Alberto Hernández con “Stravaganza” hizo latir de nuevo Italia en mi pecho

2 febrero, 2017 § 1 comentario

​A mí Italia me resultó un coñazo. Esa es la única manera que encuentro para explicar mi decepción. 

De hecho, mientras recorría las calles de Roma, tan pueblerina, tan arbitraria, con Termini, esa insoportable estación de trenes y autobuses, sofocante con el bochornoso calor del verano, desordenada y plagada de empleados  maleducados, con cara de culo. Hastiados también ellos del calor, supongo, no les queda ni una sonrisa o un gesto amable para atender a los turistas. Y el hombre aquel del guarda equipaje, fumando en ese sótano sin ventilación y gritando a los clientes sin importar si eran monjas, ancianos o turistas. Tal vez esa terminal de trenes sea un homenaje a Dante y su Infierno.

Bueno, el recuerdo me hizo perder el hilo de lo que iba a decir. Decía que de hecho, mientras recorría Roma, retumbaban en mi cabeza las palabras que muchos años antes me dijera Lolita Aniyar un día en que me comentaba sobre sus años en esa ciudad. “Tú tienes que ir a Roma. Es una ciudad como para ti”.

En su momento, sentí que lo que me decía la amiga era un halago, pero al recordar esa frase mientras mandaba a comer mierda a una dependiente de uno de los tarantines de Termini que se molestó porque le pedí información sobre cómo adquirir los boletos para viajar a Chiaravalle y me respondió golpeado y manoteando, que no molestara si no iba a comprar, pensé que tal vez el halago no fue tal, porque si en algún lugar no me gustaría vivir en ese momento, era en Roma. 

Luego, Milán fue otra decepción, sólo el cariño y la buena atención de mi querida Lorena hizo que el viaje valiera la pena más allá de el Duomo, las galerías Vittorio  Emanuele, y aquella callejuela de restoranes con videntes callejeros en sus mesitas de las terrazas y las columnas de San Lorenzo, con su noche callejera llena juventud y algarabía. De resto es un pueblo industrial sin nada del glamour que yo presentía.  

Venecia vale la pena sólo para las fotos y por el viaje en ferry, al menos, así la encontré yo en las pocas horas que la recorrí. Allí y en Roma me comí los peores ñoquis al pesto de mi vida y la peor pasta carbonara que pueda haber. 

Chiaravalle fue el cariño de la familia en un pequeño pueblo que muere a mediodía hasta las dos de la tarde y duerme con las gallinas. El paseo a Ancona de noche una delicia. Y el ragú de mi sobrina Peglys mejor que el de la nonna. 

Pero no era de este viaje a Italia en 2015 que quería hablar. En realidad, la digresión viene porque hoy leí el poemario Stravaganza de Alberto Hernández de un tirón e Italia volvió a latir en mi pecho como una tarea pendiente. 

Este poemario, editado en dos idiomas por Edizioni Eva en 2012 y  con traducción al italiano de Teresa Albasini Legaz es un paseo por Italia, por sus ciudades, por su historia, sus personajes, su música, arte y literatura. 

Uno recorre Roma desde el imperio, pasea por Venecia en una foto, Bari, Modena, Bologna… se encuentra con sus poetas y maestros de la pintura y la escultura. Ahí están Bocaccio, Dante,  Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci, Petrarca, Vasari, Modigliani, Maquiavelo, Justiniano, Julio César…

Stravaganza es un ensayo escrito en verso, un recorrido poético por la bota de Italia, en versos cortos y precisos que en conjunto nos muestran un mapa físico, histórico y biográfico que hace que Italia palpite de nuevo en el corazón y que me invita a darle una segunda visita con más tiempo y menos sesgado por el prejuicio de haber sido inquilino por 20 años de unos italianos avaros y usureros a quienes posiblemente veía en cada grito destemplado escuchado por las vías romanas en un idioma que al leerlo en la traducción de los versos de Alberto recobra toda la magia y musicalidad.

Italia sigue pendiente, mientras tanto la recorro de nuevo con placer en los pulcros versos de Alberto Hernández. 

