Sueño del ciego

5 julio, 2018 § Deja un comentario

¿Cómo son los sueños de quien nace ciego?

¿Qué ve
cuando sueña con la madre
muerta?

¿Sueñan con el aroma de la flor
con su textura
con el dolor de la espina encarnada?

¿Cómo son sus pesadillas?

¿Se llenan de sensaciones
olores sonidos sabores
los sueños de los ciegos?

¿Qué olvidan los ciegos cuando olvidan?

¿Olvidan un grito
un gemido un suspiro
una caricia un sabor?

Tal vez nacer ciego sea una bendición
para no ver tanto
para no soñar tanto…

¿Cómo es el llanto de quien nace mudo?

Golcar Rojas
Julio, 2018

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Hijos del no-país

2 julio, 2018 § Deja un comentario

Hijos del no-país.
Todos los días allí
en los semáforos
pidiendo dinero
limpiando parabrisas
en puntas de pie.

Sus cabezas
apenas sobrepasan
La altura de un carro.

Niños y niñas
pequeños y adolescentes
¿Dónde duermen?
¿Quién les canta una nana?
¿Quién les lee un cuento para dormir?

¿Quién los consuela al llorar?
¿A quién acuden cuando tienen miedo?
¿Quién los cobija en las noches?
¿Quién los protege del sádico, del pedófilo?
¿Qué serán cuando crezcan?
¿Llegarán a crecer?

Son los niños
de la patria que crecen
como parias.
Niños del no-país
nacidos en revolución.

Golcar Rojas.

¿Y después de muerto?

1 julio, 2018 § 2 comentarios

¿Desde dónde llegará mi obituario?

¿Quién dará la noticia?

¿Habrá quien peine mis canas
limpie mi cuerpo
amortaje mis restos?

¿Alguien encenderá una llama
que ilumine mi camino
susurrará una oración?

¿Adónde irán a parar mis cenizas?

¿A quién le importará?

Ay, si uno pudiera elegir cómo
y dónde morir.

Elegir dónde morir
debería ser
un derecho humano fundamental.

… cuando cambie el monzón

26 junio, 2018 § Deja un comentario

Un país en donde un niño de 10 años le dice a su mamá, al caminar entre la basura de las aceras, sorteando riachuelos lixiviados, «¿Ves mamá? Por esto es que me quiero ir del país».

Donde el pensionado de 70 años busca, piensa, intenta ideas nuevas de lo que podría hacer en otro país para ganarse la vida.

Donde la mitad de lo profesores universitarios se ha ido o están preparando viaje.

Donde el obrero, la cajera del supermercado, la maestra, el malandro, la prostituta, el profesional, el obrero, tantos que uno se encuentra en el camino están preparando viaje, reuniendo dólares para emigrar, buscando papeles, pergeñando maneras de conseguir legalidad en otro país.

Un país del que algunos se van sin más. Sin pensar. A la buena de Dios. Dejando casa, carro, afectos.

Un país en el que la gente está de salida, donde todos sienten que están de paso, que ya «hay» que irse.

Es un país condenado a la ruina. Al fracaso.

Destinado a sucumbir por la desidia y el desamor.

¿A quién le puede importar la gotera en el techo de una casa que estamos por abandonar?

Venezuela siempre fue un país provisional, como diría Cabrujas. Un país donde el «Por ahora» se hacía una medida de tiempo imposible de medir. Donde se abrían cientos de paréntesis que no tenían cuando cerrarse.

Había, cuando yo era un niño, un puente de hierro en la carretera vieja entre Mérida y San Cristóbal que pusieron de manera provisional, cuando se cayó el original. Creo que aún está allí, agonizando en su «provisionalidad».

Ahora lo provisional es abandono. Es un dejar morir sin siquiera ayudar a bien morir.

Los paréntesis se cierran cruzando el piso cinético que también parece estar viviendo su agonia. Ese Cruz Diez que más despide para siempre que dar bienvenidas.

Eso, los más afortunados que pueden pagarse su boleto en avión.

Otros parten en manadas, en estampida, como los ñus del Serengueti. Cruzan el río infectado de cocodrilos cuando cada año migran de un sitio a otro de Tanzania para buscar nuevos pastos.

Persiguen fuentes de las cuales poder alimentarse.

Algunos cruzan la frontera pensando que es provisionalmente.

Migran con al ilusión de poder regresar a reconstruir. Se van pensando que están sólo abriendo un paréntesis.

Que el pasto reverdecerá de nuevo.

… cuando cambie el monzón.

A algunos se los devorarán los cocodrilos.

Otros, se van jurando nunca volver.

Otros, harán del nuevo suelo su país.

Otros, morirán con la esperanza de volver.

¿Cuántos regresarán?

