoso árbol la espada que le entregaron en su graduación de cadete para llegar a alcanzar sus objetivos de acceder al poder y quedarse allí por siempre. Tal vez a eso se refieren ahora cuando dicen que «Al comandante lo sembraron».

Al parecer, ninguno de los que estuvieron presentes en ese ritual dijo nunca dónde quedan ese árbol y ese río. Si alguien aún conoce su paradero no ha querido o no se ha atrevido a decirlo. Puede que muchos piensen, como dice David Placer, que para acabar con esta etapa tenebrosa del país, sea necesario desenterrar esa espada y deshacer el maleficio. Mientras, los venezolanos parecemos vivir cada día más sumidos en las tinieblas y lo tenebroso de cada uno parece gobernarnos y regirnos.

A pesar de que algunos curas como Mario Moronta prefirieron no saber, no enterarse de la afición de Chávez por la brujería y la magia negra, algún día tendrá que llegar a esta tierra, una vez más, la luz y las tinieblas serán desterradas como lo han sido muchos venezolanos de bien. Amén.

Réquiem para Goethe, de José Miguel Roig

7 abril, 2016 § 1 comentario

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Terminé el «DESPUÉS» y con una sensación de ahogo, cerré el libro. Me levanté de la silla. Caminé de un lado a otro. Abrí la nevera y la cerré sin ningún fin. Fui al baño y me di cuenta de que no tenía ganas de orinar. Sonó la puerta de mi tienda y me molestó que alguien viniera a importunar.

Era una sensación de desasosiego la que me embargaba. No me hallaba. Al mirar la portada del libro y leer «Réquiem para Goethe», entendí que esa sensación de azogue me la había dejado la historia del militar nazi y el joven judío de 17 años en el campo de concentración.

Era la sensación de haber asistido a un acto prohibido. De haber presenciado unos hechos que no me correspondían. La sensación de haber estado en una historia privada, secreta. Una historia que sólo incumbe a los protagonistas.

Así me dejó el libro de José Miguel Roig editado en 2007 por Oscar Todtmann Editores.

Es una novela estructurada en cuatro partes, llena de suspenso y que, aunque uno pueda esperarse los acontecimientos, de todas maneras éstos lo conmueven.

Un hombre mayor, judío sobreviviente de los campos de concentración, en el declive de su vida, intenta encontrar al militar nazi con el que entablo una turbia relación cuando junto a su hermano fueron capturados.

Hay entre el militar y el joven Johann Wolfgang Feldmann una relación de dominador/dominado, de poderoso frente al indefenso, de seductor y seducido. Es la relación de dos hombres que en el fondo se descubren similares: rechazados, perseguidos, acosados, solos. Dos hombres que se enfrentan contra ellos mismos. Un dominador que se enamora de su víctima y un débil que descubre en su miedo una especie de fortaleza. Johann Wolfgang Feldmann es como una especie de Sheherezade que logra gracias a los versos que aprendió de memoria de Goethe —a quien debe su nombre—, dominar y posponer el temido momento de la entrega, a la que se opone desde un comienzo.

Es la historia de dos miserias humanas que se encuentra, se oponen, se enfrentan y terminan en medio de su soledad, desgracias y desventuras, dependiendo el uno del otro emocionalmente. Es también la historia de dos culpas que se encuentran.

Roig tiene una especial capacidad para mostrarnos la naturaleza humana. Sus miedos, sus dudas, sus miserias. Con pasajes realmente memorables como el diálogo con la mujer alemana en un café de Palermo en Buenos Aires, una elegante señora localizada por una compañía contratada por el judío para la búsqueda y que tiene pistas sobre el paradero del teniente Heinrich von Eckhardt, oficial de la SS. Ella fue una importante conquista del oficial.

La parte Dos del libro es absolutamente teatral y se centra en la relación de Heinrich von Eckhardt y Johann Wolfgang Feldmann. Tiene un tono intimista que logra meternos en el drama y conmovernos con esos «pobres» seres que nos muestra.

