Nuevos oficios

18 febrero, 2018 § Deja un comentario

«Buenos días», me dice el señor que viene en mitad de la calle empujando una carretilla atiborrada de grandes paquetes, mientras yo paseo a las perras.

En el momento en que él pasa, las tres perras, al mismo tiempo, se ponen a hacer sus cositas y yo espero con la bolsa en la mano para recogerlas.

El señor se detiene por un instante para ofrecer sus servicios: «Yo boto basura —señala los bultos que empuja en la carretilla—, como a veces el aseo no pasa…».

Le agradezco la promoción, recojo la mierda de las perras —a veces no sé si tiene sentido hacerlo, porque hay tanta basura regada por todas partes—, y sigo mi paseo matutino.

Al doblar en una esquina, están en cuclillas un muchacho de poco más de veinte, junto a un niño de unos siete. Él tiene la piel curtida, usa una ajada gorra con visera raída. El niño lleva en la cabeza un trapo marrón a manera de turbante con mangas que se enrollan al cuello para protegerse del sol. Ambos cargan morrales tricolor de esos que el régimen repartió hace poco y que debe haber sido un buen guiso de algún enchufado. Murmuran cosas mientras pepenan en las bolsas de basura y meten en los morrales.

Yo me imagino que el padre está enseñando su oficio al hijo. Como un carpintero —San José con Jesús—, o un mecánico podrían enseñar a sus herederos el modo de ganarse el pan.

«Buenos días, patrón», me dice el muchacho al verme. Respondo el saludo y veo que el niño sonríe al ver mis perras. El padre mira a Fiesta, mi teckel y me dice con una sonrisa «¡Una salchicha!».

Yo le digo «Ajá!».

Padre e hijo cierran sendas mochilas tricolor y las montan a sus espaldas, sonríen al contemplar las tres perritas que llevo atadas y se van caminando con gestos, pasos y posturas idénticas.

Yo sigo mi camino y recuerdo que hace pocas noches desperté cuando en un sueño, al salir al frente de la casa, encontré las cuatro patas desmembradas de un perro y, en el sueño, pensé «Se lo deben haber comido».

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Ya es Navidad

13 diciembre, 2017 § 2 comentarios

Cola para el Bicentenario, cola para el supermercado Centro 99, cola en el Latino. El banco Mercantil colapsado, el Provincial sin efectivo esperando la remesa. No puedo entrar a las cuentas para hacer transferencias.

En las farmacias no hay Levofloxacina ni para remedio. Una latica de atún de 98 gramos cuesta 35 mil bolívares. En la pescadería las neveras están vacías. Hace meses que no les llega calamar o camarones. En la cava sólo tienen atún, merluza y toruno. No saben si mañana les llega pescado. Si les llega, será merluza, carite y atún, nada más. Compramos un kilo de atún y nos cuesta lo que costarían 5 latas de 98 gramos.

En la cola de la farmacia, una señora me dice que cuando estaba en Las Playitas, sacó un billete de cien mil para pagar y un hombre que estaba a su lado le ofreció 120 mil bolívares por el billete. A ella le dio miedo y dijo que no. El hombre se fue y el que estaba detrás de él le ofreció 140 mil por el billete de 100 mil. Ella lo pensó y le dijo «Pero en efectivo. El hombre abrió su koala y mostrándole un fajo de billetes, le dijo que se los daba en billetes de mil. Ella aceptó.

En la farmacia todos comentamos la locura del efectivo y la forma como en las playitas es una mercancía más el dinero. Una chica irónicamente dice «Pero eso se acaba ahora con el nuevo gobernador». «Si, claro. Ahora ese negocio lo montarán en una oficina de la Gobernación. Seguramente crean la Secretaría de compra y venta de efectivo». Reímos.

Voy a bañar y secar un perro en casa de un cliente. Me pagan 40 mil por el servicio. Lo que ganó la señora por vender su billete de 100 mil. Mientras recojo las cosas para salir luego de hacer mi trabajo veo en la pantalla del televisor la imagen del caballo blanco que cierra la cadena de radio y televisión que acaba de concluir. El locutor dice «Prenden la luz que ya es Navidad».

La guerra es una broma seria

12 diciembre, 2017 § 2 comentarios

Un soldado solo entre las barricadas, teje con dos agujas para matar el aburrimiento del campo de batalla. Sus padres deciden visitarlo en medio de los bombardeos de la guerra para pasar un día de campo con su hijo. Un enemigo entra en escena y luego de los bombardeos entran dos camilleras a buscar muertos o heridos en el campo de batalla. Estos personajes naifs y en situaciones hilarantes buscan la manera de acabar con una guerra que no entienden ni saben cómo justificar.