Golcar Rojas
Junio, 2018

Jacqueline Goldberg o la bendición del temblor

23 junio, 2018 § 3 comentarios

Cuando pequeño, en La Parroquia, siempre hubo historias de fantasmas y aparecidos que me aterraban. Otras eran reales y me aterraban por igual. Como cuando me dijeron que en la Plaza Bolívar de Mérida, estaba enterrada la mano del Tirano Aguirre. Por mucho tiempo, sentí escalofríos al pasar por el lugar.

Al día de hoy, no sé si se trata de una leyenda urbana o si en efecto, la mano derecha del Tirano traidor a la corona está bajo la tierra de la plaza merideña. Lo que sí es cierto es que la historia da cuenta de que al Tirano Aguirre, luego de matarlo, lo descuartizaron y repartieron sus miembros como premios a las provincias que ayudaron a combatirlo. La mano izquierda fue a Valencia, su cabeza fue puesta en una jaula en El Tocuyo, su cuerpo se lo dieron a los perros y, en efecto, su mano derecha enviada a Mérida.

Esa historia reposaba en los archivos de mi mente infantil, hasta hace poco que resurgió mientras leía “El cuarto de los temblores”, el reciente libro de Jacqueline Goldberg publicado por OT editores en 2018.

Es que, como siempre, la Goldberg tiene esa especial capacidad para removernos las entrañas, para llegar directo a nuestras vísceras con su escritura. Unas veces lo hace de manera directa, y otras a través de ausencias. Como en este caso.

Tiene Jacqueline en el Primer libro, una parte en la que hace un inventario de manos y mancos de la historia universal: Cervantes, Valle Inclán, Bellaltin. Historias de manos históricas. Y lo complementa con una investigación hemerográfica de trasplantes de manos y de la historia del trasplante.

A toda esta información llega la poeta en la búsqueda de respuestas para ese mal que de un día para otro, se instaló en sus propias manos. Sin antecedentes. Sin previo aviso. Un día sus manos temblaron y a partir de allí, no pararon de hacerlo. Jacqueline, tiembla.

Para abolir el temblor habría que borrar mis manos, mis brazos, un fragmento de mis hombros. Escribir es lo de menos. Me arrimaría a una estirpe de mancos celebres: Miguel de Cervantes, Ramón del Valle Inclán, Blaise Cendrars, Mario Bellatin.

Tendrá razón San Marcos «Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala, porque más te vale entrar en la vida manco que ir con tus dos manos a la Gehena, al fuego inextinguible» [Mc 9:43]

Cortar las manos como cura. Arrancar de cuajo lo que causa sufrimiento. Querer otras manos. Anhelar unas manos que no tiemblen.

“Si me quitasen las manos,
podrían darme unas que no temblasen.
Manos ajenas que omitan historias.
Que no tiemblen.

Manos feas, deformes, no amadas.
Que no tiemblen”.

Leo y me remito a otra ausencia. A otro recuerdo. A comienzos de los noventa, cuando vi una película llamada Body parts, dirigida por Eric Red, en la que un hombre pierde un brazo en un accidente y le trasplantan el de un asesino. El nuevo brazo empieza a tomar sus propias decisiones. Una vieja película olvidada que revive en mí “El cuarto de los temblores”.

No. Jacqueline no se amputó la mano. No se trasplantó la de un asesino. Ella sigue temblando. Ella tiembla con sus dos manos. Además, Jacqueline es pequeña y a veces tartamudea. De todo eso nos habla desde su cuarto en el que tiembla con libertad. Desde su refugio. Desde la guarida donde habitan esos monstruos que son sus temblores.

El cuarto de los temblores es un viaje autobiográfico por su minusvalía. Pero no es un viaje desde la autocompasión, mucho menos desde la autoayuda. El viaje de Jacqueline es una búsqueda consciente de respuestas para entender sus temblores, que viene siendo una forma de tratar de entenderse ella, porque, después de ese recorrido vivencial y literario. Después de buscar en libros, doctores, países, médicos y brujos posibles curas o conjuros al temblor, después de leer el recuerdo de sus tratamientos para no temblar, después de acompañar a la Goldberg por esa historia de vida que cuenta sin melodramas, uno concluye que el temblor es ella, que el temblor la identifica. ¿Podría haber una Jacqueline Goldberg sin temblores? Seguramente no sería la misma. ¿Se reconocería a sí misma si dejara de temblar?

Alguien le dijo que escribiera sobre su temblor. Una especie de exorcismo literario. Que escribiera sobre sus temblores y dejaría de temblar. Entonces inicia este viaje que es “El cuarto de los temblores”. Investiga en su familia, por parte de padre, por parte de madre. Busca en informaciones hemerográficas, en reportes científicos, en la literatura. Consulta con sus amigos ¿Quién más tiembla? ¿Cuándo tiemblan? ¿Por qué tiemblan o temblaron? Identifica los temblores, los clasifica, busca sinónimos. Les pone nombres. Mira manos en obras de arte, escucha canciones que hablan de temblores.

