Diarios de rehab de José Antonio Parra

1 octubre, 2017 § 1 comentario

«They tried to make me go to rehab I said, “no, no, no” Yes, I been black But when I come back, you’ll know, know, know I ain’t got the time And if my daddy thinks I’m fine He’s tried to make me go to rehab. I won’t go, go, go.
“why do you think you here?
 I said, I got no idea».

Mientras leía «Diarios de Rehab», Amy Winehouse taconeaba por mi cabeza y se le unía a su desgarbado paso, el de mi hermana Yajaira, fallecida ya hace un año siendo aún joven para morir.

Si bien Yajaira no murió por sobredosis, su cuerpo, en los inicios de la cincuentena, acusaba los abusos de las drogas durante casi treinta años. La marihuana, la cocaína, el crack y quien sabe que otras sustancias psicotrópicas marcaron de tal manera sus órganos internos, que llegó un momento en que su organismo, colapsó irremediablemente.

Iba pasando las páginas del libro de José Antonio Parra, y me preguntaba por qué el autor no escribió una novela con ese material, si tenía todos los ingredientes necesarios para hacerlo. Los personajes completamente definidos, las situaciones y conflictos claros, los puntos de tensión y suspense establecidos.

También me preguntaba por qué escribir un texto tan «aséptico», tan descriptivo y falto de acción y emociones, cuando tenía los ingredientes para que sus narraciones fuesen truculentas y se convirtieran en el vórtice de emociones que lo pusiera a uno a vibrar.

Las respuestas me las dio a mitad de camino, el mismo libro. No es una novela ni un compendio de emociones, pasiones y sufrimientos porque de lo que se trata es de un testimonio de vida. Es una confesión, un inventario desprovisto de emociones que podrían causar ruido al mensaje. El relato, como parte de la terapia, no debe regocijarse en la parte hedonista de las drogas pues ese es uno de los puntos a evitar en el proceso de la sobriedad.

El libro, publicado por Oscar Todtmann editores, es el viaje de un adicto que muestra al mundo su tránsito por el camino de la rehabilitación, sin regodearse en los detalles sombríos y en el frenesí que viven las personas con adicciones.

José Antonio Parra, nos deja en «Diarios de rehab», su testimonio de vida. Una confesión que justo por la falta de emotividad y fruición, nos sirve mucho a los que han sufrido o sufren la enfermedad de la adicción y a los familiares de los enfermos. Nos enseña cómo el «yo adicto» le pone trampas al «yo sobrio», al «yo en proceso de sanación». Trampas que son importante que se identifiquen a tiempo y se atajen para evitar recaídas. Trampas que terminan siendo la excusa para sucumbir al mundo de la dependencia.

También enseña como los familiares necesitan identificar los posibles problemas de codependencia que tienen con los enfermos en el tránsito para que su amor y colaboración sean una verdadera ayuda para que el adicto supere su enfermedad.

No hay en «Diarios de rehab» auto compasión, no hay un «pobrecito yo, que he sufrido tanto», no hay emociones que «justifiquen» la adicción porque yo he pasado por…

El libro es un esfuerzo consciente, testimonial, de la vida de un adicto a las drogas y su lucha para superar la enfermedad que, en muchos casos, tiene componentes genéticos. Es la confesión de quien vive caminando en la cuerda floja, dando un paso a la vez, consciente de que el más mínimo desliz lo puede hacer caer aparatosamente.

Por eso, el autor nos habla de muchos casos en los que sus compañeros de rehab recayeron en la adicción, porque el camino de la recuperación no tiene garantía de éxito, a menos de que el enfermo esté plenamente consciente de su enfermedad y de los posibles «brotes» que pueden implicar una recaída.

Ya casi al final del libro, el propio José Antonio Parra aclara por qué no es una novela ni un carrusel de emociones. Ya para mostrar el frenesí, la locura, el desenfreno y la montaña rusa del adicto, está su poemario «Fragmentos naranja», publicado en la colección poesía de O.T. editores, misma casa editorial que publica 2017, «Diarios de rehab».