Es «Picnic en el campo de batalla» la obra escrita por Fernando Arrabal en 1947 y que al día de hoy mantiene toda su vigencia para denunciar, en clave de comedia, lo absurdo de la guerra. La crueldad de las confrontaciones bélicas en las que los soldados que exponen sus vidas en el campo de batalla muchas veces no tienen ni idea de por qué pelean o por qué el enemigo es su enemigo. 

El montaje dirigido por Javier Rondón de la obra de Arrabal, se vale de una estética pop y personajes entre el clown y la caricatura para darle cuerpo a un texto hilarante cargado de situaciones ingenuas y divertidas pero que bajo ese manto de comedia naif apela a la conciencia contra el absurdo de la guerra. 

El vestuario y maquillaje a cargo de Mikytico y la utilería redondean ese aire pop y caricaturesco apoyados en unos clownescos movimientos corporales y las divertidas coreografías de Silvia Martínez, y el sello personalísimo de su danza que se aprecia en el movimiento de los personajes en escena.

La música, con canciones de Josephine Baker y la Lili Marlene, cantada en alemán por Marlene Dietrich ubican, perfectamente en el tiempo de la guerra para dar contexto a unos diálogos bastante ajustados al texto original de Arrabal.

Las actuaciones están todas en un óptimo nivel, destacando el personaje de Zapo, encarnado por Neiro Pirela y el de la Señora Tepán, interpretado por Bárbara Ferreira, una joven actriz que llena la escena con su risa y su mirada brillante y que se nota que disfruta su personaje. 

Como falla de la puesta en escena de «Campic en el campo de batalla», podría decir que no tiene un ritmo sostenido, cierta falta de tempo en algunos silencios y transiciones, ciertas pausas que le quitan por momentos ese ritmo un poco acelerado que contiene la comedia, especialmente la de este tipo cercana a los gags cómicos de los años 60 y 70. Posiblemente, esas fallas podrán ser solventadas con más ensayos y, sobre todo, más representaciones ante el público. Por lo demás, el montaje de Javier Rondón es digno, divertido, bien dirigido e interpretado y que logra sacar el máximo provecho de pocos recursos y escaso presupuesto.

Al final de la obra, un grupo de imágenes documentales de bombardeos y guerras proyectadas sobre el telón de fondo, nos sacan de un jalón de ese divertido mundo casi de comic, que nos ha hecho reir por un rato, y como una cachetada con guante de seda, nos recuerda que la guerra es una cosa seria.

El silencio no paró

20 julio, 2017 § Deja un comentario

Silencio
La ciudad se hizo silencio.
Denso,
espeso,
gris
como la barricada de nubes
que obligó a pararse al sol.

Silencio
sólo hay silencio en las calles.
La garúa cae en un susurro
para no perturbar..

Un par de pericos
vuela sobre mi cabeza
y el escándalo de su aleteo
me sobresalta.

El sonido de las ruedas de bicicleta
que se deslizan sobre el asfalto
arenoso y húmedo
hacen un ruido pornográfico.

Un tordo gris bajo el cielo gris,
desde el cableado eléctrico,
mira con asombro la calle
que a las diez de la mañana
no parece despertar.

En cada esquina,
una barricada.
Una mujer cubre sus hombros
con una bandera,
su cabeza con otro tricolor
y sentada en su banco
cuida la calle.

Los buenos días
se susurran,
como con temor
de profanar el silencio.

Un indigente pasa
con su perro atado a una cuerda,
saluda con sordina,
revisa las bolsas de basura
cuidando que el frufrú
del plástico,
no perturbe el silencio.

Nada se oye.
Los niños en la autopista
juegan juegos silenciosos.

La ciudad se hizo templo
iglesia silenciosa
donde se susurran los rezos
y se ora en silencio.

Sólo la dictadura hace ruido
la represión no paró
el ruido de fusiles y bombas
llega desde Puerto Ordaz,
Caracas, Mérida, Acarigua,
Maracaibo, San Cristóbal…

El resto es silencio
espeso,
denso,
gris.
de presagio.

Un silencio
que anuncia muerte,
fin.

Golcar Rojas, julio 2017.

Un día normal en Venezuela

20 mayo, 2017 § 3 comentarios

​Si estoy vivo cuando todo esto pase –si tengo la suerte de que el régimen tenga la delicadeza de dejarme vivo–, creo que terminaré drogadicto perdido. Me tendré que enganchar a poppers, éxtasis, coca, o cualquier otra sustancia química que me dispare los niveles de adrenalina y ponga high y speed. De resto, la vida normal y cotidiana de un país normal con los problemas cotidianos de cualquier país normal, será una modorra, un aburrimiento, un achante. 