Ella sigue temblando mientras investiga. Investiga, mientras tiembla y recuerda. El primer temblor. La reacción de sus padres. La burla de los compañeros, el matoneo, el Bullying. Así construye una historia en la que pasa del relato científico, a la información, al relato histórico, a la memoria personal y autobiográfica, al listado y al inventario. Todo lo va hilando con hilo poético, impregna de poesía cada línea y le hace puntadas con poemas.

Bien podría decirse que El cuarto de los temblores es un largo poema. Un texto con respiración y pausa poética.

Hay temblor de reposo, temblor postural, temblor de movimiento. Hay un temblor de acción, intencional, específico de una tarea, isométrico”…

Y yo recuerdo viejos temblores de madrugadas en las que la excitación y el miedo producían espasmos, temblores. Sí hay ciertos placeres que producen temblores. Hay temblores que son la cúspide del placer. Todos temblamos en algún momento, por miedo, por frío, por placer, por rabia… pero Jacqueline siempre tiembla y desde sus temblores agarra con firmeza las palabras y hace poesía, escribe, domina la palabra con precisión más allá de su temblor. Su mano temblorosa se apropia de las palabras y hace que tengan vibración. Vibran en nuestra mente, en el plexo solar.

Cuenta Jacqueline que Mario Bellatin, el escritor mexicano, no tiene el brazo derecho y que usaba una prótesis que un día arrojó al Ganges:

En cierto momento advertí que lo que me hacía falta era la artificialidad que había estado presente en mi cuerpo durante todos los años, casi todos los de mi vida, en que porté una prótesis. Yo no quería volver al mundo de la ortopedia, de donde salieron todos los adminículos que había utilizado, porque en ese ámbito en lugar de resaltar lo artificial se busca esconderlo”.

Sí, muy probablemente si a Jacqueline le quitaran los temblores no se reconocería a sí misma. Esto me recordó a una amiga que era calva desde bebé. Ella tenía mechones aislados de cabello, puñados de pelos que nacían entre zonas despobladas. Usó peluca muchos años y un día, para un espectáculo de danza, decidió quitarse la peluca y quitar los mechones. Raparse por completo y mostrarse así al mundo. Esa vez, entendió que la peluca le causaba más traumas y problemas que los que le traía su calvicie. Sin peluca fue más feliz. Fue más ella.

Hay curas que conllevan otros males, como cuenta Jacqueline sobre el Clonazepam.

Veo la hermosa foto de la portada de libro, tomada por Andrea Sandoval, que me recuerda la serie de manos de Luis Brito. Veo las manos de Jacqueline, esas manos blancas, venosas, mórbidas, y recuerdo sus líneas:

Dígitos,
palma,
dorso.
[Eso es una mano]

Amasijo de
huesos,
músculos,
venas,
arterias,
nervios,
piel,
uñas,
manchas,
arrugas,
cicatrices.
[Eso es una mano]

Complejidad anatómica,
locomotora y neurológica.
[Eso es una mano]

Extremo / apéndice
de cuanto somos.
[Eso es también una mano]

Dos músculos extensores y tres flexores: la muñeca.
Cinco músculos extensores y dos flexores:
los dedos de una mano.

Veintisiete huesos mueven o impiden arrebatos:
ocho huesos del carpo en la parte inferior de la palma,

cinco huesos del metacarpo en medio de la mano,
cinco falanges proximales en las bases de los dedos y el
pulgar,
cinco falanges distales en la punta de los dedos y pulgar
y cuatro falanges intermedias como los huesos medios de
los dedos.

Los buenos libros, como El cuarto de los temblores nos cuentan de múltiples maneras. Nos vemos en ellos por lo que cuentan y por lo que omiten. Miro la foto de nuevo y pienso: Esas manos que tiemblan, que escriben y tiemblan, que acarician y tiemblan, son una bendición.

Obituarios de un no-país «Recoge las emociones de un capítulo sumamente triste de la historia venezolana»

8 junio, 2018 § Deja un comentario

https://tevoyallevaralcielo.wordpress.com/2018/06/08/obituarios-de-un-no-pais-recoge-las-emociones-de-un-capitulo-sumamente-triste-de-la-historia-venezolana/

Los “Textículos del Revolucionario”, de Golcar Rojas, o la Falaz Irreverencia, por Milagros Mata Gil

23 abril, 2018 § Deja un comentario

https://tevoyallevaralcielo.wordpress.com/2018/04/23/los-texticulos-del-revolucionario-de-golcar-rojas-o-la-falaz-irreverencia-por-milagros-mata-gil/

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