«Aquí y ahora yo pido perdón por eso y procuro con este trabajo facilitar el camino a otros adictos y sus familias, de manera que no tengan los tropiezos que yo tuve en la búsqueda de un tratamiento efectivo. Desearía que este texto fuese tomado por mis seres queridos como una forma pública de desagravio y como una manifestación de mi arrepentimiento».

«Diarios de rehab» es un libro imprescindible para quienes están en el mundo de las drogas, los enfermos que padecen la adicción y para sus familiares.

La edición de O.T editores es cuidada y con un hermoso diseño que simula las páginas de un diario, con sus hojas rayadas. Es un libro que no es una novela, pero se lee con la emoción de lo novelado y en el que, sin duda, José Antonio Parra tiene el material para convertirlo en una apasionante novela.

Termino esta reseña con estas palabras del autor:

«Yo, de hecho, añoro el éxtasis del consumo sin sus consecuencias; pero hoy por hoy sé que ello no es posible. Mi vida en la actualidad es el sosiego y el quehacer diario y disciplinado. Es el enamorarme día a día de la sobriedad y ver sus frutos…».

 

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“Los héroes del abuelo”, un libro joya

21 junio, 2017 § 2 comentarios

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Leer “Los héroes del abuelo” (Ediciones B Venezuela, 2017), la historia que escribió Mari Montes sobre aquella hazaña de 1941, cuando un equipo de béisbol “al que nadie le apostaba mucho”, se fue a La Habana a un campeonato y regresó, cubierto de gloria, a un país que lo recibió lleno de alegría y orgullo, es un instante de reconciliación con el país que fue, con la Venezuela que tuvimos, en la que los logros se alcanzaban luchando y trabajando honestamente.

Pero también, ver el libro es un deleite para la vista porque las ilustraciones de Gerald Espinoza llenan de un colorido vintage cada página con dibujos sencillos, casi infantiles que ponen imágenes al hermoso texto de Mari Montes.

Es inevitable llenarse de nostalgia al leer el cuento, recordar los sabores de la melcocha y los coquitos de la infancia, los juegos de niños como la perinola y los yaquis.

El nieto, en el sopor de su experiencia onírica, nos lleva a la Venezuela que muchos conocimos y  disfrutamos, donde los adolescentes de 15 o 17 jugaban en los parques, iban de paseo a bucólicos pueblos cercanos y no salían a recibir perdigones y balas persiguiendo un sueño de libertad.

Los héroes del abuelo” es un libro rescate, una pieza hermosamente diseñada que nos reconcilia con el gentilicio y nos reitera lo que fuimos y que, con la lucha que enfrentamos cada día, podremos volver a ser.

Dentro de ese afán de Mari Montes por enseñarnos el gran país que tuvimos, nos cuenta cómo a través de la radio se vivió la aventura de ese equipo de béisbol en el ’41 en La Habana y rescata el bello poema “Romance de campeonato ” que Andrés Eloy Blanco le escribiera al partido jugado, a la experiencia en Cuba y a la selección para homenajearlos y nos recuerda que fue Abelardo Raidi quien reunió a los mejores peloteros del país para formar el equipo que nos representaría con gloria y éxito en la Serie Mundial Amateur del ’41 en Cuba.

Y termina la historia con la emoción de Venezuela recibiendo a los héroes en el puerto y el Presidente Isaías Medina Angarita dando el día libre a todos los venezolanos para festejar el triunfo.

Los héroes del abuelo” es un libro para atesorarlo como una joya impresa y un cuento para que lean los niños y adolescentes venezolanos a quienes les han arrebatado muchas cosas, pero que en sus genes llevan impresa la huella de hazañas como la de los héroes del ’41.

Romance del campeonato de Andrés Eloy Blanco

 

 

Alberto Hernández con “Stravaganza” hizo latir de nuevo Italia en mi pecho

2 febrero, 2017 § 1 comentario

​A mí Italia me resultó un coñazo. Esa es la única manera que encuentro para explicar mi decepción. 

De hecho, mientras recorría las calles de Roma, tan pueblerina, tan arbitraria, con Termini, esa insoportable estación de trenes y autobuses, sofocante con el bochornoso calor del verano, desordenada y plagada de empleados  maleducados, con cara de culo. Hastiados también ellos del calor, supongo, no les queda ni una sonrisa o un gesto amable para atender a los turistas. Y el hombre aquel del guarda equipaje, fumando en ese sótano sin ventilación y gritando a los clientes sin importar si eran monjas, ancianos o turistas. Tal vez esa terminal de trenes sea un homenaje a Dante y su Infierno.