Cuando las compra-ventas de oro de los locales que han copado los locales del centro comercial comienzan a cerrar, a mí el pulso se me comienza a acelerar. Me inquieto. Camino a asomarme a la puerta a mirar la calle a ver si todo está tranquilo. Es como si tuviera agrieras en el culo, “un mayén”, diría mi madre. Quiero que Cristian se apure a terminar los perros, que los busquen y venirme a encerrar en la casa. 

Hoy, por fin, a eso de las cuatro de la tarde, Cristian terminó, vinieron a buscar a los perros y empezó nuestro agitado y apurado momento de mudanza, porque desde que nos quitaron el agua y nos hostigan los dueños del local, ir y venir al trabajo cada día es una mudanza: llena las pimpinas de agua, persigue y pelea a las perras para que se queden quietas y ponerles las correas, busca a la gata por todos los rincones a ver dónde se escondió para no ir a trabajar, varios viajes para bajar las pimpinas de agua la escalera del edificio hasta la calle con cuidado de no enredarte con las perras y ruedes los veinte peldaños, pon los candados de la puerta, saca la camioneta de la jaula, monta las pimpinas en la camioneta, sube a las perras a la camioneta, monta a la gata, cierra la reja, arranca a la tienda. 

Hay días en que se complica un poco más pues hay que ir a comprar algo, o pasar por la Intendencia, o llevar el mercado a casa de la madre de Cristian, o buscar algunos clientes. 

Luego: para la camioneta, baja la gata, baja las perras, baja las pimpinas de agua, baja los bolsos, baja la compra…

Y para salir: vacía las pimpinas de agua en el tanque, móntalas a la camioneta, cierra caja, apaga el aire, apaga luces, baja santamaría, pelea con las perras para ponerles la correa, alza a la gata, monta pimpinas, perras, bolsos, gata en la camioneta, baja santamaría pequeña, pon los seis candados, arranca. 

Listo el proceso, ya poniendo el último candado, escuché a un señor comentar:

–Vengo de la avenida Universidad. Los malandros tienen todo trancado y están asaltando a la gente. A un señor le cayeron cuatro y le robaron todo.

–Y eso a escasos metros de la Comandancia de policía–, comento.

–No, si fui al comando y les dije y me dijeron que no pueden hacer nada porque están acuartelados.

Claro, hay marcha y tienen que estar QAP para salir a “gasiferar” y perdigonear estudiantes, ciudadanos que protestan. No pueden salir a detener a los colectivos malandros. 

Apurado, me monté al carro y salimos. 

Paramos en Delicias Norte a ver si una amiga del supermercado ya estaba lista para darle la cola a su casa. Al llamarla, me dice: “Estamos encerrados. Tuvimos que bajar santamaría y quedarnos aquí porque venían a saquear el supermercado los malandros. Ni se te ocurra parar. A mi me vienen a buscar más tarde. El centro comercial está todo cerrado”.

Obedientes, seguimos camino. La avenida más o menos desolada. La gente a pie nerviosa. De pronto, una barricada, una humareda y restos de varios vidrios de parabrisas de vehículos en medio de la calle. Con el corazón acelerado, logramos salir de allí y en pocos minutos llegar a la casa: bajarme a abrir la jaula, pendiente de que no aparezca un motorizado por sorpresa, bajar las perras, alzar a la gata, bajar las pimpinas vacías para llenarlas para el lunes, bajar los bolsos, abrir la reja del edificio, hacer subir a las perras, subir a la gata y las pimpinas, quitar candados…

Por fin, en casa.  Pensar que aún no estamos en guerra. Escribir el desahogo.

Somos sus enemigos

18 mayo, 2017 § 1 comentario


Todos somos sus enemigos
No importa la edad
No importa la raza
No importa el credo
No importa el sexo
Somos sus enemigos.

En sus almas desangeladas
Para sus espíritus bestializados
Ante sus ojos sin piedad
Somos el enemigo.

Once años, tiene Freddy
Es wayüu, pobre
del barrio 4 de Febrero
Y es su enemigo.

Freddy salió a mirar
quería ver la protesta.
Su curiosidad lo llevó hasta el Sambil,
donde estaba su enemigo
vestido de verde oliva.

El enemigo miró al niño
Freddy vio al lobo en esos ojos
y supo que tenía que correr.
Corrió rápido
con la fuerza de sus once años
corrió con sus cortas piernas
de once años.