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Mata el caracol, una novela de Milagros Mata-Gil

20 enero, 2017 § 1 comentario

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Mata el caracol de Milagros Mata-Gil es un rompecabezas. Esa es la sensación que uno tiene a medida que avanza en la envolvente escritura en la que cada palabra parece estar en el sitio justo y en el momento adecuado.

Pero el rompecabezas es como aquellos pequeños juegos de plástico en los que aparecía una imagen desordenada, con un trozo de la imagen en cada cuadro y un espacio vacío que permite ir desplazando las piezas en el tablero hasta conseguir ubicarla en su lugar y, al final, obtener la imagen oculta.

Es como la trama de una fotografía cuya imagen está compuesta por múltiples pequeñas fotografías y que al observarla desde lejos nos ofrece con nitidez la imagen global.

Mata el caracol es la búsqueda del padre, pero no como un hombre, sino como un origen. Es un viaje a los inicios. La reconstrucción de una familia desperdigada a lo larde los años. Es un recorrido contado con múltiples voces a través de la experiencia vital de los personajes.

Así, la voz del narrador muta, pasa de un personaje a otro. Ora es la abnegada sobrina que cuida al viejo Mata, ora es la voz poética y desquiciada del padre con aterosclerosis y demencia senil que desvaría en su habitación y, otras veces la voz de quien encuentra en un viejo escaparate las anotaciones que la cuidadora dejara guardadas en perfecto orden para que, al ser encontradas, tirasen de ellas como quien tira del hilo de una madeja para desenredarla.

Milagros Mata-Gil demuestra en este corta novela su maestría con el lenguaje, su habilidad para manejar los tiempos y una especial capacidad para darle a cada personaje su propia voz y estilo, con lo cual, a leer una parte del texto, sin necesidad de que esté especificado de quien se trata, el lector identifica con facilidad la voz de quien en ese momento tiene a su cargo el hilo de la narración.

Uno comienza a leer Mata el caracol, y como en una espiral de remolino la historia lo va arrastrando, lo seduce y conduce hasta que al final uno tiene en la mente un perfecto mapa de lo que fue la vida del viejo Mata y de sus descendientes. Un mapa que encajaría perfectamente en lo que podría llamarse literatura transgénero pues pasa de la prosa al poema y, por momentos parecieran escenas de una pieza de teatro. Milagros demuestra una maestría especial para pasar de un género al otro sin perder el ritmo, el tono y la calidad de la escritura.

Como la novela no se encuentra disponible en quioscos o librerías, me permito dejar por aquí el link para su descarga gratuita on line en PDF o para Kindle o epub para quienes quieran disfrutar de una buena historia, bien narrada y armada.

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«Textos de la concupiscencia cotidiana» en dominios amazon

31 octubre, 2016 § 1 comentario

Preparación

Inhale… Exhale… Cuente hasta diez… Abra su mente…

«Textos de la concupiscencia cotidiana» es una compilación de textos que calbalgan entre el cuento, el relato, el poema y la crónica salpicados de sexo y cotidianidad. Son historias en las que la fuerza vital la marcan el sexo y los impulsos sexuales. No son textos eróticos, son textos concupiscentes, historias «pecaminosas» en las que impera el impulso erótico y erógeno de los personajes, el cual determina el discurso y puede hacer saltar los prejuicios de los lectores y los sentimientos de culpa por ciertos hechos o actos poco comprendidos o asimilados por algunas mentes de personas que podrían haber sentido esos impulsos alguna vez o que no llegan a comprender, imparcial y desprejuiciadamente, el hecho de que algunos seres humanos tengan maneras diferentes de experimentar el sexo a las que conocemos mayormente.

Antes de afrontar la lectura es recomendable abrir la mente y liberar los prejuicios o, por lo menos, estar conscientes de esos prejuicios al momento de dictar juicios de valor sobre los hechos y los personajes.

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“¿Dónde queda Venezuela?” en dominios amazon

29 octubre, 2016 § 2 comentarios

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Libro “¿Dónde queda Venezuela?”

27 octubre, 2016 § 1 comentario

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Presentación

Son 18 años ya. Casi dos décadas, desde que mi país se empezó a desvanecer.

Paulatina y progresivamente, venezolana fue dejando de ser una nacionalidad para convertirse en una angustia. Venezolano ya no fue más un gentilicio; ha devenido en una puntada en el pecho.