Bueno, el recuerdo me hizo perder el hilo de lo que iba a decir. Decía que de hecho, mientras recorría Roma, retumbaban en mi cabeza las palabras que muchos años antes me dijera Lolita Aniyar un día en que me comentaba sobre sus años en esa ciudad. “Tú tienes que ir a Roma. Es una ciudad como para ti”.

En su momento, sentí que lo que me decía la amiga era un halago, pero al recordar esa frase mientras mandaba a comer mierda a una dependiente de uno de los tarantines de Termini que se molestó porque le pedí información sobre cómo adquirir los boletos para viajar a Chiaravalle y me respondió golpeado y manoteando, que no molestara si no iba a comprar, pensé que tal vez el halago no fue tal, porque si en algún lugar no me gustaría vivir en ese momento, era en Roma. 

Luego, Milán fue otra decepción, sólo el cariño y la buena atención de mi querida Lorena hizo que el viaje valiera la pena más allá de el Duomo, las galerías Vittorio  Emanuele, y aquella callejuela de restoranes con videntes callejeros en sus mesitas de las terrazas y las columnas de San Lorenzo, con su noche callejera llena juventud y algarabía. De resto es un pueblo industrial sin nada del glamour que yo presentía.  

Venecia vale la pena sólo para las fotos y por el viaje en ferry, al menos, así la encontré yo en las pocas horas que la recorrí. Allí y en Roma me comí los peores ñoquis al pesto de mi vida y la peor pasta carbonara que pueda haber. 

Chiaravalle fue el cariño de la familia en un pequeño pueblo que muere a mediodía hasta las dos de la tarde y duerme con las gallinas. El paseo a Ancona de noche una delicia. Y el ragú de mi sobrina Peglys mejor que el de la nonna. 

Pero no era de este viaje a Italia en 2015 que quería hablar. En realidad, la digresión viene porque hoy leí el poemario Stravaganza de Alberto Hernández de un tirón e Italia volvió a latir en mi pecho como una tarea pendiente. 

Este poemario, editado en dos idiomas por Edizioni Eva en 2012 y  con traducción al italiano de Teresa Albasini Legaz es un paseo por Italia, por sus ciudades, por su historia, sus personajes, su música, arte y literatura. 

Uno recorre Roma desde el imperio, pasea por Venecia en una foto, Bari, Modena, Bologna… se encuentra con sus poetas y maestros de la pintura y la escultura. Ahí están Bocaccio, Dante,  Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci, Petrarca, Vasari, Modigliani, Maquiavelo, Justiniano, Julio César…

Stravaganza es un ensayo escrito en verso, un recorrido poético por la bota de Italia, en versos cortos y precisos que en conjunto nos muestran un mapa físico, histórico y biográfico que hace que Italia palpite de nuevo en el corazón y que me invita a darle una segunda visita con más tiempo y menos sesgado por el prejuicio de haber sido inquilino por 20 años de unos italianos avaros y usureros a quienes posiblemente veía en cada grito destemplado escuchado por las vías romanas en un idioma que al leerlo en la traducción de los versos de Alberto recobra toda la magia y musicalidad.

Italia sigue pendiente, mientras tanto la recorro de nuevo con placer en los pulcros versos de Alberto Hernández. 

Mata el caracol, una novela de Milagros Mata-Gil

20 enero, 2017 § 1 comentario

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Mata el caracol de Milagros Mata-Gil es un rompecabezas. Esa es la sensación que uno tiene a medida que avanza en la envolvente escritura en la que cada palabra parece estar en el sitio justo y en el momento adecuado.

Pero el rompecabezas es como aquellos pequeños juegos de plástico en los que aparecía una imagen desordenada, con un trozo de la imagen en cada cuadro y un espacio vacío que permite ir desplazando las piezas en el tablero hasta conseguir ubicarla en su lugar y, al final, obtener la imagen oculta.