Freddy cayó al pavimento
y volvió a ver de cerca
la mirada del lobo.
Sin terminar de entender
porqué es su enemigo.

El lobo es la Guardia Nacional
y a Freddy nadie nunca le dijo
que el guardia era su enemigo.

Freddy, hasta que vio al lobo
en los ojos del oficial
creyó que los uniformados
lo protegerían.

El guardia maniató a Freddy
con una apretada cinta tirrap
alrededor de sus muñecas.
Freddy quedó reducido
pequeño y flaco ante su enemigo.

Y el Guardia Nacional
le disparó una bomba lacrimógena
que quemó diecisiete por ciento
del cuepo de once años del enemigo.

A Freddy, maniatado y quemado
lo dejó su enemigo
a la orilla del camino
de un barrio pobre.
Lejos de su barrio pobre.

Freddy está vivo
curándose de sus quemaduras
gracias a la bondad
de vecinos y desconocidos.

Su mamá Daisy habla wayüu,
balbucea desconcertada el español
sin entender muy bien si un Guardia Nacionnal es amigo o enemigo
de ella y de sus seis hijos.

Cuando llevaban a Freddy al hospital
dijo que tenía hambre.
Dos días tenía el niño sin comer.

Mientras a Freddy le daban comida
y le curaban sus heridas,
una camioneta sin placas
se llevó por delante a un enemigo,

A Paul Moreno, voluntario universitario de la Cruz Verde,
lo mató el enemigo
a los veiticuatro años.

Freddy aún no sabe
por qué es el enemigo.
Tal vez Paul, que sólo quería ayudar
tampoco lo supo.

Pero, un filósofo,
llamado Sam Keen,
podría explicárselo

Alberto Alvarado, el artista que vive en su propia instalación de arte en la calle.

2 mayo, 2017 § 2 comentarios

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Tres pequeños cachorros de gatos son su compañía. Pasa el día entre revistas viejas, pequeños libros de la colección Magnificat y de evangelios anuales que cuelga de una cuerda junto a su ropa y sábanas. Al pasar frente a la acera donde ha construido su espacio vital, uno  puede pensar a simple vista que se trata de un “loco” indigente, un acumulador, algún perturbado víctima del síndrome de Diógenes. Pero al detallar el ambiente, uno nota que todo tiene una disposición pensada, un display medido en el que cada objeto tiene el puesto que el hombre considera apropiado. Él vive dentro de su propia instalación artística hecha con objetos recogidos de la basura.

En varias oportunidades, uno lo ha podido ver apostado junto al muro del psiquiátrico, en la avenida 3F, cerca del antiguo cine Uairén. De repente, un día al pasar, ya no está. Desaparecen el hombre, sus obras y su instalación, que en algunas oportunidades ha sido hecha a partir de piedras y plantas. Más tarde me enteraría de que alguna gente se queja, lo denuncia y vienen las autoridades a desalojarlo y destruir su “casa”. Pero él vuelve con renovadas fuerzas y monta de nuevo su chiringuito en el que un techo hecho de lona lo medio protege de la lluvia y el sol.

En estos días, pasábamos por el lugar Cristian y yo y paramos para hacerle fotos al hombre sentado en su vieja y destruida poltrona de mimbre.  “Ya vengo —le dije a Cristian—,voy a hablar con él”.

Con cierto temor y sigilo, me acerqué. El sitio huele a mierda. Obviamente, el hombre no dispone de sala sanitaria donde hacer sus necesidades. Estaba leyendo un trabajo empastado en una carpeta de polietileno transparente, con el logotipo de la Universidad Rafael Belloso Chacín, URBE, en la portada. Supuse que se trataba de algún trabajo o tesis que se debió conseguir en algún contenedor de basura.

Sin perturbarse, levantó la mirada y me vio. No había rastro de locura en sus ojos, ni de temor ni de agresividad. “¿Usted dibuja esas cosas?”, le pregunté señalando las figuras en el muro: Un ángel hecho con trazos simples, junto a un Cristo dibujado con líneas como de arabescos. Una virgen, un muchacho con sombrero, bastón y corbata y una figura joven vestida como con túnicas de varias capas.

—Las hago con carbón —respondió evadiendo un poco mi mirada—, es que no tengo pinturas para trabajar.

A partir de allí, me contó parte de su historia.

Se llama Alberto Alvarado. Nació en Bobures y estudió arte en Barquisimeto. Le gusta el arte religioso, “Me gusta pintar cosas del catolicismo”. Hizo el servicio militar en la Marina Mercante en Barcelona: “Estuve 30 meses en la marina porque era año electoral y en vez de salir a los 24 meses, me dieron la baja a los 30 meses”.