Venezuela se me hizo un karma. Angustia. Dolor. Zozobra. Temor. Desasosiego. Inquietud. Sufrimiento.

Me fui yendo de mi país sin medios de trasporte de por medio. Un exilio sin moverme del lugar.

Mis raíces fueron sacadas de la tierra y amputadas.

El país se tornó úlcera sangrante, dolor, desarraigo. Empecé a ser un paria sin apenas notarlo. Hikikomori. Insiliado.

En estos casi cuatro lustros, cuando deberíamos haber tenido por lo menos cuatro gobiernos diferentes, hemos estado bajo el yugo de un mismo régimen.

Venezuela fue, poco a poco, diluyéndose frente a nosotros. La metamorfosis no ha sido de un solo golpe, como pretendieron aquel 4 de febrero.

Nos fueron cambiando una cosa hoy y otra mañana. La Constitución, el Parlamento, el Himno, el Escudo, la Bandera, el nombre…

Pensamos que era sólo cuestión de adjetivos. Pero, con el tiempo, Venezuela sufrió una verdadera mutación a la república bolivariana de venezuela, a la que ni siquiera me nace nombrar con mayúsculas y que se transformaba ante mis ojos en la Cuba que conocí en 1991, sin poder detener la metamorfosis.

No me he ido, pero tampoco puedo decir que aún permanezco. Estoy como viviendo en un no-país. La tierra bajo mis pies no acoge ya mis raíces y ahora temo tanto morir aquí, como morir fuera. No habrá tierra que acoja mis cenizas.

Las próximas páginas son testimonio de ese dolor, de esa angustia y esa ansiedad que se fueron instalando en mi alma a medida que transcurría el tiempo y Venezuela se me desvanecía, tanto afuera como adentro. Ahora ya no sé dónde queda Venezuela.

En orden cronológico presento los textos de mi desahogo desde 2010, en tres partes: Crónicas. Poemas y un relato final que es ficción, pero con tintes de realidad.

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Los brujos de Chávez, tiempo de tinieblas

10 julio, 2016 § 3 comentarios

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Mientras leía «Los brujos de Chávez» de David Placer (Sarrapia ediciones, 2015), recurrentemente, venían a mi mente aquellas fantasmagóricas imágenes vistas a través de Venezolana de Televisión, aquella fatídica madrugada del 13 de abril del 2002, cuando en pantalla el teniente coronel más parecía volver del averno, que haber sido rescatado de La Orchila.

La imagen de esa noche era absolutamente cinematográfica. Las luces, la niebla, los soldados en las alturas, los contraluces, el audio, todo contribuía a crear la ilusión de un film de terror, de una película de magia negra y brujería. Al menos, así la recuerdo yo, dentro de la depresión y tristeza, dentro de la frustración por ese retorno que, aunque me lo esperé desde el mismo instante en que Carmona Estanga de un plumazo deshizo en pantalla todos los poderes del Estado, en el fondo, albergaba la esperanza de que no se diera.

«Los brujos de Chávez» en poco menos de 200 páginas, resume varias décadas de brujería del golpista. Desde que era un soldado conspirador hasta el día de su muerte.

Al leer las anécdotas, cuentos y chismes que David Placer relata en tono de reportaje periodístico con algunos capítulos intercalados en los que asume la voz del propio Chávez para contar algunos hechos, uno llega a entender este estado de postración, de deterioro, de retroceso en el que se ha sumido el país. Se comprende por qué el país parece estar cundido de oscuridad, sumido en la penumbra y el horror. Venezuela se cubrió de energías oscuras y tinieblas.

Independientemente de si uno cree o no en brujerías, en magia negra, en videntes, babalawos o paleros, lo que es evidente es que remover tanta energía oscura en un país, durante tanto tiempo, tiene que traer funestas consecuencias. La tenebrae se enseñoreó, Tánatos empezó a reinar. Mientras el discurso hablaba de amor —de eros—, los hechos hablaban de muerte —Tánatos—. La parte oscura del país empezó a ser venerada. Las energías negativas se apoderaron de las diferentes escalas de poder y de los diversos estratos de la sociedad. El culto se volvió lúgubre, oscuro, demoniaco. Todo eso no podía pasar sin consecuencias.