Es como la trama de una fotografía cuya imagen está compuesta por múltiples pequeñas fotografías y que al observarla desde lejos nos ofrece con nitidez la imagen global.

Mata el caracol es la búsqueda del padre, pero no como un hombre, sino como un origen. Es un viaje a los inicios. La reconstrucción de una familia desperdigada a lo larde los años. Es un recorrido contado con múltiples voces a través de la experiencia vital de los personajes.

Así, la voz del narrador muta, pasa de un personaje a otro. Ora es la abnegada sobrina que cuida al viejo Mata, ora es la voz poética y desquiciada del padre con aterosclerosis y demencia senil que desvaría en su habitación y, otras veces la voz de quien encuentra en un viejo escaparate las anotaciones que la cuidadora dejara guardadas en perfecto orden para que, al ser encontradas, tirasen de ellas como quien tira del hilo de una madeja para desenredarla.

Milagros Mata-Gil demuestra en este corta novela su maestría con el lenguaje, su habilidad para manejar los tiempos y una especial capacidad para darle a cada personaje su propia voz y estilo, con lo cual, a leer una parte del texto, sin necesidad de que esté especificado de quien se trata, el lector identifica con facilidad la voz de quien en ese momento tiene a su cargo el hilo de la narración.

Uno comienza a leer Mata el caracol, y como en una espiral de remolino la historia lo va arrastrando, lo seduce y conduce hasta que al final uno tiene en la mente un perfecto mapa de lo que fue la vida del viejo Mata y de sus descendientes. Un mapa que encajaría perfectamente en lo que podría llamarse literatura transgénero pues pasa de la prosa al poema y, por momentos parecieran escenas de una pieza de teatro. Milagros demuestra una maestría especial para pasar de un género al otro sin perder el ritmo, el tono y la calidad de la escritura.

Como la novela no se encuentra disponible en quioscos o librerías, me permito dejar por aquí el link para su descarga gratuita on line en PDF o para Kindle o epub para quienes quieran disfrutar de una buena historia, bien narrada y armada.

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Florence Foster Jenkins o la imposibilidad de la autocrítica

19 septiembre, 2016 § 2 comentarios

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Decir que Meryl Streep está insuperable en su papel de Florence Foster Jenkins sería una necedad o, cuando menos, una redundancia. Los matices que le da al personaje nos hacen reír, llorar, divertirnos y conmovernos. Pero Hugh Grant no se queda atrás en su interpretación de St. Clair Bayfield, el esposo de la fallida cantante lírica, como tampoco desmerece la actuación de Simon Helberg como el pianista Cosmé McMoon.

La película de Stephen Frears (2015) hay que verla sin esperar ver un documental o una bio pic sobra Florence Foster Jenkins, apenas recrea aspectos de la vida de la verdadera cantante cuyo oído fue arruinado por la sífilis que contrajo a los 18 años al casarse con su primer esposo y su frustrada carrera como pianista al sufrir un accidente o tal vez producto de la misma enfermedad venérea.

Pero dejando de lado los aspectos técnicos de la película que está impecable. Uno queda reflexionando acerca de lo que es el arte, la crítica, el público, la auto-crítica. El poder del dinero y las opiniones sesgadas de las amistades o de personas que se aprovechan del dinero y las debilidades de las personas.

Florence Foster Jenkins y St. Clair Bayfield componen una particular pareja de artistas poco dotados de talento, pero con el suficiente fondo económico como para comprar aplausos y opiniones favorables. Él, fue un actor sin talento al que ella le escondía las malas críticas. Luego él haría lo propio con ella. Están casados, pero no consuman el matrimonio debido a la sífilis de ella.

«La gente puede decir que no sé cantar, pero nadie podrá decir nunca que no canté», dice Florence y, en efecto, tanto llegó a cantar que se auto-financió la grabación de un disco y la presentación a casa llena en el Carnegie Hall. Ella pensaba que cantaba muy bien y la gente que la rodeaba por amor, por amistad o por interés la mantenía en su mentira.

Pero también el público llegó a aplaudirla con sinceridad, aunque no por los motivos que ella creía y quería. No la aplaudieron por buena cantante lírica sino por comediante, porque los hacía reír.