Al final, uno, como el propio Johann Wolfgang Feldmann, queda con la duda de por qué después de haber decidido echar al olvido toda la historia, después de haberse encerrado en su subconsciente la relación con el oficial, decide, mientras le cuenta los hechos a su mujer víctima del Alzheimer, buscar al hombre. ¿Es por odio? ¿Por venganza? ¿Por amor? ¿Por la culpa? ¿Pudo haber sido amor lo que hubo entre los dos hombres al final? ¿O sólo la conjunción de dos soledades y la yunta de dos miserias? El amor y el odio tienen tantos recovecos y vericuetos, tantos meandros extraños…

Como el mismo Johann Wolfgang Feldmann dice cuando decide iniciar la búsqueda del teniente:

«Y cuando hice dinero… resolví buscarlo.

¿Venganza? ¿Odio? ¿Qué otra razón? No podría decir. ¿Qué quedaba? La inmensidad de los sentimientos atenuados con el tiempo. Ya no era lo que fui. Quería convencerme de que no estaba seguro del porqué. Preferí especular ¿Sólo curiosidad? No, qué va. El deseo de apaciguar la angustia de esas noches cuando me despetaba, Sara dormida a mi lado, sudando y balbuceando en alemán».

Tal vez, al final de todo, lo que busca es el perdón, espiar la culpa. Tal vez por eso, una de las últimas escenas se desarrolla en la sinagoga el día del Yom Kippur, el Día del Perdón.

 

La otra isla, de Francisco Suniaga

3 marzo, 2016 § 4 comentarios

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A «La otra isla» de Francisco Suniaga, llegué tarde. Acabo de leerla en su undécima edición por Oscar Todtmann Editores de 2014. Su primera edición fue en 2005.

Llegué tarde pero no quiero dejar de decir que es una gran novela. Más allá de la historia policial característica de una novela negra, es grande por la manera de mostrarnos a Margarita, esa isla que como se descubre en el libro es mucho más que playas paradisíacas y una avenida 4 de Mayo para comprar. Tras esa isla turística que todos visitamos, hay una vida que retrata Suniaga con maestría y elocuencia. Una cotidianidad signada por la violencia y por submundos como el de las peleas de gallos.

La estructura de la novela me llamó la atención porque es menos convencional de lo esperado para el género. Arranca la historia con unos personajes y un ambiente que son abandonados en el segundo capítulo para dar paso a los verdaderos personajes protagónicos de la historia: Un abogado en decadencia económica, una madre alemana que llega a la isla para indagar la verdad sobre la muerte de su hijo Wolfgang supuestamente ahogado en una borrachera en Playa El Agua, un joven alemán que llegaría a Margarita a establecerse con su pareja, Renata, para regentar un kiosco en la playa. Richard, un negro ayudante de la pareja y amante de Renata y una serie de personajes más que se desenvuelven en torno a estos.

El primer capítulo, le permite al autor presentarnos el ambiente en el que tendrán vida personajes y hechos. Nos muestra a Margarita, pero no a la del turista. Nos enseña esa otra isla donde cobran vida pasiones y obsesiones. Donde todos mandan y nadie obedece y en donde inexplicablemente algunas empresas, en medio del caos, llegan a feliz término. Esa isla de Margarita que es un elemento tan protagónico en la novela como los personajes.

La voz del narrador va tomando ciertos matices diferentes a medida que la historia avanza. Arranca Suniaga con un narrador en tercera persona que pareciera ir descubriendo junto con el lector tanto la isla como los hechos y los personajes. Luego, en un punto casi intermedio de la historia,  durante el capítulo XVIII, el narrador cambia abruptamente a la primera persona, cuando Richard, el ayudante de la pareja alemana, desarrolla un monólogo en el que cuenta como llega a hacerse amante de Renata. Es un monólogo escrito en clave de conversa entre panas. Como quien cuenta sus travesuras amorosas a un grupo de amigos mientras juegan una partida de truco o dominó. Un texto que entra sin presentaciones ni justificaciones aparentes y sale de igual manera de la historia.

Este monólogo que a primera vista luce un poco forzado, da paso a un cambio sutil en la narración cuando el narrador, aunque se guarda algunos datos,  ya no parece descubrir con el lector las situaciones, sino que parece conocer a profundidad detalles tan íntimos de los personajes como las notas que Wolfgang apunta en una libreta cuando empieza a dejarse arrastrar por la pasión que le generan las peleas de gallos.

