Madrugada

2 junio, 2018 § Deja un comentario

Madrugada. 3 am.
La noche ya no tiene grillos.
Callaron los perros. Callaron los gatos.
Calló el acordeón que lloraba por vallenato.

Madrugada. 3 am.
El sonido de la noche es un rumor.
La noche transcurre sobre motores a gasolina y no hay nardos para disimular el olor del monóxido de las máquinas de luz.

Madrugada. 3 am.
El calor separa los cuerpos
No hay temblores de deseos en la noche.
El amor es un recuerdo de madrugadas frescas.

Madrugada. 3 am.
El insomnio es un gerundio
No hubo piedad.

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Absurdidades del no-país

28 mayo, 2018 § Deja un comentario

Hoy, cuando intentábamos ir trabajar, en el camino, me encontré con una chirrinchera atestada de gente. Una vieja camioneta pick up convertida en jaula. Chatarra que deambula transportando pasajeros como si fueran marranos. Eran las 12 del mediodía y el termómetro marcaba 36.5 grados centígrados.

Al ver la gente en el vehículo haciendo equilibrio, casi en punta de pies y agarrados con una mano de cualquier cosa, recordé que, hace días, murió un chamo que se lanzó de la chirrinchera andando para evitar ser atracado. Luego, supe que en Lagunillas de Mérida, en un accidente de otro camión que sin estar acondicionado para el servicio funge de transporte público, hubo varios fallecidos y heridos.

Cuando uno ve esas unidades, las condiciones en que circulan, se asombra de que las tragedias no sean más y aún más aparatosas.

Total que, íbamos a hacer un peluquería de un perrito por ochocientos mil bolivares —baño, secado, corte, limpieza de oídos y corte de uñas—. Ya subimos a un millón, pero esta estaba agendada desde antes de aumentar.

Llegamos y, cuando ya teníamos descargados los útiles de trabajo, el dueño del perrito se acordó de que estaban sin luz desde las 11 de la mañana. Normalmente, antes de salir, llamo y pregunto si tienen luz y agua para no hacer el viaje en vano. Pero como la señora, media hora antes había dicho que nos estaba esperando, pues pensé que no era necesario preguntar.

Perdimos el viaje. Lo peor es que esa cantidad que íbamos a cobrar, no alcanza ni para la carrera de un taxi, si se paga por transferencia. Si los dueños de la mascota quisieran llevar en taxi el perrito a la peluquería, la carrera probablemente le costaría lo que cuesta el embellecimiento del can.

En el no-país, una carrera corta en un taxi cuesta 250 mil bolívares, si pagas en efectivo, y la misma carrera sale en 750 mil, si pagas por transferencia. La absurdidad nos corroe.

Frustrados, nos regresamos. Al pasar por una estación de gasolina, aprovechamos que sólo había como ocho carros en cola para llenar el tanque que estaba por la mitad. Sí, en el absurdo no-país, uno se angustia si el tanque de gasolina tiene menos de la mitad de combustible porque las colas son de 3 o cuatro cuadras y una o dos horas para cargar. Si hay poca cola, uno aprovecha para poner el tanque a tope. 150 bolívares, mucho menos que un penny, pagamos por el medio tanque.

Pero, el no-paísbdemuestra cada minuto que todo puede ser más absurdo.

Como lo de trabajar no se nos dio. Fuimos al banco a sacar efectivo porque una gerente amiga, luego de casi dos meses intentando sacar dinero de mi cuenta, por fin me avisó que podía «darme» algo.

No pregunté cuánto. Necesito efectivo para depositar un pago de tribunales y cualquier cantidad me sirve.

Llegamos Cristian y yo al banco. Como si fuera droga, la gerente me miró y me dijo que esperara un poco. Al rato, tomó una hoja de papel bond usada y, sin que se viera desde afuera, envolvió ahí el dinero. Firmamos dos papeles del retiro y, sin abrir el «alijo», salimos del banco.

«¿Cuánto nos dieron?» «No tengo ni idea»

Ya en el carro, abrí la caleta: Dos relucientes billetes de 100 mil bolívares cada uno. Suficiente para lo que necesito pagar en tribunales, pero que no me alcanzarían ni para una carrera corta, si anduviese en taxi y pagara en efectivo. La gente hace colas de horas para que el banco, con suerte, le entregue esa cantidad absurda.

Si, definitivamente, el no-país baila al son de la absurdidad.