Nada fácil la auto-crítica. Pasa en cualquier rama de las artes. Uno puede pensar que canta bien, que escribe bien, que actúa bien, que pinta bien, que baila bien. Tal vez sea un auto-engaño. Estamos convencidos de que lo hacemos muy bien y a lo mejor hasta público y fans llegamos a tener. Falta ver qué es lo que uno ve de su propia creación o producción y qué es lo que el público realmente aplaude. No es fácil ser crítico de uno mismo y muchas veces quienes nos rodean no son precisamente una ayuda para discernir si uno lo hace bien, o mal.

Por eso esa escena final en la que Florence Foster Jenkins se ve a sí misma sobre el escenario nos da una pista. Ella se oye a sí misma como una buena intérprete del belle canto. Evidentemente, una cosa oye ella y una muy distinta quien la escucha.

La crítica y la auto-crítica son temas vastos que dan para horas y montones de cuartillas de disquisiciones. Son muchas las variables que pueden intervenir en un momento dando cuando se juzga una obra. El dinero, los contactos, las amistades, los afectos, la moda, los odios, los enemigos…

Al final tal vez lo importante, lo que queda de la película es que pueden decir que uno no debió haber hecho algo o no podía hacerlo, pero que nadie diga que uno no lo hizo. Tal vez, muchos años después, uno, como Florence, siga siendo recordado para bien o para mal. Y hasta una película con la gran Meryl Streep, le dediquen.

Desde allá, una historia que se hila a punta de tal vez

13 septiembre, 2016 § Deja un comentario

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Inquietante. Perturbadora. Con estas dos palabras entre pecho y espalda salí de la sala de cine. Tratando de procesar el torrente de sentimientos que me fue generando la película «Desde allá» (Venezuela, 2015) de Lorenzo Vigas.

Es una historia dura de dos personajes marcados por la ausencia del padre. Elder, el joven malandro no  deja margen de duda. Es un muchacho nacido y criado entre la violencia de la pobreza venezolana. Crecido en las violentas calles y barrios de Caracas. Ambicioso, ladrón. Líder de una banda de delincuentes. Capaz de matar a palos a otro. Homofóbico y violento, tan víctima de la violencia paterna como de la ausencia del padre. Un chamo que es capaz de irse a casa de un hombre maduro del que sospecha que es homosexual por el afán de ponerle mano al fajo de billetes que este le muestra. Nada extraño. «Zamuritos» así abundan en los bares gays del país.

Pero el personaje de Armando es enigmático, es un extraño hombre que ronda los cincuenta años, propietario de un laboratorio de prótesis dentales y que tiene una extraña parafilia: sólo satisface su sexualidad pagando a jóvenes para que se paren de espaldas a él, enseñando su espalda y sus nalgas, mientras él se masturba. Un poco de efebofilia o anisonogamia, más bien, algo  de astelnolagnia, pues aparte de muy jóvenes los muchachos son de extracción humilde y hay algo de placer al humillarlos, y un toque de crematistofilia son algunas de las características que se asoman en el perfil sexual de Armando, magistralmente interpretado por el chileno Alfredo Castro.

El personaje protagónico es un hombre de cuyo pasado tenemos pocos detalles. Fue abandonado por su padre. Ausencia que lo marcó, según se desprende por el desprecio que le tiene junto con la obsesión por seguirlo. Tiene una hermana. Vive solo en un apartamento en el que el tiempo parece haberse detenido en algún momento. Una casa llena de objetos, libros, discos, adornos de porcelana, viejos muebles. Fotografías. Muchas fotografías en porta retratos y marcos en los que se ven personajes que, uno llega a suponer, son la familia de Armando en algún tiempo, cuando vivían juntos y felices.

Uno puede llegar a suponer también que es una vivienda que, por algún motivo dejaron intacta, sin mover o cambiar ni un solo objeto a partir de cierto punto. ¿Cuando murió la madre? Tal vez, el extraño personaje decidió detener el tiempo cuando su madre falleció. O ¿Cuando su padre los abandonó? Tal vez su madre o él mismo decidieron que todo permanecería tal cual como estaba en el momento en que el padre abandonó el hogar.