En la escuela de arte estudió historia del arte, por eso habla de Miguel Ángel y Da vinci como dos de los grandes del mundo. “Pero aquí también hubo grandes, como Martín Tovar y Tovar”. También estudió allí inglés y francés.

Alberto habla sin rastro de rencor o resentimiento, ni con ánimo de despertar lástima. Él vive en la calle por elección propia: “Yo no recibo ayuda de nadie. Ni de particulares ni del gobierno. A mí no me gusta que para ayudarme me traten de mezclar con la política. A mí no me gusta la política. No tengo ni comida, ni agua, ni con qué trabajar, pero no quiero depender de nadie”.

Pocas veces hizo contacto visual conmigo. Hablaba mirando a los lados, al suelo, a los gatos. Sin embargo, se notaba la necesidad que tiene de contacto humano. De tener alguien con quien  conversar. Me aclaró también que a él no le gusta la publicidad, cuando le dije que una amiga quería venir a hablar con él para escribir un texto para su blog.

Junto a su silla, en un espacio que pareciera un altar, vi una placa del Premio Catatumbo de Oro de 1993 con el nombre del locutor Daniel Sarcos impreso en ella y a su lado una fotografía enmarcada, el retrato de un hombre de bigotes que pensé que era algún pariente de Alberto. “Es Brito —me aclaró—, un locutor de radio que tenía un programa de gaitas”. Al otro lado había otra placa, un Mara de Oro, cuyos textos no pude distinguir con claridad, aunque parecía también algún premio relacionado con el mundo gaitero.

—Yo no pinto sólo obras grandes. A mí me gusta mucho trabajar la miniatura, pero no tengo con qué hacerlas. Necesito un porta minas —la palabra tardó en aparecer en su mente. La buscó como grafito o carbón, hasta que llegó “porta minas”-. Con uno finito puedo trabajar las miniaturas. Aprovechar mientras la vista me aguante porque tengo como nubosidades. Es que yo fui soldador también…”

De su familia me contó que sus padres, “Lo más importante en la vida”, murieron los dos. Tiene varios hermanos. Algunos en Maracaibo y otros en otras ciudades. “Pero a mí no me gusta molestar. Yo no puedo ir a vivir con ellos”.

El seis de mayo, según me contó, cumple 64 años. Sus brazos muestran aún restos de lo que deben haber sido unos musculados bíceps. Su piel está curtida y le faltan varios dientes.  Su barba y cabello son más blancos que grises y el contacto de su mano al estrecharla para despedirme resulto áspera, pero firme. No fue fácil despegarme porque Alberto quería seguir contando.

No sé muy bien por qué, en algún momento Alberto sacó el tema de los carros. Tomó una vieja revista y me habló de un empresario indú que quería producir autos miniatura a precios económicos para la gente, pero que no pudo hacerlo porque los poderes económicos de la India no se lo permitieron. Se trata del empresario Ratan Tata, quien quería producir su creación: el vehículo “Nano” y soñaba con duplicar las hazañas de Henry Ford con el Modelo T o la historia del Volkswagen en Alemania, pero el socialismo indú le invadió los terrenos en los que construiría la fábrica.

Me ofreció la revista para que me la llevara y terminara de leer el artículo del empresario indú. Le dije que no se preocupara, que había hecho captura en una foto del la página para leerlo con calma. Me dio pena dejarlo sin la poca diversión con la que cuenta.

-Bueno, pero yo voy a hacer una obra pequeña, voy a pintar algo y se lo voy a dar y eso sí me lo va a tener que recibir. Me dijo con humildad.

Aplicando ciertas técnicas de cierre, logré decirle que debía irme. Le dí la mano y le prometí que si encontraba un sitio abierto donde comprar algo de comer, le llevaría algún bocado. También le prometí buscarle el porta minas que necesita para hacer sus miniaturas.

En Ritz 72, le compramos un cachito de jamón y un jugo de manzana. No conseguí allí el porta minas. Regresamos Cristian y yo para entregarle el bocadillo y al bajar el vidrio y notar que era yo, se acercó. Le entregué la merienda, con la promesa de volver. La recibió con tranquilidad y sin apresurarse a comerla. Quería seguir conversando. Pero ya se nos hacía tarde y teníamos cosas que hacer.

Dejamos a Alberto en su “hogar”, con sus gatos, sus libros religiosos, sus cuadernos, sus esculturas hechas con desperdicios y basura. Ese es su espacio. El vive dentro de su propia instalación de arte de reciclaje.

 

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