Mi despecho por el CamLB

18 mayo, 2018 § Deja un comentario

Ilustración de Ana Black

Desde que leí la información sobre la destitución de Régulo Pachano de la presidencia del Centro de arte de Maracaibo, Lía Bermúdez —Camlb—, el CAM como lo llamamos cotidianamente, y el posible cambio de nombre del espacio, he tratado de poner orden a la ideas y emociones para decir algo.

Ha sido como un despecho. He pasado los días con esa idea fija en la mente. He pasado por diferentes etapas. Me he sentido triste, me he enfurecido, me he sentido decepcionado. He llegado a descubrirme culpando a las víctimas, como tendemos a hacer con más frecuencia de lo aconsejable.

He pensado en cómo ha sido posible que llegáramos a este punto. ¡¿Cómo los directivos del Camlb, al ver hace años lo que sucedió con el Maccsi, lo que han hecho con el Teresa Carreño o con el Ateneo de Caracas, no tomaron previsiones?! ¿Por qué no buscaron la forma de anular el poder del gobierno?

Siempre he sostenido que es un error que la fuente principal de financiamiento y el poder de decisión de este tipo de instituciones dependa directamente del Estado. Es un error porque los gobiernos de turno se arrogan el derecho de hacer y usar a esas instituciones a su antojo y parecer y porque las personas al frente de esas instituciones terminan censurando artistas o autocensurándose por el temor de perder el favor del Estado.

En Venezuela, algunas instituciones han negado espacios a algunos artistas por el temor a la reacción del gobierno que tiene en su poder el mecenazgo del Estado. Recuerdo aún la imposibilidad de traer a Maracaibo la exposición «Están allí», una muestra fotográfica de Luis Brito con las imágenes de la muñecas de Reverón, debido a su posición política de radical oposición al régimen.

Este omnipoder siempre ha existido, sólo que en los últimos años se ha hecho más evidente y ha sido usado de una manera aberrante e impúdica. El régimen no disimula. No se limita a una llamada, a una sugerencia. La dictadura arremete directamente con garras y fauces hambrientas.

En el caso de Régulo Pachano, independientemente del grado de amistad que uno pueda tener con él, uno podría entender que son cargos de libre nombramiento y remoción y que nadie tiene porqué eternizarse en un cargo. Pero, lo que genera suspicacia y temor acerca del destino de la institución son las formas. La manera despótica, el talante de hacendado de país bananero con el que llegan sin mediar oficio, a notificarle el cese de sus funciones. Sin un gesto de agradecimiento por los 27 años de vida entregados a la institución y reconocimiento por los logros y renombre alcanzados a escala nacional e internacional.

Llegan cual bandoleros a exigir el cargo, sin siquiera tener una persona designada para suplirlo y, además, anuncian el posible cambio del nombre del Centro de arte, dejando tras de sí una pista de las intenciones que subyacen en el gesto: borrarán la historia del Camlb, como han tratado de borrar la historia de los 40 años de democracia.

En mi despecho, se me ocurrió que los artistas deberían hacer un acto de protesta, de desagravio a la institución y los que hayan dado sus obras a la institución venir a reclamarlas pues el destino de esas piezas es bastante incierto.

En este sube y baja emocional en el que me he encontrado desde que supe la noticia, luego de maldecir y ya más sosegado, llegué a la conclusión que siempre he llegado: no hay manera de defenderse contra el no-país. Uno puede intentar alargar los procesos, pretender invisibilizarse, tomar precauciones. Pero no hay nada que nos dé garantías contra la arbitrariedad, el autoritarismo y el talante mafioso del régimen. Ni siquiera siendo una institución privada, sin vínculos de dependencia con el Estado, estamos a salvo. Veinte años de expropiaciones ilegales dan fe de ello.

La manida excusa de «protección del pueblo» o la «defensa de intereses colectivos y difusos» o simplemente el «porque me da la gana y puedo», les basta para extender sus tentáculos hasta donde se les antoje.

Una vez más tengo que concluir que el problema no está en las directivas de las instituciones, estas son sólo víctimas, como todos. El problema está en el talante dictatorial del régimen, en su manera autoritaria de ejercer el poder, en la concepción de país como república bananera. El problema es el régimen que ha hecho de Venezuela su hacienda particular hasta convertirla en este no-país.

Insomnio a altas temperaturas

10 abril, 2018 § Deja un comentario

Anoche no dormí. El calor era insoportable. A pesar de que colgué el chinchorro en el balcón y de vez en cuando soplaba viento, era más el ruido que hacía y el aire caliente que revolvía que lo que refrescaba.