Los modelos a seguir terminaron siendo los Pranes, los presos peligrosos, los narcotraficantes, las mujeres prepago. El vivo y desalmado empezó a actuar descaradamente. El corrupto se ufanó de su latrocinio. El dinero mal habido dejó de ser una vergüenza para convertirse en símbolo de estatus. Desfalcar al país llegó a ser un acto casi heroico. En todas las esferas de la sociedad empezó a reinar lo oscuro, lo tenebroso. Los valores negativos se convirtieron en paradigmas y el país devino en esta nave a la deriva, absolutamente perdida y sin destino claro o evidente.

Algunos hechos descritos en el libro uno ya los conocía. Algunos por boca de amigos que han tenido amigos cercanos a Chávez. Otros por haberlos leído en el último libro de Ángela Zago «En nombre de los pobres» y muchos otros porque simplemente los presenciamos en cadenas de medios a través de la radio y la televisión. Disfrazados algunas veces como actos piadosos o de oración, otras como hechos científicos como la exhumación de los restos de Bolívar de madrugada y a la «hora del diablo», como señalan algunos, y, otras, impúdica y evidentemente mostrados como actos de brujería con chamanes y tambores, la brujería del régimen también pasó a formar parte de la cotidianidad del los venezolanos

La hechicería, como la política, se instaló en nuestros hogares a través de las pantallas de televisión y los aparatos de radio. Brujería y política se metieron en nuestras alcobas, en nuestras celebraciones familiares. Los collares de los santeros empezaron a exhibirse sin pudor y las profanaciones de tumbas en los cementerios pasaron a ser parte de lo «normal», de lo frecuente, de lo habitual. Ya ni asombro producen las lápidas reventadas en los cementerios. Es como si el poema «Boda negra» de Julio Florez hubiese pasado a ser el himno de la revolución:

Boda negra
[Poema: Texto completo.]
Julio Flórez
Oye la historia que contome un día
el viejo enterrador de la comarca:
era un amante a quien por suerte impía
su dulce bien le arrebató la parca.

Todas las noches iba al cementerio
a visitar la tumba de la hermosa;
la gente murmuraba con misterio:
es un muerto escapado de la fosa.

En una horrenda noche hizo pedazos
el mármol de la tumba abandonada,
cavó la tierra… y se llevó en los brazos
el rígido esqueleto de la amada.

Y allá en la oscura habitación sombría,
de un cirio fúnebre a la llama incierta,
dejó a su lado la osamenta fría
y celebró sus bodas con la muerta.

Ató con cintas los desnudos huesos,
el yerto cráneo coronó de flores,
la horrible boca le cubrió de besos
y le contó sonriendo sus amores.

Llevó a la novia al tálamo mullido,
se acostó junto a ella enamorado,
y para siempre se quedó dormido
al esqueleto rígido abrazado.

Y empezamos, de tanto vivirlo, de tanto contemplarlo en las salas y dormitorios de nuestras casas, de tanto verlo en la calle y escuchar cómo lo comentan sin pudor ni temor en las calles, a verlo todo como normal.

Hay un pasaje específico en el libro de Placer cuando más recordé aquellas imágenes de aquella oscura noche y madrugada de abril. Cuando el autor cuenta el ritual hecho en África por el propio Chávez en medio de un bosque, rodeado en la oscuridad por los babalawos cubanos que conformaban su primer círculo de seguridad:

«Chávez ordenó desviar su viaje para trasladarse al interior del continente. El séquito presidencial se había hospedado cerca de un poblado con pequeñas casas de barro, paja y caña. Era una sabana extensa que le recordaba a los Llanos venezolanos, aunque el clima era más seco y la vegetación menos densa.

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Carta de Chávez a su bruja pidiendo un favor.