Lo inmutable del ambiete se evidencia en que hay aún, sobre un viejo escritorio, un antiguo teléfono de disco. Un teléfono de pulsaciones con un mini disco de color fucsia en el centro con los números en blanco, de aquellos que por los años setenta ponía la Cantv al contratar el servicio.

Armando es un hombre inexpresivo. No manifiesta odio, rabia, miedo. No muestra ninguna emoción. Es un ser absolutamente contenido. Es una máscara neutra. Una de esas máscaras blancas que impiden detectar una emoción. Es un ser emocionalmente aséptico. A lo más que llega es a esbozar una pequeña sonrisa en la visita a la playa o la profunda molestia que le produce el contacto físico con los otros. Como deja claro cuando bailan en la fiesta o cuando Elder se le abalanza para besarlo. Una incapacidad al contacto de piel que se aprecia en la incomodidad manifiesta al cargar a su sobrino recientemente adoptado por su hermana y esposo.

Las emociones de Armando parecieran quedar por parte del espectador. Uno termina prestándole sus miserias al personaje para que cobre sentido y significado. De allí esa incomodidad, esa perturbación con la que uno abandona la sala. Armando es un hombre sin historia al que cada quien le pone los sentimientos de acuerdo a su propia experiencia vital, a su propia emotividad. Es la máscara neutra a la que cada uno le otorga significados y significantes.

Los encuadres y (des)enfoques en la fotografía contribuyen a acentuar el peso que la historia tiene en el personaje de Armando, en su interioridad, que viene a ser el peso en la interioridad del espectador. Esa cámara que persigue al protagonistas desde atrás, con sólo la cabeza y hombros del hombre en foco, mientras el entorno se des-contextualiza en una imagen borrosa y fuera de foco. El contexto de la imagen se pierde, se difumina, pierde importancia. Lo que importa es lo que está pasando con el personaje, lo que esta generando dentro del espectador.

La ausencia de música a lo largo de la película, acentúan esa importancia que tienen tanto el personaje de Armando como el espectador en la historia. La banda de audio consta solamente de sonidos ambiente y efectos de sonido que ayudan a darle realismo a las escenas. Únicamente tenemos música al momento de la fiesta de los 15 años. Eses es el único instante del film en el que Armando parece tener una relación “normal” con la realidad que lo circunda. El personaje sale del ensimismamiento para tener visos de humanidad.

Al final, uno siempre tendrá la duda de si el hombre fue dejando que las circunstancias lo llevaran a donde lo llevaron y si fue todo fríamente calculado para que la historia acabara como acaba.

Armando es un ser castrado emocionalmente, impedido para el contacto físico. Un hombre que, por momentos, parece estar buscando que le hagan daño. Que busca el daño físico.  ¿O acaso está probando hasta conseguir a quien realmente sea capaz de infligir tanto daño físico a otra persona que pueda llegar a cometer el crimen que él nunca ha sido capaz de cometer? ¿Encontró en Elder la persona capaz de segar la vida de ese padre que lo obsesiona y atormenta?

Elder parece por fin vencer esa barrera impuesta por Armando, lo acerca a su familia,  lo libera de su padre matándolo. Elder logra el contacto físico con Armando que éste ha despreciado varias veces. Hacen el amor y Armando se deja finalmente arrastrar por el deseo y la pasión y consuman el acto sexual. Elder pareciera “salvar” a Armando. Pero,  al final, Armando nos sorprende al entregar al amante a la policía.

Entonces, uno queda con la duda de si todo fue fríamente calculado por Armando para lograr que Elder asesinara al padre. ¿O tal vez Armando no quería ser “salvado”? Tal vez, el hombre no quería tener esa vida “normal” que se presume vendría a partir de lograr vencer las barreras físicas y entablar una relación de pareja.

Muchos tal vez. Muchas conjeturas que cada espectador tendrá que dilucidar. ¿Qué habría hecho yo si fuera Armando? La pelota siempre termina del lado del espectador.

Hace tiempo. Cuando aún no estaba editada la película, recuerdo haber visto un detrás de cámaras en el que Lorenzo Vigas sostenía que «Desde allá» es una historia de amor.