Echado leyendo La flor púrpura en el celular, ya los ojos me dolían y el miedo se apoderó de mí. Pensé que en la oscuridad algún choro podía pasar y ver el reflejo lumínico a través del tejido, y subirse al alero, apuntarme con un arma y pedirme el celular. No sería la primera vez que atracan a alguien en su casa apuntando a través de una reja y aunque es un primer piso, subir al alero no es complicado.

A las tres y media de la madrugada, cuando pasó el tercer recionamiento del día de tres horas y media cada uno, salté del chinchorro, apagué las luces, tomé agua, le puse comida a la gata, cerré puertas y ventana y me acosté en la cama.

El aire, luego de los apagones, empieza a congelar y tengo que pararme varias veces a ponerlo a descongelar, hasta que funciona bien.

Tomé una ducha con agua fría y medio me sequé. Por fin el aire empezó a enfriar. Entonces maulló Charlie para entrar. Me paré a abrirle. Me volví a acostar y empezó Vicky, la yorkie, a taconear. Luego, Fiesta, la teckel, a estornudar y Lia, la poddle a sollozar por pesadillas. Finalmente, a eso de las siete y medía, me dormí.

Mal dormí y a las 9 me paré. Paseé las perras y nos fuimos a trabajar. Después de bañar y secar tres cocker, con unos 40 grados de infierno, volvimos a casa.

Al ver la luz del balcón de la vecina encendida, respiré aliviado. Eran las dos y media y tendría aire. Hice el almuerzo. Una pasta con salsa de atún con medía lata que quedó de cuando hice la ensalada. Hice la limonada con albahaca y, cuando estaba sirviendo, se fue la luz.

Comimos y aquí estoy, echado en el chinchorro, escribiendo este lamento, entre chorros de sudor y el mosquero que pulula y hace que me sienta en África, cuando África nos parecía una realidad lejana y exótica y una pobreza conmovedora que hoy se parece igualita a la nuestra..

Si alguien ve a Cristóbal Colón, dígale que aquí espero la llegada de la civilización. Soy un timotocuica reencauchado Yukpa y wayüu y no lo recibiré con flechas. Sólo le pido que me lleve, cuanto antes, aunque sea al siglo XX.

Nuevos oficios

18 febrero, 2018 § Deja un comentario

«Buenos días», me dice el señor que viene en mitad de la calle empujando una carretilla atiborrada de grandes paquetes, mientras yo paseo a las perras.

En el momento en que él pasa, las tres perras, al mismo tiempo, se ponen a hacer sus cositas y yo espero con la bolsa en la mano para recogerlas.

El señor se detiene por un instante para ofrecer sus servicios: «Yo boto basura —señala los bultos que empuja en la carretilla—, como a veces el aseo no pasa…».

Le agradezco la promoción, recojo la mierda de las perras —a veces no sé si tiene sentido hacerlo, porque hay tanta basura regada por todas partes—, y sigo mi paseo matutino.

Al doblar en una esquina, están en cuclillas un muchacho de poco más de veinte, junto a un niño de unos siete. Él tiene la piel curtida, usa una ajada gorra con visera raída. El niño lleva en la cabeza un trapo marrón a manera de turbante con mangas que se enrollan al cuello para protegerse del sol. Ambos cargan morrales tricolor de esos que el régimen repartió hace poco y que debe haber sido un buen guiso de algún enchufado. Murmuran cosas mientras pepenan en las bolsas de basura y meten en los morrales.

Yo me imagino que el padre está enseñando su oficio al hijo. Como un carpintero —San José con Jesús—, o un mecánico podrían enseñar a sus herederos el modo de ganarse el pan.

«Buenos días, patrón», me dice el muchacho al verme. Respondo el saludo y veo que el niño sonríe al ver mis perras. El padre mira a Fiesta, mi teckel y me dice con una sonrisa «¡Una salchicha!».

Yo le digo «Ajá!».

Padre e hijo cierran sendas mochilas tricolor y las montan a sus espaldas, sonríen al contemplar las tres perritas que llevo atadas y se van caminando con gestos, pasos y posturas idénticas.

Yo sigo mi camino y recuerdo que hace pocas noches desperté cuando en un sueño, al salir al frente de la casa, encontré las cuatro patas desmembradas de un perro y, en el sueño, pensé «Se lo deben haber comido».

Ya es Navidad

13 diciembre, 2017 § 2 comentarios

Cola para el Bicentenario, cola para el supermercado Centro 99, cola en el Latino. El banco Mercantil colapsado, el Provincial sin efectivo esperando la remesa. No puedo entrar a las cuentas para hacer transferencias.

