Santiago de Compostela, una ciudad con truco

25 agosto, 2015 § 4 comentarios

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A Santiago de Compostela llegamos pasadas las dos de la tarde. El viaje en tren desde Oporto es un trayecto tranquilo con muchas vistas a sembrados de maíz y vides, tramos montañosos cubiertos por una espesa niebla y paisajes acuáticos.

Debimos bajar en el terminal de Vigo, donde tras una espera de 40 minutos tomamos el tren a Santiago. Una vez en el terminal, sólo quedaba preguntar dónde estaba la Rúa do Vilar, para llegar hasta la Oficina de Turismo de la ciudad donde nos darían la información de nuetro hospedaje.

Como suele suceder cuando soy yo el que cuadra fechas y lugares, las cosas que pueden ser un desastre, serán un desastre. Le había pedido a Celalba que nos reservara para las noches del 13 y 14 de julio, y estábamos llegando a Santiago el 12, y en domingo. Un pequeño error de fechas que podría hacer que la noche del 12 tuviéramos que dormir en algún portal.

Un señor de la taquilla del terminal nos explicó como llegar a Do Vilar. No era cerca, pero tampoco lejos y como sólo llevábamos equipaje de mano y con ruedas, pues decidimos caminar y ahorrarnos el dinero del taxi. Dos 1consultas más a la gente que pasaba a nuestro lado y ya nos encontrábamos frente a la Oficina de Turismo.
Como ya dije, era domingo, Mónica, la chica de reservas por quien debíamos preguntar para saber de nuestro hotel, estaba libre. Otra chica de recepción nos atendió con una cálida sonrisa y muy amablemente nos dio la información. Nos alojaríamos en el hotel LUX, que está ubicado por Plaza Galicia, a pocos metros de donde nos hallábamos.

—Como la oficina de reservas no trabaja los domingos —dijo la chica—, no podremos arreglar por acá lo de la noche de hoy, pero vayan hasta el hotel que seguro allí les resuelven porque ya ustedes tienen reserva allí para dos noches.

Así lo hicimos. En pocos minutos nos encontrábamos en un hall de entrada minimalista en tonos blancos y beige y cuyos muebles de cabeza —patas arriba—, estaban puestos en el techo. Al frente, una puerta de ascensor junto a una escalera de mármol blanco, indicaban que uno debía subir al primer piso para llegar a recepción.

No hubo mayor problema por haber llegado un día antes de la reserva que teníamos hecha, el chico de la recepción nos ubicó una habitación y, por suerte, se mantuvo el precio cuyo coste incluía la habitación y un desayuno bien surtido en la barra del comedor del hotel. Se trata de un pequeño hotel, con habitaciones chicas pero confortables y un agradable diseño.

Dejamos las cosas en la habitación y salimos a buscar un sitio donde comer porque estábamos —como diría mi madre— transidos de hambre. No fue fácil la tarea. Un domingo, a las cuatro de la tarde, los restaurantes de 9Santiago están en tiempo de descanso entre el almuerzo y la cena. Entramos en varios locales y la respuesta era la misma: «Abrimos a la siete».

Me llevé un regaño en uno de los restaurantes por insinuar que era complicado encontrar sitio dónde comer:  «Nosotros abrimos desde la siete, toda la mañana currando. Ahora cerramos para luego volver a abrir a las siete. ¡Que tenemos derecho a descansar!». ¿Quién lo duda?

Después de varios intentos, conseguimos un sitio abierto. A los pocos minutos, el mesero nos preguntó de dónde éramos:

—¡Yo sabia que ese acento era venezolano!

Resultó ser un muchacho de San Martín, Caracas, que hace nueve años, huyendo de la crisis e inseguridad personal de Venezuela, decidió cruzar el charco dejando en Caracas esposa y dos hijas, para buscarse un futuro para él y su familia. Su nombre es Adrián.

Los primeros meses en Madrid lo decepcionaron. Decidió probar suerte en Santiago de Compostela y cuando abrió un periódico y vio que la «página roja» hablaba de la señora a la que se le extravío un loro y del heroico bombero que bajó de un árbol a un gato, se convenció de que esa era la ciudad que buscaba. Se instaló allí y a los pocos meses se llevó a su familia con él.

—Aquí he logrado cosas que en Venezuela me parecían imposibles de alcanzar. Tengo casa, tengo coche y, sobre todo, tengo tranquilidad y seguridad.

Adrián nos invitó un café después de la comida, mientras nos contaba que sí, que trabaja muchísimo, pero tiene lo que necesita y vive como se merece.

Después del tardío almuerzo echamos a andar por las callejuelas de Santiago, cargadas de magia, historia y santidad, mientras hacíamos tiempo para encontrarnos con Celalba para tomar un café.

