Por cualquier grieta se filtra una esperanza

12 noviembre, 2015 § 3 comentarios

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A veces pasan cosas que lo hacen pensar a uno que no todo está perdido en este país.

A pesar de que ayer el gentilicio se vio arrastrado por el piso como coleto de bar de carretera con la historia del narco affaire de la tía, el padrino y los sobrinos.

A pesar de que el país amaneció con la miseria exacerbada con el huevazo del régimen haciendo que la gente hambreada y mangoneada saliera como zamuros tras la carroña a acabar con la existencia de la yemas en todos los mercado porque el gobierno obligó a los comerciantes a rematar y a asumir las pérdidas de esa rebatiña por decreto.

A pesar de que los grandes medios audiovisuales y periódicos arrinconaron la noticia del narco affaire con lo cual el pueblo sabía del huevazo pero no tenía ni idea de la detención de los sobrinos.
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A pesar de que uno sale y al ver la campaña y el discurso de algunos opositores sólo nos queda respirar profundo y callarse el grito que palpita en la garganta: ¡A este idiota no se le ocurre nada mejor que ofrecer leyes en un país con sobredosis de leyes, decretos, normas y requisitos! Callo y pienso en el día en que pueda ser feliz siendo oposición de la oposición.

A pesar de todo esto. Hay grietas por las que se filtra un destello de esperanza. Un camino que recorrer.

Debimos ir a Cabimas, unos 45 minutos de recorrido para que Cristian y su mamá sacaran la cédula de identidad. No voy a reiterar aquí el infierno en que se ha convertido en Venezuela obtener el documento de identidad, que lo solicitan hasta los vigilantes de supermercados para dejarte salir con un kilo de azúcar, y se lo roban en cualquier esquina. Eso ya es conocido por todos.

Pero bueno, fuimos hasta Cabimas a eso.

Al preguntar a un paisano cómo hacer para llegar hasta el sitio, nos ofreció llevarnos si le dábamos la cola. Accedimos y el hombre se montó en el carro.

—No vayamos por el centro porque eso está trancado por todos lados —Nos dijo al subir—. Esa zona está trancada porque la gente salió a comprar los huevos que los obligaron a vender a 420 bolívares…

El hombre se lanzó un discurso de que él no sabía mucho cómo era la cosa pero que estaba convencido de que la culpa de los altos precios era de los empresarios especuladores. De nada sirvió que le explicara que el mismo gobierno viene diciendo que los precios los ponen ellos. Que los productos vienen marcados con el «Precio Justo» que dicen Arreaza y Nicolás. Que en Venezuela no se mueve un kilo de Harina Pan sin que el gobierno sepa, permita y autorice que se mueva. Para él, la verdad es lo que le repiten en el sinfín de VTV y las radios oficialistas. La inflación es culpa de los empresarios y comerciantes. Los que compran en los supermercados son los ricos. No sabe quienes son esos pobres que hacen colas pero sabe que esas colas son por culpa de los pelucones.

Ante este panorama, la impotencia, la desesperanza y la depresión se abrían paso a dentelladas. El calor que no se amilanó con el aire acondicionado a millón y el tráfico desesperante y atrabiliario en nada contribuían a que la nube gris en mi cabeza se disipara.

Por fin, llegamos a nuestro destino. Bajamos y fuimos a la oficina del Saime. En la puerta se aglomeraba un grupo sofocado de gente. Olía a meados de borrachos trasnochados. Dije buenas tardes y sin esperar señas abrí la puerta y entré.

Lo que había tras la puerta era una covacha sofocante con unos aires acondicionados de los que brotaban chorros de un aire caliente y enrarecido por la transpiración del gentío que esperaba sentado pacientemente a ser atendido.

No había sistema.

Me aproximé a una mujer tras un escritorio que daba la apariencia de ser de información para que me indicara qué hacer.

Me sorprendió la amabilidad y buena disposición de la chica. Massiel se llama. Y siempre con una sonrisa me dijo lo que debía hacer. A qué hora era más conveniente ir para que la vieja no se sofocara ni le diera un yeyo de tensión por el vaporón de la sala. Comprensiva con la situación de la anciana de 80 años, me dijo «Llévesela y venga después de las dos de la tarde. A esa hora ya debe haber llegado el sistema y la espera será más corta».

Nos fuimos a pasar el tiempo en el Costa Mall. Allí había aire acondicionado y sólo había rebullicio frente al supermercado Garzón que, al decir de las bolsas de los usuarios que salían, tenían detergente en polvo, salsa de tomate y ¡huevos! a 420 el cartón de 30.

Seguimos de largo y en la 4D por dos mil bolívares nos comimos tres barquillas de Stracciatella y Nutella. Pasamos el rato y a la una y treinta estábamos de vuelta en la oficina del Saime donde el calor parecía irse concentrando con el transcurrir de las horas.

Las sillas seguían copadas de gente esperando por el trámite. Massiel no estaba y una funcionaria me dijo que debía hacerse la cola porque no había preferencia para tercera edad. Cristian se puso al final de la fila para cuidar su cupo y el de la vieja. En eso, Massiel llegó y me reconoció:

—Traiga a la señora para pasarla, una persona mayor y con problema de tensión debe tener prioridad.

Le dije que igual tendría que esperar porque Cristian también necesitaba sacar su cédula.

—Lo pasamos a él también porque la señora no puede estar tanto tiempo aquí.

En media hora estábamos listos. Me acerqué a Massiel para agradecerle su amabilidad. Su rostro sudado y su mirada cansada no impidieron que esbozara su sonrisa.

—Gracias, Massiel. De verdad te agradezco que a pesar de este calor que me tiene sofocado con apenas media hora aquí y, a pesar del gentío que atiendes, a esta hora, aún tengas puesta la sonrisa. Yo estaría que muerdo.

Ella sólo desplegó aún más su sonrisa y yo quedé convencido de que con gente así, este país será muy fácil recuperarlo algún día.

Esto, no puede ser eterno.

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