El silencio no paró

20 julio, 2017 § Deja un comentario

Silencio
La ciudad se hizo silencio.
Denso,
espeso,
gris
como la barricada de nubes
que obligó a pararse al sol.

Silencio
sólo hay silencio en las calles.
La garúa cae en un susurro
para no perturbar..

Un par de pericos
vuela sobre mi cabeza
y el escándalo de su aleteo
me sobresalta.

El sonido de las ruedas de bicicleta
que se deslizan sobre el asfalto
arenoso y húmedo
hacen un ruido pornográfico.

Un tordo gris bajo el cielo gris,
desde el cableado eléctrico,
mira con asombro la calle
que a las diez de la mañana
no parece despertar.

En cada esquina,
una barricada.
Una mujer cubre sus hombros
con una bandera,
su cabeza con otro tricolor
y sentada en su banco
cuida la calle.

Los buenos días
se susurran,
como con temor
de profanar el silencio.

Un indigente pasa
con su perro atado a una cuerda,
saluda con sordina,
revisa las bolsas de basura
cuidando que el frufrú
del plástico,
no perturbe el silencio.

Nada se oye.
Los niños en la autopista
juegan juegos silenciosos.

La ciudad se hizo templo
iglesia silenciosa
donde se susurran los rezos
y se ora en silencio.

Sólo la dictadura hace ruido
la represión no paró
el ruido de fusiles y bombas
llega desde Puerto Ordaz,
Caracas, Mérida, Acarigua,
Maracaibo, San Cristóbal…

El resto es silencio
espeso,
denso,
gris.
de presagio.

Un silencio
que anuncia muerte,
fin.

Golcar Rojas, julio 2017.

Un día normal en Venezuela

20 mayo, 2017 § 3 comentarios

​Si estoy vivo cuando todo esto pase –si tengo la suerte de que el régimen tenga la delicadeza de dejarme vivo–, creo que terminaré drogadicto perdido. Me tendré que enganchar a poppers, éxtasis, coca, o cualquier otra sustancia química que me dispare los niveles de adrenalina y ponga high y speed. De resto, la vida normal y cotidiana de un país normal con los problemas cotidianos de cualquier país normal, será una modorra, un aburrimiento, un achante. 

Cuando las compra-ventas de oro de los locales que han copado los locales del centro comercial comienzan a cerrar, a mí el pulso se me comienza a acelerar. Me inquieto. Camino a asomarme a la puerta a mirar la calle a ver si todo está tranquilo. Es como si tuviera agrieras en el culo, “un mayén”, diría mi madre. Quiero que Cristian se apure a terminar los perros, que los busquen y venirme a encerrar en la casa. 

Hoy, por fin, a eso de las cuatro de la tarde, Cristian terminó, vinieron a buscar a los perros y empezó nuestro agitado y apurado momento de mudanza, porque desde que nos quitaron el agua y nos hostigan los dueños del local, ir y venir al trabajo cada día es una mudanza: llena las pimpinas de agua, persigue y pelea a las perras para que se queden quietas y ponerles las correas, busca a la gata por todos los rincones a ver dónde se escondió para no ir a trabajar, varios viajes para bajar las pimpinas de agua la escalera del edificio hasta la calle con cuidado de no enredarte con las perras y ruedes los veinte peldaños, pon los candados de la puerta, saca la camioneta de la jaula, monta las pimpinas en la camioneta, sube a las perras a la camioneta, monta a la gata, cierra la reja, arranca a la tienda. 

Hay días en que se complica un poco más pues hay que ir a comprar algo, o pasar por la Intendencia, o llevar el mercado a casa de la madre de Cristian, o buscar algunos clientes. 