Y es en este punto cuando Suniaga hace muestra de una gran maestría para dibujar personajes y situaciones. Nos pinta con una pluma apasionante y sobrecogedora el mundo de las peleas de gallos con unas descripciones vividas de las peleas, de la violencia embriagadora de esa práctica que le permite hacer una especie de tratado acerca de lo que es la violencia animal como característica de una especie, una violencia innata carente de crueldad o premeditación, una violencia reptil. Y esa otra violencia, la humana, la que hace que nuestras morgues se sobrecarguen los fines de semanas con las víctimas. Una violencia que parte de un cerebro reptil no domesticado y que puede llegar a hacer que un jugador reviente contra una viga la cabeza se su gallo perdedor. La violencia humana que Wolfgang pareciera haber llegado a dominar civilizadamente, pero que puede estar agazapada bajo la apariencia de civilidad. Al alemán también le llega su turno con uno de sus gallos y Suniaga deslumbra a describirnos el mundo interior de este hombre arrastrado por una pasión.

Hay pasajes en la novela como cuando Wolgang tiene el primer contacto con los gallos que es realmente magistral. Es una especie de ritual de iniciación cuando Fucho, el criador de gallos le tiende un ejemplar al alemán para que lo sostenga y que marca el punto de no retorno en la pasión gallera que se desata en este hombre que nunca había tenido contacto alguno con gallos de pelea.

La investigación sobre las circunstancias de la muerte del alemán se desarrolla de manera paralela con una investigación literaria del abogado y un amigo para tratar de descifrar un sueño en el que al abogado le dictan un párrafo en inglés y ambos personajes se empeñan en descubrir de dónde proviene. Es una especie de licencia literaria para enmarcar la historia en un contexto de literatura latinoamericana.

Al final, se descubre el origen del texto mientras que la muerte del alemán queda entre interrogaciones, pero nos queda cincelada en la mente, esa otra isla que nos seduce y nos asusta. Esa isla que le permitió a Suniaga mostrarnos alma y esencia de sus personajes.

«La otra isla, la que comparte el sol, la brisa y el mar azules, la isla invisible pero espesa donde todo se posterga, la isla sin tiempo del mañana, mañana, la de todas las miserias, la isla donde anida la tristeza, escondida tras una sonrisa, la que obliga a vivir sin hipótesis y a morir de la misma manera».

La Lola-Lola, la amiga Lolita Aniyar

31 enero, 2016 § 4 comentarios

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«La Lola—Lola» , el libro de relatos de Lolita Aniyar de Castro, llegó a mis manos como llegó a mi vida la propia Lolita, sin buscarlo, sin anunciarse y sin pedir permiso.

Una tarde, por motivos absolutamente ajenos a la literatura, se apareció en mi tienda el escritor Norberto José Olivar y en sus manos traía un libro con una portada en tonos sepia con la imagen de Marlene Dietrich, «El ángel azul», imagen que se repetía en la contraportada, como un reflejo en un espejo. La femme fatale alemana parece mirarnos con su mirada lánguida y sus labios carnosos. Una mano envuelta en un guante de terciopelo —como el título con el que Lolita identificaba su columna semanal en el periódico «En guante de terciopelo»— le roza como una sombra la mejilla. «Mano de hierro en guante de terciopelo, pensé, así era Lolita, con su voz incapaz de emitir decibeles estridentes»., pero hábil en el discurso para herir e incluso insultar sin perder la elegancia y el glamour. La recuerdo diciéndole a un político en plena sesión del Senado, sin perder su serenidad y sin alzar la voz:
—Claro que la relegitimación existe en los libros de Derecho, lo que pasa es que hay que haber leído esos libros para saberlo.

Era su elegante forma de llamarlo ignorante.

Así que, de la mano de ElDoctorNo, volvió a llegar Lolita a mi vida. Inmediatamente recordé aquella tarde, a golpe de seis, en el edificio del Rectorado de la Universidad de Los Andes, cuando me tropecé en un pasillo con Felipe Pachano, entonces Secretario de la ULA, quien me comentó que estaba buscando a un periodista de la Oficina de Prensa para pedirle un favor.

—La Senadora Lolita Aniyar está aquí en Mérida y necesita con urgencia hacer unas declaraciones a la prensa ¿Tú me harías ese favor, Golcar?

«Qué fastidio —pensé—. Ahora voy a tener que ir a entrevistar a ‘la vieja esa’».