Santiago es una ciudad entrañable. Pequeña pero con historia en cada piedra. Su arquitectura tiene mucho de 8las sobrias y austeras construcciones de conventos y monasterios. La roca antigua y viva nos recuerda aquella primera piedra sobre la que se construiría un reino de religiosidad. La sobriedad del estilo compostelano de construccion apenas se altera en algunos casos con detalles neoclásicos o barrocos agregados años después. Visitar la catedral llena de peregrinos a la hora de la misa y abrazar al patrono, es toda un experiencia espiritual.

El encuentro con Celalba, tuvo lugar en un café cercano a la oficina de turismo donde trabaja. Una agradable terraza que fue la locación para romper el celofán de la virtualidad y ponerle calor de carne a una vieja amistad por Facebook proveniente de una gran cantidad de amigos comunes.

Allí estábamos por fin, frente a frente, dándonos el abrazo prometido y conociendo al terremotico Sergi, el hermoso niño de tres años hijo de Celalba e Ignasi, a quien no tuvimos oportunidad de conocer esta vez.

Celalba fue lo mejor que nos pudo suceder en Santiago de Compostela. Nos hizo sentir bienvenidos y queridos, y nos atendió como reyes. Nos transmitió su amor por esa ciudad que la acogió hace años y nos enseñó cómo 73conocerla y disfrutarla.

Cuando llegamos, ya teníamos agendada por su cuenta una visita con audio guía por los principales puntos de la ciudad y una visita a los tejados de la catedral. Un delicioso y abundante almuerzo donde no podía faltar el pulpo a la gallega y una visita a casa de la amiga donde, para terminar de abusar de su gentileza, lavamos y secamos la ropa sucia acumulada de varios días.

Santiago es una ciudad chica en la que se camina tanto como en las más grandes. Es mágica, parece que tuviera truco. Uno camina y camina y cree que ha avanzado mucho y cuando se percata, está llegando a un sitio al lado de donde se partió o al mismo punto de partida.

Es realmente una delicia caminar sin rumbo entre las pequeñas y estrechas calles compostelanas con sus portales y balcones llenos de flores y con esas mágicas flores lilas que nacen en la cruda roca de las construcciones. Es una maravilla deambular y descubrir antiguos conventos y monasterios, iglesias y monumentos. Las visitas a los parques de la Alameda y San Domingos de Bonaval son relajantes y permiten obtener bellas vistas de la ciudad.

Ver Santiago de Compostela desde los tejados de la catedral es una experiencia única y visitar el Museo del Pueblo Gallego permite conocer la historia y cultura de Galicia y disfrutar de la mágica escalera helicoidal que 61parece sacada de una película de fantasia con sus tres ramas de peldaños. Sólo una de las tres escaleras llega al tope y únicamente con cambiar una puerta por otra que está casi al lado, ya uno se ubica en otra escalera que por una especie de truco, parece quedar frente al punto donde uno se encontraba.

La visita al Mercado de Abastos de la ciudad es comprobar la calidad de los productos de esa tierra, pescados y mariscos frescos, embutidos de todo tipo, verduras recién cosechadas y escogidas, artesanías y hermosas, coloridas y perfumadas flores. Allí uno asiste a una importante parte de la cultura gallega y su gastronomía.

En la tarde del día antes de partir de Santiago de Compostela, luego de dejar la ropa en la lavadora en casa de Celalba, la amiga nos llevó a visitar la playa de aguas heladas y paradisíacas vistas y el Castro de Baroña, los restos de un antiguo asentamiento celta en el tope de un acantilado.

Santiago nos dejó con ganas. Ver la multitud de peregrinos celebrar emocionados la culminación del Camino de Santiago en la placa del punto cero, frente a la entrada principal de la Catedral, hizo que se exacerbaran mis viejas ganas de vivir la experiencia de la peregrinación. Algún día espero hacerlo.

Sé que no todos los visitantes podrán contar con el cariño y la atención de Celalba Rivera al visitar Santiago de Compostela, pero lo que sí está al alcance de todos los visitantes son los servicios de apoyo al turista que prestan en las oficinas de la Rúa do Vilar 63. Las chicas podrán guiarte sobre qué y cómo visitar en la ciudad y, en 78la Central de Reservas, te ayudarán para conseguir alojamiento bien sea en hotel, posada o albergues.

Un último recorrido en la mañana de la partida, repasamos el mercado y la catedral. Luego, unas flores para Celalba en agradecimiento por tanto y un último café compartido con la entrañable amiga, nos dan el hasta luego en Santiago de Compostela, una ciudad llena de buena energía a la que un día espero llegar con el olor del peregrino en el cuerpo y con su luz en el espíritu.

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