Luego: para la camioneta, baja la gata, baja las perras, baja las pimpinas de agua, baja los bolsos, baja la compra…

Y para salir: vacía las pimpinas de agua en el tanque, móntalas a la camioneta, cierra caja, apaga el aire, apaga luces, baja santamaría, pelea con las perras para ponerles la correa, alza a la gata, monta pimpinas, perras, bolsos, gata en la camioneta, baja santamaría pequeña, pon los seis candados, arranca. 

Listo el proceso, ya poniendo el último candado, escuché a un señor comentar:

–Vengo de la avenida Universidad. Los malandros tienen todo trancado y están asaltando a la gente. A un señor le cayeron cuatro y le robaron todo.

–Y eso a escasos metros de la Comandancia de policía–, comento.

–No, si fui al comando y les dije y me dijeron que no pueden hacer nada porque están acuartelados.

Claro, hay marcha y tienen que estar QAP para salir a “gasiferar” y perdigonear estudiantes, ciudadanos que protestan. No pueden salir a detener a los colectivos malandros. 

Apurado, me monté al carro y salimos. 

Paramos en Delicias Norte a ver si una amiga del supermercado ya estaba lista para darle la cola a su casa. Al llamarla, me dice: “Estamos encerrados. Tuvimos que bajar santamaría y quedarnos aquí porque venían a saquear el supermercado los malandros. Ni se te ocurra parar. A mi me vienen a buscar más tarde. El centro comercial está todo cerrado”.

Obedientes, seguimos camino. La avenida más o menos desolada. La gente a pie nerviosa. De pronto, una barricada, una humareda y restos de varios vidrios de parabrisas de vehículos en medio de la calle. Con el corazón acelerado, logramos salir de allí y en pocos minutos llegar a la casa: bajarme a abrir la jaula, pendiente de que no aparezca un motorizado por sorpresa, bajar las perras, alzar a la gata, bajar las pimpinas vacías para llenarlas para el lunes, bajar los bolsos, abrir la reja del edificio, hacer subir a las perras, subir a la gata y las pimpinas, quitar candados…

Por fin, en casa.  Pensar que aún no estamos en guerra. Escribir el desahogo.

Somos sus enemigos

18 mayo, 2017 § 1 comentario


Todos somos sus enemigos
No importa la edad
No importa la raza
No importa el credo
No importa el sexo
Somos sus enemigos.

En sus almas desangeladas
Para sus espíritus bestializados
Ante sus ojos sin piedad
Somos el enemigo.

Once años, tiene Freddy
Es wayüu, pobre
del barrio 4 de Febrero
Y es su enemigo.

Freddy salió a mirar
quería ver la protesta.
Su curiosidad lo llevó hasta el Sambil,
donde estaba su enemigo
vestido de verde oliva.

El enemigo miró al niño
Freddy vio al lobo en esos ojos
y supo que tenía que correr.
Corrió rápido
con la fuerza de sus once años
corrió con sus cortas piernas
de once años.

Freddy cayó al pavimento
y volvió a ver de cerca
la mirada del lobo.
Sin terminar de entender
porqué es su enemigo.

El lobo es la Guardia Nacional
y a Freddy nadie nunca le dijo
que el guardia era su enemigo.

Freddy, hasta que vio al lobo
en los ojos del oficial
creyó que los uniformados
lo protegerían.

El guardia maniató a Freddy
con una apretada cinta tirrap
alrededor de sus muñecas.
Freddy quedó reducido
pequeño y flaco ante su enemigo.

Y el Guardia Nacional
le disparó una bomba lacrimógena
que quemó diecisiete por ciento
del cuepo de once años del enemigo.

A Freddy, maniatado y quemado
lo dejó su enemigo
a la orilla del camino
de un barrio pobre.
Lejos de su barrio pobre.

Freddy está vivo
curándose de sus quemaduras
gracias a la bondad
de vecinos y desconocidos.

Su mamá Daisy habla wayüu,
balbucea desconcertada el español
sin entender muy bien si un Guardia Nacionnal es amigo o enemigo
de ella y de sus seis hijos.