Realmente, no vi una historia de amor en la pantalla. Vi unos seres castrados y sórdidos que se relacionan entre sí. Personajes mutilados emocionalmente. Al llegar a casa busqué ese detrás de cámaras y, en efecto, el director sostiene que es una historia de amor. Pero también habla del largo proceso de edición que deberán encarar pues filmaron muchísimo material. Tanto material, que en ese detrás de cámaras se ve la filmación de una escena que no recuerdo haber visto en el filme.

Elder se encuentra con una chica que le entrega un espejo retrovisor de un carro y le da un beso. Obviamente un objeto robado, supongo que se trataba de un espejo para el carro que Elder está armando y que al final esa escena no la utilizaron. También en ese detrás de Camaras, el director de arte habla de espacios con pocos objetos. Un concepto un tanto minimalista de la dirección de arte según se desprende de lo que comenta, con espacios despejados y desprovistos de objetos, locaciones nada recargadas que no tienen nada que ver con ese apartamento recargado de Armando, ni con la casa de Elder o la sede del trabajo de Armando. Detalles de los que hablan los creadores y que me llevan a pensar que, para bien de la obra, la historia que vimos tal vez no tenga mucho que ver con la que se habían planteado originalmente. Alfredo Castro por su parte habla de un personaje lleno de matices que dista mucho de ese hombre contenido e inexpresivo que vemos en pantalla.

Posiblemente la historia de amor viró en la edición a este oscuro drama psicológico, inquietante, perturbador, de unos seres castrados emocionalmente que entabla esa tensa y dramática relación. Un hombre perturbado, arrastrado por las parafilias, como Armando y un joven malandro como Elder, carente de piedad, ambicioso, lleno de un odio y resentimiento que explotan en su dura mirada.

Sin duda, la obra presentada en pantalla, esta muy bien desarrollada. Logra sus objetivos de conmovernos, de remover nuestras propias miserias al reflejarlas en esos dos seres sin alma que tenemos en frente y a los que nos vemos obligados a prestarles nuestra vivencias para darles significado y sentido. Si la mitad de la historia original se fue al cesto de la basura en la edición y montaje, como intuyo a partir del tras de cámaras, carece de la más mínima importancia pues «Desde allá» es una obra redonda, que atrapa y perturba. Eso es lo que cuenta. Lo demás, son suposiciones mías que puesto a lucubrar, no tengo pruritos y soy capaz hasta de prestarle sin reparos mis fantasmas al personaje de Armando para encontrar sentido y propósito.

Los días animales de Keila Vall de la Ville o el #ThrowbackThursday de Julia

8 septiembre, 2016 § Deja un comentario

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Dice Juan Villoro en «El autor en el espejo», prólogo de su compilación de cuentos y crónicas «Espejo retrovisor» (Seix Barral, 2013), citando a Søren Kierkegaard, que «la vida se vive hacia adelante pero se entiende hacia atrás».

Esa fue la sensación que tuve al leer «Los días animales» de Keila Vall de la Ville (Oscar Todtmann editores, 2016). Me parecía al leer la historia de la mujer escaladora, que la novela era eso, un espejo retrovisor en el que la autora, mejor dicho, Julia, la protagonista, iba recordando aspectos de su vida para entenderla y poder seguir viviéndola hacia adelante.

A veces, mientras leo, me gusta ir imaginando cómo fue el proceso de la escritura de lo leído. Con algunos poemas, me da la impresión de que fueron escritos a partir de buscar palabras al azar en un diccionario. O como con las canciones de Arjona, que siempre me da la impresión de que el cantautor toma un diccionario de sinónimos y antónimos y se sienta a componer. Algunos textos parecen escritos a mano, pausada y reflexivamente; mientras otros tienen la furia del tecleo vertiginoso en un tablero de computación. Hay historias que parecen escritas en un teléfono móvil, como para ser leídas de un sorbo en un trayecto de tren. Y, últimamente, he leído algunas que dan la impresión de haber sido escritas con san Google abierto en la pestaña de al lado.

Manías que tengo de imaginar el proceso creativo.