Aunque ya mi horario de trabajo había terminado y me disponía a irme a mi casa,  y a pesar de que tomar las declaraciones de ‘la vieja esa’ no formaba parte de mis obligaciones como periodista de la ULA; no pude decir que no a algo que me pedía Felipe como un favor personal. Así que esa noche me fui a encontrar con ‘la vieja esa’ en un restaurante de Mérida para que me diera las benditas declaraciones.

En el restaurante estaba Lolita reunida con un grupo de amigos, el poeta Pedro Paraima entre ellos. Llegué, me presenté y me senté junto a esa mujer de mirada intensa y voz suave.

De inmediato hubo un clic entre nosotros. Empezamos a hablar de libros, de cine, de películas venezolanas. Hacía pocos días había terminado el Festival de Cine de Mérida y le comenté que a pesar de que tenía algunas deficiencias, me había gustado la película «Jóligud» de Augusto Pradelli, que había obtenido el galardón como Mejor Ópera Prima. Le conté que una de las cosas que más me había gustado de la película maracucha era su música. De los ojos de Lolita saltaron pequeñas chispas: «¿De verdad te gustó la música?» «Me encantó», le dije y tarareé algunas de las canciones del la banda sonora. «¡Y hasta te aprendiste la canción!»

Fue entonces cuando Lolita me comentó, con el pecho henchido de orgullo, que esa música la había hecho Daniel, su hijo. «Tienes que conocerlo». Y así pasamos un buen rato hablando de cualquier cosa menos de lo que me había llevado al encuentro con ‘la vieja esa’.  Quedamos que al día siguiente yo iría a su casa para buscar les benditas declaraciones que debería enviar a los medios.

En ese tiempo, Lolita tenía en Mérida una hermosa, cálida y acogedora casa en La Pedregosa, con un bello jardín por el que corrían ardillas silvestres. Allí conocí a José Antonio, su esposo.

Así, empezó nuestra amistad. Luego conocí a su hija Dinah, a su esposo Luis Ángel y al hijo de ambos, el primer nieto de Lolita, de meses de nacido. Luego conocería a Daniel. Y, el primero de enero, a las siete de la mañana, se aparecieron todos en mi casa en La Parroquia para invitarme a Bobures a las fiestas de San Benito. A ritmo de tambores, la amistad se consolidó. Una noche, los invité a comer arepas de harina de trigo en mi casa. Lolita, de familia corta, no podía dar crédito a lo que sucedía en esa casa, parecía salir gente hasta de debajo de los muebles. Por todos lados aparecían hermanos y sobrinos.

Me siento como en una vieja película italiana, de esas comedias de familias numerosas de los años cuarenta o cincuenta. Me da la impresión de que en cualquier momento cruzará la escena un hombre arrastrando un salchichón gigante o con un escaparate de tres cuerpos al hombro.

Luego nos vimos en Maracaibo, en Caracas, de nuevo en Mérida. Un día, cuando yo tenía ya tiempo trabajando en la Fiscalía, Lolita me llamó para decirme que necesitaba un asistente en la Comisión de Salud del Senado y que le gustaría que fuera yo porque debía ser alguien de confianza. No lo pensé dos veces, el trabajo en la Fiscalía ya empezaba a aburrirme, así que renuncié y a los pocos días estaba instalado en el Congreso.

Después vino la campaña para la Gobernación del Zulia y a Maracaibo fui a parar para llevarle la agenda a la incansable candidata. Me instalé en su apartamento en el edificio Vista Hermosa, con una espectacular vista al inmenso Lago de Maracaibo. Recorrimos el Estado por agua, tierra y aire. Junto a Lolita conocí cada rincón del Zulia y aprendí a querer esta tierra de sol inclemente y gente bulliciosa.

Trabajamos juntos por un buen tiempo. La seguí en la Gobernación por casi dos años, hasta que la ingrata política nos distanció. Vinieron los desencuentros y la separación. Pero el cariño siempre se mantuvo incólume. Con algunos rasguños, pero inquebrantable. Cuando nos encontrábamos, en nuestras miradas y voces se adivinaba el mismo cariño de siempre.

Por todo eso, me impresionó que Norberto se apareciera justo con el libro de Lolita, a poco más de un mes del inesperado fallecimiento de la amiga. Podría haber llegado con uno de sus propios libros, con «Un vampiro en Maracaibo», por ejemplo. Pero no, se apareció con «La Lola—Lola», con uno de los 500 ejemplares de la publicación del 2014 de la Universidad Católica Cecilio Acosta, en su colección «La mano junto al muro».