Cuando llevaban a Freddy al hospital
dijo que tenía hambre.
Dos días tenía el niño sin comer.

Mientras a Freddy le daban comida
y le curaban sus heridas,
una camioneta sin placas
se llevó por delante a un enemigo,

A Paul Moreno, voluntario universitario de la Cruz Verde,
lo mató el enemigo
a los veiticuatro años.

Freddy aún no sabe
por qué es el enemigo.
Tal vez Paul, que sólo quería ayudar
tampoco lo supo.

Pero, un filósofo,
llamado Sam Keen,
podría explicárselo

Alberto Alvarado, el artista que vive en su propia instalación de arte en la calle.

2 mayo, 2017 § 2 comentarios

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Tres pequeños cachorros de gatos son su compañía. Pasa el día entre revistas viejas, pequeños libros de la colección Magnificat y de evangelios anuales que cuelga de una cuerda junto a su ropa y sábanas. Al pasar frente a la acera donde ha construido su espacio vital, uno  puede pensar a simple vista que se trata de un “loco” indigente, un acumulador, algún perturbado víctima del síndrome de Diógenes. Pero al detallar el ambiente, uno nota que todo tiene una disposición pensada, un display medido en el que cada objeto tiene el puesto que el hombre considera apropiado. Él vive dentro de su propia instalación artística hecha con objetos recogidos de la basura.

En varias oportunidades, uno lo ha podido ver apostado junto al muro del psiquiátrico, en la avenida 3F, cerca del antiguo cine Uairén. De repente, un día al pasar, ya no está. Desaparecen el hombre, sus obras y su instalación, que en algunas oportunidades ha sido hecha a partir de piedras y plantas. Más tarde me enteraría de que alguna gente se queja, lo denuncia y vienen las autoridades a desalojarlo y destruir su “casa”. Pero él vuelve con renovadas fuerzas y monta de nuevo su chiringuito en el que un techo hecho de lona lo medio protege de la lluvia y el sol.

En estos días, pasábamos por el lugar Cristian y yo y paramos para hacerle fotos al hombre sentado en su vieja y destruida poltrona de mimbre.  “Ya vengo —le dije a Cristian—,voy a hablar con él”.

Con cierto temor y sigilo, me acerqué. El sitio huele a mierda. Obviamente, el hombre no dispone de sala sanitaria donde hacer sus necesidades. Estaba leyendo un trabajo empastado en una carpeta de polietileno transparente, con el logotipo de la Universidad Rafael Belloso Chacín, URBE, en la portada. Supuse que se trataba de algún trabajo o tesis que se debió conseguir en algún contenedor de basura.

Sin perturbarse, levantó la mirada y me vio. No había rastro de locura en sus ojos, ni de temor ni de agresividad. “¿Usted dibuja esas cosas?”, le pregunté señalando las figuras en el muro: Un ángel hecho con trazos simples, junto a un Cristo dibujado con líneas como de arabescos. Una virgen, un muchacho con sombrero, bastón y corbata y una figura joven vestida como con túnicas de varias capas.

—Las hago con carbón —respondió evadiendo un poco mi mirada—, es que no tengo pinturas para trabajar.

A partir de allí, me contó parte de su historia.

Se llama Alberto Alvarado. Nació en Bobures y estudió arte en Barquisimeto. Le gusta el arte religioso, “Me gusta pintar cosas del catolicismo”. Hizo el servicio militar en la Marina Mercante en Barcelona: “Estuve 30 meses en la marina porque era año electoral y en vez de salir a los 24 meses, me dieron la baja a los 30 meses”.

En la escuela de arte estudió historia del arte, por eso habla de Miguel Ángel y Da vinci como dos de los grandes del mundo. “Pero aquí también hubo grandes, como Martín Tovar y Tovar”. También estudió allí inglés y francés.