Parte del equipo no era consciente de la misión que los había llevado a realizar aquella parada de la que no habían tenido conocimiento previo. Algunos creían que era un capricho de última hora del presidente, un cambio más a los que ya estaban acostumbrados. Con Chávez, las agendas eran inútiles y la preparación previa muchas veces resultaba un trabajo perdido.
Parte de los que acompañaron al presidente en aquel viaje conocerían el motivo de aquel cambio de planes. Rodeado de floridos flamboyanes y algún baobab milenario, Chávez apareció en un terreno despejado junto al poblado con un ejército de babalawos. Eran soldados espirituales pero también su primer círculo de seguridad, su personal de absoluta confianza, todos cubanos.
En medio de la noche, el círculo más íntimo del comandante supremo presenciaría una escena insólita. Los tambores habían comenzado a sonar en un terreno cercano al pequeño poblado. En medio de la oscuridad, completamente desnudo, Chávez salió de una de las casetas. Se dirigió hacia el pequeño grupo de confianza que se había encargado de que el lugar no contara con la presencia de extraños.
El pequeño poblado había sido blindado. Allí, frente a sus guardianes espirituales, Chávez se prestó para el ritual africano sin ningún pudor. No tenía vergüenza ni miedo al demostrarse de forma descarnada. Nunca fue particularmente vergonzoso y menos en ocasiones en las que el pudor solo podía entorpecer las energías.
Con las rodillas sobre la arena seca y polvorienta, comenzó a cavar para hacer un pequeño hueco. Rodeado de sacerdotes babalawos y brujos de magia negra y vudú, recitaba en voz alta los conjuros mientras colocaba una vasija con pócimas dentro del hueco. Hablaba alguna lengua africana que los asistentes fueron incapaces de descifrar. Parecía que el Comandante Eterno dominaba el idioma y tal vez no era la primera vez que recitaba aquellos conjuros.
Uno de los sacerdotes acerca a Chávez uno de los ingredientes principales del ritual: una foto. Los testigos intentaban ver la imagen pero no podían vislumbrar de quién se trataba, aunque algunos, finalmente entre las sombras de las luces de las velas fueron capaces de poner rostro a aquella imagen: se trataba de Carlos Ortega, el dirigente sindicalista que tanto había atormentado a Chávez aquellos días de rebelión.
El comandante giró la foto y la dejó boca abajo. Uno de los babalawos acercó a él un cuenco con vísceras, no se sabe si de animales o de humanos, aunque supusieron que se trataba de la primera opción. Otro de sus colaboradores también le acercó una bandeja con un costillar seco. Sobre él no hubo ninguna duda: por su tamaño, era humano, probablemente extraído de algún cementerio de la zona.
Colocó todos los ingredientes siguiendo las indicaciones del maestro que oficiaba la ceremonia. Sus acompañantes ayudaron a que toda la tierra tapara completamente aquella tenebrosa preparación.
El insólito episodio, casi inverosímil, llegó años después a los oídos de Carlos Ortega, hoy exiliado en Lima, Perú. Una amiga en común que tenía con Chávez, le aseguró haber presenciado personalmente el ritual. Aquel acto de magia negra no daba descanso a la mujer que, a pesar de que era completamente escéptica y que rechazaba esas prácticas, quedó afectada por lo que vio».

Al final, dice Placer que en sus entrevistas llegó a conocer que Chávez había hecho con una de sus brujas un ritual cerca de un río en el que enterraron junto a las raíces de un frondoso árbol la espada que le entregaron en su graduación de cadete para llegar a alcanzar sus objetivos de acceder al poder y quedarse allí por siempre. Tal vez a eso se refieren ahora cuando dicen que «Al comandante lo sembraron».

Al parecer, ninguno de los que estuvieron presentes en ese ritual dijo nunca dónde quedan ese árbol y ese río. Si alguien aún conoce su paradero no ha querido o no se ha atrevido a decirlo. Puede que muchos piensen, como dice David Placer, que para acabar con esta etapa tenebrosa del país, sea necesario desenterrar esa espada y deshacer el maleficio. Mientras, los venezolanos parecemos vivir cada día más sumidos en las tinieblas y lo tenebroso de cada uno parece gobernarnos y regirnos.

A pesar de que algunos curas como Mario Moronta prefirieron no saber, no enterarse de la afición de Chávez por la brujería y la magia negra, algún día tendrá que llegar a esta tierra, una vez más, la luz y las tinieblas serán desterradas como lo han sido muchos venezolanos de bien. Amén.