Una vez más, en esos 28 relatos que conforman el libro, encontré a Lolita, la amiga. Más allá de la intelectual, de la académica, de la investigadora, de la criminóloga, en «La Lola—Lola», cuyas sílabas conforman una capicúa, podemos leer igual las palabras en ambos sentidos, en esas cortas crónicas, está plasmada Lolita Aniyar, con sus dudas, sus pasiones, sus gustos, sus querencias. Es como un pequeño inventario de sus pasiones y obsesiones. De sus gustos, aficiones y recuerdos.

En esas líneas encontré de nuevo a aquella amiga que un día en su oficina del Senado, conversando junto a Ligia, la secretaria, de algún postre o algo por el estilo, le comenté «Eso es una cosa orgásmica, Lolita». La palabra pareció hacerla viajar en el tiempo y más para sí misma que para Ligia y yo, comentó en un suspiro «¡Orgasmo! Esa palabra parece tan distante en mi vida». Es esas páginas vi a la mujer que un día lamentaba la ausencia de los amigos y afectos: «El Congreso no es un lugar para hacer amigos. Uno puede encontrar aquí cómplices, colegas; pero no amigos».

En las líneas de sus crónicas tan personales, volví a ver a aquella mujer que perdió la voz por unos días cuando murió su madre, Reina. Enmudeció al encontrar en las cosas de la vieja, cartas y recuerdos que le mostraron que su vida y la de su mamá eran mucho más afines y parecidas de lo que creían. «Yo repetí las mismas cosas que hizo ella», me dijo entonces. Y al leer, recordé aquella anécdota que con cierto dejo de arrepentimiento me contara:

—Un día, decidí que ya mamá estaba muy anciana para seguir pintándose el pelo. Que debía envejecer con dignidad. Mi hermana Sarita era quien le pintaba el pelo y no estaba. Yo no la llevé al salón a que se lo pintaran porque pensé que ya estaba bien; pero me impresionó mucho cuando nos montamos en el ascensor y ella tuvo un shock al mirarse en el espejo con el pelo blanco, se miró y asombrada dijo «¡Cómo he envejecido!».

Es que en lo coquetas también se parecían madre e hija. Lolita tenía una eterna pelea contra la vejez. Un día que nos encontramos después de tiempo sin vernos, le dije que estaba más joven y linda, me comentó orgullosa que por fin la habían enseñado a maquillarse y se había quitado los culo de botella, llevaba lentes de contacto.

En su libro Lolita recorre parte de sus fantasmas, de sus dudas, de sus apremios. Allí, por ejemplo, está plasmado su conflicto con su nombre, Lola, que debía ser Lolita, como la de Vladimir Nabokov, pero que a alguien en la prefectura o en el registro no le pareció que el diminutivo quedase bien como nombre. Así que la asentó como Lola, Lola Rebecca, no ‘Dolores’ como la irritaba al llamarla su adversario político Osvaldo Álvarez Paz, evitando el afectuoso Lolita. Lola, que debió ser Lolita. Aniyar, que en un inicio era Anidjar.

En «La Lola—Lola» está plasmada esa mujer apasionada, luchadora, reflexiva, inquieta, fascinante, cáustica, con fino sentido del humor; que adoraba el cine, la pintura, los libros, el arte… La mujer que se entregó al amor, que todo lo hizo con amor y pasión. En esas líneas está dibujada la mujer que sentía en los mítines políticos que daba en campaña como si esa muchedumbre que rugía frente a ella le estuviera haciendo el amor, y llegaba a comparar esa sensación con un orgasmo. La mujer a la que en el sofoco de un recorrido a pleno sol de mediodía, en la tolva de un camión, le bastaba un Gatorade para reponerse y querer seguir.

En esos relatos me reencontré con la amiga, la maestra, la madre, de quien tanto aprendí, incluso en los desencuentros, porque así son las relaciones verdaderas llenas de encuentros y desencuentros, de afinidades y oposiciones, pero todo con una importante carga de amor que hace que todo lo demás deje de tener importancia.

Termino estás líneas —que quisiera sean un homenaje a esa gran mujer de la que mucho se habrá de decir—, agradeciendo a Norberto José Olivar por su gesto, por devolverme a Lolita. A mi amiga.

 

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