Alberto habla sin rastro de rencor o resentimiento, ni con ánimo de despertar lástima. Él vive en la calle por elección propia: “Yo no recibo ayuda de nadie. Ni de particulares ni del gobierno. A mí no me gusta que para ayudarme me traten de mezclar con la política. A mí no me gusta la política. No tengo ni comida, ni agua, ni con qué trabajar, pero no quiero depender de nadie”.

Pocas veces hizo contacto visual conmigo. Hablaba mirando a los lados, al suelo, a los gatos. Sin embargo, se notaba la necesidad que tiene de contacto humano. De tener alguien con quien  conversar. Me aclaró también que a él no le gusta la publicidad, cuando le dije que una amiga quería venir a hablar con él para escribir un texto para su blog.

Junto a su silla, en un espacio que pareciera un altar, vi una placa del Premio Catatumbo de Oro de 1993 con el nombre del locutor Daniel Sarcos impreso en ella y a su lado una fotografía enmarcada, el retrato de un hombre de bigotes que pensé que era algún pariente de Alberto. “Es Brito —me aclaró—, un locutor de radio que tenía un programa de gaitas”. Al otro lado había otra placa, un Mara de Oro, cuyos textos no pude distinguir con claridad, aunque parecía también algún premio relacionado con el mundo gaitero.

—Yo no pinto sólo obras grandes. A mí me gusta mucho trabajar la miniatura, pero no tengo con qué hacerlas. Necesito un porta minas —la palabra tardó en aparecer en su mente. La buscó como grafito o carbón, hasta que llegó “porta minas”-. Con uno finito puedo trabajar las miniaturas. Aprovechar mientras la vista me aguante porque tengo como nubosidades. Es que yo fui soldador también…”

De su familia me contó que sus padres, “Lo más importante en la vida”, murieron los dos. Tiene varios hermanos. Algunos en Maracaibo y otros en otras ciudades. “Pero a mí no me gusta molestar. Yo no puedo ir a vivir con ellos”.

El seis de mayo, según me contó, cumple 64 años. Sus brazos muestran aún restos de lo que deben haber sido unos musculados bíceps. Su piel está curtida y le faltan varios dientes.  Su barba y cabello son más blancos que grises y el contacto de su mano al estrecharla para despedirme resulto áspera, pero firme. No fue fácil despegarme porque Alberto quería seguir contando.

No sé muy bien por qué, en algún momento Alberto sacó el tema de los carros. Tomó una vieja revista y me habló de un empresario indú que quería producir autos miniatura a precios económicos para la gente, pero que no pudo hacerlo porque los poderes económicos de la India no se lo permitieron. Se trata del empresario Ratan Tata, quien quería producir su creación: el vehículo “Nano” y soñaba con duplicar las hazañas de Henry Ford con el Modelo T o la historia del Volkswagen en Alemania, pero el socialismo indú le invadió los terrenos en los que construiría la fábrica.

Me ofreció la revista para que me la llevara y terminara de leer el artículo del empresario indú. Le dije que no se preocupara, que había hecho captura en una foto del la página para leerlo con calma. Me dio pena dejarlo sin la poca diversión con la que cuenta.

-Bueno, pero yo voy a hacer una obra pequeña, voy a pintar algo y se lo voy a dar y eso sí me lo va a tener que recibir. Me dijo con humildad.

Aplicando ciertas técnicas de cierre, logré decirle que debía irme. Le dí la mano y le prometí que si encontraba un sitio abierto donde comprar algo de comer, le llevaría algún bocado. También le prometí buscarle el porta minas que necesita para hacer sus miniaturas.

En Ritz 72, le compramos un cachito de jamón y un jugo de manzana. No conseguí allí el porta minas. Regresamos Cristian y yo para entregarle el bocadillo y al bajar el vidrio y notar que era yo, se acercó. Le entregué la merienda, con la promesa de volver. La recibió con tranquilidad y sin apresurarse a comerla. Quería seguir conversando. Pero ya se nos hacía tarde y teníamos cosas que hacer.