Réquiem para Goethe, de José Miguel Roig

7 abril, 2016 § 1 comentario

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Terminé el «DESPUÉS» y con una sensación de ahogo, cerré el libro. Me levanté de la silla. Caminé de un lado a otro. Abrí la nevera y la cerré sin ningún fin. Fui al baño y me di cuenta de que no tenía ganas de orinar. Sonó la puerta de mi tienda y me molestó que alguien viniera a importunar.

Era una sensación de desasosiego la que me embargaba. No me hallaba. Al mirar la portada del libro y leer «Réquiem para Goethe», entendí que esa sensación de azogue me la había dejado la historia del militar nazi y el joven judío de 17 años en el campo de concentración.

Era la sensación de haber asistido a un acto prohibido. De haber presenciado unos hechos que no me correspondían. La sensación de haber estado en una historia privada, secreta. Una historia que sólo incumbe a los protagonistas.

Así me dejó el libro de José Miguel Roig editado en 2007 por Oscar Todtmann Editores.

Es una novela estructurada en cuatro partes, llena de suspenso y que, aunque uno pueda esperarse los acontecimientos, de todas maneras éstos lo conmueven.

Un hombre mayor, judío sobreviviente de los campos de concentración, en el declive de su vida, intenta encontrar al militar nazi con el que entablo una turbia relación cuando junto a su hermano fueron capturados.

Hay entre el militar y el joven Johann Wolfgang Feldmann una relación de dominador/dominado, de poderoso frente al indefenso, de seductor y seducido. Es la relación de dos hombres que en el fondo se descubren similares: rechazados, perseguidos, acosados, solos. Dos hombres que se enfrentan contra ellos mismos. Un dominador que se enamora de su víctima y un débil que descubre en su miedo una especie de fortaleza. Johann Wolfgang Feldmann es como una especie de Sheherezade que logra gracias a los versos que aprendió de memoria de Goethe —a quien debe su nombre—, dominar y posponer el temido momento de la entrega, a la que se opone desde un comienzo.

Es la historia de dos miserias humanas que se encuentra, se oponen, se enfrentan y terminan en medio de su soledad, desgracias y desventuras, dependiendo el uno del otro emocionalmente. Es también la historia de dos culpas que se encuentran.

Roig tiene una especial capacidad para mostrarnos la naturaleza humana. Sus miedos, sus dudas, sus miserias. Con pasajes realmente memorables como el diálogo con la mujer alemana en un café de Palermo en Buenos Aires, una elegante señora localizada por una compañía contratada por el judío para la búsqueda y que tiene pistas sobre el paradero del teniente Heinrich von Eckhardt, oficial de la SS. Ella fue una importante conquista del oficial.

La parte Dos del libro es absolutamente teatral y se centra en la relación de Heinrich von Eckhardt y Johann Wolfgang Feldmann. Tiene un tono intimista que logra meternos en el drama y conmovernos con esos «pobres» seres que nos muestra.

Al final, uno, como el propio Johann Wolfgang Feldmann, queda con la duda de por qué después de haber decidido echar al olvido toda la historia, después de haberse encerrado en su subconsciente la relación con el oficial, decide, mientras le cuenta los hechos a su mujer víctima del Alzheimer, buscar al hombre. ¿Es por odio? ¿Por venganza? ¿Por amor? ¿Por la culpa? ¿Pudo haber sido amor lo que hubo entre los dos hombres al final? ¿O sólo la conjunción de dos soledades y la yunta de dos miserias? El amor y el odio tienen tantos recovecos y vericuetos, tantos meandros extraños…

Como el mismo Johann Wolfgang Feldmann dice cuando decide iniciar la búsqueda del teniente:

«Y cuando hice dinero… resolví buscarlo.

¿Venganza? ¿Odio? ¿Qué otra razón? No podría decir. ¿Qué quedaba? La inmensidad de los sentimientos atenuados con el tiempo. Ya no era lo que fui. Quería convencerme de que no estaba seguro del porqué. Preferí especular ¿Sólo curiosidad? No, qué va. El deseo de apaciguar la angustia de esas noches cuando me despetaba, Sara dormida a mi lado, sudando y balbuceando en alemán».

Tal vez, al final de todo, lo que busca es el perdón, espiar la culpa. Tal vez por eso, una de las últimas escenas se desarrolla en la sinagoga el día del Yom Kippur, el Día del Perdón.

 

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