En las farmacias no hay Levofloxacina ni para remedio. Una latica de atún de 98 gramos cuesta 35 mil bolívares. En la pescadería las neveras están vacías. Hace meses que no les llega calamar o camarones. En la cava sólo tienen atún, merluza y toruno. No saben si mañana les llega pescado. Si les llega, será merluza, carite y atún, nada más. Compramos un kilo de atún y nos cuesta lo que costarían 5 latas de 98 gramos.

En la cola de la farmacia, una señora me dice que cuando estaba en Las Playitas, sacó un billete de cien mil para pagar y un hombre que estaba a su lado le ofreció 120 mil bolívares por el billete. A ella le dio miedo y dijo que no. El hombre se fue y el que estaba detrás de él le ofreció 140 mil por el billete de 100 mil. Ella lo pensó y le dijo «Pero en efectivo. El hombre abrió su koala y mostrándole un fajo de billetes, le dijo que se los daba en billetes de mil. Ella aceptó.

En la farmacia todos comentamos la locura del efectivo y la forma como en las playitas es una mercancía más el dinero. Una chica irónicamente dice «Pero eso se acaba ahora con el nuevo gobernador». «Si, claro. Ahora ese negocio lo montarán en una oficina de la Gobernación. Seguramente crean la Secretaría de compra y venta de efectivo». Reímos.

Voy a bañar y secar un perro en casa de un cliente. Me pagan 40 mil por el servicio. Lo que ganó la señora por vender su billete de 100 mil. Mientras recojo las cosas para salir luego de hacer mi trabajo veo en la pantalla del televisor la imagen del caballo blanco que cierra la cadena de radio y televisión que acaba de concluir. El locutor dice «Prenden la luz que ya es Navidad».

La guerra es una broma seria

12 diciembre, 2017 § 2 comentarios

Un soldado solo entre las barricadas, teje con dos agujas para matar el aburrimiento del campo de batalla. Sus padres deciden visitarlo en medio de los bombardeos de la guerra para pasar un día de campo con su hijo. Un enemigo entra en escena y luego de los bombardeos entran dos camilleras a buscar muertos o heridos en el campo de batalla. Estos personajes naifs y en situaciones hilarantes buscan la manera de acabar con una guerra que no entienden ni saben cómo justificar.

Es «Picnic en el campo de batalla» la obra escrita por Fernando Arrabal en 1947 y que al día de hoy mantiene toda su vigencia para denunciar, en clave de comedia, lo absurdo de la guerra. La crueldad de las confrontaciones bélicas en las que los soldados que exponen sus vidas en el campo de batalla muchas veces no tienen ni idea de por qué pelean o por qué el enemigo es su enemigo. 

El montaje dirigido por Javier Rondón de la obra de Arrabal, se vale de una estética pop y personajes entre el clown y la caricatura para darle cuerpo a un texto hilarante cargado de situaciones ingenuas y divertidas pero que bajo ese manto de comedia naif apela a la conciencia contra el absurdo de la guerra. 

El vestuario y maquillaje a cargo de Mikytico y la utilería redondean ese aire pop y caricaturesco apoyados en unos clownescos movimientos corporales y las divertidas coreografías de Silvia Martínez, y el sello personalísimo de su danza que se aprecia en el movimiento de los personajes en escena.

La música, con canciones de Josephine Baker y la Lili Marlene, cantada en alemán por Marlene Dietrich ubican, perfectamente en el tiempo de la guerra para dar contexto a unos diálogos bastante ajustados al texto original de Arrabal.

Las actuaciones están todas en un óptimo nivel, destacando el personaje de Zapo, encarnado por Neiro Pirela y el de la Señora Tepán, interpretado por Bárbara Ferreira, una joven actriz que llena la escena con su risa y su mirada brillante y que se nota que disfruta su personaje. 

Como falla de la puesta en escena de «Campic en el campo de batalla», podría decir que no tiene un ritmo sostenido, cierta falta de tempo en algunos silencios y transiciones, ciertas pausas que le quitan por momentos ese ritmo un poco acelerado que contiene la comedia, especialmente la de este tipo cercana a los gags cómicos de los años 60 y 70. Posiblemente, esas fallas podrán ser solventadas con más ensayos y, sobre todo, más representaciones ante el público. Por lo demás, el montaje de Javier Rondón es digno, divertido, bien dirigido e interpretado y que logra sacar el máximo provecho de pocos recursos y escaso presupuesto.

Al final de la obra, un grupo de imágenes documentales de bombardeos y guerras proyectadas sobre el telón de fondo, nos sacan de un jalón de ese divertido mundo casi de comic, que nos ha hecho reir por un rato, y como una cachetada con guante de seda, nos recuerda que la guerra es una cosa seria.

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