Dejamos a Alberto en su “hogar”, con sus gatos, sus libros religiosos, sus cuadernos, sus esculturas hechas con desperdicios y basura. Ese es su espacio. El vive dentro de su propia instalación de arte de reciclaje.

 

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Trato y retrato, memoria de un país en 120 imágenes

30 abril, 2017 § 1 comentario

Recorrer la muestra “Trato y retrato” de Carlos Germán Rojas es pasearse por una importante parte de la historia del país. Es un acto de reconciliación con el gentilicio venezolano. Es reconocer en esos 120 retratos de artistas plásticos y fotógrafos el país que fue, la Venezuela que esta república bolivariana implantada a sangre y plomo ha pretendido borrar para instaurar un país —un no-país— lleno de improvisación y artistas forjados en el afán de pasar la aplanadora y arrasar con la historia para hacer creer que antes de la revolución no había nada.

Los retratos de Carlos Germán Rojas, casi cuarenta años haciendo un registro de artistas y creadores, nos muestran esa Venezuela que aún subyace bajo el estercolero de artistas y obras panfletarias e impuestas desde el poder para intentar reescribir la historia del país a partir del criterio de arrasamiento de la historia real e imponer una historia de artificio con símbolos y códigos que se adapten al sentido de dominación y hegemonía que encarna el proyecto castro chavista que ya va por dos décadas.

“Trato y retrato” es escarbar, cavar en la memoria, reconocernos en unos rostros que hicieron el mundo artístico y que aún sigue resistiendo a pesar de la intención del régimen de hacer borrón y cuenta nueva.

Las fotografías son en blanco y negro y cada imagen muestra la esencia de cada personaje retratado a través de una gama infinita de grises, encuadres cerrados que nos permiten descubrir parte de los atributos y tendencias del artista fotografiado. Cada imagen muestra el pequeño mundo creador del artista, parte de su obra y, con las poses y miradas, nos señalan cómo es el retratado. Pero, también la esencia de Carlos Germán se revela en las fotos cuando juega con los grises, con las texturas, con las líneas que conforman todo un juego geométrico entre rectas, paralelas, perpendiculares, ángulos y diagonales, remitiendo al observador a los primeros escarceos del fotógrafo con el dibujo y la pintura geométrica en la que incursionó antes de dedicarse por completo a la fotografía para hacer un enjundioso registro de artistas y obras.

Son casi cuarenta años de fotografías, 120 creadores captados por el particular ojo de Carlos Germán, pequeñas piezas que al verlas en conjunto nos revelan el país que fue. La Venezuela que está oculta bajo estos escombros de revolución, bajo esta montaña de olvido y sangre del socialismo del Siglo XXI. Los artistas fueron captados en su mayoría en sus espacios de trabajo, en sus talleres. Son fotografías sin artificios, sin imposturas. Sólo el artista, su mirada, su gesto, parte de su espacio o de su obra, y el ojo de Carlos Germán que traslada a la imagen el conocimiento, tanto de la persona fotografiada —el trato—, como su capacidad para reflejar en la captura ese conocimiento del artista fotografiado —el retrato—.

A partir del 2005, el fotógrafo da el salto de la fotografía analógica de rollos de negativos, cuartos oscuros, químicos y revelados, a la fotografía digital. Per,o Carlos Germán mantiene su firma en cada imagen. En los encuadres, en la gama de grises que se empecina en mantener, en las líneas y figuras geométricas que continúan formando parte importante de la imagen y se las ingenia para intentar mantener ese grano en la imagen que sólo se consigue con la fotografía analógica.

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La exhibición cuenta con un hermoso libro en el que se reúnen los 120 retratos impresos en papel glasé y con textos de Douglas Monroy y Antonio López Ortega. La muestra es una selección de un trabajo mucho más amplio que consta de más de 300 retratos de artistas venezolanos y sus obras captados por la lente de Carlos Germán durante 40 años. Es un importante registro histórico que debe ser atesorado por cada venezolano.