Con «Los días animales» tuve todo el tiempo la impresión de que Keila —o Julia, la prota, es que el narrador en primera persona tiende a generar confusión entre autor y personaje, no siempre son  el mismo, aunque algunos personajes tengan muchas cosas del autor—. Bueno, que la protagonista se sentaba frente a una caja llena de recuerdos: fotos, postales, posts it, envoltorios de caramelos, flores secas, cartas, notas en servilletas, un cordón de un zapato, un zarcillo… esas pequeñas cosas que uno va lanzando en una caja o una gaveta y las va olvidando.

Como quien se sienta un jueves a postear sus #TBT (#ThrowBackThursday) en Instagram o Twitter, contando la historia de cada imagen, la emoción del momento vivido y congelado en la instantánea, los sentimientos de entonces y los que afloran al verlos en el “espejo retrovisor” del tiempo.

El ritmo, el tono reflexivo y rememorando hechos, la voz. —Esa voz del narrador en primera persona que cuando está tan bien utilizada, como en el libro de Keila Vall de la Ville, le da un tono de verismo a la historia, le imprime un nivel de verosimilitud, que sólo se consigue cuando se escribe desde el corazón y con honestidad—.Todo el estilo de la narración me hacía sentir que la autora hurgaba en la gaveta o en la caja, sacaba un objeto al azar, una foto, por ejemplo; y, con la imagen en una mano iba hilando con la otra la historia. Un delicado patch work, hecho a partir de las emociones y recuerdos que la foto o el objeto traían a su mente, con toda la carga emotiva del momento vivido.

Cada segmento del libro, cada capitulo, es como una postal, un retazo, una instantánea de un momento de la vida de Julia. De sus viajes, de sus experiencias de escaladora, de esa relación obsesiva, tóxica, apasionada, con Rafael. Su convivencia con la madre, su experiencia con la enfermedad y el contacto con la muerte. Sus encuentros sexuales fugaces.

Julia va hilando un recuerdo con otro, cose los retazos con delicadas e imperceptibles puntadas y, así, va componiendo un rompecabezas, un mapa de su existencia visto hacia atrás, para poder avanzar en la vida. Entender lo vivido y soltarlo, botar las cargas, para avanzar con liviandad, para seguir viviendo.

En algunos aspectos, el libro recuerda un poco —bastante— a la película Wild de Jean-Marc Vallée (2014), aquella historia biográfica protagonizada por Reese Whitherspoon, en la que  la mujer emprende sola el escarpado camino de Pacific Crest Trail más que para huir, para buscarse, para sanarse internamente.

Muchas veces, al ver a personas como la protagonista de Wild o Julia, de «Los días animales», llegamos a pensar que es gente que vive huyendo. Julia va de un lugar a otro, de una montaña a otra, de una pared a otra, como quien huye, quien escapa de la realidad; pero, en verdad, esa gente no está huyendo. Es gente que se busca a sí misma en cada esfuerzo. Gente que enfrenta sus miedos, sus puntos oscuros, que a veces cae hasta lo más hondo en un desesperado intento por encontrarse.

La vida, mucha veces, es la lucha de uno con uno mismo. La pelea no es con el otro, el objetivo a vencer no es el otro, no está fuera; aunque no nos demos cuenta. La lucha es interna, vencer prejuicios, miedos, reconocer en el otro esas cosas que aborrecemos en nosotros mismos. Identificar, como lo hace Julia, eso que la hace igual a Rafael, para poder superarlo y vencer, aunque caiga vencida en el intento.

No sé que tanto tenga «Los días animales» de autobiográfico. No sé cuánto de Keila pueda haber en Julia. Tampoco importa. Lo que cuenta es que la novela nos muestra un personaje de carne y hueso. Un ser humano creíble, verosímil, con sus pasiones, sus miedos, sus emociones. Es el relato del recorrido de parte de una vida. Una historia existencial, bien contada. Un relato honesto y con tanto realismo que, al leerlo, podemos vernos a nosotros mismos.

Es como si uno, un día, se sentara frente a alguien con su caja hecha de papel artesanal, con su equipaje de Throwback Thursdays, y empezara a sacar foto por foto y a echar el cuento de cada instante captado y perpetuado en la imagen. El día en que se captó la instantánea y todo lo vivido y sentido en ese momento detenido en una fotografía. Eso es, para mí «Los días animales».

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