IMG_20170430_213716Los jóvenes de este país, los venezolanos de menos de 30 años, no deben dejar de ver la muestra que estará exhibida en el Centro de Bellas Artes de Maracaibo hasta mediados del mes de mayo. Para todos los venezolanos es un registro importantísimo el realizado por el fotógrafo, pero en especial para aquellos que han crecido en la Venezuela chavista y bolivariana, a quienes les han pretendido hacer creer que antes de este caos y este panfleto cotidiano que vivimos no hubo nada. Como bien señala López Ortega:

“Hay allí una historia de la plástica nacional —sus protagonistas, sus testigos, sus hacedores—, que termina imponiéndose sobre la otra historia forjada, esa que se afana en afirmar que nunca hubo nada. Muy al contrario, esta es una exacerbación, un conglomerado, un tejido poderoso de señales, avenimientos y propósitos. Historia forjada a punto de esfuerzo, tenacidad, talento y verdad creadora. Nuestros grandes maestros, nuestros innovadores, nuestros visionarios, nuestros valores emergentes, nuestros soñadores.

(…)

Cuando un país se hunde, se desdice, se deshace, se niega a sí mismo, volvemos la mirada hacia lo que crean los artistas: allí se descubrirán claves para entender lo que de verdad ocurre. Los mejores sensores de una sociedad son aquellos capaces de extender sus antenas para medir si los gestos son añoranza de vida o si los actos son preludios de la muerte. Donde la sociedad es inconsciente de sus males, ya los artistas navegan midiendo las cargas de profundidad”.

Más allá de este caos en el que estamos sumidos, bajo los escombros del país que vivimos, aún permanece intacta la memoria de una Venezuela grande, creadora, creativa, y de eso consta “Trato y retrato”, es el registro del país que fuimos y que, sin duda, podemos volver a ser. Las imágenes que nos regala Carlos Germán Rojas son una parte importante y esencial de la memoria del país, de aquella Venezuela que está prohibido olvidar.

 

 

 

#19A en Maracaibo

19 abril, 2017 § 1 comentario

La noche del 18 dormí poco -casi nada- y mal. Pero, con ardor en los ojos y aún medio embotado por la falta de sueño, me levanté a las ocho de la mañana, saqué a pasear a las perras, desayuné y me vestí para salir a la marcha convocacada para todas las ciudades del país.
Una franela blanca manga larga y con capucha, una gorra, un short, zapatos cómodos, un rosario al cuello y un pote de agua con hielo. Ya a las nueve y pico llegaba a la Plaza de la República, lugar de concentración en Maracaibo para caminar hasta la Defensoría del Pueblo en el centro de Maracaibo.

El calor y la humedad eran sofocantes. Ya desde antes de arrancar a caminar, la franela y el pelo estaban empapados de sudor. La gente iba llegando por montones. En pocos minutos la zona estaba a tope de manifestantes y cerca de las diez empezamos a andar.

Las consignas eran las mismas de otras marchas: “Y va a caer, y va a caer, este gobierno va a caer”, “Y ya cayó, y ya cayó…”. Algunas nuevas como “Estoy mamao, estoy arrecho, pero igualito yo defiendo mis derechos”. Había mucha gente joven. Había gente mayor. Mujeres, hombres, gente pobre y gente rica. Yo, que he ido a muchas marchas y a muchas procesiones puedo decir que la asistencia a la marcha de hoy fue la más numerosa de todas las marchas a las que he asistido.

Nunca vi tanta gente caminar junta. Ni siquiera en las procesiones del Jesús de la Misericordia que es de las más grandes que se realizan.

Había banderas en gorras, en camisas, en leggins, pintadas en caras y manos. Banderas de Venezuela de todos los tamaños ondeaban en las manos de mucho manifestantes.

En la sede de Corpozulia, detrás de la imagen del difunto Chávez, el régimen apostó sus sapos. Se escondían tras hojas blancas de papel y cámaras, es que ser sapo nunca ha sido un orgullo ni como para exhibirse. Tomaron fotos y vídeos. Seguramente mostrarán sólo los huecos y la cola de la marcha en los medios que controlan para hacer creer a quienes siempre engañan y se dejan engañar que eran cuatro gatos; pero ellos saben y los que marchamos sabemos que esta fue la mamá de las marchas.

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Después de poco más de una hora andando, llegamos a la meta. El río de gente no paraba. Cada vez llegaban más manifestantes. Cuando decidimos desandar el camino, aún seguía llegando gente.

Ya listos para el regreso, hubo disturbios. A lo lejos, se elevaba la nube de gas lacrimógeno. En el sitio donde me encontraba apenas llegaba el coletazo de los gases. Un químico tan fuerte que inmediatamente me hizo sentir ardor en los ojos y labios y náuseas, a pesar de apenas percibir una nada a lo lejos.

En el camino de regreso vimos como se dirigían al sitio de concentración varias motos. La gente que caminaba a mi lado, inmediatamente los identificó como colectivos violentos. Pero no mostraron miedo. Mientras las motos pasaban, algunos de los que caminaban los abucheaban y pitaban. A pesar de las amenazas en cadena del presidente la noche anterior hablando de la aplicación del Plan Zamora, la gente no sólo salió a marchar, sino que demostró que perdió el miedo.

Al llegar a casa, me enteré de que la represión en otras ciudades del país fue brutal y que en Caracas un colectivo violento le voló los cesos de un disparo a Carlos Moreno, de 19 años y en San Cristóbal, también con balas de colectivos violentos afectos al régimen quedó en el pavimento Paola Andreína de 23 años quien estaba caminando y haciendo fotos.

Mientras termino de escribir estas líneas, escucho hablar al “Defensor del Pueblo” quien dice lamentar esas muertes pero no puede dejar de mostrar su afecto al régimen al decir que había una expectativa creada de que la represión iba a ser brutal y, según él, no fue tal. Lo que no dice es que quien generó esa matriz de opinión y de temor fue el mismo régimen al exhibir en cadena nacional a las milicias que son inconstitucionales porque fueron rechazadas en un referendum -cosa que al Defensor no parece inmutarlo- y al anunciar Nicolás, a pocas horas de que se desarrollara la convocatoria, el nuevo Plan Zamora que a todas luces era la amenaza de reprimir a los manifestantes con esas milicias inconstitucionales a las que el presidente ofreció entregarles miles de fusiles y las fuerza represivas del Estado.

Los ciudadanos marchamos para que se respete la Asamblea Nacional, se designen constitucionalmente los poderes como los rectores del CNE y los miembros del TSJ y por el derecho a votar y a elegir por el voto a nuestros gobernantes. La violencia, como han demostrado con imágenes y amenazas en cadenas de medios, se sabe de dónde viene.

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Ventisca

21 marzo, 2017 § 2 comentarios

A Sonia

Cayenas rojas y hojas verdes
volaron en un cielo blanco.

La violencia del viento marino
soltó uno a uno, desde abajo,
en seguidilla
los botones de tu vestido.
Quedaron así al descubierto
tus pechos rosados y enhiestos
Promesas de abundancia
en una lejanamente futura maternidad.

Resignada a no luchar contra la naturaleza,
dejaste tus piernas infinitas
expuestas ante mi admirada visión.

Sentí envidia de ese viento
que sin permiso,
arrancó tu vestido
hizo arder tu piel
Como brasa azuzada.
Y poseyó tu cuerpo.

Mientras, yo, con disimulo,
soñaba ser Eolo.

¿Dónde estoy?

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